Milagrosa Piedad

Sinopsis

“Ten mucho cuidado con los obsequios de los dioses” no hay Santo que no conozca bien esa advertencia. Sin embargo, cuando llega el momento de debilidad adecuado, hasta el más sensato de los hombres puede ser tentado y engañado. Albafica de Piscis pensaba que su vida ya estaba escrita en piedra; sin embargo la aparición de la diosa Psique le hará ver que se equivoca; ella tiene un regalo para él. ¿Albafica lo tomará? ¿Aceptará el costo de sangre? 【 Decretos Divinos I 】 Ship principal: Albafica x Agasha.

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I. Descenso a la Realidad


El pequeño pueblo de Rodorio era bien conocido por ser pacífico, productivo, siempre vivaz y con una comunidad recta al igual que sencilla.

Como cualquier otro día en primavera, algunos Caballeros de Oro acostumbraban salir de sus Casas para visitar ciertas zonas a la redonda debido a un pequeño festejo que se celebraría en honor a la fecha, algo que en lo absoluto era anormal.

En estos días, seres excéntricos como Manigoldo de Cáncer y Kardia de Escorpio eran perfectamente capaces de dar la cara a los habitantes, caminar como pavos reales y lucir esas estúpidas sonrisas burlonas con orgullo, que por sorpresa que causase, daban confianza en los habitantes y dejaban el honor de los Caballeros Dorados por los cielos.

Pero por otro lado, sociable no era una palabra que pudiese ir con caballeros como Asmita de Virgo o Dégel de Acuario, quienes muy por lo general se encerraban en sus Casas y evitaban el contacto humano tanto como les fuese posible. Simplemente porque no deseaban crear lazos afectivos con nadie.

A menos que tuviesen que entrenar o hacer misiones fuera, algunos de esos Santos preferían estar consigo mismos que con mucha gente a su alrededor. Al final del día, la decisión recaía sobre ellos.

Y luego estaba él, Albafica de Piscis.

El hombre cuya sola existencia era (patética) soledad.

Había que ser claros, Albafica no era solitario precisamente porque él así lo deseara sino porque muy en el fondo él sabía que si cedía a su más grande deseo no sólo se arrepentiría toda la vida sino que jamás podría enmendar el mal que desataría su desliz, ese que presagiaba un (nada necesario) sentimiento de culpa.

Era un hecho; nadie debía acercársele, ni siquiera sus propios compañeros, cuanto menos un aldeano.

Para iniciar, la vida de cualquier Santo (no sólo los de Oro) no sólo no era sencilla sino que también estaba plagada de pruebas y riesgos que un ser humano común jamás enfrentaría. Lamentablemente en el caso del Santo de Piscis la situación empeoraba si se tenía en cuenta que toda su existencia debería solidificarse sobre la soledad. Debido al veneno que corría por sus venas, todos los Santos consagrados a Piscis deberían vivir toda su existencia en el exilio por el bien de sus allegados; y eso, aunque no sea crea, era más difícil de lo que cualquiera pudiese siquiera imaginar.

El ser humano no fue hecho para estar solo; como cualquier ser viviente, una persona necesitaba de algún tipo de compañía (la que fuese) y sin embargo los dioses no les habían dado a los Santos de Piscis esa alternativa. Ellos, por su honor, debían acatar ese martirio hasta el final de sus días.

Albafica de Piscis vivía sabiendo bien su destino, pero eso no lo protegía de sentirse miserablemente solitario. En el pasado su propio maestro se lo advirtió; él mismo vio qué tanto daño le había hecho ese camino a Lugonis de Piscis. Albafica no podía quejarse de nada, sólo aceptar su desahuciado destino al igual que su padre adoptivo y no pensar más en el qué hubiese paso sí, porque no tenía caso.

Ya no.

A estas alturas lo más sensato era evitar pensar mucho en ello.

No era tan difícil dejar ir el tema de poder tener una vida como la de cualquier otro hombre puesto que desde hace ya muchos años Albafica dejó de creer en la ilusa posibilidad de encontrar algún modo de poder acercarse a la gente sin matarla, lo aprendió a base de golpes a su espíritu de los cuales aún no se reponía. Él ya lo sabía; era inútil arrepentirse de su elección. Además, los años habían pasado y ya no era un niño que lloraba en medio de la confusión.

