Sobre el arte de tu cuerpo, Una sinfonía de caricias.

Harry Styles, estaba firmando su contrato como profesor de “El Arte de la Pintura” en la oficina del rector de la Universidad de Londres. Fue becado debido a su inmejorable rendimiento como alumno; además realizó ayudantías a otros estudiantes, y la casa de estudios le ofreció un bachillerato en pedagogía para retenerlo. Hizo lo mismo con los mejores estudiantes de cada carrera, integrando de esa manera, una visión más joven a la malla curricular, sobre todo después del fin de la guerra.
Después de guardar sus papeles y estrechar la mano de su nuevo jefe, salió del lugar y tropezó con fuerza, accidentalmente, con el que sería el nuevo profesor de “Música Docta”. Lo sabía porque lo había visto muchas veces por las instalaciones y sabía también, que era uno de los becados.
Al chocar, ambos cayeron al piso, tirando sus carpetas de un opaco color negro con el logo de la universidad.
—Lo siento mucho. —Habló primero Louis, el profesor de música, con un ligero malestar. —Venía tarde a la reunión, ¿se encuentra bien? —Preguntó.
—Sí, gracias, también lo siento, —contestó demasiado serio, Harry.
—Bien, me voy, tengo cita con el Señor Smith.
—Que le vaya bien, adiós. —Se despidió, sacudiéndose el abrigo.
Cuando Harry llegó esa fría e inusualmente oscura tarde de verano a su pequeño departamento, cambió su ropa por algo más cómodo y menos formal, se preparó un té y decidió terminar la planificación de sus cursos, ahora que por fin tenía su horario. Buscó su carpeta, pasando a encender su lámpara de mesa, regalo de su madre, y se sentó en su sofá favorito, que era el único que tenía en ese pequeño espacio. Colocó una manta gruesa en sus piernas porque solía enfriarse muy rápido y dio un sorbo a su bebida. De inmediato se sintió reconfortado y sonrió.
La primera hoja que sacó era una partitura: “Invierno, Las Cuatro Estaciones, Vivaldi” Arrugó la frente y sacó otra hoja. Eran apuntes de la obra, con una letra desordenada pero armónica, con anotaciones en los bordes de los márgenes.
Casi sin quererlo, comenzó a leer con interés, observando con detalle cada curva y cada terminación de las letras, imaginando sin problemas, cómo se vería esa obra en uno de sus lienzos. Manchas como lluvia, en tonos blancos y grises, toques azules sobre fondo negro, la mayoría opacos, algunos ligeramente brillantes.
Volvió a leer, un lenguaje que no tiene una definición para él, extrañas para su mundo: "Allegro" y, lo que él llama, una paleta de palabras, casi un poema:
Caminar sobre el hielo, y a paso lento
Por miedo a caer, avanzar con cuidado;
Ir firme, resbalar, caerse al suelo
De nuevo ir sobre el hielo y correr rápido
Sin que el hielo se rompa, y se desmenuza. *1
Cerró los ojos y los colores volvieron a cobrar vida, casi puede tocarlos. Las manchas tomaron formas, movimientos, luces y sombras, vibraron... Y lentamente se fundieron, quedando como una ciénaga de indescifrable color.
Analizó las demás hojas, hasta que, en la última, encontró un nombre. Uno que lo hizo pensar en una extraña combinación de colores, pero que podría usar para su próxima obra: azul y verde, fondo blanco, degradados y sombras: eso era, en ese momento, Louis Tomlinson.
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En una pequeña y antigua casa, a quince minutos de la universidad, estaba Louis después de su reunión. A pesar del frío que hacía en la calle, se quitó toda la ropa y se hundió en su cama, tapándose hasta la cabeza. Tenía mucho que hacer, pero necesitaba unos minutos para descansar, porque llevaba durmiendo mal muchos días, debido a que no estaba seguro de que le dieran el trabajo de profesor. Eso, porque había llegado tarde al último examen, y podría haber tenido algún tipo de reporte en su hoja de antecedentes, hasta ahora intachable.
Pero todo salió bien y su contrato era por un año completo, con posibilidad de ser renovado. No es que necesitara trabajar, sólo lo quería, porque amaba la música y también enseñar. El dinero nunca ha sido un tema para él, su familia es acaudalada y lo apoyan fielmente, dándole una rica mensualidad de la que ha ahorrado la mayor parte, gracias a sus gastos acotados.
Durmió tres horas profundamente, y despertó un poco atontado, con nulas ganas de levantarse. Sin embargo, las clases comenzarían en pocos días y necesitaba planificar no solo el primer día, si no que, a modo general, el año completo y con más especificación, las siguientes dos semanas. Se levantó perezosamente, colocándose una camiseta y unos pantalones viejos.
Se sentó en el comedor, que aún tenía bastante luz, y abrió su carpeta con apuntes y trabajos. Sacó la primera hoja, que debía ser la del horario y los temas obligatorios a preparar, pero se encontró con un dibujo impresionante, ¿era un bosquejo tal vez? No estaba familiarizado con los nombres técnicos utilizados en esa área.
Era la fachada de la universidad, con tanta precisión que asustaba. Inmediatamente la palabra intensidad apareció en su mente, pero ¿era correcto pensarla para un dibujo?
Después de mirarla por cinco minutos completos, y de que extractos de melodías viajaran con sus ojos en los detalles delicados y prolijos, cayó en cuenta de que ese papel no era suyo. Revisó los demás y encontró un horario que decía: “La Pintura: El Arte de Respirar en Colores” escrito a mano. Claramente no le pertenecía y no se imaginaba a quién tampoco. Era un hombre solitario, apenas cruzaba palabra con uno o dos profesores, hasta que su cabeza aún dormida lo llevó al choque que tuvo hace unas horas atrás. Los dos llevaban carpetas negras y seguramente se confundieron al levantarse. Revisó una vez más y un nombre enfrente de sus cálidos ojos, uno que le hizo pensar en una sonata para violín, una melodía dulce e inexacta.
Cuando volvió a la realidad, se agarró la cabeza y se quiso morir. Tendría que volver a la universidad, pedir la dirección del profesor, que quizás dónde vivía y explicarle la situación, aunque lo más probable es que él también se haya dado cuenta.
Con mucho esfuerzo se vistió, guardó los papeles y caminó hacia la universidad. Al llegar, se encontró con que la secretaria y el rector ya se habían ido. Ahogó un gemido de frustración. Él, que no pensaba salir de su casa hasta empezar las clases, tendría que levantarse temprano para hacer un nuevo intento.
Sin embargo, a las ocho y media de la mañana del día siguiente, unos tímidos golpes en la puerta lo hicieron levantar, ahora de un mejor humor después de haber dormido toda la noche. Se colocó una camisa blanca de botones sobre su camiseta del mismo color, que era parte de su ropa para dormir. Unos pantalones lisos, menos formales que los que debía usar como profesor, y unas pantuflas que había comprado hace poco, completaban su imagen. Su pelo aún desordenado, y un pequeño estirón antes de llegar a la puerta.
—Buenos días señor Tomlinson, —dijo un muy formal, bien presentado y mejor peinado joven. —Creo que no nos hemos presentado como es debido, soy Harry Styles, —continuó, estirando su mano.
—Tiene razón, y me disculpo por mi aspecto. Encantado señor Styles, me alegra mucho su visita, pensaba ir a preguntar por su dirección más tarde a la universidad.
—Me adelanté al parecer, y lo siento mucho si es que he perturbado su hora de descanso, pero tengo afán de terminar mi planificación.
—Claro que sí, pero estoy siendo muy maleducado, ¿quisiera pasar? ¿Puedo ofrecerle un té?
—Gracias, se lo agradezco, hace mucho frío, espero no molestar, —contestó ligeramente turbado.
—Adelante, —sonrió Louis por primera vez, causando una extraña sensación en Harry al notar la calidez de su mirada. —Por favor, tome asiento. Voy a buscar su carpeta.
Fue a la cocina rápidamente a poner agua a calentar, mientras caminaba a su habitación, donde dejó la carpeta la tarde anterior. La recogió y la llevó a la cocina, donde tomó la tetera de porcelana, echó un poco de agua y luego el té y la movió en círculos. Terminó de completar con más agua. Preparó dos tazas y sus platillos y una bandeja hermosa, recuerdo de sus abuelos. Sirvió la bebida caliente y con la carpeta bajo el brazo, llegó al living.
Harry estaba sentado en una esquina del sofá, casi como un pequeño niño asustado, causándole una ternura hasta ahora desconocida. ¿Tendría un pasado gris que lo lastimó? ¿Por qué sacaba esas conclusiones de una persona que apenas conocía?
—Lamento la demora, —dijo intentando no asustarlo.
—Oh, no, está bien, —respondió tan serio como siempre.
—Espero que le guste, sé que no todos lo tomamos igual, —habló entregándole una de las delicadas tazas y una servilleta de género con sutiles detalles bordados.
—Gracias, me gusta solo, sin azúcar ni leche, —contestó dando un sorbo y sonriendo ampliamente después. —Perfecto.
Las palabras entraron por los oídos de Louis y se quedaron ahí, transformándose en un pentagrama que inicia con una clave de do, y que antes de llenarse de símbolos, desaparece en la curva de los suaves labios de Harry.
El profesor de pintura bajó la mirada, ligeramente ruborizado. Los azules ojos de Louis se habían trasformado en amables cielos y océanos en calma.
—Yo... Estuve mirando su trabajo, perdón por lo inapropiado de mi actuar, —pidió Louis.
—Está bien, hice lo mismo, no podríamos saber que nos equivocamos de no buscar una respuesta en los papeles, ¿cierto?
—Tiene mucha razón. Quisiera decirle que es increíblemente talentoso. La fachada de la universidad es realmente una obra de arte, sus detalles, la delicadeza de los trazos, el manejo de las sombras... Aunque tal vez no debería tomar en cuenta mi opinión, porque soy nulo en el tema, —dijo hablando cada vez más rápido y ahora él, cubriendo sus mejillas de apacible encarnado.
—Al contrario, viniendo de alguien como usted, es muy halagador. Leí sus notas al margen de la obra de Vivaldi, y aunque no he podido escucharla por completo, me parece que ha descifrado con bastante exactitud la pasión del compositor.
—¿Le gustaría escuchar “Las Cuatro Estaciones” por completo? —Preguntó extrañado.
—Me encantaría. De hecho, me inspiró mucho el contenido de su carpeta, y empecé a bosquejar el invierno, —contestó con la voz más baja de lo que quería, como si estuviera revelando un gran secreto. —Lo siento, he estado demasiado tiempo aquí y no quiero seguir interrumpiendo su mañana, —dijo, levantándose, y dejando la taza y la servilleta en una preciosa mesa auxiliar.
—Creo que tenemos mucho que hacer, muchas gracias por venir, y por la plática. Fue realmente encantador... encantadora, la conversación. —Se corrigió, pidiendo que su equivocación pasara desapercibida.
Supo que fracasó al ver, lo que pensó, era un pequeño brillo en esos ojos puros como el agua de una vertiente en la montaña más alta.
—Nos vemos en un par de días, gracias por todo. —Harry se despidió, y Louis rápidamente le abrió la puerta.
—Adiós, —alcanzó a decir.
Harry solo le devolvió un grácil movimiento de cabeza.
Louis lo vio caminar, aunque más parecía levitar, casi acariciando las viejas piedras del camino.
Cerró la puerta y llevó las tazas a la cocina. Su humor estaba inmejorable, su creatividad apareciendo en cada uno de los poros de su piel. Se esforzó arduamente en la planificación y la terminó después de casi seis horas de duro trabajo y mucha concentración. Luego de eso, y después de varias tazas de té, comenzó a componer, casi de manera obsesiva, algo que tenía en el pecho y que necesitaba sacar de alguna manera. Sabía que la pintura se había vuelto más interesante en las últimas horas, y que el causante era el dueño de ese andar casi torpe y que al mismo tiempo lo hacía flotar, el dueño de esa bella sonrisa y de esa timidez candorosa y casi virginal.
