Único
Desde que tiene uso de razón, ha molestado a Izuku por ser diferente a los otros niños. Era raro, bastante. Solía utilizar ropa rosa y hacerse chonguitos con su cabello largo. Cuando otros niños jugaban con juguetes bélicos, él prefería ir al arenero y hacer casitas para jugar con pequeñas muñecas.
Todos decían que era como una niña, que debían alejarse de él para evitar ser contagiados con esa enfermedad. Así que, cuando el pecoso quería unirse a jugar con ellos, lo alejaba. Porque un "fenómeno" de su clase "no" puede jugar al fútbol o a los quemados. Él solo obedeció y los siguió a ellos.
En el fondo siempre se preguntó por qué el oji esmeralda actuaba de formas tan extrañas.
—K-Kacchan —dio pequeños toques en su hombro, tratando de acercarse a él y entablar una conversación.
Se giró sobre sus talones, era extraño verlo fuera del salón. Nunca salía, siempre estaba solo.
Su estómago se revolvió al ver sus ojitos llenos de luz y esperanza. Sus mejillas se sintieron calientes y sus ojos ardieron. Era el niño más bonito del salón, demonios. Sus mejillas regordetas, sus largas pestañas y… todo en general era lindo.
—¡Qué asco, Deku tocó a Kacchan! —se escuchó el grito de uno de sus compañeros.
—¡Hay que correr o también nos va a contagiar!
Todos empezaron a gritar y correr de forma caótica. Pero él estaba hipnotizado a pesar de ver la carita preocupada y afligida. De no ser por uno de sus amigos, que llegó a sacudirlo y exigirle que se moviera, seguiría a ese pequeño hasta donde quisiera llevarlo.
—¡Si no te mueves, te enfermas!
Entonces volvió a la realidad, gruñó y empujó al pequeño peliverde, haciendo que cayera de culo al suelo. Salió corriendo junto a sus otros amigos, directo al baño para lavarse la playera.
En ese momento, no se dio cuenta de lo hiriente que fue, de lo mal que se sintió el pequeño niño pecoso.
Para su fortuna o desafortunada, coincidieron en todas y cada una de sus escuelas. Parecía que sus madres se ponían de acuerdo para meterlos a las mismas instituciones.
Cuando llegó a la primaria, Izuku era evidentemente diferente a todos. Parecía una niña, muchas veces iba en falda y se dejaba crecer el cabello. Al inicio fue un problema con las maestras y directivos, pues exigían que se presente con el uniforme correspondiente a los hombres y que se recorte el cabello. Pero después de algunas disputas con su madre, pareció que lo dejaron en paz, de forma literal. Lo ignoraban.
Levantaba la mano para preguntar alguna duda, pero nunca la respondían ni lo dejaban participar. A veces, cuando había trabajos en equipo, le decían: “Tú lo haces solo, nadie quiere trabajar contigo”.
Por su parte, también lo ignoraba. Él nunca fue el que iniciaba las agresiones hacia el peliverde, pero siempre le sacaba la vuelta para no tener que ver sus ojitos llorosos, su nariz rojiza y sus mejillas estrelladas y redonditas. No podía, no debía.
Una vez lo vio llorar, desconsolado en la oscuridad del salón. Fue débil, no pudo detener sus pasos para acercarse y abrazarlo.
Olía bien, olía como a bebé y a flores. Era un aroma muy extraño para los niños de su edad, que normalmente huelen a meados y mugre.
Lo abrazó y pidió que dejase de llorar.
—Te ves feo cuando lloras —pronunció mientras le limpiaba los cachetes.
—S-Sie-empre soy fea —sollozó aún más fuerte.
—No es cierto, eres bonito y hueles bien.
Por alguna razón, esa interacción se sintió prohibida. Siguieron hablando durante todo el receso, y se dio cuenta de que Izuku se refería a sí mismo como una niña.
