La Biblioteca de Feberish

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Sinopsis

La mente es una biblioteca que conserva recuerdos, ideas, construcciones sociales,... El escritor es el encargado de tomarlo todo y construir un mundo nuevo.

Genero:
Horror/Mystery
Autor/a:
Adrián
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Feberish

En el interior del ser humano radica el perpetuo deseo de escapar a mundos ficticios creados en la imaginación de los genios, y vivir aventuras fantásticas que no tendríamos en nuestra ordinaria y aburrida cotidianidad al meternos en la piel de personajes mejores o peores que cualquiera de nosotros. ¿Puede este deseo hacernos caer en la locura?

Yo misma, Sonya Amin, me lo pregunté durante los años que trabajé en la Biblioteca Nacional de Pitbury, conservando historias y conocimientos que, de otra forma, se habrían perdido en el paso del tiempo. Hombres y mujeres mejores transmitieron sus valores, algunos nobles y otros podridos, para que los mediocres recelosos como yo los mantuvieran a salvo. Pero mi estadía en el archivo más prestigioso del país no se prolongó mucho tiempo, pues un accidente que nunca debió ocurrir y del que me inculparon me arrebató la buena posición social que había adquirido a pesar de mi mundano origen.

El director de la institución, un mezquino ebrio de un poder del que, en la práctica, no disponía, estaba al tanto de mi inocencia; por ello, en lugar de despedirme y condenarme a ser una más de la maraña pesarosa de nuestro país, decidió desterrarme a Feberish, un pueblo aislado del resto del mundo, para encargarme de su humilde biblioteca. Nada pude objetar, al menos ese bastardo hizo gala de un hilo de bondad al ofrecerme un trabajo, y estar contra la espada y la pared nunca da espacio para hallar una salida airosa.

Llegué a Feberish en un pequeño autobús desvencijado al que el tiempo y la lluvia habían marcado con óxido, al igual que la piel del conductor, mi único y silencioso acompañante durante el trayecto, que trataba de ocultar unas ásperas manchas marrones bajo su deshilachada gorra. El pueblo se había construido al borde un escarpado barranco atravesado por la niebla que no permitía ver nada más que una mancha gris mientras ascendíamos por un sendero tan impracticable que varias veces temí que el autobús no pudiera soportarlo.

Me apeé en la carretera general, un pasto de tierra marcado por las herraduras de caballos y las ruedas del viejo autobús; la densa bruma no posibilitaba vislumbrar nada más que unas cuantas casas de madera gris con más roturas que ventanas por las que solo se asomaba una oscuridad tenebrosa, y el pequeño motel en el que me hospedaría hasta conseguir un sitio habitable en el que pasar el resto de mi desgraciada existencia.

Arrastré mi maleta, cargada con los vagos recuerdos traídos de mi anterior vida en la ciudad, hasta la entrada del motel, desde donde pude ver caminando hacia mí a un hombre vulgar que murmuraba algo ininteligible, aunque lo que me llamó la atención fue algo que parecía colgar de su cara, algo raquítico y duro que mis ojos no comprendieron en un primer momento. Si me hubiera fijado bien, quizá me hubiera escapado lo más lejos que pudiera, pero la tensión que me generó ver a aquel engendro me hizo entrar en el motel lo más rápido posible.

El frío y la humedad me recibieron en la recepción junto a un hombrecillo de dentadura amarilla y una calva prominente que me miró con el mismo tedio con el que se aparta a un fastidioso insecto. Le pedí una habitación y me presenté como la nueva bibliotecaria, al preguntarle dónde se encontraba mi lugar de trabajo, lo único que conseguí sonsacarle fue una respuesta cortante.

—Yo no me acerco a esa mierda.

En vista de su falta de colaboración, decidí que me las arreglaría al día siguiente, esperando que la niebla me diera una oportunidad de ver más allá de mis propios pasos, y me fui a descansar a la habitación que me había indicado el tosco hombrecillo, tomándole como un estúpido ignorante que lo más cerca que había estado alguna vez de un libro fue al consultar una receta de cocina. No supe ver las señales de que debía largarme de Feberish hasta que fue demasiado tarde.

La estancia era un cuarto con el espacio mínimo para una cama dura y una mesa con una jarra de agua que apestaba a pozo. El cansancio del viaje me hizo rendirme antes de que pudiera notar el vacío en mi estómago.

