Personalizar legibilidad
Aa

Bella Price y La Piedra Filosofal ©

Sinopsis

Bella Price se ha quedado huérfana y vive en casa de sus abominables padres adoptivos y de su insoportable hermanastra Camila. Bella se siente muy triste y sola, hasta que un buen día recibe una carta que cambiará su vida para siempre. En ella le comunican que ha sido aceptada en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. A partir de ese momento, la suerte de Bella da un vuelco espectacular. En esa escuela tan especial aprenderá Encantamientos, trucos fabulosos y tácticas de Defensa contra las Artes Oscuras. Se convertirá en la mejor amiga del campeón escolar de quidditch, Harry Potter, especie de Fútbol Aéreo que se juega montado sobre escobas, y se hará un puñado de buenos amigos... aunque también algunos temibles enemigos. Pero sobre todo, conocerá los secretos que le permitirán cumplir con su destino. Pues, aunque no lo parezca a primera vista, Bella no es una chica común y corriente. ¡Es una verdadera hechicera!

Estado:
Completado
Capítulos:
17
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Los Niños que Sobrevivieron


El señor y la señora Reynolds, que vivían cerca de Little Whinging, el cual se encuentra en el condado de Surrey, cerca de Londres en el sureste de Inglaterra, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente.


Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.


El señor Reynolds era el sub-director de una empresa llamada Grunnings, que, como cosa del destino, era la misma empresa donde el señor Dursley era Director, esta empresa fabricaba taladros.


Reynolds era un hombre delgado, muy delgado, aunque con un bigote inmenso. La señora Reynolds era delgada, castaña y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos. Los Reynolds tenían una hija pequeña llamada Camila, y para ellos no había una niña mejor que ella.


Los Reynolds tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Price.


La señora Price, de soltera Roberts, era prima lejana de la señora Reynolds, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Reynolds fingía que no tenía más familia que su esposo e hija, porque su

prima y su marido, lo que se podía llamar un buen partido, eran lo más opuesto a los Reynolds que se pudiera imaginar. Los Reynolds se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Price apareciesen por la acera. Sabían que los Price también tenían una hija pequeña, pero nunca la habían visto. La niña era otra buena razón para mantener alejados a los Price: no querían que Camila se juntara con una niña como aquélla.


Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Reynolds se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Reynolds murmuraba mientras se ponía su corbata más tonta para ir al trabajo y se tomaba un poco de whisky, y la señora Reynolds parloteaba alegremente mientras instalaba a la ruidosa Camila en la silla alta.


Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana. A las ocho y media, el señor Reynolds cogió su maletín, besó a la señora Reynolds en la mejilla, para que no notara su aliento a licor y trató de despedirse de Camila con un beso, aunque no pudo, ya que la niña tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes.


«Malcriada», dijo entre dientes el señor Reynolds mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó de la casa.


Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad. Durante un segundo, el señor Reynolds no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido por el whisky que tocó hacía un poco. El señor Reynolds parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada. Mientras el señor Reynolds daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo un rótulo (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos).


El señor Reynolds meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los estúpidos pedidos de taladros que esperaba conseguir su Director aquel día.


Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa. El señor Reynolds no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula, ya le bastaba con la que él debía usar para su trabajo. ¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva. Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban

entre sí, muy excitados. El señor Reynolds se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Reynolds llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los bobos taladros, pero no sin antes tomar un poco de whisky de su petaca personal.


El señor Reynolds siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso, junto a la oficina de su obeso y fastidioso Director, el señor Dursley. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado más concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra. La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Reynolds tuvo una mañana perfectamente

normal, sin lechuzas. Gritó a diez personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy mal humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.


Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha.


Cuando regresaba con un dónut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.


—Los Price y los Potter, eso es, eso es lo que he oído...


—Sí, su hijo, Harry y Bella...


El señor Reynolds se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.


Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido.


Price no era un apellido tan especial. Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Price y que tenían una hija llamada Bella. Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba segura de que esa niña se llamara Bella. Nunca había vista a la niña. Podría llamarse de otra forma. No tenía sentido preocupar a la señora Reynolds, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su prima.


Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una prima así...! Pero de todos modos, aquella gente de la capa...


Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, tratando de tranquilizarse tomaba y tomaba de la petaca, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.


