𝐄𝐩. 𝟏: 𝐋𝐨𝐬 𝐩𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐢́𝐚𝐬.
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—No quiero ir a la escuela... —dijiste adormilado en tu propia mente, sintiendo poco a poco tu cuerpo parecía hundirse en el suave colchón y las cálidas sabanas.
Te diste media vuelta, tomando una extremidad de la sabana para así taparte aún más, llegando al punto de que la mitad de tu rostro estuviera bajo la calidez y la sensación de comodidad que ofrecía tu nueva cama.
Cerraste los ojos, intentando reconciliar el sueño que temías haber perdido. Flexionaste las piernas y juntaste ambos brazos, cerraste los ojos con fuerza e inhalaste, luego exhalaste, sintiendo como la tranquilidad volvía a establecerse en tu alma.
Desgraciadamente, nunca podías vivir plenamente tranquilo, mucho menos con un hermano mayor metiche de por medio y lo sabías bien, después de todo, Tokoyami se acercaba con paso seguro y decidido a tu habitación; sus talones al golpear el suelo lo delataban.
La puerta de tu habitación se abrió sin previo aviso -los pesados talones de tu hermano no contaban-. Tokoyami y Dark Shadow ingresaron a tu fortaleza de la soledad como si esta fuera un baño público. El huésped y la entidad obscura compartieron miradas por un segundo, luego suspiraron. Tokoyami se acercó a tu cama y Dark Shadow te destapó mediante el uso de fuerza bruta, después de todo, tus manos se habían aferrado a las sábanas en un vago, pero desesperado intento de seguir durmiendo.
—Despierta, Osamu. —informó tu hermano mellizo mientras se dirigía a tu armario, iniciando así una pequeña búsqueda con el objetivo de encontrar tu uniforme —Papá fue claro. Uniforme doblado y alistado en tu escritorio —recrimino Tokoyami ante la falta de interés de su hermano por irse acomodando a su nueva vida.
Tus ojos se abrieron al escuchar aquel nombre que en lo poco que llevabas de vida nadie solía usar; tu segundo nombre de origen japonés:Osamu.
Un suspiro escapo de tus agrietados labios, tus ojos rodaron con desinterés y los ruidos que emitía Tokoyami eran lo suficientemente molestos para no dejarte descansar tranquilo. Te levantaste mediante el uso de una abdominal más que torcida y vaga.
—Llámame por mi nombre, —aclaraste con una voz adormilada y ronca. Tus manos pasaron por tu rostro, ocultándolo, exponiendo únicamente tu boca, la cual dejo escapar un largo y profundo bostezo —el primero y buenos días de paso —comentaste mientras tus manos viajaban desde tu frente hasta tu espalda, donde caía tu cabello como cascada o, mejor dicho, el nido de urraca que se había formado en tu cabeza por moverte de un lado a otro sin cesar en toda la noche.
—Es complicado de pronunciar. Es mejor tu segundo nombre, es nacional y a nadie le costaría pronunciarlo. —respondió Tokoyami —Buenos días para ti también —expresó el “hermano mayor” de tan solo unos minutos de diferencia.
Tokoyami, después de confirmar que tu uniforme ya estaba colocado y perfectamente doblado sobre tu escritorio, posterior a eso, comprobar que tuvieras tu mochila. Optó por retirarse de tu habitación junto a Dark Shadow.
—El desayuno pronto estará listo —anuncio el adolescente con cabeza de ave.
Dark Shadow se despidió de ti con un breve saludo de mano antes de que su huésped cerrara la puerta del dormitorio, dejándote así nuevamente a solas pero esta vez con la luz encendida.
—Me vale tres hectáreas de verga que la gente de aquí no pueda o sepa pronunciar mi primer nombre —murmuraste con desgano, pensando si realmente podrías soportar que la gente se dirigiera a ti con un nombre que solo aparecía en documentos y registros importantes.
Te levantaste de tu cama con reasignación, realmente no deseabas que Tokoyami o tu mismísimo padre ingresaran a tu habitación. De igual manera, necesitabas comer, tu estomago ya estaba rugiendo.
(...)