Probó en llamarlo como tal, y notó cómo su carita se volvía más feliz. A Izuku le gustaba eso, le gustaba que lo llamen como “ella”.
Sabía que era alguien extraño, pero no a tal punto.
—Finge que no pasó esto —pidió.
Si los demás se enteran de que él e Izuku habían pasado un receso en el salón, a solas y conversando como amigos, él también pasaría a ser un bicho raro sin amigos. No quería ser excluido, en especial porque es uno de los más populares. No podía caer tan bajo.
—¿Por qué? —preguntó con ojitos tristes, creyó haber encontrado su primer amigo.
—Eres un bicho raro, si se enteran de que hablé contigo, yo también lo seré —bufó molesto, para él era bastante lógico su razonamiento.
—Lo siento —bajó la mirada y jugó con sus manitas.
Estaban en quinto de primaria. Fue su primera y única interacción realmente significativa a lo largo de la primaria e inicios de secundaria.
Para tercer grado, el bully hacia el (la) peliverde era imposible de ignorar. Katsuki procuró mantenerse alejado para no meterse en problemas con nadie, hasta que vio con terror lo que le hacían.
Había salido de la institución, caminando hacia su hogar, esta vez decidió girar una esquina antes de lo habitual.
Y ahí los vio. Tres de sus compañeros estaban pateando hasta el cansancio al… a la niña bonita. Escuchaba cómo tosía, y se espantó al ver cómo escupía sangre.
Corrió para detener a sus compañeros y alejarlos de ella.
—¿Qué haces aquí, Bakugo? —preguntó, sorprendido por su aparición repentina.
—No te interesa.
Los tres adolescentes observaron cómo el cenizo tapaba al peliverde con su cuerpo, evitando que puedan llegar a él una vez más. Uno sonrió, una idea había llegado a su cabeza.
—¿Qué? —soltó una risotada —¿Acaso vienes a proteger a tu noviecito maricón?
El otro par lo miraron confundidos, pero regresaron su atención al cenizo y al peliverde. Sonrieron con maldad y se acercaron para tirar al más alto.
—¿¡También eres un marica!? —lo jalaron para alejarlo del pecoso.
—¡Qué desperdicio de hombre, una escoria de su clase debería extinguirse!
—¡Kacchan! —se cubrió la boca, no debió decir ese apodo cariñoso que se le había quedado desde pequeño. Ahora seguro lo golpearían igual que a él.
Trató de levantarse para ayudarlo, pero uno de ellos lo mantuvo abajo para que se quedara en esa posición. Obligado a ver cómo el oji rubí era golpeado con brutalidad.
—¡Déjenlo, no le hagan nada! —intentó arrastrarse para llamar la atención de los otros.
Katsuki intentaba defenderse, logrando atinar unos cuantos golpes en la cara de los contrarios. El escándalo que hacían era tanto, que comenzaban a llamar la atención de los vecinos. Un señor salió de su casa y lanzó botellas hacia todos. Izuku se cubrió como pudo para evitar que eso le llegara a golpear.
Todos, excepto la oji esmeralda y su defensor, salieron corriendo. Siendo insultados y regañados por el señor mayor.
—¿Estás bien? —se acercó mientras limpiaba la comisura de sus labios reventados.
—No debiste —se levantó con dificultad, quería sostener el rostro de Katsuki entre sus manos y agradecerle mucho por su intervención —Te lastimaron…
—No es nada —carraspeó y desvió la mirada, apenado. Sentía sus mejillas calientes, seguro tenía un sonrojo pronunciado por la cercanía con ella.
—Te molestarán ahora —sacudió su ropa, sin prestarle mucha atención a la expresión del cenizo —Perderás tu reputación.
—Eso ya no me interesa —se sinceró.
Izuku parpadeó confundida, pero de inmediato, una pequeña sonrisita se formó en sus labios. Aunque, seguía con la preocupación de que el oji rubí fuera un nuevo objetivo para los abusadores de sus compañeros.
