En el principio de los tiempos
Esta es la historia de Bastet, diosa del Antiguo Egipto, guardiana del hogar y asociada al culto a los gatos, cuya influencia, desde su particular universo mitológico, se extenderá hacia el ámbito de los humanos, recorriendo ambos mundos un largo camino de dificultades y obstáculos unidos por los mismos deseos y esperanzas.
En el comienzo de los tiempos solo existía el dios Ra, el cual caminaba sobre Nun, océano primordial que lo había creado. Al principio no existía nada. Nun estaba rodeado de tinieblas y Ra se sentía tremendamente solo. Viéndose en la necesidad de aplacar su soledad, Ra decidió crear en primer lugar a los elementos que conforman la naturaleza, entre los que se encontraba el sol, que lo representaba. Y, finalmente, engendró a las mujeres y los hombres.
Ra solía aparecer como pájaro, pero como tenía la capacidad de cambiar de forma a voluntad, finalmente se hizo humano y se convirtió en el primer faraón de Egipto, gobernando con gran prosperidad durante miles de años. Hasta que perdió el respeto de los egipcios, que se burlaban de él y no obedecían las leyes, porque veían que, siendo humano, también envejecía y cobraba un aspecto senil.
Entonces el dios Ra, aconsejado por los dioses que había erigido, decidió castigar a los seres humanos creando a su hija, la diosa Sekhmet, que tenía forma de leona. Esta, como diosa de la guerra y la venganza, se dispuso a obedecer los designios de su padre y en un solo día mató a miles de personas devorándolas, ávida de sangre. Sin embargo, Ra se arrepintió de tan macabro acto sobre su propia creación e impidió que su hija continuara la masacre al siguiente día, emborrachándola con una bebida hecha a base de ámbar y cerveza. Y al final del día, la convirtió en Bastet.
Sí, yo soy Bastet, protectora de los hogares y templos. Mantengo alejados a los espíritus malignos y a las enfermedades de los habitantes de la Tierra, sobre todo de los niños nacidos y de las mujeres embarazadas. Me considero por ello una diosa pacífica, alegre, amante de la música y la danza, en quien se puede confiar. Mi familia es lo más importante para mí. Ruego al dios Ra, mi padre, que me guíe en el camino del bien y de la justicia.
Así pues, Bastet, diosa gato, había nacido de la diosa leona Sekhmet por obra de su padre, el dios del sol Ra. Pero todo este proceso había propiciado en Bastet una profunda dualidad en su ser, que se resolvía unas veces a favor de una personalidad benefactora, pacífica y tranquila, como Bastet-gato, y otras, a favor de un comportamiento más agresivo y violento, como Sekhmet-leona. En efecto, cuando Bastet se enfadaba, se transformaba en leona, pudiendo llegar a ser muy violenta. Era una diosa impredecible, que podía mostrarse unas veces tierna, otras feroz.
Ra viajaba por el cielo en barca en un viaje de 24 horas que transcurría por tres momentos del día: amanecer, mediodía y anochecer. Su hija Bastet lo estaba esperando ahora para acompañarlo en sus travesías, como solía hacer, convertida en su máxima protectora. Vestía con elegantes ropajes. Se adornaba, como era costumbre en ella, con un pendiente y con un gran collar sobre el pecho. Portaba, asimismo, el Ankh o Cruz de la Inmortalidad, y el sistro, un instrumento musical, ya que le gustaba que los humanos bailaran y tocaran música en su honor.
—Padre, ¿no vienen Horus y Seth con nosotros? —preguntó Bastet con cierta extrañeza.
—Esta vez me acompañarás únicamente tú, hija —contestó su padre, sin dar más explicaciones.