«Que incómodo» dijiste para tus adentros. Si bien, agradecías que tu hermano fuera tan amable de esperarte para ir a la escuela juntos, intentando así elaborar una especie de rutina para que te fueras adaptando a la que vendría siendo tu nueva vida en un nuevo país, realmente no estabas seguro si esto era lo más cómodo para ambos.
Tokoyami no era el compañero más dialogador, es más, ni siquiera te dirigía la mirada. No dirigirte la palabra era de esperarse, suponías, pero ¿Ni siquiera mirarte? ¿Realmente su relación estaba tan deteriorada?
—Papá y yo estuvimos conversando sobre su situación, Osamu. —comentó el japonés, rompiendo de forma abrupta el tempano de hielo que se había formado entre ambos —Tu japonés no es muy bueno, en especial en el apartado de escritura, tal vez sea mejor que vayas a clases de idioma.
—Y dale con “Osamu” —refunfuñaste en español, idioma que con suerte Tokoyami era incapaz de entender, ni siquiera un “hola” o un “adiós”. Al igual que papá, Tokoyami era un gran terco que no cedía tan fácilmente. No obstante, tú tampoco te quedabas atrás.
—Mi nombre es ___. —expresaste con un tono ligeramente humorístico, después de todo, era demasiado temprano para pelear por una tontería que, si bien solías estar predispuesto para pelear por motivos estúpidos del tamaño de una casa, era demasiado temprano y tampoco deseabas armar un show con un montón de desconocidos al rededor, sumando que uno que otro te veía de reojo por el invisible cartel gigante que te señalaba como “extranjero” —No te vas a desplumar por llamarme por mi primer nombre.
Tokoyami te miró de reojo y arqueó una ceja. Al parecer, el chiste no le hizo gracia o solo no entendió el sarcasmo. Al fin y al cabo, habías leído con anterioridad de que la gran mayoría de japoneses no estaban acostumbrados al sarcasmo, la ironía, tonterías, etc. Mucho menos cuando estas iban dirigidas a sus propios familiares.
—Yo no me desplumo —contestó serio el japonés. Volviendo a enfocar su mirada en el frente.
Dejaste escapar otro suspiro. Esto te superaba.
Tu mirada se desvió a los edificios, las señales de tránsito, algunas tiendas y de vez en cuando, a una persona que lucía un aspecto llamativo o, mejor dicho, diferente, principalmente por la manifestación de su quirk.
—Era una broma, Tokoyami —murmuraste por lo bajo.
Tokoyami solo asintió con la cabeza. La broma claramente no le hizo ni la más mínima gracia, tampoco es que le viera el “sentido”.
Ambos siguieron caminando en silencio, después de todo, el silencio de tu hermano era contagioso de alguna manera. Ambos mantuvieron el armonioso silencio hasta que decidiste abrir tu boca cuando desde a lo lejos lograste visualizar la secundaria.
—Es más grande lo que pensaba —mencionaste, recordando como en tu país los colegios, en su mayoría, poseían un tamaño estándar, es decir, eran estructuras medianas; ni tan grandes ni tan pequeños, modestos y siempre manteniendo lo que se consideraba “necesario”.
—¿En dónde vivías no existen instituciones “grandes”? —preguntó Tokoyami, formando así una conversación por iniciativa propia. Algo que no solía ser a menudo cuando se trataba de ti.
—Existen y de todos los tamaños posibles. Yo solo asistí a una de tamaño ¿Mediano? Supongo, no era la gran cosa. —explicaste con un curioso movimiento de manos, formando una estructura notoriamente más grande que una casa, pero al mismo tiempo dando a entender que era pequeña a comparación de esta nueva institución—Si te soy sincero, lo único bueno de ese colegio era el bullicio, algunas peleas y bueno, reunirse con algunos chicos para escaparse de la escuela.
Tokoyami y tu ingresaron a la escuela, acompañados de una cantidad considerable de estudiantes adolescentes. Unos iban en grupo, otros en solitario y muchos de ellos se quedaban parados en su lugar, probablemente esperando algo o a alguien.
—¿Cómo puedes escaparte de la escuela o causar escándalos a propósito? —preguntó Tokoyami, genuinamente preocupado por tus acciones, las cuales erróneamente considerabas aventuras.