En los días siguientes terminó su primera obra, completamente de su autoría, que en el papel se leía muy bien, pero que había que volverla música en los brazos de un majestuoso piano. ¿Estaba satisfecho? Por supuesto que no, y no lo estaría hasta poder escucharla y saber si lograba transmitir completamente su sentir. Cada espacio de tiempo que tenía, lo pasó sentado frente al piano de cola que estaba en una de las habitaciones de la casa, casi escondido, casi fantasmal, en una sala con poca iluminación, siempre cubierto de historias, de recuerdos y de anhelos.
Harry, por su parte, se encontraba en un estado parecido. Tenía, a diferencia de Louis, un plan de contingencia, y había avanzado en varios temas a tratar durante el año. Una vez con sus papeles en mano, solo tuvo que hacer algunas correcciones. Luego de eso, se sacó toda su ropa, y se colocó apenas unos pantalones de vestir ya viejos y manchados, y descalzo, colocó un lienzo nuevo. Necesitaba volver a empezar, exteriorizar lo que sentía antes que se quedara en su interior y comenzara a echar raíces, eso no podía pasar.
Su corazón, lastimado y herido para siempre, no tenía permitido volver a latir por un hombre. Por ninguno. Sólo pensar en aquel, a quien llamó cariño durante un año, le hacía doler su espalda, allí donde era golpeado cada vez que hacía algo incorrecto, y que era el lugar elegido para que nadie lo notara. Seguía teniendo pesadillas, incluso ahora, después de tres años desde que no ha vuelto a saber de él y que espera siga muy lejos.
Como una daga en su dolorido pecho, recordó una noche en que al entrar en el departamento que ocupaba en los suburbios de Londres, su llamado novio lo estampó con tanta fuerza en la pared, que cayeron algunas de sus primeras pinturas que con mucho esfuerzo había logrado enmarcar. No entendía qué pasaba, hasta que los gritos de John llegaron a sus frágiles oídos, ya cansados de esa voz áspera e hiriente. Le reclamaba el andar con otro hombre, no dándole su lugar a él, su novio, aunque jamás lo hablaron, sólo lo dieron por hecho. Luego las cachetadas, sus brazos marcados con los dedos corrosivos de quien decía quererlo, porque jamás escuchó un te amo. Las ofensas como lluvia ácida, quemando sus venas, quitándole el aire y deseando volverse pequeño e invisible, para poder desaparecer por cualquier rendija en el piso de ese desolado lugar.
Nunca entendió ni entendería cómo pudo soportar tanto maltrato. Ese año que tuvo junto a John fue la experiencia más humillante de su corta vida. De los 365 días del año, cerca de 300 tuvo marcas en su cuerpo, algunas más pequeñas, otras más grandes; si tenía suerte, a veces solo fueron pellizcos en sus piernas. Con cariño, por su bien, porque eso hace quien te quiere: te cuida.
Y aunque cueste creerlo, era todo más difícil, debido a que debían esconderse. La homosexualidad es una aberración, dice la sociedad; un delito dice la justicia. Y él solo quiere amar a otro hombre, con la misma libertad que a una mujer, pero no es posible, no en este tiempo, quizás en otra vida.
Una mezcla de rabia, pena, frustración y un algo de esperanza se mezclan en su paleta de madera de nogal: negro, rojo, amarillo, destellos de azul. Trazos gruesos, líneas finas, formas imperfectas, precisa la intencionalidad. Terminó llorando, aún lo hace cuando algo lo emociona más allá de sus cuatro paredes, y le recuerda que allá afuera, está alguien esperando por volver a lastimarlo y que no debe tener esperanza.
Los días pasaron casi volátiles, entregando sus últimas notas de calor, recibiendo las primeras brisas otoñales, llevando a la gente a buscar refugio en cualquiera de sus formas.
En la universidad era notorio el inicio de clases. El ruido ensordecedor de los jóvenes estudiantes, hablando sin parar, conociéndose algunos, reencontrándose otros, pero sin duda, todos ansiosos por empezar un nuevo año.
La primera clase de Harry consistió en dar una hojeada a lo que verían durante el año, los objetivos que tenía para el curso, conocerlos a grandes rasgos, hablar un poco de lo que ellos esperaban aprender. Fue bastante tranquilo en realidad, no era una clase realmente rigurosa. Algo de su timidez se dejaba asomar de vez en cuando y solo su gran amor por el arte lograba mantenerlo en pie, con su característica seriedad.
Louis en cambio, fue mucho más dinámico. Su espíritu eufórico había vuelto a él, como si retornara a su adolescencia intensa, ávida de descubrir la vida y descubrirse como un ser ambicioso de conocimiento y experiencias. Las prohibiciones nunca fueron algo que lo detuviera, se las sabía ingeniar para lograr lo que quería. Muchos hombres pasaron por su cama, solo algunos compartieron una taza de té, ninguno un abrazo al despertar, y estaba bien así, la libertad era su tesoro más invaluable. Hasta que la llegada de un trabajo estable que debía mantener, la responsabilidad de guiar a otros en el hermoso y boscoso camino de la música y una sonrisa tímida que había calado en su piel, derrochando calor, le habían hecho cuestionarse, si podría ser una buena pareja, tener algo serio y estable con una sola persona. Una, con quien las sinfonías se llenaran de colores.
Sus alumnos eran bastante diferentes, algunos muy dispersos, otros que claramente y desde ya lo podía saber, no llegarían a mitad de año. Podía ser bastante lúdico, pero estricto al punto de no perdonar ningún error. Conversó mucho, necesitaba entender la motivación de estar ahí, si era algo pasajero, si había verdadera pasión, si tenían ya conocimientos, y dentro de todo, salió muy satisfecho.
Se encontró con Harry en un desierto pasillo, cerca de los baños.
—Buenos días, lo estuve buscando, —comenzó Louis. —Se me quedó este sobre, debe ser suyo. —Sonrió suavemente, escaneando el rostro tan pálido de su colega.
—¿Está seguro? No recuerdo un sobre de estas características, déjeme revisarlo, —pidió.
—Lo lamento, no puedo esperar, debo irme, —contestó. Y como prueba de ello, caminó demasiado rápido, como si en realidad tuviera una urgencia.
Cuando Harry iba a abrir el sobre, fue llamado por uno de sus alumnos, por lo que lo guardó y se olvidó de él, hasta que llegó a su departamento. Se acostó temprano, porque el día se llevó todas sus energías, y cuando estaba cerrando sus ojos, recordó la escena y se levantó a buscar la misteriosa esquela. La abrió y sacó un papel doblado, que estiró con cuidado, y de inmediato reconoció la caligrafía. No pudo evitar una media sonrisa y el latido que se saltó su atribulado corazón. Le llamó la atención que Louis no había utilizado un lápiz para escribir, sino que tinta y pluma. Podría ser un detalle, pero para él hablaba de una intención preocupada y honda. Leyó:
Como una sonata cubierta de intensidades,
Que nos lleva por ondulantes caminos,
Descubrí el verde florecer de sus ojos
Dándole nuevo brillo a los míos.
Su voz, como una llovizna fresca y deliciosa,
Envolvió mis oídos acostumbrados al silencio.
Apenas seis líneas, hermosas como caudal de fortuna, que le entregaban más preguntas que respuestas. ¿Era él, el real destinatario de esa sentida poesía? ¿Por qué Louis había actuado así? ¿Debería pensar que, tras el halago imponente de esa carta, hay una posibilidad de volver a empezar para sus sentimientos amorosos?
Jamás, nadie, tuvo un detalle con él y era demasiado. Sacudió la cabeza mientras devolvía el papel al sobre, seguramente fue una equivocación. Louis no podría mirarlo.
El día siguiente llegó veloz, parecía apurado por amanecer con sus colores ocres y naranjas. Antes de las clases, y reuniendo mucho valor, Harry se acercó a Louis. Estaba consciente de que demasiada cercanía era mal vista, por lo que mantuvo su distancia.
El profesor de música vio la fría mirada que encontró a la suya, y un sentimiento de ¿miedo? Apareció en él.
—Creo que se ha equivocado, ese sobre no era mío ni para mí, —dijo cortante.
—¿Por qué lo duda?, —contestó Louis, disimulando buscar algo en sus papeles.
—Porque sencillamente... No puede ser.
—Lo siento. ¿Lo incomodé?, —preguntó.
—No. — Demasiado rápido las palabras abandonaron su boca. —Sólo creo que el destinatario de tan bellas palabras no puedo ser yo, —susurró.
—Lo es, de eso no tenga dudas. Tome. —Y le entregó otro sobre, que esta vez tenía el logo de la universidad. Se veían desde lejos como cualquier par de profesores intercambiando información.
Harry guardó el papel, aparentando también. Un ligero temblor que no pasó desapercibido para Louis, lo recorrió. ¿De verdad esto estaba pasando?
—Debo irme, —dijo ahora el profesor de pintura, mirándolo de manera indescifrable, casi enmarcando amargas lágrimas.
Louis lo vio caminar, solo dos segundos, antes de volver a su rutina. En ese espacio, estaba prohibido perderse en el suave contoneo de las caderas de Harry.
Las clases continuaron, los primeros trabajos, los primeros ensayos y los primeros exámenes fueron avisados, ya en esos primeros días. Los dos coincidían en que era más fácil para sus alumnos, si tenían claro desde un principio cómo trabajar.
Esa tarde encontró a Harry sentado frente a la ventana de su habitación, con el sobre casi ahogado en sus manos sudorosas, casi como si se aferrara a un bote salvavidas, casi como si su vida dependiera de ello. El miedo era su sentimiento más recurrente. Si Louis de verdad quisiera acercarse de manera romántica, ¿podría ayudarlo a reparar algo que no rompió? No, no era justo para ninguno, pero la esperanza ya había aparecido como una pequeña llama de cálidos colores, echando raíces en cada uno de los poros de su piel.
Sus dedos, largos y hermosos, se crisparon, cuando los vio una vez más teñidos de rojo con su sangre, cuando John en un acto inhumano lo golpeó con fuerza en su cara, por haber comprado óleos en vez de licor. Cuando se secó las lágrimas, se dio cuenta de que no era así, que sus manos que temblaban de terror hace unos años, ahora temblaban de emoción. Descubrió unas nuevas líneas, bellamente adornadas con pequeñas notas musicales. El trazo de la tinta era tan exacto, que le provocaba ganas de pintar flores, ¿por qué? Quizás porque representaban tantas cosas lindas, tantos sentimientos, tantos nuevos comienzos, tantos finales a la vez. Un majestuoso girasol apareció en su mente, detallado, preciso, precioso.
Comenzó a leer:
Me recuerda a los girasoles que necesitan del sol para mostrarse, que lo buscan sin cesar.
Puedo equivocarme, pero algo en mi interior me cuenta una historia que no deja de doler.
Soy bueno escuchando, puedo entregar mi hombro, y mis manos. También mi corazón si lo permite.
¿Soy impertinente al decirlo? ¿Desea que me detenga?
Una palabra y entenderé que mis letras no han sido música para usted.
Una mirada, y tal vez empecemos a transitar por el mismo paisaje.
Con cada letra, una nueva emoción. Girasoles, muchos girasoles abriendo sus pétalos sólo para el sol, sólo para sus ojos, solo para su calor. Calor, que comenzaba a derretir lentamente sus miedos, pero que intentaría frenar.
Tres días pasaron donde no se encontraron. Habían empezado finalmente las clases más serias, entregando mucho contenido, buscando información, preparando los trabajos que pedirían, bosquejando los primeros exámenes, organizando lecciones prácticas. Tiempo en el que la intensidad de eso, que aún no tenía nombre ni principio, floreció sin remedio.
Temprano el sábado en la mañana, Louis fue despertado con golpes en su puerta. Su oído experto supo reconocer al dueño de esa manera tan especial de tocar, casi sin querer molestar. Mentiría si dijera que no estaba nervioso, el rechazo había empezado a manifestarse en su mente.