Un ruido me despertó entrada la noche, el sonido entraba a través de la ventana que daba a la calle, a pesar de que no era nada estridente, resonaba con la suficiente frecuencia como para que interrumpiera mi descanso. Eché un vistazo al exterior corriendo lo mínimo la cortina, y vi a otro hombre que murmuraba bajo mi ventana mientras mecía su cuerpo como si se encontrara en alguna especie de trance. Afiné el oído para tratar de distinguir algo por encima del latido de mi corazón, y alcancé a oír algunas palabras sueltas:

—Los Primeros… daron… pensamos que no… ahí están… siempre mir… empre miran… Los Primeros… nos conocen y guarda… odo… Los que estaban antes…

Supuse que debía ser el borracho o el loco del pueblo, al que le gustaba asustar a los recién llegados o que simplemente no tenía dónde dormir y se dedicaba a dar vueltas por el lugar con sus delirios como única compañía en su solitaria vida. Pero lo que vi a continuación me aterró. El hombre, de espaldas a la ventana en primera instancia, se viró hacia un lado para continuar su andadura; de su mejilla salía una raíz gruesa enraizada en su piel. Aparté la vista antes de que el tipo saliera del rango de visión de la cristalera, un temblor removía mi interior. Intenté convencerme de que había visto mal, de que la niebla me había engañado, sin embargo, no pude volver a conciliar el sueño, pues cada vez que cerraba los ojos solo podía ver aquella espantosa raíz que arrugaba la piel blanquecina y se retorcía hasta tocar su hombro. Me quedé tiritando bajo la manta hasta que la luz del día, apagada por la bruma, llenó la estancia.

Entonces me preparé para ir a la biblioteca. Anduve entre la niebla, que había disminuido la intensidad de su manto, en busca de alguien que no fuera el loco del pueblo o el recepcionista ignorante. Me encontré con varios grupos de hombres y mujeres que hablaban en murmullos ininteligibles mientras me observaban desde lejos, y me aterró comprobar que muchas de esas personas portaban las mismas raíces, algunas en un estado más avanzado que otras. Había una mujer cuya boca siempre estaba abierta, pues las raíces le salían como gusanos en estampida entre sus labios, y que me dirigió sus ojos desorbitados como si fuera a atacarme en cualquier momento; luego había otros que solo tenían una diminuta ramita sobresaliendo de su boca, sus ojos o su nariz. Me alejaba enseguida en cuanto detectaba las absurdas deformaciones, dudando de si de verdad seguía en el planeta tierra o había viajado sin querer a otro mundo o a otra grotesca realidad. Cuánto más caminaba, más se acrecentaba el miedo en mi interior; incluso la cara comenzó a picarme, así que me rasqué de manera compulsiva temerosa de que una de aquellas raíces se diera un banquete con mi piel.

Mi trayecto sin rumbo terminó cuando me di de frente con un edificio antiguo que ostentaba el cartel de Biblioteca de Feberish. Respiré extrañamente aliviada, luego maldije al director por enviarme a aquel sitio tan espantoso y comencé a planear cómo salir de allí. Echaría un vistazo al interior de la biblioteca para hacer tiempo y luego me montaría en el autobús para no regresar nunca más. Más allá de eso nada venía a mi mente, pero cualquier cosa, incluso mendigar para sobrevivir, era mejor que quedarme otro día más en Feberish.

La biblioteca estaba abandonada, las estanterías no guardaban ni un solo libro. ¿Qué se suponía que iba a conservar? Pero algo me atraía a mirar cada pasillo, había una especie de ambiente opresivo y, al mismo tiempo, atrayente que me invitaba a explorar sin quedarme satisfecha en ningún momento, pues lo único con lo que daba era con capas y capas de polvo y un detalle que me heló la sangre. A medida que avanzaba por la estancia encontraba papeles en los que alguien había escrito palabras grotescas y retorcidas totalmente indescifrables. Era totalmente incapaz de reconocer ningún idioma humano en tales escritos diabólicos, incluso si en Feberish tenían su propia lengua, no tenía sentido que no guardara alguna relación con las letras y palabras existentes.

De pronto, un sonido gutural invadió el espacio, provocándome un estremecimiento que volcó mi corazón y revolvió mis entrañas. Una presión hizo presa a mi pecho, impidiéndome respirar con normalidad. El sonido se metió en mí ser, y me guió como si mis pies se movieran por instinto cuando mi propio instinto me gritaba que debía salir huyendo. Mi mente, embotada por la gravedad del ruido, volaba en una nube lejana al resto de mi cuerpo.