Con las manos temblando, acarició una de sus heridas. Limpiando un poco de sangre.
Ellos dos no habían hablado después de aquel día a solas en el salón. Para Izuku, Katsuki era un enigma. No sabía si era buena persona o solo le había tenido algo de lástima.
—Tienes que limpiarte, puedes agarrar alguna infección —susurró con la mirada baja, jugando con sus pies y luego alejándose lentamente.
Katsuki se dio cuenta de eso, se apresuró a tomarla del antebrazo y arrastrarla por el camino que suele tomar hacia su casa.
—¿A-A dónde me lle-llevas? —su corazón latía acelerado, con miedo.
¿Acaso Katsuki también la golpeará? Quiso zafarse, pero no lo logró hasta que llegaron a una zona cercana a su departamento. Era un barrio bonito, con casas grandes y cuidadas.
Se espantó al ver cómo la metía al interior de la propiedad.
—K-Kacchan —lo llamó con mucha pena en su interior —N-No debería.
Pronto se encontró sentada en el sofá, con Katsuki curando las heridas visibles y algo superficiales —Levanta la camisa —ordenó, untando árnica en sus dedos.
—¡No! —se abrazó a sí misma, asustada —En serio, esto no es necesario, puedo ir a casa y ahí me curo.
—Tch —chasqueó la lengua y la regañó con la pura mirada —¿Cómo pretendes que crea que te pusiste lo suficiente?
—Mi cuerpo está acostumbrado, sana rápido.
—Eso es una tontería —rodó los ojos y se dejó caer hacia el respaldo de la silla en la que estaba sentado —¡Si te rompes un hueso, repetidas veces, tardará cada vez más!
La pecosa bajó la mirada, muy apenada por todos los inconvenientes que estaba representando para el cenizo. Quería llorar y meterse bajo sus cobijas afelpadas.
—Perdón…
Lo que ambos no sabían, era que a partir de ese día, todo iba a cambiar. Bueno, lo sabían, pero no sospechaban que después de unos meses, la relación de ahora amistad, escalaría a niveles insospechados.
Primero, todo el plantel estudiantil apartaría y desecharía a Katsuki. Fingiendo que nunca existió y nunca fue un modelo a seguir para todos, porque había resultado ser igual de basura que la escoria de Midoriya.
Los dos se juntaron en los recesos, conociéndose más y más. Se contaron secretos que nunca se habían atrevido a contar.
La graduación llegó y con ello, libertad. Esa misma noche, ambos salieron a pasear por el parque lleno de árboles. Iban tomados de la mano y riendo mientras contaban recuerdos que ambos compartían desde hace unos meses.
—Izuku —habló con duda, pocas veces la llamaba por su nombre.
—¿Sí, Kacchan?
El cenizo quedó hipnotizado, una vez más, por la belleza de aquella persona. Sus ojos resaltan con el maquillaje elaborado que se había tardado horas en realizar (era testigo, tuvo que esperarla acostado en su cama) y su vestido de noche también combinaba perfectamente con todo.
—Me gustas —soltó sin pensar.
Su rostro ardió como fuego y pequeñas lágrimas se acumularon. Todo su cuerpo vibró.
Estaba tan nervioso, que las ganas de vomitar se hicieron presentes.
Sí, definitivamente le gustaba. Pero no planeaba soltarlo así como si nada, es más, ni siquiera se le había ocurrido decirlo en ningún momento de su vida.
Se había tragado esas palabras desde pequeñito. ¿Por qué ahora?
—¿C-Cómo? —su vocecita se hizo incluso más tímida —Kacchan, no olvides que…
—Lo sé —la interrumpió.
Sí, tenía más que presente que era una chica trans y que aún no se había hecho ninguna cirugía. Pero, por favor, ¿Acaso eso es necesario para que pueda gustarle? No.
Era linda, tierna, una bella persona.