—Pase por favor. —Fue lo primero que dijo, saltándose el saludo, pero sin perder ningún detalle del lenguaje no verbal de Harry.
—Lamento, otra vez, interrumpir sus actividades, —dijo, tomando asiento en el sofá, después de quitarse su abrigo. —Mas creo que nos debemos una conversación.
—Estoy de acuerdo, pero antes, ¿puedo ofrecerle una taza de té —Preguntó.
—Sí, gracias, ¿no estoy molestando? Podría volver más tarde.
—Nunca me molestaría su presencia, —contestó con tanta seguridad, que el estómago de Harry se apretó.
Salió Louis a la cocina a preparar, al igual que la vez anterior, la tetera y las tazas. Esta vez acompañó con algunas galletas de nueces almibaradas.
Al volver a la sala, se encontró con un Harry de pie, mirando por la ventana hacia afuera, casi escondido por las largas cortinas. Estaba tan absorto en su observación, tan quieto, que parecía una hermosa pintura, sobrecogiendo a Louis, queriendo por primera vez en su vida ser capaz de plasmarlo en un lienzo. Sin embargo, la melodía en la que seguía trabajando apareció, revelando pequeños errores y la corrección de algunas notas. Pensó en escribirlas, pero era algo que no podría olvidar porque era una música llena de ese hombre distinto y especial.
—Está listo, espero que le gusten las galletas, —habló muy suavemente, como si no quisiera alterar el momento.
—Me encantan. —Sonrió.
Bebieron y comieron en silencio, apenas se daban alguna que otra mirada, ninguno se atrevía romper el sosiego que los envolvía y que era bastante cómodo, como si estuvieran acostumbrados a la presencia del otro.
Una vez que las tazas vacías fueron puestas en la mesa, ya no tenían escapatoria.
—Yo, no entiendo a qué está jugando, —comenzó Harry sin mirarlo. —Pero le pido, encarecidamente, que se detenga.
Cuando levantó la mirada, preocupado por el mutismo del profesor, se arrepintió de sus palabras. Los azules ojos, como cristales, brillando de humedad, le contaron que no era un juego, que había verdad en esas cartas y que quizás, tal vez, acaso, hubiera un algo tangente flotando en el aire. ¿Debería dejarlo hablar?
—Entiendo. Entiendo y me disculpo, no ha sido mi propósito causar malestar e incomodidad. Mal pensé que usted también tenía algún interés en mi persona, por favor, dispénseme, —pidió con trémula y triste voz.
—Malestar ha sido lo que menos ha causado en mí. Pero yo no tengo derecho a pensar en alguien más, estoy roto, tengo miedo, no merezco que sus ojos me vean y menos, que me miren. —Tapó su boca con sus manos temblorosas. ¿De dónde salió esa confesión tan íntima y tan profunda, que él mismo desconocía?
—Soy capaz de buscar por meses la nota perfecta, rehacer mil veces el camino si es necesario, hasta lograr lo que quiero y espero de mi trabajo. Puedo demostrarle con infinita paciencia que esto no es un juego, y comprendo que lo crea, porque ¿posiblemente lo asusté? ¿He sido muy directo y vehemente en mis demostraciones? No lo sé, solo sé que la música suena diferente desde que lo miré por primera vez a los ojos, y que cada día podría componer una sinfonía completa a su porte, al delicado talle de su cintura, a la perfección de su semblante de matices carmesí, —explicó con ímpetu, relajando sus manos que estaban empuñadas de pasión.
Harry se levantó, no podía seguir soportando la intensidad con que estaba siendo admirado. Caminó hacia la puerta, se devolvió, volvió a sentarse.
—Yo... No sé qué decir. Usted, sus palabras, parecen tan sinceras que quiero creerlas, pero al mismo tiempo, ¿cómo sé que no es su manera de seducir? ¿Qué después de un tiempo, cuando deje de ser novedoso, se retirará de mi vida?
—Conózcame, soy un libro abierto, déjeme demostrarle que puede confiar en mí, que jamás podría jugar con usted ni con alguien más. Tengo muchos defectos, pero no soy un mentiroso, —declaró, acercándose a Harry. —Yo nunca he hecho esto. No voy a negar que muchos hombres han pasado por mi vida, pero ninguno se quedó una mañana para describir la sensación de los pájaros trinando al amanecer. Nunca tuve una relación, no sé siquiera si estoy haciendo las cosas bien, pero también es verdad que es primera vez que mi respiración se agita de esta manera, que mi corazón añora calor, que mis manos se sienten vacías si no están escribiendo para usted... —Profesó casi como un rezo, buscando sus manos.
Harry no las retiró, apenas sonrió, era demasiado. Esto era lo que no debía pasar, era lo que se había jurado no sentir. Los dedos de Louis eran un poco más pequeños que los suyos, pero mucho menos afilados, y definitivamente, cálidos y tersos. Melodiosos.
—Creo que es mejor retirarme —dijo en estado casi de shock, a un Louis que no sabía bien qué estaba pasando.
—¿Puedo invitarlo a cenar esta noche? —Intentó. —Aquí en mi casa, ¿a las siete?
—Aquí estaré, —contestó después de casi diez segundos, donde tuvo una pequeña lucha interna entre el deber y el querer.
Al llegar a su departamento, Harry solo pudo tirarse en su cama a pensar. Recordó el primer día que chocó con Louis, y no pudo evitar una sonrisa. En ese momento supo que era un potencial peligro para su estabilidad emocional, porque tenía todo lo que le gustaba en un hombre. Y no hablaba de lo físico, que era en este caso, espléndidamente perfecto, si no de esa aura, de esa energía que irradiaba, del fuego en su mirada, de la inquietud de su alma, de la complejidad que habitaba en él. Cosas que no tenía cómo saber, pero las había sentido en esos breves segundos que tuvieron para intercambiar sus primeras palabras. No se había equivocado cuando se imaginó un universo lleno de constelaciones, estrellas, asteroides y cometas viviendo dentro de la mente de Louis.
Buscó en uno de sus bolsillos su reloj, y descubrió que, asombrosamente ya pasaba del mediodía. Era incapaz de comer, por lo que decidió trabajar un poco en las ya molestas planificaciones, y luego darse un baño. Escogió su ropa con dedicación, lo que en realidad no fue difícil, debido a su buen gusto. Había logrado surtirse de varias prendas a lo largo de su paso por la universidad, a pesar de la precariedad con que vivió muchos años.
Cuando terminó de vestirse, y peinarse, faltaban apenas veinte minutos para las siete de la tarde, por lo que tomó su sombrero y salió camino a su cita.
Louis lo hizo entrar rápidamente, y los pies de Harry tambalearon, mientras se quitaba el abrigo y el sombrero. El comedor, con la tenue iluminación de las velas, proyectaba sombras ligeramente fantasmales, mientras el viento azotaba los altos alerces y los verdes fresnos. Una vajilla realmente hermosa, las copas de un fino cristal, cubiertos de plata, mantel bordado, una botella de vino.
—Es una mesa preciosa, —dijo en un suave susurro.
—Por favor, tome asiento. —Habló, mientras corría la silla para su invitado. —¿Le parece bien empezar de inmediato? —Preguntó.
—Sí, muchas gracias.
Louis sirvió el vino, y llevó los platos ya servidos. Era un menú sencillo, pero delicioso, su especialidad: pastel de carne con papas asadas.
—Espero que le guste, lo preparé con mucho cariño.
Y la cara de Harry después del primer bocado, le confirmó que había hecho un buen trabajo.
—Santo cielo, está delicioso, —contestó limpiándose los labios, y tomando un poco del rojo líquido.
Después de la comida, un postre, también simple. Pudin con salsa de caramelo. Harry dejó los platos limpios, elogiando la buena mano de Louis, en reiteradas ocasiones. Ninguno bebía de forma habitual, por lo que después de la primera copa, se sintieron más relajados, y con ganas de tal vez, un poco de compañía para sus emociones y recuerdos.
—¿De dónde viene su amor por la música?
—De mi mamá, —dijo con una sonrisa amplia. —Ella tocaba piano desde muy pequeña, pero siempre lo hizo de oído, nunca compuso o algo así, solo disfrutaba tocar. Yo la veía, y admiraba, y a los diez años aprendí por las mías a leer partituras. A los quince compuse algunas cosas, bastante malas puedo decir ahora, —volvió a sonreír, mientras Harry lo escuchaba con atención. —Luego pude estudiar de manera profesional, y ahora toco piano, violín y fagot. Mi familia siempre ha sido un gran apoyo, es bastante adinerada, me regalaron esta casa y pagaron mis estudios, y son maravillosos. Los extraño mucho, ellos viven aún en el pueblo donde crecí, Doncaster. —Terminó, con su voz ligeramente emocionada. —Es su turno.
—Nunca conocí a mi padre y mi madre hizo hasta lo imposible por darme lo mejor. La mitad de mi corazón se quedó con ella en Holmes Chapel, —contó con tristeza. —Fue muy difícil empezar una vida nueva en esta ciudad, apenas me alcanzaba para sobrevivir con lo que mi mamá me enviaba, así es que mientras estudiaba pintura, empecé a trabajar pintando muros, fachadas de casas, lo que saliera. —Hizo una pausa donde miró el fuego de la vela que estaba frente a él. —Vivía en un departamento en los suburbios, era un lugar horrible, sucio, maloliente, peligroso, pero era mi techo. Lo arreglé lo mejor que pude y le tenía cariño —Su voz comenzó a quebrarse. —Fue cuando conocí a John, él también pintaba casas, y para mí fue fácil aferrarme a él, yo era muy ingenuo y él se aprovechó de eso. En la oscuridad de algún pasillo nos besábamos, pero debí darme cuenta de que algo no andaba bien, cuando una semana después se instaló en mi departamento. —Terminó de beber el vino que quedaba en su copa, parecía querer vaciarse al igual que la botella. —Lo confirmé esa misma noche, cuando me negué a acostarme con él, y me dio un golpe tan fuerte en la espalda, que no me pude levantar al día siguiente.
—No es necesario que siga, —lo interrumpió Louis.
—Lo es. Al día siguiente tuve que hacerlo, aunque no quería. Me dolió tanto que pasaban los días y no me recuperaba. Nunca le importó robarme mi primera vez ni que mi cuerpo funcionara como un cadáver. —Una pequeña lágrima se deslizó por su mejilla. —Era bruto y salvaje, jamás pude disfrutarlo, pero si me negaba había golpes, cachetadas y pellizcos. Supongo que me acostumbré a esa manera de querer, con miedo, recibiendo las migajas de él cuando tenía un buen día y aparecían las promesas de cambiar y los nunca más. —Harry empezó a reír, mientras amargas y ásperas lágrimas caían como cascada, liberándolo y sanándolo.
Louis, que parecía impasible, también lloraba, solo que sus lágrimas eran pesadas, como si cada una de ellas hubiera encerrado el dolor de Harry. Se levantó de la mesa, con su garganta en llamas, y en un gesto que terminó de derrumbar a Harry, se arrodilló frente a él.
—Jamás tendré suficiente vida para pedirle perdón. Perdón por no estar ahí, por no haber evitado que lo dañaran, por no curar sus heridas, por no enseñarle como se debe sentir el amor... Aunque yo apenas lo estoy entendiendo, sé que no es hiriendo ni dañando. Perdóneme, —fue su última palabra antes de aferrarse a las rodillas de Harry.
El profesor de pintura, solo pudo quedarse estático en su lugar. Hasta que sus manos alcanzaron el pelo de Louis, y comenzaron a acariciarlo lentamente. Se sentía envuelto en un destello brillante, de colores negros y grises oscuros, borrascosos, pero que empezaban a llenarse de matices azules.
—Debería irme, —dijo Harry, en una afirmación con cara de pregunta.
—De ninguna manera. Es tarde, estamos bebidos, quédese, —pidió.
—No quiero molestar, —dijo apenas. Sus ojos habían comenzado a cerrarse.