Al ingresar al apartado de los casilleros; todos los estudiantes comenzaron a despojarse de sus zapatos como si fueran robots, robots siguiendo una rutina impuesta durante toda su vida. Por supuesto, te hubieras saltado esa regla de sacarse los zapatos. No obstante, tu hermano mayor te indicó cómo debías hacerlo, como era de esperar, lo obedeciste a regañadientes. Te colocaste los zapatos hechos para ser usados en la institución. Tokoyami asintió en señal de reconocimiento; estabas adaptándote, de forma tosca y lenta, pero lo hacías de igual manera.
Los dos retomaron su andar, al fin y al cabo, compartías las clases con tu hermano mayor.
—Son las juntas. —dijiste, retomando la charla. Mintiendo como un bellaco; siempre solías ser la mala junta entre tus amigos, los convencías de actitudes rebeldes y despreocupadas, en especial a las que se centraban en motivos hedonistas —Al principio a uno le cuesta “dejarse llevar”, luego cuando lo haces un par de veces ya nada te importa, solo pasarla bien y disfrutar de lo que te puede promover unos chicos que al igual que tú, quieren divertirse un poco.
—Te recomiendo no hacer eso mientras residas aquí. —advirtió tu hermano mayor en voz baja, como si intentara que ningún adulto o cualquier otro tipo de autoridad arriba de la del estudiante promedio se enterará de tus “acciones de delincuente” —No puedo asegurarte algo bueno y es mejor así.
No respondiste, solo rodaste los ojos y dejaste que una sonrisa traviesa de labios se formara en tu rostro.
—Hablo en serio, Osamu. —regañó Tokoyami, tomándote de la oreja para después tirarla severamente hacía abajo —Si te escapas yo mismo iré a buscarte y te llevaré con el director.
—Ya, ya. Entiendo —dijiste adolorido, colocando tus manos sobre la mano de tu hermano mayor, intentando que esté soltará tu oreja de una buena vez por todas.
(...)
—¿Cómo la gente puede soportar llevar esto todos los días? —tomaste entre tus dedos el cuello de tu uniforme, intentando tirarlo hacía abajo, todo con tal de conseguir más flexibilidad —Tuve que haber valorado más los días donde para ir a la escuela solo debía llevar una camisa con el estampado de la escuela y unos jeans —susurraste con pesar a la vez que tus hombros se movían mediante flexiones y algunos estiramientos.
Volviste a mirar hacia atrás, intentando ver a tu hermano mayor. No obstante, él seguía en el interior de la escuela, hablando con sabrá Dios quién.
—Es mejor esperarlo —dijiste en un acto de reflexión. Irte caminando solo hasta el complejo de departamentos no era recomendable. Te conocías demasiado bien; en algún momento de tu trayectoria algo tonto y estúpido como una tienda de videojuegos te distraería, luego una tienda de comida rápida y un montón de lugares que buscaban atraer a adolescentes ingenuos que solo deseaban pasar el rato.
Tu plan de mantenerte recostado en el muro del colegio iba a seguir en pie hasta que tus ojos por azares de la vida terminaron posándose sobre una máquina expendedora a unos metros de tu posición.
«Oh hombre. Vi de estas máquinas expendedoras en el internet» expresaste eufórico ante tu primer encuentro con ese tipo de máquinas. Si bien, esperabas encontrarla unos días después, jamás en tu vida hubieras pensado que una estaba tan cerca de tu posición «Ojalá sea una máquina de figuras de acción».
Te acercaste cual ratón a ratonera. Mirando de vez en cuando detrás de tus espaldas, viendo si tu hermano se había dignado en concluir su conversación. Sin embargo, la entrada de la escuela comenzaba a vaciarse y Tokoyami seguía sin aparecer.
Volviste a ver la máquina expendedora. Tu paso comenzó a acelerarse poco a poco y tu mano se adentró en tu mochila, buscando por obra del sentido del tacto los tan preciados billetes japoneses; un presente proveniente de tu padre.
Al sacar un considerable fajo de billetes y al estar ya en frente de la llamativa maquina decorada con personajes de estilo caricaturesco. Cuando estabas a punto de ingresar el billete para obtener así uno de los premios sorpresas de la máquina, unas voces y ruidos provenientes de peleas hicieron acto de presencia en la solitaria calle.