Subió sus manos para acunar su rostro y acercarse para darle su primer beso. No sabía si era el primero de la peliverde, pero sí el suyo.
Era un completo inexperto en todos esos temas. A lo máximo que había llegado era un abrazo y el ir tomados de la mano.
—Kacchan…
A Izuku le sorprendió esa acción. Y no pudo evitar contener su emoción, lloró por ello. Se abrazó al más alto y sollozó hasta poder calmarse.
Ese fue el inicio de algo bastante bello. Habían pasado cinco años, y ahora ambos se habían graduado de la UA y cada uno estudiaba la carrera universitaria que habían elegido. Afortunadamente, el acoso hacia el peliverde se había reducido drásticamente después de la secundaria.
Katsuki tenía su propio automóvil, regalo de sus padres, por haber quedado en cuadros de honor de forma consecutiva.
—¿Cuándo es tu cirugía? —bajó el volumen del altavoz.
—La próxima semana —respondió con algo de temor —Estoy algo nerviosa.
—Sabes que te apoyo —la interrumpió, poniendo una de sus manos en el muslo tembloroso de la más baja.
—Lo sé, solo no me siento lista para completar todo —peinó su cabello.
—No tienes que operarte entera para ser la chica más bella del mundo —se detuvo frente a un semáforo y se estiró para darle un beso en su mejilla —Sabes que no tengo problemas con ningún aspecto tuyo.
—¿Ninguno? —parpadeó con ternura.
—Bueno, algunos detallitos en tu forma de ser, pero no es nada.
—¡Kacchan!
Llegaron al departamento que compartían desde hace ya dos años. Era difícil mantener un hogar siendo estudiantes y trabajando por un salario mínimo. Afortunadamente, tenían apoyo de sus padres.
Izuku temía que los Bakugo se arrepintieran de apoyar su relación por obvias razones. Pero por el momento, no había señales.
Hicieron de cenar, se asearon y fueron a la recámara para descansar.
Izuku se acercó lentamente, acostándose sobre su pecho y acariciando un pequeño mechón de cabello cenizo, que asomaba por detrás de la oreja. Repartió un par de besos en el cuello, hasta que sintió cómo era rodeada con fuerza.
—¿Podemos probar algo? —susurró con travesura.
—¿Qué? —bajó la mirada, chocando con las esmeraldas. Pudo notar el brillo lleno de peligro. Se acomodó para alejarla un poco —Responde.
—Sí, quiero quitármelo —bajó la mirada hacia su entrepierna —Lo haré.
—¿En serio?
—Sí, pero primero voy a asesorarme más sobre el tema —sonrió con ternura —Quiero hacerlo, solo tengo algo de miedo.
—Es normal, no te preocupes por eso —le dejó un beso en la frente y se estiró para relajar sus músculos.
Las caricias iban subiendo de nivel, poco a poco, hasta terminar en un ambiente caluroso.
Ya lo habían hecho numerosas veces desde inicios de la UA. La primera vez fue desastrosa, no sabían qué hacer o cómo se supone que debían de sentirse. Los días siguientes fueron muy incómodos, pero volvieron a intentarlo y salió bien. Poco a poco iban conociendo sus cuerpos y cómo les gustaba.
—Kacchan, probemos algo nuevo —repitió.
—Pero habla —bufó, separándose un poco de su cuerpo.
—¡Es que me da vergüenza! —se cubrió el rostro con sus manos, completamente roja como tomate.
Había visto por internet, muchos videos de chicas explicando sus experiencias sexuales con sus parejas. O incluso videos muy explícitos. Sabía que, dentro de unos días, ya no tendría la posibilidad de probarlo sin necesidad de comprar un juguete sexual.
Temblorosa, alcanzó su teléfono para buscar un ejemplo de lo que quería hacer aunque sea una vez en su vida. No lo iba a decir en voz alta.
—No —se negó de inmediato.
—¿Por qué no? —jadeó con tristeza.
