CAPÍTULO ÚNICO
Jean fue testigo cercano de cómo su amada se iba perdiendo entre las catástrofes que sufría y su bondadoso ser se teñía de un tono tan negro como el alquitrán hasta que no hubo manera de salvarla.
Él aún rememoraba el trágico y gélido día en que los reclutas que recién iniciaban su estadía en la Legión de Reconocimiento fueron masacrados y despojados de sus vidas sin piedad alguna con enormes pedruscos que se inscrustaron contra su carne que ellos entregaron voluntariamente con tal de vencer a su enemigo que con sorna ponía fin a su preciada vitalidad. Entre aquellos jóvenes se hallaba el hermano de quien se ganó su corazón; una muchacha de piel trigueña con cabello negro usualmente recogido en una alta coleta, poseedora de un par de orbes marrones muy expresivos que Jean adoraba contemplar, pues desprendían semejante paz que le hacía sentir un adictivo sosiego. Desde la muerte de su hermano, su chica llamada Elise, perdió su chispa característica que solía fascinarlo en demasía.
El ser simpático y optimista de Elise se apagó considerablemente tras perder a su hermano y Jean lo comprendió. La amó de todas formas, encantado der ser ese alguien a quien Elise se mostraba lo suficientemente vulnerable como para dejar salir los desgarradores llantos desde el fondo de su garganta, descargando su dolor y dejando su alma herida al descubierto. Jean fue su dulce consuelo entre tanta amargura y sabía que Elise lo agradecía porque se lo comentaba cada noche y lo demostraba con besos tiernos repartidos en su boca, caricias parsimoniosas sobre su cuerpo y cabello, y bellas sonrisas al mínimo contacto visual que solían compartir.
Jean la amaba y Elise lo amaba a él.
Sin embargo, su amor no alcanzó a cubrir la distancia que los separó mediante más días fatídicos llegando sin avisar a sus tortuosas vidas.
Jean notó en su bella novia síntomas que en su momento ignoró y luego se culpó por ello, pero no creyó tan grave las náuseas y los temblores que sacudían levemente su menudo cuerpo en las noches que se acostaba a su lado a dormir. De haber sabido que algo realmente malo con Elise estaba por suceder no le habría permitido acompañarlo a la misión de infiltrarse otra vez en Marley. La misión transcurrió más violenta de lo esperado, teniendo que enfrentarse a un par de soldados marleyanos. Elise recibió algunos golpes, no obstante, acabó con los soldados en un parpadeo. Jean no contaba con que su chica se desmayara entonces, tuvo que sostenerla con sus brazos y como pudo regresó con sus demás compañeros lleno de un sentimiento de angustia y terror recorriendo sus rígidos huesos como un mortífero y creciente veneno. Empleando calma actitud un doctor les informó que Elise sufrió un aborto espontáneo debido a los golpes.
Ninguno tenía conocimiento acerca de aquel embarazo avanzado de cuatro semanas, por ende la funesta noticia los tomó con la guardia baja. Jean no sabía cómo sentirse al respecto y odió eso. Por un lado una sensación de tristeza absoluta nublaba su atormentada mente, luego una sensación de alivio lo embargaba al saber que el diminuto ser que había estado tomando forma en el vientre de Elise se había ahorrado toda la maraña de sufrimiento que acarreaban sus vidas. Ellos tenían diecinueve años y no se podían escapar de la guerra que se avecinaba irremediablemente, amenazando con llevarse todo lo que conocían y atesoraban con fervor.
—Elise... ¿cómo te sientes? —verbalizó hacia la mujer que era dueña de su corazón enamorado —. Habla conmigo, cariño —tentativamente hizo amagues de sujetar su mano y al no ver que se opusiera entrelazó sus dedos, sintiéndolos muy fríos. Ambos yacían en un dormitorio, él frente a la cama donde yacía una Elise ausente, sentado en una vieja silla de madera bastante incómoda.
—¿Qué quieres que diga, Jean? —recriminó Elise sin ánimo siquiera para tener una discusión con él —. Los marleyanos asesinaron a otro miembro más de mi familia. Sé que a nuestro bebé no le esperaba nada bueno aquí y que ni sabíamos de su existencia hasta hoy, pero era nuestro y lo perdimos por culpa de unos desgraciados.
Jean se inclinó y peinó su cabello desarreglado de una manera paulatina, teniendo cuidado para no infringirle daño. Reparó en la piel suave y tersa de Elise tornarse de una tonalidad pálida desagradable que revolvió su estómago. Sintió desmesurada culpa corroer lo más profundo de su afligido corazón, tanto como una pavorosa impotencia abrasadora que arrasaba vehemente contra él.