—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.


Segundos después, el señor Reynolds se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:


—¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día!


Y el anciano abrazó al señor Reynolds y se alejó.


El señor Reynolds se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado, preguntándose si ya el whisky había hecho suficiente efecto en su sistema. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones hechas por el alcohol (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).


Cuando entró en el camino que llevaba a su casa, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos y, antes de que el señor Reynolds hubiese siquiera dicho algo para ahuyentar al gato, este se desapareció. Sí, en serio ese día había abusado del licor.


Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.


La señora Reynolds había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija, y le contó que Camila había aprendida una nueva frase («¡no me gusta!»). El señor Reynolds trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Camila, fue al salón a tiempo para ver el juego, pero antes se quedó mirando el informativo de la noche.


—Y, por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que laslechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?


—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.


El señor Reynolds se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Price...


La señora Reynolds entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien.


Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.


—Eh... Carla..., ¿has sabido últimamente algo sobre tu prima?


Como había esperado, la señora Reynolds pareció molesta, ofendida y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que no tenían más familia.


—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?


—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Reynolds—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...


—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Reynolds.


—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.


La señora Reynolds bebió su té con los labios fruncidos. El señor Reynolds se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Price». No, no se atrevería. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:


—La hija de ellos... debe de tener la edad de Camila, ¿no?


—Eso creo —respondió la señora Reynolds con rigidez.


—¿Y cómo se llamaba? Lila, ¿no?


—Bella. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.


—Oh, sí —dijo el señor Reynolds, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.


No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Reynolds estaba en el cuarto de baño, el señor Reynolds se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato había vuelto.


Miraba con atención hacia la calle, como si estuviera esperando algo.


¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Price? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.


Los Reynolds se fueron a la cama. La señora Reynolds se quedó dormida rápidamente, pero el señor Reynolds permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Price estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y su esposa. Los Price sabían muy bien lo que él y Carla pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Carla podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...


¡Qué equivocado estaba!


El señor Reynolds cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina. Apenas tembló cuando se cerró la puerta de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato aparecía de desaparecía por cuestión de minutos, como si estuviese haciendo lo mismo que hacía en esa calle, pero en otro lugar.


Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.


En ese lugar nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.


Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre dientes y murmuró:


—Ya acabará.


Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras. Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba. Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Reynolds con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia la casa de los Reynolds, donde se sentó en la pared, cerca del gato.


No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.


—Solo nos falta uno, profesora McGonagall.


Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño.


Parecía claramente disgustada.


—Todo el día así, desde acá hasta el número 4 de Privet Drive y luego hasta acá otra vez —contestó.


—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.


—Usted también estaría tieso si hubiese hecho lo que yo —respondió la profesora McGonagall.


—¿Todo el día? Bueno, ya acabará, solo nos falta ella, después podrás irte de fiesta como todos los demás.


La profesora McGonagall resopló enfadada.


—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Torció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Reynolds—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.


—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...


—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...


Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.


—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?


—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?


—¿Un qué?


—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.


—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...


—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.


—Sé que usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.


—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.


—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.


—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.


La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.


—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?


Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad.


Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.


—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Price a los Potter. El rumor es que Flors y Veril Price, y Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.


Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.


—Los cuatro... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...


Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.


—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.


La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.


—¿Por ello hemos dejado al pequeño Harry Potter en Privet Drive? ¿Por ello es que Bella Price se quedará acá?


Dumbledore asintió levemente con la cabeza.


—Sí, pero eso no es todo. Dicen que quiso matar a los dos niños. Pero no pudo. No pudo matar a esos niños. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlos, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.


Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.


—¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a unos bebés? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivieron Bella y Harry, en nombre del cielo?


—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.


La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:


—Hagrid se retrasa con ella. Él dijo, en cuanto dejamos a Harry en casa de los Dursley, que lo esperáramos aquí, ¿no?


—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.


—He venido a entregar a Bella a los Reynolds definitivamente. Son la única familia que le queda ahora.


—Antes de saberlo que le ha ocurrido a los Potter y a los Price, pensé que era una marcha estratégica dejar a los chicos con los muggles, Quien-usted-sabe jamás se lo habría imaginado, pero ahora... ¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí y en el número 4 de Privet Dirve! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día a ambas familias. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y esa hija que tienen... La vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Bella Price no puede vivir ahí!