Louis se levantó, y con un poco de esfuerzo logró llevar a Harry a su habitación. Le quitó los zapatos, desabrochó los primeros botones de su camisa y lo tapó con una gruesa manta. Lo miró dormir unos minutos, contemplando sin pudor, la belleza tan pura e inocente que se desbordaba por su pálida piel. Soportó el dolor en su corazón que apareció cuando la necesidad de tocar sus mejillas picaba en sus manos.
Suspirando, tomó otra manta y se fue a dormir al sofá. Despertó apenas unas cuatro horas después, cerca de las cinco de la mañana. Las correcciones de su obra no lo dejaban en paz, el piano lo llamaba con gritos desgarradores.
Preparó té, y fue a lavarse la cara. Pequeñas ojeras adornaban sus ojos, dándole un aspecto incluso más adorable. Llevó una taza de té hasta la sala del fondo y se sentó frente al gran instrumento. Comenzó a tocar, haciendo modificaciones, cambiando algunas notas, repitiendo tiempos, apurando algunos, ralentizando otros.
Se olvidó del mundo, mientras comenzaba a tocar sin parar, una y otra vez la preciosa melodía. Sus ojos cerrados, sus pies en los pedales, sus manos en las teclas y la inclinación de su cuerpo en un movimiento sesgado y entregado.
Nunca conocí a alguien que fuera como un arcoíris, con tantos colores, con tantas tonalidades, pero con luces y sombras, brillantez y opacidad. Eso pensaba Harry, mirándolo desde el marco de la puerta. Se sentía ligeramente avergonzado por su explosión de emocionalidad con quien, básicamente, apenas conocía. Aún tenía dudas, pero la esperanza comenzaba a aplastarlas.
La música que escuchaba, en cambio, le provocaba uno y mil pensamientos. Dudas, realidades. Naranjos y ocres, para pasar a blanco, y continuar en lilas y celestes. No, eran verdes oscuros, bermellón y escarlata. Tal vez una paleta de marrones, desde el más frío hasta el más acogedor.
Cuando volvió a la realidad, se encontró la intensidad de la mirada de Louis, provocándole una linda sensación que llevó el carmín a sus mejillas. ¿Sería siempre así?
—¿Cómo se siente? —Preguntó caminando hacia él.
—Me duele un poco la cabeza, pero estoy bien, —sonrió.
—¿Puedo ofrecerle un consomé?
—No, no es necesario. Creo que debo irme, he estado demasiado tiempo aquí, —contestó bajando la mirada. —Perdón por lo de anoche, no era mi intención generar lástima ni incomodarlo.
—Harry, por favor, nunca se disculpe por hablar de lo que siente, no conmigo. La lástima es un sentimiento tan poco noble que jamás lo sentiría por alguien como usted; al contrario, creo que es extremadamente valiente y tan... No existe palabra que describa cómo lo ven mis ojos. —Intentó buscar una vez más las manos de Harry, casi agónico, necesitando de ese pequeño contacto. —Déjeme cambiar su triste mirada de invierno, por la más bella de primavera, por favor...
Y Harry, cuyo primer impulso fue esconder sus manos, encontró las de Louis, y le regaló una hermosa sonrisa. No necesitaban más palabras.
Los días comenzaron a pasar, uno tras otro, en una inevitable sucesión. Días de arduo trabajo para los dos, y para todos en realidad. Alumnos atareados, las primeras calificaciones apareciendo, llenando de incertidumbre a los estudiantes. Seguramente debido a todo el caos que significaba estar en la educación superior, nadie notó el sutil cambio que empezaba a florecer en los dos profesores. Harry, definitivamente sonreía más, incluso tenía momentos en que su timidez era olvidada, y lograba conectar mejor y más profundamente con sus alumnos; les hablaba con más pasión de uno de sus favoritos, Rembrandt, debido a su enfoque expresivo y también de Cézanne, por su amplia perspectiva y el uso de paletas intensas.
Louis, por el contrario, estaba más exigente. Se encontraba, sin darse cuenta, proyectando su frustración en sus alumnos. No lograba terminar sus propias composiciones, y le molestaba profundamente que ninguno de sus estudiantes lo hiciera. Les exigía más y al día siguiente, el doble. Sus únicos momentos de calma eran cuando lograba divisar al dueño de sus dulces tormentos en algún pasillo silencioso, o cuando se sentaba a escribir pequeños poemas. No llevaba la cuenta de ellos, pero fácilmente eran más de quince, porque muchas veces, la tranquilidad que experimentaba junto a la pluma, se convertía en una taza estrellada en la pared. Muchas veces sentía que sus sentimientos estaban quemando cada órgano de su cuerpo, que lo empezaban a consumir, que le estaban quitando su cordura. Solo había algo que podría calmarlo, y no podía esperar más.
A la luz de la luna, escribió:
Hoy es jueves, el día de Júpiter, llamado un ser de luz
Y, sin embargo, me encuentro en la más cruel obscuridad.
Suena como un sacrilegio el decir que es debido a usted,
Aunque para ser exacto, es por su falta,
Por la privación de poder mirarlo sin miedo,
De aferrarme a sus manos y sentir sus sutiles y agudos dedos,
Por la carencia de su voz, de su manera de acariciar las palabras,
Porque tengo ausencia de usted y me duele.
¿Podría tener la dicha de volver a tenerlo en mi casa?
Me da igual si es a las ocho de la mañana o a las doce de la noche,
Preciso de encontrar nuestras miradas, más que respirar.
Suyo, Louis
El viernes temprano, encontró al profesor de música esperando ansioso ver aparecer al dueño de sus desvelos. Cuando lo vio caminar por la entrada, parecía que una luz inundaba el lugar, y no pudo evitar que sus ojos recorrieran todo el porte majestuoso de Harry. Lo siguió a escondidas hasta el salón donde iniciaría sus clases en diez minutos, y aunque había ya algunos alumnos, logró entregar el sobre, robándole una sonrisa que derritió su fortaleza una vez más. A este paso, terminaría muerto de amor.
Al finalizar la primera clase, se encontraron sin querer, en el baño.
—¿Mañana a las seis? —Susurró Harry, casi como un secreto.
—Perfecto, —contestó, conteniendo el despertar de su cuerpo al sentir el aliento de Harry en su oído.
La felicidad de Louis se esfumó de golpe, cuando llegó el viernes, y se dio cuenta de que sería muy difícil preparar algo. Tenía clases hasta las cuatro, y debido a su estado de febril amor, no había hecho las compras. Se había mantenido casi en base a té y algunos refrigerios, pero no podía servirle eso a su Clave de Sol, nombre que le había puesto a Harry en su mente. Todo empeoró, cuando después de la salida de clases, fue llamado a la oficina del director, para hablar sobre algunas actividades extra programáticas. Salió de la universidad veinte minutos antes de las seis. Aún si corría no alcanzaba a pasar a comprar. Caminó a su casa, sintiéndose total y absolutamente derrotado.
Apenas había dejado sus papeles en la mesa, cuando el armónico golpe en su puerta lo llevó al borde del llanto.
Abrió la puerta con la cabeza gacha, Harry entró feliz, hasta que se dio cuenta de la actitud de Louis.
—¿Pasa algo? ¿Por qué está tan triste? —Preguntó preocupado.
—Yo, lo siento. He estado tan ocupado, y hoy tuve una reunión sorpresa con el director, y no alcancé a comprar... Lo siento, no pude preparar nada para agasajarlo, por favor perdóneme, —contestó, mientras Harry veía caer una lágrima luminosa y brillante.
—Louis, por favor, no se preocupe. Aunque sólo tomemos té, soy el más feliz de estar aquí, —dijo sonrojado. —Además, creo que algo puedo hacer. ¿Puedo invadir su cocina?
—Ya ha invadido lugares más importantes, puede hacer lo que quiera con la casa y conmigo.
Por primera vez, pudo escuchar una risa verdadera, real y legítima de Harry. Era una obra de arte, una sinfonía de la naturaleza, un eco eterno.
Lo acompañó a la cocina y lo vio moverse con soltura. Buscó en los gabinetes, cortó, mezcló, cocinó. Aprovecharon de contarse cómo iban sus clases, de sus expectativas, de sus objetivos. Casi dos horas después, dispusieron los platos, copas y velas. No había vino, así es que solo agua. Era lo que acostumbraban, no les molestaba. Y Harry sirvió una perfecta tortilla de verduras acompañada de arroz, y dejó en la mesa, para que se enfriara, un budín de pan.
—Debo decir que estoy muy sorprendido. ¿Cómo preparó todo esto sí, según mi experiencia, no tenía ingredientes para cocinar?
—Al parecer, nunca ha tenido que ingeniárselas para comer. Muchas veces tuve solo pan duro o trozos de verduras que iban quedando. La necesidad a veces nos vuelve creativos, —respondió, pero sin malestar.
Louis cortó una pequeña porción de la tortilla y rellenó su tenedor con arroz. No masticó, saboreó cada grano y distinguió las verduras en su paladar. Sonrió, muy satisfecho.
—Esto está increíble. Usted tiene el don de la cocina, aunque no sé si hay algo que no pueda hacer bien, —comentó con una mirada más penetrante.
—Lo hay, —dijo Harry ensombreciéndose.
—Por favor, no se aflija, lamento si le hice recordar algo triste.
—Está bien, creo que hay cosas que me van a doler siempre, —habló intentando una sonrisa.
Terminaron de comer, y llevaron el budín al sofá con la tetera del té. Louis prácticamente devoró la mitad del postre, para regocijo de Harry, que lo miraba con ternura.
—Yo... ¿Puedo tomar sus manos? —Pidió una vez que el vacío llenó los platos y tazas. Su ansiedad había vuelto.
—¿Por qué le gustan mis manos? —Preguntó.
—Ha sido nuestro único contacto físico, siempre será especial, y yo, últimamente, necesito... tocarlo.
El corazón de Harry latía con fuerza y a la vez con miedo. Pero lo hizo, dejó que Louis envolviera sus manos y las acariciara.
—¿Mejor? —Demandó, sintiendo la zozobra del profesor.
—¿Sería un atrevimiento de mi parte, pedirle un abrazo?
—No, de hecho, me encantaría.
Y sin más, Louis cerró el espacio entre ellos en el sofá. Lo miró tan intensamente que Harry por primera vez, estaba experimentando el deseo. Sus pequeñas manos, tímidas en ese primer momento, se aferraron a la cintura definida y grácil, atrayéndolo suavemente hasta que el pelo de Harry le hizo cosquillas en su mejilla.
Harry envolviendo sus brazos en el cuello de Louis, y su nariz enterrada en él, respirando y conociendo el olor igual de intenso que su mirada, enviando chispas a su piel.
—Esto es mejor de lo que imaginé, —dijo Louis, mientras sus manos se movían en un letárgico vaivén por la espalda de Harry. —¿Está cómodo?
—Lo estoy. —No podía hablar. Estaba conmovido, se sentía a salvo entre esos brazos ardientes. Podía notar el ímpetu en las caricias de Louis, y si bien estaba nervioso, tal vez lograría intentar algo más.
Harry se separó solo un poco, solo lo suficiente para poder descubrir el azul tan cambiante de esos ojos que le hablaban en una prosa llena de colores.
Y Louis, se perdió en el jade melancólico, pero también en el carmín de esos labios que mataría por morder.
—¿Es tal vez, muy pronto para pedirle que sea mi novio? Me muero por besarlo, pero jamás lo haría sin saber que es mío.
—¿Está seguro? Temo que pueda arrepentirse.
—Confíe, por favor, —imploró, frotando sus mejillas en el cuello de Harry.
—Quiero ser su novio. —Y como un milagro, Louis lo vio renacer frente a sus ojos.
—Le prometo que...
—No, —interrumpió. —Sin promesas, sólo no me lastime, ¿sí?
Y sus miradas otra vez, hablando sin palabras, mimándose. Las manos de Louis ahora apretando con más confianza la cintura tan definida de su novio, y el primer intento de un beso. No resultó, los nervios de Harry eran palpables en el aire, solo provocando que quisiera protegerlo y cuidarlo.