—¡No me vas a meter nada por el culo!
—¡Será como hacerlo con uno de esos cinturones con dildo! —trató de convencerlo —¡Una, solo una!
—¡No, Izuku!
Pero la carita tierna de la pecosa siempre lo termina convenciendo de hacer locuras que, si cualquier otra persona le pedía, no haría. Lo admite, era su debilidad, por ella haría lo que sea.
Pero no quita lo extraño que se sentía en esa posición. Izuku siempre fue la de abajo, porque siempre insistía en ello, tampoco nunca le había pedido lo contrario para no dar pie a malentendidos.
Apretó la almohada que tenía debajo de él al sentir cómo su culo era toqueteado. Cerró los ojos y hundió el rostro. Su miembro daba pequeños tirones al recibir la estimulación en dicha zona. Ahora entendía por qué a la peliverde le encantaba hacerlo. Incluso comprendió por qué hubo una época donde no aguantaban más y tenían que encerrarse en los baños de la UA.
Izuku sonrió al ver la reacción de sus músculos.
—Tampoco te emociones, puede que no se vuelva a repetir.
—Mierda —soltó con voz quebradiza, sus piernas temblaron y un gemido se escapó de entre sus labios.
—Creo que ya estás listo —anunció, sacando sus dedos y acomodándose detrás de él.
Katsuki suspiró al sentir cómo la pecosa se movía y dejaba caer su peso sobre su espalda. No pudo evitar arquear un poco su espalda al sentir los pechos contra su piel.
Oh, sí, olvidaba mencionar ese pequeño detalle. Ella ya se había operado los pechos, así que los podía sentir desde esa posición, poniéndolo incluso más nervioso.
—Relájate, amor —intentó calmarlo.
—No.
—Ya no tendrás derecho a regañarme, entonces —bufó y se cruzó de brazos, cuando ella se ponía nerviosa, siempre la regañaba por no relajarse —¿Cómo no te quejaste de los dedos?
—Es diferente —gruñó y se acomodó mejor —S-Solo hazlo.
Jadeó y tembló, sintiendo cómo su entrada se expandía, rodeando algo que se introducía. No era demasiado grande como para no soportarlo. Gimió cuando su próstata fue golpeada de nuevo.
—¿Necesitas tiempo para acostumbrarte? —preguntó con su voz delicada, peinando el cabello cenizo y quitando un par de mechones que se pegaban a la sien de su novio —No tenemos prisa, y si no quieres seguir, podemos parar. Después de todo esto es algo nuevo.
—No me trates como si fuera la chica de la relación —gruñó mientras volvía a ocultar su rostro.
—Solo cuido de mi precioso novio —rio con diversión, dejando un par de besos en la espalda alta del contrario.
—Dame un minuto —terminó por pedir.
La situación era extraña, sin duda. Nunca habían hecho nada parecido y era como la primera vez, solo que ahora sabían cómo comunicar sus inquietudes.
Momentos después, era embestido con ritmo y buen ángulo, golpeando su punto dulce en cada uno de los empujones que recibía.
El aire era húmedo y caluroso, el silencio era opacado por los sonidos morbosos que ambos soltaban. El oji rubí no se tomaba la molestia de ahogar sus gemidos, él y su novia habían compartido muchos momentos vergonzosos, tenía la confianza.
Jadeó con sorpresa al sentir cómo sus caderas eran jaladas levemente hacia arriba, elevando un poco más su trasero. Se sentía incluso más profundo y mejor.
Sus ojos derramaban pequeñas lágrimas, sus piernas dolían y temblaban.
El calor de sus cuerpos lo hacía más sensible. Demonios, seguro terminará con el orgullo aplastado y enterrado 3 metros bajo tierra, porque probablemente terminará pidiéndole que se compre uno de esos cinturones que mencionó.
¡Porque no podía pedirle que no se opere!
—¡Ah, mierda! —todo su cuerpo vibró.