«¿Se están matando a golpes?» Escondiste tu dinero en tu mochila y aseguraste que estuviera bien cerrada. La pelea se escuchaba cerca y, por suerte, no estaba ocurriendo frente a ti.
«Ya- no es mi problema» descartaste el asunto sin más. Encontrarías otra máquina con temática de figuras coleccionables.
Cuando estabas a punto de retomar tu andar hacía la escuela, una voz resonó en el lugar.
—¡Kacchan, lo siento! —exclamó aterrorizado un adolescente de cabellos verdes. El cual fue duramente empujado, cayendo al suelo de espaldas. El muchacho intentó levantar sus manos para que sus agresores se detuvieran.
—¿Qué carajos? —murmuraste en tu breve estado de shock. Presenciando como un pequeño grupo conformado por tres chicos salían de otra calle. Al parecer, estuvieron empujando al peliverde desde hace un buen rato, al punto de llegar a hasta un complejo de calles donde distintos caminos se unían.
Estabas tan cerca, pero a la vez tan lejos de la situación. Te encontrabas a unos metros de la pelea o, mejor dicho, abuso en manada, pero para tu genuina sorpresa, ninguno de los chicos parecía reaccionar ante tu presencia, es más, parecían estar tan absortos en el momento que pasabas totalmente desapercibido.
—Kacchan, lo siento... —se disculpó nuevamente el joven apaleado en el suelo entré lagrimas saladas.
“Kacchan”, el rubio-líder de los malandros, tomó del cuello al joven y de su mano comenzó a desprender una especie de humo, el cual y gracias a tu olfato, podías confirmar que apestaba a pólvora.
—La que me parió —escupiste fastidiado. Levantaste la manga de tu uniforme, revelando así una serie de tatuajes de diversos colores, motivos y tamaños, pero eso no duro; tus tatuajes comenzaron a deformarse al punto de convertirse en un solo látigo de color morado, uno que brillaba con intensidad, dispuesto a ser usado por su dueño.
Tu mano disponible se acercó a tu brazo y, cuando tu mano estuvo a punto de entrar en contacto con la piel, el mango del látigo escapó de tu piel de un salto. Al sujetar el mango con fuerza en el aire, extrajiste el resto del látigo de tu piel y, para tu genuina sorpresa, el látigo que creaste no solo era de una cola, sino que estaba conformado por tres.
—Está bien- —susurraste a causa de la repentina (pero normal) forma de actuar de tu peculiaridad.
Cuando llevaste el látigo hacía atrás, dispuesto a emitir un ruido en el aire con el objetivo de asustar a los bravucones. El látigo se escapó de tu agarre, no porque se te hubiera escapado de las manos o el clásico: “tiempo límite de duración”. En realidad, tu peculiaridad actuó por cuenta propia, envolviendo a los tres chicos y levantándolos unos ¿Dos metros? Del suelo. La cola del centro envolvió al rubio idiota de forma especial; envolviendo sus manos y dejándolo colgado tres metros a diferencia de sus compinches.
—Qué estúpido —dijiste en voz baja avergonzado. Querías un látigo para intimidar a las bestias mononeuronales para que se fueran hacía atrás, no un látigo que actuaba como una serpiente que envolvía sus víctimas cual boa constrictora y, para colmo, que era capaz de pararse sola gracias a su mango ubicado en el suelo.
Antes de que pudieras acercarte para ayudar al peliverde a levantarse del suelo. Tu látigo dejo caer a dos de los bravucones, exceptuando al rubio, el cual insultaba tanto al arma como a ti por ser su invocador. El látigo, con su enfado comprensible, dejo caer al rubio al suelo con un poco más de fuerza y sin darle tiempo a emitir un ruido de dolor, el látigo golpeó con fuerza al suelo, tan solo unos centímetros alejados del rostro del líder de los idiotas. Posterior a eso, desapareció en el aire, como si estuviera complacido de haber asustado de muerte a su víctima.
Eso fue suficiente para que los dos idiotas se levantaran con dificultad del suelo, asustados y notablemente adoloridos. Los dos se acercaron a su líder, el cual se encontraba en un estado de shock por haber estado tan cerca de haber sido marcado por toda una vida por tres colas de látigos. Los trogloditas levantaron a su líder a la fuerza y, si bien el rubio intentó protestar y arremeter contra ti por el susto, el impacto y la amenaza de marca. Sus amigos le taparon la boca y lo arrastraron por donde vinieron. Dejándote así solo junto al chico de cabellos verdes.