—Lo siento, —pidió Harry, cuando no fue capaz de avanzar.
—No, no, no se disculpe.
Y para consolarlo, volvió a abrazarlo, transmitiéndole paz, calma, sosiego.
—Podría vivir aquí, en sus brazos, —susurró Harry, casi con angustia, necesitando seguridad, buscando un algo que no sabía qué era.
—Hágalo, mis brazos siempre lo recibirán con afecto, ¿no se ha dado cuenta de que tienen el tamaño perfecto para cobijar su cuerpo?
Harry sonrió. —Usted es como el color blanco, —comenzó a contar, con su mejilla apoyada en el hombro de Louis. —A primera vista se piensa que es un color frío o que son todos iguales, pero no es cierto. Hay muchas variedades, algunos más opacos, otros más brillantes, unos más firmes, algunos translúcidos. Y lo más importante, es cómo puede degradarlo en otros colores o cómo puede cambiar un tono con su presencia. Los ojos comunes lo verán como alguien más, pero para mí se ha vuelto la parte más importante de mi paleta de colores. —Terminó, casi rasgando el silencio.
—¿Sabe? —Contestó Louis sonriendo y acariciando la espalda y los brazos de Harry. —Le tengo un nombre, y no pensaba descubrir mi secreto tan rápido, pero necesito algo que equipare su hermoso relato. Lo llamo, mi clave de sol, —dijo sonrojándose. —Las claves se usan en las partituras, para conocer la altura de la música y es una referencia para las demás notas. La altura, determina si un sonido es agudo o grave, —explicó. —Usted, es mi punto de partida, quien determina mis movimientos, mi guía... —Terminó mordiéndose el labio inferior, intentando calmar su emoción. Por fin había podido expresar aquello que lo estaba asfixiando.
La mano de Harry fue hasta la mejilla de Louis, y con una dulzura que no es de este mundo, lo acarició. Los dos cerraron los ojos, maravillados con esa sensación tan íntima, profunda y entrañable que los tenía al borde de caer en un precipicio pintado al óleo, y en el límite de la nota más aguda de un concierto para violín.
Cuando Louis abrió los ojos, pudo reflejarse en los de Harry, que lo miraban con tanto sentimiento que lograba ponerlo nervioso, como nunca antes. Siempre fue un conquistador nato, su atractivo y su amabilidad fueron imanes para muchos, pero este afecto que se colaba en su piel, era intimidante y provocativo a la vez.
Se acercó, despacio, pestañando suavemente para no asustar a su novio, intercalando su objetivo, que eran los armónicos labios de Harry, con su mirada que aún le mostraba un ligero temor. Pudo sentir el sobrecogimiento de su cuerpo, y entendía que lo único importante, era darle calor, pero calor de hogar, de ese que se siente en lo más profundo de tu ser y que te da energía cada día.
Iba a intentarlo, aunque tuviera que hacerlo mil veces cada día, lo haría si eso significaba que Harry tuviera la confianza necesaria de entregarse. Y no hablaba de una entrega física, sino que, de la realmente importante, la emocional. Y era cuando aparecían sus propios fantasmas, porque, ¿quién era él para guiarlo, si no sabía qué era ser vulnerable?
Fue cuando entendió que no necesitaba saberlo, porque ya lo era. Harry le derribó todas sus capas, murallas y barreras sin siquiera pretenderlo, solo con su presencia.
Sonrió al sentir la respiración entrecortada de su novio, y el primer contacto fueron sus narices, que se frotaron haciéndolos reír. Y Louis lo besó, apenas sus labios juntos, sin nada entre ellos, pero con todo a la vez. Un beso tranquilo, húmedo e intenso en proporciones exactas.
En la mente de Harry, un árbol de magnolias blancas difuminadas a rosa, el viento llevando sus pétalos en un remolino que atrapa tu alma en la máxima belleza, para luego dejarla ir, libre y sin ataduras.
Para Louis, la melodía consagrada de una realidad nueva, el sonido del destino, el ritmo perfecto escrito con la figura del otro.
¿Cuánto tiempo estuvieron así, siendo uno con sus labios recibiendo la candidez a manos llenas?
Muchos, sin duda. Tiempo después, Louis cambió ese único toque, por una lluvia de pequeños besos, que Harry estaba feliz de corresponder, uno tras otro.
—Me encantaría seguir aquí, besándolo, pero se está haciendo tarde, —dijo Harry, un poco molesto con su persona, por reaccionar de esa manera tan ardorosa a los besos de Louis.
—Quédese, no me deje dormir solo otra noche, —pidió.
Y Harry sintió como se derrumbaba. ¿Qué quiso decir con eso?
—Lo siento, no hablaba de eso, perdóneme por mi mal hablar por favor, —se apresuró a aclarar. —Aunque yo duerma acá en el sofá, saber que está bajo mi mismo techo me es suficiente, no hay dobles lecturas en mi petición.
—Siento mucho reaccionar así a sus palabras o gestos, aún me cuesta creer que esto me esté pasando, que de verdad se interesó por mí.
—Lo sé, lo sé y está bien, tenemos tiempo, —dijo mientras volvía a acercarse.
Ahora su boca besó el labio superior de Harry, luego el inferior mordiéndolo con delicadeza, sonriendo. Un par de segundos después, su lengua, lamiendo con timidez, hasta lograr que su novio abriera ligeramente sus belfos perfectos para recibirlo y darle la suya propia. Un beso tímido para conocer y reconocer al otro, para ahondar en su sabor, en su color, en su música. Uno que rápidamente se volvió ansias, afán y ambición, que no alcanzaban a terminar cuando lo volvían a empezar, que poco a poco los llevó a entonar ligeras coplas, susurros como un regalo, murmullos desde sus gargantas que solo mostraban lo que sus cuerpos rugían.
Louis, intentó desabrochar la camisa de Harry, y fue cuando sintió como un silencio de corchea, que todo el calor que amenazaba con consumirlos, desaparecía en un segundo. Supo que no estaba haciendo las cosas bien.
—Lo siento, —dijo agitado, levantando las manos, cual delincuente atrapado in fraganti.
—Debo irme, —habló Harry, ligeramente triste y perturbado.
Se puso de pie y se colocó su abrigo y su sombrero. Salió sin despedirse, mientras Louis ahogaba un golpe en los cojines del sofá. Se sentó mientras pasaba sus manos una y otra vez por su cara. Desesperado, fue a escribir.
Había tenido la secreta esperanza de verlo aparecer en su puerta al día siguiente, o el domingo al desayuno. Pero su novio no apareció y se dio cuenta de que nunca supo dónde vivía.
Ansiaba la llegada del lunes, hastiado de intentar componer y que solo lamentos en notas desafinadas aparecieran en sus partituras. Apenas logró encontrarlo solo, en medio de las clases, le entregó un nuevo sobre que Harry dudó de tomar, pero lo hizo.
—Louis...
—No, por favor no diga más, —pidió con agobio.
—Tome, —contestó Harry sonriendo, entregándole también, un sobre.
Esa noche los encontró nerviosos, pidiéndole a la luna, a las nubes y al cielo, que todo estuviera bien.
Harry, sentado a los pies de su cama que estaba a punto de desarmarse, sacó el papel y comenzó a leer:
Jamás imaginé escribir estas líneas que hieren mi corazón, como nada lo hizo antes. No tengo disculpa para mi actuar, y no podría describir la tristeza que me cobija y que me ha acompañado desde esa noche, la más oscura que he vivido. Tampoco imaginé, que estaría pidiéndole que nuestro noviazgo, que apenas fue un suspiro maravilloso pero breve, termine... Pero sé que no hay más remedio, no puedo obligarlo a que confíe nuevamente en mi persona, porque lo he defraudado.
A mi favor, sin embargo, quisiera alegar demencia. Usted me ha provocado una locura insana: la majestuosidad de sus labios, la humedad de su boca, el canto de sus susurros, la calidez de su cuerpo y su aroma como un elixir sagrado. Ni siquiera puedo intentar describir la llamarada de sus ojos ni la maravilla de tocar su cintura, o cómo reacciono ahora mismo de solo recordar que me dio el privilegio de sentirlo tan mío.
Quizás algún día vuelva a tener la dicha de que vuelva a mirarme.
Siempre suyo, Louis.
Sonrió. Se acomodó en medio de las mantas y se durmió.
Louis en cambio, no hacía sino caminar entre la cocina y el dormitorio, buscando el lugar preciso para terminar su suplicio de una vez. Fue cuando recordó la imagen de Harry de pie frente a la ventana, y ahí abrió el sobre y comenzó a leer:
Es la primera vez que escribo una carta, y espero que sea de su agrado. En primer lugar, necesito que me disculpe por mi reacción del día viernes. A veces mi cuerpo aún habla con terror, a pesar del tiempo pasado, a pesar de saber que usted jamás me lastimaría. Porque sí, lo sé. Sé también, que puede sentirse culpable, pero con todo mi corazón le digo que no, que no dependía de usted y hasta cierto punto, tampoco de mí. Estoy consciente de que aún tengo heridas que sanar, que hay imágenes que me perturban de manera escalofriante, y que tal vez, volveré a sentir que me hago pequeño y sienta pánico. Pero estoy aprendiendo a que duele menos y es más fácil cuando estoy con usted.
¿Sabe que es el heliotropismo? Es la capacidad que tienen los girasoles de moverse y orientar sus hojas, sus tallos y sus flores hacia el sol de manera natural. Usted se ha convertido en mi propio sol, en el más bello e intenso, tan particular e insuperable, ardiente de mí... Ha llenado mi humilde paleta con colores nuevos, me ha hecho amar aún más las tenues sombras y los amalgamados matices en el lienzo de mi día a día.
Poder llamarme su novio me hace sonrojar cada vez que recuerdo la musicalidad de su voz, el velo arduo y necesitado de su tono para conseguir tan solo rozar mis labios y debo confesar que me siento halagado profundamente y que ha encendido la pasión más exaltada y efervescente en mí.
Esperando volver a usted, Harry.
Louis arrugó el entrecejo. ¿Era verdad esto, o estaba durmiendo? ¿Podría ser realidad que su novio le hubiera escrito tal confesión?
Revisó la hoja una vez más, la releyó cuatro y diez veces antes de darse cuenta de que en el sobre había pétalos de girasol, y más aún, en el remitente, la dirección del departamento de Harry.
Miró la hora en su reloj de bolsillo. Eran más de las diez de la noche, ¿cómo había pasado el tiempo así, como agua fresca entre sus dedos? ¿Sería demasiado tarde? Lo era, tendría que esperar. Pero su corazón estaba por fin en calma, con la seguridad que te hace creer y crear, que te hace escribir, que te hace querer reír y abrazar. Con esa emoción se fue a dormir.
Cuando despertó, y con apenas una taza de té en su cuerpo, salió casi corriendo. Al pasar por una de las pequeñas y empedradas calles, vio un puesto de flores y el más bello y único girasol rodeado de tantas otras flores hermosas. Lo compró y siguió su camino, hasta llegar a una fila de departamentos. Su alegría se desvaneció, se quedó entre el lodo, los árboles secos y las fachadas deslavadas. Nunca había estado en ese lugar de la ciudad, y su corazón se sobrecogió, era desolador el paisaje, era tan poco vivaz, tan solitario, tan frío, tan cruel. Le costó tragar, le dolía.
Encontró el departamento sin dificultad, era el único que tenía el número puesto como correspondía. Intentó calmar su angustia antes de golpear, pero era difícil, sobre todo cuando escuchaba los gritos de peleas y llantos de pequeños bebés. Tocó sin embargo, y puso su mejor cara.
—Pase, por favor, —dijo Harry cuando abrió la puerta.
—Le traje esto, —habló Louis, entregándole el girasol.
—Es hermoso, muchas gracias. Voy a buscar un jarrón.