Abrí una pesada puerta de madera, más antigua aún que el propio edificio, que daba a unas escaleras excavadas en la piedra que descendían hacia la oscuridad. Perdí la noción del tiempo mientras bajaba tramos y tramos interminables, aunque quizá solo fueran unos pocos segundos, hasta dar con una extensa gruta que sobrecogió mi ser, inmovilizándome, convirtiéndome en un conjunto de huesos, músculos y piel que no poseían independencia ni consciencia de sí mismo.

La visión ante mí enfrió mi cuerpo con un escalofrío inhumano. Había encontrado la biblioteca. Las estanterías, repletas de libros en buen estado, estaban fijadas unas a otras formando una construcción cuadrada que ascendía hasta el techo, del que colgaba de un enredo malformado de gruesos troncos salientes de la piedra y se dividían en retorcidos brazos que se enroscaban alrededor de la biblioteca. La madera emitía una luminiscencia primero clara y luego oscura que iba cambiando mientras los brazos se movían como si se tratara de un pulpo gigante. Más allá divisé otras deformes estanterías, podía haber cientos allí abajo, pero mis ojos se detuvieron en los muros de la gruta, donde vi a mis predecesores; algunos ya eran esqueletos, otros aún estaban lejos de la descomposición. Pero todos coincidían en lo mismo. Era uno con la madera que penetraba sus cuerpos con sus ásperos brazos; de sus pieles macilentas, de sus bocas abiertas y de sus ojos desorbitados nacían nuevos retoños de aquel engendro que se rizaban para combinarse con otros y con sus huéspedes, atrapándolos. Y todos ellos, hasta los muertos, escribían con la única mano que tenían libre. Algunos eran movidos por los brazos para alcanzar un libro, y los devolvían a la posición previa donde leían aunque las cuencas de sus ojos fueran raíces.

Cuando me quise dar cuenta, me encontraba rodeaba por los brazos de la bestia de madera, que se deslizaban ascendiendo por mis piernas, dejando a su paso raspaduras y cortes dolorosos. Fui a gritar, pero un tentáculo rugoso me lo impidió al penetrar en mi boca, ahogando mi aullido mientras notaba como me destrozaba por dentro. Más brazos entraron y salieron por todos los agujeros de mi cuerpo, nuevos nacían de mi piel, de mi boca, de mis ojos cegados, y de mis oídos. Podía sentirlo. Cómo germinaban las semillas, cómo crecían desde mis entrañas al exterior, cómo me atravesaban y se iban a abrazar a mis compañeros de sufrimiento en el muro.

Aquí me encuentro. En la Biblioteca de Feberish. Ahora soy una con ella. Y las historias que custodiamos pasan por mi cabeza como si viviera mil vidas al mismo tiempo, haciéndome viajar a lugares tristes y alegres, caóticos y ordenados, para luego volver a mi cotidianidad sin esperanza, mi desolada nueva vida. Lo único que consigo sentir tras el desborde de emociones de cada viaje es una fiebre intensa que desgasta mi mente, mi cuerpo es un peso inútil del que, poco a poco, va quedando menos.

Aquí me encuentro. Sirviendo a algo que no entiendo, a un propósito demasiado grande para alguien mediocre como yo que solo conserva las historias que escribe ese algo que no entiendo, pero que están directamente relacionadas a la humanidad. Está observando el mundo y recopilando todo lo que ocurre, pero no sé con qué objetivo. ¿Por qué no volví cuando tuve oportunidad? ¿Por qué no salí huyendo? Prefiero mi antigua vida mediocre que seguir condenada a vivir mil vidas fantásticas que solo me proporcionan sufrimiento cuando tomo conciencia de mi desdicha.

Aquí me encuentro. Escribiendo mi historia, la primera que escribo, en un lenguaje indescifrable, mientras la desesperación y los delirios me hacen reír y llorar al mismo tiempo, con la esperanza de que alguien la encuentre y se de cuenta de que no debe acercarse a este lugar maldito. Si lees esto, aléjate de Feberish y aún más de su biblioteca. Aléjate de este reino donde la locura apresa a todo humano que ose sentir curiosidad.