—Es el mejor lugar para ella —dijo Dumbledore con firmeza—. Ellos serán sus padres adoptivos, podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.


—¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Bella! ¡Los Durley tampoco a Harry! ¡Serán famosos... unas leyendas... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter y Bella Price! Escribirán libros sobre ambos... Todos los niños del mundo conocerán sus nombres.


—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezcan lejos de todo, hasta que estén preparados para asimilarlo?


La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:


—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero Hagrid se está tardando con ella.


—Hagrid lo traerá pronto. A Hagrid, le confiaría mi vida, ¿cómo no confiarle la vida de unos seres tan pequeños? —dijo Dumbledore.


—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de...


Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.


La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y, además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín.


En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.


—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. Hace un momento vi esa moto, pero no lo pregunté ¿es la moto de él, no? ¿de Sirius?


—Me la ha prestado, profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.


—¿No ha habido problemas por allí?


—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero los saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Traje a Harry primero, como vieron, pero con Bella me costó más por estaba muy inquieta, al final se quedó dormida mientras volábamos sobre Bristol.


Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía una niña pequeña, profundamente dormida. Bajo una mata de pelo rubio claro, pero ninguno pudo ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago que estaba sobre su hombro, bajo la ropita de bebé.


—Sacó el cabello de su tía y de su abuela Dannesha —susurró la profesora McGonagall.


—Sí —respondió Dumbledore—. Y sacó lo ojos de su padre.


—¿No puede hacer nada, Dumbledore?


—¿Iguales de los de Vergil, señor? Oh, por Dios, será como seguir viendo su mirada.


—Exactamente así. Bueno, déjala aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto.


Dumbledore se volvió hacia la casa de los Reynolds.


—¿Puedo... puedo despedirme de ella, señor? —preguntó Hagrid. Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Bella y le dio un beso, raspándola con la barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.


—¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!


—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo, es mucho... Lily, James, Vergil y Flors muertos... y los pobrecitos Bella y Harry tendrán que vivir con muggles...


—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos —susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Bella en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas de la niña y luego volvió con los otros dos. Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.


—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.


—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Más vale que me deshaga de esta moto. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.


Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha.


Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.


—Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.


Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que la calle se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa.


—Buena suerte, Bella —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.


Una brisa agitó los pulcros setos de calle, la cual permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Bella Price se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famosa, que le había arrebatado a sus padres y a su único mejor amiguito, Harry Potter, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Reynolds, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchada y pellizcada por su nueva hermanastra Camila...


No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Harry Potter y Bella Price... los niños que vivieron!»

¡Cuéntale a Zafiro Anaya lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Die verschmähte Mate

Angela Dahmen: Nicht ganz logisch. Sie studiert Medizin und kennt sich mit der alten Kräuterkunde aus und schluckt trotzdem die Tabletten ohne zu wissen was drin ist.

Leer ahora
Werewolf Hollow

Nikole: I hadn't read a werewolves story with this kind of werewolves and dynamics, really interesting

Leer ahora
Kaan - Jungfrau gesucht - Gefährtin gefunden

Ulrike Ulbrich: Ich finde die Geschichte fesselnd, gut geschrieben. Die Handlung ist klar und auch die Dramatischen Handlung sind nicht übertrieben in die Länge gezogen. In allen eine sehr erotische Geschichte die zum träumen einlädt und süchtig macht. Ich würde sie jedem empfehlen der was leichtes und erotisch fes...

Leer ahora
The Orc's Pet

Xonereth: I really enjoyed this story. It was pretty straightforward plot wise, uncomplicated. Loved the characters and the world. It unfolded at a good pace. Keep writing and I will definitely check out your other works!

Leer ahora
Mystic Wolf

Akthea: Fantastica

Leer ahora
Silver's Second Chance

natstarr: Druid? That’s so interesting. Love these little surprises you give

Leer ahora
The Luna Trials

Valérie: Impossible de m'arrêter de lire

Leer ahora
His Forsaken Fate

Akthea: Muy buena os la recomiendo

Leer ahora
An Irish Match

lilmsblkhart2: Very fun cute book, look forward to more from the author.

Leer ahora