Y ahora sí que Louis estaba impactado. Dentro de ese departamento había luz, color, un pedacito de cielo en medio de tanta miseria. Las paredes adornadas de bellos y delicados cuadros, un pequeño sofá, una mesa para dos. Muy ordenado y limpio, estaba lleno del espíritu de Harry.
—Por favor, tome asiento.
—No, no quiero sentarme, —contestó Louis.
—¿Por qué no? —Preguntó intrigado.
—Porque necesito de esto... —Habló mientras caminaba hacia él y lo arrinconaba contra la pared, sin ser brusco, increíblemente delicado, para besarlo con ganas, en una demostración de la falta que le había hecho, mientras lo abrazaba y acariciaba su espalda.
Harry no dejaba de sonreír entre cada beso, y envolvió sus manos en el sedoso pelo de Louis, y lo intercalaba con mimos en sus tan primorosas orejas.
—Vamos a llegar tarde, —alcanzó a decir, antes de que Louis lo devorara una vez más.
—Lo siento, tiene razón, —contestó ligeramente acalorado. —No puedo detenerme, pareciera que estoy drogado de tanto amor.
No se dio cuenta de sus palabras hasta que notó las mejillas arreboladas de su novio, y sus ojos a punto de derramar cálidas lágrimas.
Los nervios lo hicieron tiritar, ¿qué se supone que debía hacer ahora? Apenas pudo agachar la cabeza, estaba avergonzado. Había imaginado mil maneras de declarar su amor, y en ninguna estaba esta, tan sin gracia, tan simple.
Sintió las manos de Harry en la línea de su mandíbula, ayudándolo a levantar la mirada.
—¿Puede repetirlo? —Suplicó.
—Yo, a usted... Usted, yo, nosotros... Yo lo amo. —Su pecho subía y bajaba como en si estuviera en una carrera de obstáculos. Buscó las manos de Harry y las besó. —Lo amo, —repitió.
La sonrisa de Harry era grande, era brillante. Le robó la luminosidad al propio sol.
—Vámonos antes de que nos despidan, —fue lo único que dijo, dejando ligeramente desconcertado a Louis.
Apenas salieron, la realidad volvió a golpear al profesor de música. No sabía, no entendía cómo lo hacía Harry para soportar tanta miseria. Mientras caminaban hacia la universidad, Louis se atrevió a indagar.
—No imaginé que vivía en un lugar así, y no sé cómo preguntar sin sonar despectivo, pero usted es tan distinto a lo que hay a su alrededor, que no sé cómo lo hace.
—Fácil, de niño vivíamos con mi madre en un sitio mucho peor. Después nos mudamos a un lugar parecido, no nos alcanzaba para más y había que priorizar. Cuando me vine a Londres, mi departamento era peor que este, el suelo era de tierra, estaba en los suburbios, las dos ventanas eran hoyos, tuve que taparlos con trapos. Había empezado a arreglarlo, cuando pasó lo de Jhon, y ya sabe el resto de la historia. Cuando terminé de estudiar y me dieron la beca, pude mudarme. Donde estoy está bien, fue fácil acostumbrarme”
—Yo sé que estoy actuando de manera irracional, pero no me gusta. ¿Podría pensar en mudarse? —Preguntó.
—No quiero hacerlo aún. Mi paga es buena, y puedo ayudar a mi mamá con lo que ahorro. Si me cambio, no podré ahorrar.
—A mi casa, múdese conmigo.
Harry detuvo su andar. —De ninguna manera, no puede pedirme algo así.
—Puedo.
—¿Para qué? Para que después me prohíba salir, me golpee, me humille y me...
—Míreme, no soy él. Soy yo, Louis, su novio, —interrumpió con un susurró. —Siga caminando, no lo pueden ver así, —pidió, muriéndose por abrazarlo.
Confusiones como esa se habían vuelto constantes desde que conoció a Louis, pensaba que debido a que después de tantos años, era la primera vez que se enfrentaba a conocer a alguien, y a tener una relación amorosa. Como si todos sus miedos se hubiesen puesto de acuerdo para aparecer.
Las semanas pasaron rápido, demasiada lluvia y demasiado frío congelando los huesos de todos. Apenas habían vuelto a verse a solas, porque debido a lo avanzado del curso, tenían mucho qué hacer y reuniones con el consejo universitario. Sin embargo, no faltaban las cartas, una pequeña flor en el escritorio del otro, las miradas cómplices a lo lejos, los roces en sus manos al pasar cerca. Era suficiente.
Un jueves a última hora, y después de una reunión agotadora, se encontraron en la cafetería de la universidad. Tenían hambre y estaban agotados. Mientras esperaban, Louis pudo decir:
—Mañana por fin podré tener tiempo para descansar, después de las seis seré un hombre libre. ¿Y usted colega?
—Afortunadamente también, podré revisar algunos asuntos pendientes.
Cualquiera que los escuchara, pensaría que era una conversación trivial de dos hombres aburridos. Pero para ellos, era la forma de tener una cita.
El viernes en la tarde se había transformado en su día favorito. Louis esperaba a que llegara Harry para preparar el té, y se había acostumbrado rápidamente a hacerlo mientras era abrazado, y su novio besaba su cuello.
—¿Desea tomar el té en el sofá?
—Sólo si tiene una manta para mis piernas, me congelo, —sonrió.
—¿Prefiere recostarse tal vez?
—La verdad, sí. Creo que esta semana ha sido demasiado intensa. Ni siquiera he podido pintar y temo estar perdiendo práctica.
—Lo entiendo, me siento igual. Vamos a la habitación, —dijo llevando la bandeja. —Puede sacar sus zapatos si lo desea, para estar más cómodo. Yo definitivamente me pondré pantuflas.
Harry se descalzó, y se sentó en la cama, estirando sus piernas y Louis cubriéndolas. Una vez listo, pudo tomar su té. Estaban conversando del caso de unos alumnos que habían sido descubiertos en un baño besándose, y como muchos les habían dado su apoyo, incluso el mismo director, cuando Louis al intentar dejar su taza en la bandeja, volcó la mitad de su té en su camisa. Harry al verlo se sobresaltó, botando también su bebida. Para suerte de ambos, estaba lo bastante frío para no causar una quemadura.
—Soy tan torpe, —dijo Louis, desabrochando su camisa.
—Yo lo soy más, —contestó suspirando Harry, mientras hacía lo propio con su ropa.
Sin ningún tipo de pudor, quedaron con sus torsos descubiertos, y al mirarse, sintieron que el otro era la primera maravilla del mundo.
Louis, casi sin poder cerrar la boca, estaba prendado de la piel blanca, y pura que cubría a las perfectas clavículas, el pecho jadeante, su estómago plano y su tan definida cintura.
—Usted es más bello que el "Claro de Luna..." —Apenas salían las palabras de su boca. *2
Y Harry no estaba mejor. La tez de su novio era de un dorado nunca visto y jamás igualado. Era como si pequeños rayos de sol iluminaran todo cuerpo. Nunca lo había tocado en un lugar que no fuera su cuello, sus orejas o su pelo, por lo que descubrir su figura así, le provocó un ahogo de sensaciones olvidadas y apagadas que intentaban salir a como diera lugar.
—Usted es... más precioso que "La noche estrellada", mucho más intenso y más real. *3
Louis se acercó a la cama y se sentó al lado de su novio. Podían escucharse sus ansias, sus temores y sus esperanzas como ligeras melodías de sutiles colores. Sus manos en su cuello, y sin dejar de mirarlo, comenzó a bajar. No quería ni podía perderse ningún detalle, necesitaba verlo, escucharlo con sus ojos. Su corazón le exigía saber si estaba haciéndolo bien.
Y el rostro de Harry le dio todas las respuestas. Con los ojos cerrados, sus labios siendo mordidos sin piedad, sus manos apretando las almohadas, y lo mejor del universo, pequeños, muy pequeños gemidos.
Fueron solo caricias, pero que los tenían encendidos en un nivel desesperante. Harry volvió a conectar con su lado creativo, imágenes de colores, paleta de morados y lilas con azul contrastando en figuras de dudosa forma. Louis veía caer notas, blancas, negras, corcheas y semicorcheas como una lluvia sobre el cuerpo sensible que estaba frente a sus ojos.
Cuando apretó su cintura con deseos de seguir hacia abajo, vio la palidez apareciendo como un grito de ayuda en las facciones de Harry. Se detuvo, pero no se alejó.
—¿Quiere que me detenga?
—Sí, por favor.
—¿Lo incomodé? —Preguntó masajeando sus brazos con cariño.
—¿Puedo confesarle algo?
—Siempre mi brillante clave de sol, —contestó haciéndolo sonreír.
—Cuando estoy frente al lienzo, es el único lugar donde puedo ser yo, donde puedo perder mi voluntad y dejarme llevar por los colores y las texturas. Ahora, aquí, en su cama, tengo miedo, —explicó.
—Lo entiendo, es normal, está bien, —dijo Louis, y Harry volvió a sonreír.
—No hablo de ese miedo. Este es distinto: no sé cómo será dejarme llevar, si lo estaré haciendo bien, si usted será capaz de decirme si hago algo mal o si no le gusta lo que soy o cómo me comporto. No quisiera decepcionarlo, jamás había estado en esta situación y usted tiene tanta experiencia que...
—Basta, —lo interrumpió Louis con un beso. —Mi experiencia en este momento se reduce a cosas técnicas, yo nunca he estado con alguien a quien amara, —dijo mordiéndose los labios. —También estoy asustado, pero no tengo prisa. Creo que tenemos esa ventaja, descubrirnos de a poco.
—A veces pienso que se va a aburrir, de verdad lo entendería.
—Aunque jamás pudiera hacerlo mío, aunque tuviera que vivir de sus besos, no me aburriría. Harry, usted aún no ha entendido que yo sin usted soy la mitad de un hombre, me volvería sombra, una nota que no encuentra su lugar.
—No sé si mis mejillas podrán seguir soportando que usted las provoque de esta manera. Desde que lo conocí están siempre coloreadas, debido a sus palabras, y también a sus cartas, y sus gestos... A todo usted.
Louis se subió a la cama, y llevó el cuerpo de Harry hacia él, en un abrazo que los hizo gemir al sentirse desnudos. Sus pechos juntos, alterados, perturbados moviéndose en un compás errático. Las manos de Louis acariciando toda la piel expuesta, las de Harry aferradas al torso dorado de su novio, casi como en una plegaria prohibida.
—Béseme, —pidió Harry en un murmullo sutil y cristalino.
La respuesta de Louis llegó de inmediato. Como una orquesta con sus distintos instrumentos, intercalaba los besos a su novio: desde el más suave, a uno fuerte y deseoso, dejando entre medio algunos casi agónicos, sobre todo cuando sus manos estaban en la cintura de Harry.
El ímpetu que su cuerpo sentía le exigía más y más contacto, y, por otro lado, su mente le decía que no, que había que esperar, que no podía enfrentarse a la posibilidad de perderlo por no poder controlar su pasión. Sus manos tímidamente bajaron, hasta llegar a las caderas de Harry, que, como ondas musicales, se movían en un vaivén ardoroso y era el mismo cielo. En un movimiento, por demás atrevido, se colocó encima, afirmando las muñecas de Harry sobre su cabeza, sin dejar de mirarlo. Los ojos brillantes y el rojo de su boca le reclamaban, con temor, un poco más.
Golpes en la puerta los sacaron de su nube vaporosa de romance, y los asustó. Rápidamente Louis se colocó una camiseta y una camisa limpias, y fue a ver. Solo era un vecino.
Al entrar en su habitación, pudo ver el cuerpo de Harry en su cama, tendido tal como una figura de arcilla, que necesitaba moldear con el fuego de sus caricias.
—Era solo un vecino que pedía un poco de harina, —contó, sentándose en la orilla de la cama. No sabía si podrían retomar el momento tan íntimo y profundo, tan perfecto que estaban viviendo.
—¿Puedo quedarme esta noche? Aquí, ¿con usted? —Preguntó.