—Todo estará bien —trató de darle esperanza, sin embargo, ni él mismo podía creer en sus palabras que más bien eran un férreo anhelo.
—El doctor me dijo que es probable que no pueda tener hijos en un futuro. ¿Te das una mísera idea de lo que eso significa para mí?
Por supuesto que lo sabía, conocía los deseos más recónditos del alma de Elise sobre formar una familia con él. Jean igual lo deseaba, hubo imaginado a veces cómo sería la imagen de un niño con los rasgos suyos y de su amada en el futuro. Ahora todo eso se esfumó dejándoles a ambos un sabor agrio que no podían ignorar sin importar cuánto lo quisiesen.
—Nos tenemos el uno al otro, Elise —le recordó con desespero, pues su amada se distanciaba cada vez más —. No necesito nada más, ¿y tú?
Elise volteó a verlo con los ojos empañados en lágrimas y con voz bajita le suplicó que hiciese aquello que siempre la calmaba; abrazarla con amor infinito mientras le acariciaba el cabello y susurraba confidencialmente cuánto la amaba.
[...]
Otro golpe devastador les sobrevino cuando su mejor amiga, Sasha, fue asesinada cruelmente adelante de sus ojos. Jean se sintió desecho y profundamente triste, percibiendo que su novia estaba aún peor. El vínculo que esta compartía con la chica patata era sagrado, un lazo fuerte que había crecido conforme los años pasaban. Los dos lloraron su pérdida junto a Connie, ese chico gracioso que también fue dañado de un modo irreparable. Elise se encerró en sí misma después de este acontecimiento tan horrendo y destructivo, su mente adquirió pensamientos de índole oscura que dejaba entrever por medio de mordaces comentarios lanzados con una rabia contenida pidiendo a gritos salir a la superficie. Confirmó su oscuridad ascendente cuando ella reaccionó impetuosa y desalmada al referirse a los civiles marleyanos como nada más que un obstáculo fácilmente revocable para hacer sus planes. Lo reafirmó al instante que ella aseveró estar muy de acuerdo con la cruel idea de Eren sobre devastar toda la tierra y que quedase en pie solamente la isla Paradis, que era su hogar.
—¿Te volviste loca, Elise? —reprochó Jean sin creerse la decisión que tomó su bella novia a raíz de los acontecimientos recientes —. No te puedes quedar aquí, no estás a salvo. Floch se está comportando como un demente impulsivo. Ven con nosotros y prometo que vamos a cuidarte. Yo me esforzaré por hacerlo.
Elise negó con la cabeza y una sonrisa irónica tiró de sus labios, dándole un aspecto carente de bondad. Su rostro lucía vacío, casi sin vida.
—No puedes protegerme, Jean, estamos en una guerra y en las guerras cualquiera puede morir y desaparecer sin que te des cuenta —bufó como si estuviese harta de tener que dar explicaciones —. No quiero ir a arriesgar mi vida por gente que no conozco y desde luego no harían lo mismo por mí. Esas personas nos odiaron y mataron salvajemente, no merecen nuestra compasión. Eren está haciendo lo correcto desde mi punto de vista, no entiendo porqué debería detenerlo.
—Hay gente inocente.
—Nosotros también éramos inocentes y nadie nos ayudó.
Jean arrastró sus dedos contra su cabello semi-largo, frustrado a sobremanera.
—Por favor, cariño, no quiero irme y abandonarte aquí —suplicó con dolor.
—No lo haces, porque soy yo quien te abandona.
Jean sintió una picazón molesta en sus ojos mieles y a sabiendas que pronto comenzaría a llorar se los refregó bruscamente con su mano.
—¿Es así como termina nuestra historia, Elise, después de todo lo que hemos soportado juntos? —su voz ronca delataba el nudo en su garganta que le impedía expresarse con total normalidad. Elise le regaló una queda sonrisa, sufrimiento es todo lo que reflejaba su mirada.
—Eres un buen hombre, Jean, así que ve y salva el mundo si puedes. Agradezco que me amaras este tiempo, prometo que yo te amaré siempre sin importar que nuestros ideales nos separen.
Elise se marchó del pequeño cuarto que hasta ahora compartían, abandonando a un Jean de aspecto decaído y a punto de las lágrimas tan amargas que ansiaban salir de sus ojos mieles.
Jean se aseguraría de salvar al mundo y luego haría hasta lo imposible por recuperar a quien amaba desde aquella tarde soleada de entrenamiento militar donde tuvo el grato placer de conocer a la bella chica alegre que se adueñaría completamente de él.