Era en el viaje por el inframundo, llamado Duat, en la nocturnidad, cuando acechaban los mayores peligros. De hecho, Ra, que adoptaba allí la forma de un carnero llamado Auf-Ra, se enfrentaba cada noche a la serpiente Apep, que vivía en las profundidades de la tierra, ayudado precisamente por Seth y Horus, que eran los que le cortaban la cabeza al monstruo. Pero Ra tenía la intención de que su hija Bastet probara sus fuerzas, luchando sin la ayuda de los otros dioses, para saber si era capaz de realizar hazañas propias de una diosa, hechos extraordinarios que le llenarían de orgullo como padre y como dios.
Apep era inmortal. Incansable, intentaba sumir al mundo en la oscuridad y el caos, pero Ra siempre salía victorioso en esta batalla, pues la luz triunfaba eternamente sobre las fuerzas de la oscuridad.
Ra y su hija Bastet habían llegado ya al inframundo, la última etapa de aquel difícil viaje.
—¡Padre, allí! —gritó Bastet.
Un animal monstruoso de 16 metros, privado de ojos y oídos, les había lanzado un horrible rugido y se había situado amenazadoramente delante de ellos. Segundos más tarde, ya se había acercado tanto que serpenteaba alrededor de la barca para detener su avance y que Ra no pudiese renacer de nuevo a la mañana siguiente como rey del sol. Ra intentó defenderse con su bastón del violento ataque de Apep, que trataba de hundir la barca, pero a duras penas podía repeler las embestidas de la cruel serpiente. Fue entonces cuando la diosa Bastet, viendo que su amado padre corría peligro, se transformó en la diosa Sekhmet, adoptando la forma de una leona, y empujó con tal fuerza a Apep que esta quedó sumergida varios metros por debajo de la superficie del océano, sin poder volver a emerger durante un tiempo debido a su enorme peso.
Por fin, la serpiente subió a la superficie de nuevo para continuar con sus ataques. Y acercándose hacia ellos, abrió sus tremendas fauces y engulló la barca entera, con Ra y Sekhmet dentro. Aquello produjo un eclipse solar que sería visto por los habitantes de aquellas tierras. Tras unos interminables segundos, y dado que Apep no podía albergar durante mucho tiempo aquello que se tragaba, expulsó con violencia la barca y retrocedió al instante.Aprovechó entonces Sekhmet para posicionarse más cerca y en una brutal acometida decapitó a la serpiente, cuya pesada cabeza cayó inerte al océano. Sin embargo, la sed de venganza no había terminado para Sekhmet, que continuaba clavando su espada en el cuerpo del animal, repetidamente, una y otra vez, cegada por el odio y con la crueldad más absoluta, su cara de leona con sus mandíbulas abiertas y emitiendo chillidos ensordecedores que resonaban por todos los contornos del inframundo y que llegaban incluso a ser escuchados con horror por los humanos.
¡Ya es suficiente hija! —exclamó su padre con firmeza. Ya sabes que la serpiente no puede morir, que renacerá de nuevo para continuar con el ciclo de la existencia. El mal debe existir para que el bien sea posible.
Las palabras de su padre hicieron reaccionar a Sekhmet, que se fue calmando poco a poco. Aún con el corazón latiéndole con fuerza, logró decir, un tanto avergonzada:
—Lo sé, padre. Es que… a veces siento que mi espíritu bélico no puede ser aplacado, que no puedo dejar de luchar. Pero también sé que debo intentar calmar esta pasión que me consume.
Y al pronunciar estas palabras, Sekhmet se convirtió en un apacible y hermoso gato. Ra lo cogió entre sus brazos y le habló así:
—Hija, tengo la certeza de que finalmente conseguirás dominar tus impulsos. Pero quiero que sepas que hoy me has llenado de orgullo al vencer a la serpiente.
Y diciendo esto, depositó al gato en el suelo, momento en el que este apareció en su forma de diosa. De sus ojos dulces y tiernos caían lágrimas de felicidad por las palabras que había escuchado de su padre. Había vuelto por fin la paz y la inocencia de Bastet-gato.