—Sería el hombre más feliz de la tierra. —Aseguró Louis. —¿Le puedo ofrecer alguna prenda para dormir?
—Por favor, si tuviera un pantalón, estaría muy agradecido, —contestó turbado, ¿Debería haber pedido una camiseta también?
Louis le entregó uno, y se retiró de la habitación para que Harry se cambiara tranquilo. Él se cambió en la sala, no se demoró ni cinco minutos. Agradecían los dos, deshacerse de la ropa de trabajo por unas horas. Lavaron sus dientes, algo que no era muy común de ver, pero que sus padres les habían inculcado desde pequeños. Louis revisó que la puerta estuviera bien cerrada, y las velas bien apagadas. Cuando se acostó, ya Harry estaba ahí, tapado hasta el cuello, lo que le dio una vez más, mucha ternura.
Se acostó en el lado izquierdo, y con un poco de temor, se acercó a su novio.
—Buenas noches mi preciosa clave de sol, —dijo despacio.
—Buenas noches Louis.
—¿Puedo abrazarlo?
Y Harry se acercó ahora, hasta que sintió los brazos de Louis encerrándolo con posesividad.
Así se durmieron, juntos por primera vez. Cuando los primeros rayos de sol entraban por la ventana, Harry abrió los ojos. Era un día despejado, pero terriblemente frío. Se dio cuenta de que había dormido con su cabeza en el pecho de Louis, y sus ojos se clavaron, como si vieran un tesoro, en los pezones rosados. Se agitó de manera casi automática, lo que lo sorprendió. En el silencio que llenaba todos los espacios de ese lugar, tuvo una revelación.
Ni una sola vez en su vida, había deseado tocar a un hombre. Cuando estaba con Jhon, era, como ya lo había dicho, prácticamente un cadáver. Jamás lo tocó, nunca sintió deseo. No sabía cómo se sentían sus manos al tocar a alguien que le gusta, por el que, además, también tiene sentimientos profundos y bellos.
Mientras sentía la respiración pausada y calma de Louis en su pelo, se acercó peligrosamente. Primero uno de los dedos de su mano, tocando alrededor, casi por casualidad. Le impresionó la suavidad que palpaba, le gustó mucho. Luego, un poco más, hasta sentir la dureza del pezón derecho y pudo sentir como su boca se llenaba de saliva y entre sus piernas una sensación distinta. ¿Será muy atrevido de su parte, llegar un poco más lejos?
Casi de manera instintiva, pasó su lengua sobre él, y el sabor de la piel de Louis era como un elixir mágico que hace explotar su mente en mil colores. Hizo patrones, como si de un pincel se tratara, como si el torso de su novio fuera el lienzo más perfecto, con el porte perfecto, la luz perfecta, la textura perfecta. Se perdió en las sensaciones que lo recorrían, sin darse cuenta de que habían pequeños gemidos a su alrededor, hasta que se detuvo cuando vio la piel roja después de darle pequeños mordiscos. Y fue ahí cuando su mirada se encontró con la de Louis, que estaba al borde de olvidar quién er, y de tomar a su novio y hacerlo suyo de una buena vez y para siempre.
—Buenos días, —dijo sonriendo Louis, mirándolo como lo que era, el hombre más hermoso de la tierra.
—Buenos días, —contestó Harry, sonriéndole al hombre más hermoso de la tierra. —¿Lo desperté? Lo siento, ¿fue inapropiado?
—Si le gustó hacerlo, jamás será inapropiado. Puede hacer conmigo lo que quiera, —contestó besando su pelo y una de sus manos.
Harry contestó llenando de besos su pecho, acariciando sus vellos, que eran primorosos, en cantidad justa, en proporción ideal.
—Gracias, —dijo emocionado, buscando sus ojos.
—¿Porqué? No debería darlas, porque si es así, no podría agradecerle lo suficiente.
—Basta, no me haga sonrojar. Déjeme hablar, —pidió. —Esta mañana cuando desperté y lo vi así, entendí lo que es el deseo. Nunca lo experimenté antes, y sé que aún me falta mucho por descubrir, pero ya no tengo miedo.
Se quedaron unos minutos en silencio, solo sus dedos acariciando los brazos del otro, compartiendo algunas miradas cómplices.
—¿Quiere té? ¿O quisiera comer algo más?— Preguntó amorosamente Louis.
—Debo irme, —respondió triste Harry. —Tengo trabajo y no puedo descuidarlo”
—¿Cuándo se mudará? Tengo dos habitaciones desocupadas. Incluso, si lo desea, puede pagar una renta, aunque no sea necesario, si eso lo hace sentir mejor... No quiero que siga viviendo en ese lugar.
—Voy a pensarlo, ¿sí?
—Está bien. Lo dejo solo para que se vista, puede tomar lo que necesite del clóset.
Mientras Harry se vestía, preparó té. No tenía hambre, solo una gran necesidad de su novio. Lo vio aparecer y eso era suficiente para calmar su agitado corazón. Lo besó con posesividad contra la puerta, tratando de transmitir su fuego, mientras acariciaba su cuello.
Una vez que quedó solo, la tristeza apareció en él. Intentó traspasarlo a su música, pero se sentía extraño, como si algo fuera a pasar. ¿Un presentimiento? Pedía a todos los seres que nada sucediera. Se sentó a escribir como si ya no hubiera más tiempo:
Cada vez que pierdo la forma tan grácil de su figura por mi puerta, comienza la desesperanza en mí, y solo se calma cuando lo tengo otra vez frente a mis ojos. El amor que brotó espontáneo, ha echado raíces en mi alma, sometiéndome a su voluntad y a los designios de su cuerpo. En cada poro de mi piel, en cada uno de mis pensamientos, sólo usted está presente, usted y sus colores, usted y la música de su voz y sus susurros como brisa húmeda, calmando mi desesperación y mis ansias de perderme una vez más en su boca.
¿Qué hechizo ha utilizado en mí? No me importa. Volvería a caer una y mil veces, feliz y dichoso si eso me permitiera despertar con mis brazos envolviéndolo, con mi cuerpo protegiéndolo, con mis ojos en los suyos y en su sonrisa que me enloquece cada día.
Hablar de amor nunca fue lo mío, pero usted me transforma en una mejor versión de mí, y no sabe cuánto amaría poder gritarle al mundo que soy su novio, que mi alma está atada a la suya de manera irremediable e inexorable. Pero como no puedo, lo grito en cartas contenidas que no alcanzan a describir este fuego que me consume al pensar en usted.
Podría alguien imaginar que es solo el ardor de mi cuerpo hablando, pero no es así. De nada valdría que me gustara su cintura, si no estuviera acompañada de la tersura de su piel. Tampoco tendría valor el poder besarlo, pero no encontrar la calidez armoniosa y dulce de su mirada. Mi amor envuelve a todo lo que usted fue, es y será; a sus fantasmas y miedos, esperanzas y sueños. Al proceso de sanar y entregarse a vivir.
Contando los segundos para volver a mirarlo,
Louis
Apenas había puesto su nombre, cuando golpes en la puerta, fuertes y desesperados, lo sacaron de su inspiración.
—¡Hay un incendio en los departamentos del fondo! —Gritó un vecino que había difundido la información por todas partes.
Y el corazón de Louis dejó de latir.
Salió corriendo con el terror y el pánico pintados en su rostro. Llegó y vio el humo negro, y las llamas consumir el lugar. Eran los departamentos que estaban al frente del edificio donde vivía Harry, pero en cualquier momento podrían alcanzarlos.
No había mucho por hacer, más que esperar que los bomberos hicieran su trabajo. Con paso firme, fue a buscar a Harry. Lo encontró en medio de una crisis nerviosa, temblando de miedo, mientras intentaba guardar sus pertenencias en una pesada maleta.
—Tranquilo, escúcheme por favor, —intentó, pero no era suficiente. Fue por un vaso de agua, y lo llevó hasta la cama. Ahí pudo notar lo vieja y usada que estaba, doliéndole. Su novio merecía un palacio, no una pocilga. —No voy a preguntarlo de nuevo, se va a mudar conmigo ahora mismo, —dijo abrazándolo por un minuto.
En silencio guardaron la mayoría de las cosas, que eran bastante pocas para un profesor joven. Todos los materiales de arte quedarían ahí, esperando que volvieran por ellos, pero los dejaron listos para poder sacarlos rápidamente.
Louis llevó apresurado a Harry a su casa, y lo dejó acostado con una taza de té. Habló con uno de sus vecinos, de los pocos que conocía y que tenía una maleta más grande y espaciosa, para prestarle por una hora. Fue personalmente a buscar lo que dejaron: lienzos, pinturas, pinceles. Pudo dar una mirada a los trabajos de su novio, y le sorprendía el talento que tenía, a pesar de que era obvio que trabajaba en pésimas condiciones, ni siquiera tenía ventilación adecuada.
Suspirando, guardó hasta el último utensilio. El departamento quedó vacío por completo.
Al volver a su casa, encontró a Harry en una escena que le desgarró el corazón. En el baño tenía una pequeña ducha. Su novio estaba sentado en el piso, completamente empapado en agua fría.
Lo levantó, quitó sus ropas, lo secó con delicadeza, le puso una bata de baño y lo acostó. Preparó una sopa y té, e intentó que Harry comiera algo.
—Harry, ¿puede oírme?
—Sí.
—¿Quiere contarme qué siente? ¿Puedo ayudarlo?
—Jhon... él estaba ahí. Intentó golpearme, pero unos vecinos me defendieron. Me encerré en mi departamento, pero su voz me alcanzaba. Subió al departamento de unos amigos que vivían al frente, y no pudieron salvarlo. ¿Me puede abrazar?”
—Lo siento mucho, — contestó arrullándolo en sus brazos.
Casi como despertando de un letargo, Harry atacó los labios de Louis, de manera desordenada, desenfrenada.
—Harry... por favor, deténgase, —intentó Louis. Sabía que aún estaba en estado de shock, y no quería aprovecharse de la situación.
—Lo necesito, —susurró en sus labios.
Y Louis no pudo más. Mientras lo besaba, desató el nudo de la bata y la abrió, dejando expuesta la desnudez total de su novio, que estaba entregado completamente. Lo acarició en su pecho, se quedó por minutos en su cintura y lentamente bajó, hasta masajear sus muslos. Gemidos entrecortados le contaban ahora una nueva historia. Atrevidamente, envolvió con su mano, el miembro firme, duro, suave y comenzó con un tortuoso vaivén a buscar la explosión de placer en su novio. Lo besaba fuertemente, mientras su mano libre viajaba desde su cuello a su pecho, a su cintura y volvía a comenzar su viaje. Intensificó la presión y la rapidez, empezando a sentir cómo el cuerpo que estaba a su merced comenzaba a tener pequeños espasmos, a tensarse, a llenarse de electricidad, para terminar desparramándose con energía e impetuosidad, desgarrando su garganta en un grito ahogado en los labios de Louis, que solo quería saber cómo era el sabor de la esencia de Harry, pero sería demasiado, estaba consciente de eso.
Un par de minutos después, con Louis acariciando su espalda en un abrazo, comenzó a llorar.
—Amor, ¿qué pasa? —Se sentía mal por su actuar. Pensaba que había pasado el límite, que no tuvo el real consentimiento de su novio para tocarlo más allá.
—Tuve tanto miedo, fue volver en el tiempo, fue verme golpeado y roto, humillado, sucio... ¿Soy una mala persona por sentirme feliz de saberlo muerto?—Preguntó mirando sus ojos, como un niño indefenso que busca consuelo.
—No, no lo es. Me consta que, a pesar de todo, jamás le deseó el mal. Lo que pasó fue un accidente, podría haber sido cualquiera, él no tenía que estar ahí, pero sencillamente ocurrió. Ahora ya no puede dañarlo, solo en sus recuerdos, y eso depende de usted y de mí”
—Louis... ¿Le gustó? — Cambió drásticamente de tema, confundiendo a su novio.
—Mucho, pero usted, ¿está bien? Quizás necesite dormir un poco, podemos conversar después.