Después de estar siendo estimulado por largos minutos, su cuerpo no soportó más de eso. Terminando por liberar su placer, manchando las sábanas debajo de él. Todas sus fuerzas abandonaron su cuerpo, cayendo por su propio peso y con la respiración entrecortada y pesada.
—¿Terminaste con solo eso? —preguntó con cierta burla.
—Mgh —tragó saliva para poder contestar a la pregunta —Cállate.
Iba a seguir reclamando por su burla, pero no le fue posible. Las embestidas no pararon a pesar de haber terminado. Ahora sentía todo, por completo, estaba más sensible y a Izuku no le importaba eso. Ya entendía por qué siempre terminaba enojada con él cuando no le hacía caso para detenerse.
Sentía la necesidad de mover sus piernas, sollozó contra la almohada y tembló con más fuerza. Eyaculando una vez más, sintiéndose incluso más cansado y débil.
Su interior se sintió caliente, lleno. Levantó un poco la mirada, Izuku salió de su interior y se había acostado junto a él.
Ambos sudaban como si hubieran corrido un maratón bajo el sol. La pecosa sonrió.
—¿Te gustó? —en su voz se notaba un poco de burla.
—… —suspiró con cansancio —Sí.
—Mmm —asintió mientras se acomodaba mejor —Te toca.
El cenizo abrió los ojos con miedo, ¿En serio aún tenía energía?
—No puedo más.
—Debilucho —hizo un puchero —Siempre me haces lo mismo y aun así pides que te monte.
—¿¡Ah!? ¿¡Y esa mentira!?
—¡No miento, siempre lo haces!
Katsuki no pudo seguir discutiendo. Pues el “no puedo más” era completamente cierto, estaba agotado. No tardó en caer dormido.
Izuku lo observó con ternura, era realmente afortunada de tener a alguien como el cenizo. Desde pequeños le pareció alguien increíble, alguien admirable. Cuando fue empujada y tirada al suelo, le dolió su corazón y no su trasero. Pero sabía que el oji rubí no tenía la culpa, porque se dio cuenta de su mirada curiosa y atenta, al menos hasta que un compañero le llamó la atención. Después, esa mirada cambió a una entristecida.
Y cuando estuvieron solos en el salón, él la trató con amabilidad y le sacó algunas carcajadas. ¡Incluso usaba los pronombres con los que se sentía más cómoda! Fue encantador, era la primera persona, aparte de su madre, que no invalidaba su sentir.
Aunque, cuando le dijo que no hablara sobre tal suceso, se puso muy triste. No le reclamó más porque de cierta forma entendía su posición. Era el más popular de la clase, con las mejores calificaciones y con más amigos que dedos en las dos manos… por supuesto que no podía juntarse con alguien como ella.
El bullying se hacía cada vez más cruel, pero nunca se atrevió a hablar. Sabía que los directivos se pondrían del lado de sus abusadores. Pero un rayo de luz golpeó su rostro, al sentir cómo los golpes cesaban.
Levantó la mirada, y ahí estaba él. Su héroe… porque, de no ser por el cenizo, a la mañana siguiente, no habría amanecido con vida. En ese momento, estaba decidida a terminar con el sufrimiento.
Muchos decían que estaba así porque quería. Pero… siempre ha pensado que, si no puedes ser tú mismo, aunque no dañes a nadie, tampoco puedes decir que vives la vida.
—Te amo, Kacchan —susurró, dejando un pequeño beso en su frente y cobijando su cuerpo desnudo.
He decidido probar algo diferente, tengo muchas imágenes como esta y me gustaría darles una pequeña historia detrás, idk.
Igual, perdón si no logro representar bien a las personas trans...







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ES LA PRIMERA HISTORIA BAKUDEKU/DEKUBAKU QUE NOMBRA EL PEGGING, POR MÁS HISTORIAS ASÍ, AMEN 🙌🙌🙌🙌