—Oye, ¿estas bien? —preguntaste sumamente preocupado al chico que se encontraba aún en el suelo —Déjame ayudarte —dijiste sin más, adelantándote a las palabras del muchacho de cabellos verdes. De tu brazo surgió una especie de energía morada, la cual se manifestó en una especie de humo de un intenso brillo, de apariencia similar a una galaxia pintada de color morado. El humo envolvió suavemente al muchacho maltratado, levantándolo sin la necesidad de recurrir a un gran esfuerzo o que este tuviera que interferir.
Antes de que el adolescente de cabellos verdes pudiera decir algo, cualquier cosa, si quiera dar las míticas “gracias”, te volviste a adelantar. Dando unos pasos hacía el frente, intentando visualizar la figura de los brabucones. Desgraciadamente estos desaparecieron en el momento que tiraste al suelo al que vendría siendo su líder.
—Cobardes hijos de puta. —maldijiste en tu idioma natal —Si hubiera sabido que huirían a la primera arrastrada, los hubiera colgado de cabeza en el primer árbol que se me cruzara.
Moviste la cabeza de un lado a otro, colocando tus manos en tu rostro para después acomodar tu cabello como acto de reflejo.
—Si Tokoyami se entera se desplumará —murmuraste con cierta preocupación. Imaginando la escena de tu hermano desplumándose al igual que un ave bajo estrés ante la noticia de que en tu primer día de secundaria, en su país, tuviste la brillante idea de meterte con japoneses, sumando la desdicha de que eres un extranjero. Era bastante probable que nadie de la institución escolar estuviera de su lado.
—¿Disculpa? —preguntó tímidamente una voz detrás de ti. Al girarte te encontraste con el chico que tuviste la suerte (¿O desdicha?) de socorrer. El peliverde la había pasado mal con esos idiotas de tercera, no necesitabas tener un doctorado en medicina para saberlo. Rasguños, pequeñas heridas y un intenso olor a pólvora que desprendía de su cuerpo, en especial su uniforme, el cual estaba cubierto de suciedad y tierra.
—Hey —saludaste, dándote vuelta para encontrarte cara a cara con el escuálido pecoso.
El muchacho, nervioso y asustado por la escena la cual no tuvo más remedio que presenciar. El adolescente pasó una mano detrás de su nuca, al parecer intentaba acomodar sus pensamientos para después expresar sus futuras palabras.
—No tienes que decirme algo, amigo —expresaste con cierta incomodidad. El bullyng era un asunto complicado, sumamente complejo y que dependiendo de la persona que tuviera la desgracia de recibirlo, muchos acontecimientos negativos podrían comenzar a formarse. Si el chico sentía vergüenza o algo remotamente similar, entonces no lo orillarías a que te diera un “gracias”, al final del día esto ni siquiera era asunto tuyo.
El peliverde levantó la mirada del suelo, reaccionando rápidamente a la palabra “amigo”. El joven te miro con unos ojos que reflejaban su ¿Asombro? ¿Confusión? ¿Vergüenza? Bueno, lo último podrías asegurar que lo sentías a flor de piel. El silencio entre ambos era demasiado y el ambiente silencioso y tranquilo que ofrecía el país no ayudaba en absoluto,
—Yo debo volver- —informaste con prisa al desconocido. Forzaste una sonrisa y diste media vuelta. Comenzando a correr como alma que llevaba el diablo, dejando así al muchacho solo y anonadado en su lugar.
Durante el trayecto de volver a la entrada del colegio, rezabas a todas las deidades, tanto conocidas como desconocidas como el hombre que se apiadaran de tu pobre alma. Realmente no querías encontrarte con un Tokoyami profundamente decepcionado o enfadado por tu desobediencia.
—Definitivamente esta mierda me supera —expresaste cansado y agotado. Tu primer día oficial en Japón y ya te habías metido en una pelea. Si bien, todos esos chicos llevaban el mismo uniforme que tú, no podrías asegurar que fueran a tu mismo colegio... ¿O sí?
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