—No me deje, por favor no me deje.
Louis se quitó los zapatos y la camisa, quedando con el pantalón y la camiseta. Se acostó, y llevó a Harry con él, acunándolo en sus brazos, besando su pelo, dándole calor.
—No me voy, duerma que yo cuidaré su sueño.
Y lo hizo durante casi cuatro horas. Pero Louis estaba consciente de que no había sido un descanso reparador, Harry se movió, se quejó e incluso sollozó dormido. Lograba calmarlo hablándole, acariciando su pelo y sus hombros, acercándolo aún más a él.
Eran cerca de las siete de la tarde cuando por fin Harry despertó, confundido, extrañado, con su cuerpo destrozado por los últimos acontecimientos.
—¿Podría ver la que será mi habitación? —Preguntó con temor. Necesitaba soledad para volver a sí mismo.
Así también lo entendía Louis. —Vamos.
Lo guio por un pasillo. Al fondo, dos habitaciones enfrentadas, la de la derecha, con mejor luz, la que sería su sala de arte. La de la izquierda, su habitación. Aún necesitaban ordenar sus cosas, pero al menos tenía una buena cama, acogedora y fresca.
—Cuando se sienta mejor podemos guardar e instalar sus atriles y sus artículos para pintar. Lo dejo solo, voy a preparar algo para cenar, estaré en la cocina por si me necesita. —Moría por dejarle un beso, pero se contuvo y salió en silencio.
Harry solo se acostó, y llevó sus rodillas a su pecho, abrazándolas. Se sentía de una manera que no alcanzaba a reconocer. No era miedo, ni tristeza, tampoco nervios. Volver a ver a quien fue su salvavidas en un momento y su verdugo después, le había mostrado que aún quedaban restos de esa historia en su cuerpo, y a la vez entendía que era normal, que siempre se inquietaría al volver al pasado. No podía pelear contra eso. Luego, la historia más bonita que pudo imaginar alguna vez. Una que deseó cuando era un adolescente, y con la que soñó cada día desde que estuvo con Jhon. Anhelaba vivir un romance de esos que te toman de la mano, te abrazan y te consumen de la mejor forma posible, con cariño, con besos, con respeto y cuidado, con atención y deseo.
Una paleta de azules pintaba las paredes en sentido figurado. Desde el azul pálido al cobalto, desde el azul claro al oscuro, desde el añil al índigo. Los azules ojos de Louis tan cambiantes como la luna, pero que le entregaban tanta estabilidad. Y fue ahí, envuelto en el calor del color azul, que dejó que su corazón empezara a latir enamorado, amando todo de su novio, aceptando que podía ser feliz, que se merecía que lo amaran así, y que, aunque en algún momento su historia juntos terminara, ese amor era su presente y lo acompañaría por siempre.
Se levantó y ordenó rápidamente sus pocas pertenencias. Se cambió a sus pantalones de pintar, y fue hacia su otra habitación. Rápidamente se organizó y preparó sus colores: Negro, opaco y brillante, azul, blanco y suave rosa. Un piano, un pianista, pétalos llenos de ligero carmín como lluvia...
Pintó hasta la medianoche. Era un cuadro precioso, que desbordaba emociones y sentimientos; sin embargo, no estaba conforme, algo faltaba.
Decidió salir y buscar a su novio. Lo encontró ya dormido en su cama, con el ceño fruncido. Se devolvió a su habitación y se cambió los manchados pantalones por el de pijama y fue a acostarse con Louis. Se metió debajo de las mantas y se acercó lo que más pudo, buscando calor. Como en un acto reflejo, los brazos de Louis lo atraparon.
—Lo extrañé, —dijo dormido. —¿Cómo se siente?
—Estoy bien, duerma.
—No puedo, no me ha dado mi beso de buenas noches, —explicó sonriendo.
—Lo siento, no volveré a olvidarlo.
Pero en vez de darle solo un beso, se subió en el cuerpo de su novio que abrió los ojos sorprendido, espantando al sueño.
Se besaron hasta la madrugada. Compartieron caricias ansiosas a manos llenas, que subieron la temperatura del lugar, sin pudor, sin restricciones. Se conocieron y palparon con sus manos y con sus bocas, sofocaron sus ganas con más besos, aprendieron el mapa del cuerpo del otro, en la oscuridad, entre enredo de mantas.
Durmieron apenas un par de horas, pero no sentían cansancio. Era domingo, debían hacer su trabajo de planificar sus cursos y lavar la ropa, tenderla en el jardín y ordenar un poco. Lo hicieron increíblemente rápido. Después, Harry se dedicó a cocinar y a planchar, mientras Louis, primero se duchaba y luego iba a tocar piano.
La casa se llenó de música, algo extraño y nuevo para Harry, que cocinaba extasiado. Era increíble el virtuosismo de su novio, se sentía tan orgulloso, que ese lindo sentimiento le quemaba. Planchó los pantalones y camisas para la semana, y los dejó colgados. Una vez que terminó, se dio un baño.
Se colocó la bata, para ir a vestirse a su habitación. Pero antes, se detuvo frente a la puerta que Louis mantenía cerrada mientras tocaba. La abrió solo un poco, intentando no interrumpir, solo quería verlo una vez más. Pero su novio podía sentirlo, y sonriendo lo miró, y dejó de tocar.
—Lo siento, no quería interrumpirlo, —dijo nervioso.
—Está bien, ya había terminado.
—¿Logró el resultado que buscaba?
—No, hay algo que me falta, no sé si es una nota, no sé si debería alargar o acortar la última parte... Quizás no sirve para un instrumento como este, y debería probar con alguno de viento.
—Me pasa igual con mi último cuadro. Y necesito enfocarme porque voy a participar en el concurso anual del Museo de Londres.
—Eso es fantástico, estoy seguro de que será apreciado su enorme talento.
—Eso espero, —sonrió con esperanza. —Voy a cambiarme, con permiso.
—¿No me dejaría un beso para no extrañarlo tanto? —Preguntó ingenuamente.
—Solo uno, tenemos que cenar y dormir temprano. ¿Está bien?
Louis se acercó, y lo abrazó por la cintura, lo besó largo, intenso y lujuriosamente. Comenzaron una danza por la habitación, hasta que Harry chocó contra el piano. Se miraron con tanta fuerza que volvieron a cerrar sus ojos. Estaban de pie, abrazados, dudando de ellos mismos, de cómo actuar, sabiendo que era un momento de decisiones. Harry fue el primero en reaccionar. Quitó la camiseta de Louis en un movimiento rápido, y desabrochó sus pantalones, haciéndolos caer. Mientras volvían a besarse, Louis lo tomó de la cintura y lo impulsó hasta sentarlo en el piano y de inmediato abrió la bata hasta deslizarla por sus hombros, en tanto Harry envolvía sus piernas en la cintura de su novio.
—Amor —Alcanzó a hablar Louis, mientras sus manos parecían tener vida propia, —¿está seguro?
—Lo estoy, no puedo esperar más... —Contestó en un jadeo entrecortado y grave.
Louis detuvo el beso que los unía en ese momento, y empujó suavemente a Harry, hasta recostarlo en la tapa brillante y delicada, creando una nueva obra de arte.
Su boca, cuyas ganas de probar el sabor más íntimo de su novio no habían desaparecido, si no que, al contrario, solo lo tenían enloquecido, desapareció entre las hermosas piernas, pasando a besar su miembro hambriento de él. Su lengua danzaba entre los pliegues cálidos y rosados, humedeciéndolos, mojándolos, empapándolos con su saliva ardiente, más ardiente cuando los gemidos de Harry se habían vuelto descaradamente sobrecogedores. Sus dedos continuaron su obra, preparándolo con urgencia, apuro y necesidad. Cuando lo sintió listo, lo ayudó a sentarse, y mientras lo besaba, comenzó a entrar en él. El sudor casi invisible, casto, como un velo de novia cubriendo sus pieles, el deseo haciéndolos temblar, la emoción de su primera vez colándose en sus miradas, la culminación de descubrir al otro en cada golpe profundo.
Harry fue el primero en alcanzar su orgasmo, arqueando su espalda tan delicadamente que parecía irreal. Louis, con esa imagen que era la definición perfecta de arte, llegó al clímax, inundándolo hasta que la última gota de semen entró en él.
Un abrazo y un beso, una nueva mirada y las palabras que ansiaban decir y escuchar:
—Lo amo, mi dulce clave de sol, mi valiente girasol...
—Lo amo, mi iluminada noche estrellada...
Después de ese momento de entrega total, el tiempo caminó a pasos apresurados. Las cartas nunca desaparecieron, aunque estuvieran bajo el mismo techo, aunque compartieran todos los amaneceres, los días de lluvia y sol, el otoño y la primavera, los cansancios y las madrugadas, despiertos, amándose.
Ese día, un sábado cualquiera, Harry encontró un sobre y un girasol en el atril que ocuparía esa mañana. Louis andaba comprando lo necesario para la comida de la semana. Se acomodó frente a la ventana, que le mostraba el hermoso jardín que habían formado entre los dos y que mostraba los primeros vestigios de lo que serían girasoles. Sonriendo, comenzó a leer:
"¿Podría alguna vez, olvidar un día como hoy? Por supuesto que no. Pocas fechas se han grabado tan profundamente en mi mente, mi cuerpo y mi piel. Como un destello ha pasado este año, un año completo desde que le pedí con fervor y temor que fuera mi novio, que me permitiera mostrarle una manera de amar diferente. No me equivoqué, ni mi corazón, cuando su rostro aparecía frente a mis ojos como la melodía más hermosa, como el sonido más puro y cristalino, llenándome de una nueva calidez. Descubrirlo en sus buenos momentos fue fácil, enfrentarme a los malos, mi lucha más feroz. Verlo sonreír y escuchar de sus ardientes labios que me ama, la mejor recompensa.
Hoy está lloviendo, y mi amor pareciera que crece con cada gota de agua, con cada brisa que nos hace buscar refugio. Tenerlo entre mis brazos es un regalo que agradezco a diario, que aprecio y atesoro y que no cambiaría por algo más. Tampoco cambiaría nuestra manera de despertar, siempre abrazados, siempre confidentes, siempre amantes.
Nunca terminaré de expresarle mi admiración y orgullo por usted, por transformar su dolor en vida y en sonrisas de mejillas ruborizadas. Por el crecimiento que creí imposible en su trabajo, en sus obras que son un reflejo de su alma. El cuadro con el que ganó el concurso del museo de Londres, y que está colgado en la pared de nuestra habitación, me recuerda siempre y para siempre, nuestra primera vez: yo tocando el piano, su cuerpo desnudo sobre él. Las críticas feroces en el sentido de la perfección, las dudas de la gente preguntándose quién era la misteriosa figura tan entregada. Se me eriza la piel cada vez que lo miro, al igual que cada vez que mis manos se pierden en su cuerpo, más perfecto que la “Pequeña Serenata Nocturna” de Mozart.
Me río cuando viene a mí el momento en el que recibí el galardón del premio a la nueva sonata. Nadie imaginaría, que mi hermosa “Girasole Invernale” es una oda a los susurros de su boca cuando hacemos el amor.
¿Qué va a hacer esta noche? Puedo darle una serenata y tocar suavemente las cuerdas de su corazón. Cuando no estoy con usted, lo pienso sin descanso. Quisiera que siempre pudiera sentir el calor de mi amor, incluso en la distancia, incluso en el silencio más oscuro, incluso cuando duerme y suspira, y su aliento nos envuelve y nos hace frágiles y vulnerables.
No sé qué haremos realmente hoy, pero no importa porque estaremos juntos, mirándonos y contándonos nuestro día, nuestros sueños y nuestros miedos, que han ido cambiando junto con nosotros, haciendo este sueño realidad.
Amándolo, siempre suyo, Louis."

*1 Parte del último Allegro del Invierno.
*2 Una de las obras más reconocidas de Beethoven.
*3 Pintura de Vincent Van Gogh.