Ahora era un hombre que sufría en silencio. Un hombre qué debía sangrar en las sombras y jamás quejarse por ello. Ir siempre a las batallas que se le encomendaban y volver con su escudo… o sobre él.

Albafica de Piscis creció con la firmeza de un frondoso árbol al que ya le habían caído demasiados rayos; siempre solitario en medio de un páramo lleno de color y vida sin calor humano; rodeado de bellas flores que no le ofrecían ninguna conversación.

Por muy hermosas que estas flores fuesen (según todos los que las veían) estas no le daban ningún alivio, ninguna paz, al menos no la que él buscaba con suplica. Las bellas flores no le daban el calor que deseaba. No le entregaban ninguna palabra que pudiese animarlo o sacarle al menos una sonrisa. Mejor no hablemos de abrazarlo con fuerza y hacerle saber que su vida valía de verdad para algo más que para ser carnada en una sangrienta batalla de la que sin duda no saldría vivo.

Aunque hermosas, las flores no eran su felicidad y su supuesta belleza física tampoco lo era. Posiblemente todos a su alrededor lo supiesen pero aun así nadie lo decía al aire: Albafica de Piscis estaba vacío por dentro. Ni siquiera se podría decir que alguna vez estuvo completo, menos después de verse obligado a enterrar él mismo a su maestro para luego continuar caminando sobre este oscuro legado sin nadie acompañándolo.

Sólo su misión como Santo de Oro le ayudaba a no volverse completamente loco, de otro modo, Albafica ya estaría sediento de sangre corriendo por el mundo como un maniaco en busca desesperadamente de algo a lo que pudiese aferrarse y le diese sentido a su vida. Todo sin importarle mucho que en el proceso de aquella búsqueda de casualidad le provocase la muerte a alguien inocente.

Con tal de conseguir al menos 3 minutos de efímera paz y compañía, un ser humano tan solitario como él podría ser capaz de muchas cosas, incluso de sacrificar la vida de quién sea con tal de obtenerla.

Pero él no era así. No aún al menos.

—¿Albafica? ¿Estás aquí?

Su perpetua estadía fue interrumpida por la voz de su compañero, Shion de Aries.

—¿Qué pasa, Shion? —preguntó permaneciendo en las sombras. Desde su ubicación, lejos de la salida de Piscis, Albafica abrió los ojos saliendo de su mente y fue cordial (como siempre) con el guerrero de Jamir.

Pudiese ser que no fuesen amigos realmente, pero Albafica no podía evitar sentir algo de admiración por la convicción de justicia del Santo de Aries, sin duda el mundo necesitaba a más hombres como él que con firmeza iban por el mundo defendiendo al débil; pero claramente Albafica no le diría eso, menos si se tomaba en cuenta que el corazón noble de Shion se negaba a apartarse de su espacio personal.

»No le tengo miedo a tu sangre envenenada —honorable insensato. Gran amigo. Valioso ser humano.

Hacerle daño a Shion era una de las cosas que Albafica jamás podría perdonarse, por eso lo alejaría de sí mismo tantas veces como fuese posible. Sea de la forma que sea.

Por su lado, Shion de Aries no necesitaba verlo a la cara para saber que Albafica no iba a ir a su encuentro por voluntad propia, además el muviano supo con precisión de adivino donde se encontraba así que, aunque su mirada se centrase en un punto oscuro de la Casa de Piscis, el Caballero de Aries no se sentía incómodo por no tenerlo enfrente mientras hablaba.

—El Patriarca solicita que hagamos la guardia del día de hoy —informó serio.

No hace mucho Shion había solicitado el permiso de Albafica para cruzar su Casa, pero la orden dictada por el Patriarca Sage no pudo haber sorprendido más al mencionado.

¿Dejarlo a él libre por Rodorio? ¿Qué clase de locura era esa?

—Shion —dijo Albafica estoico—, sabes que yo no puedo bajar a Rodorio, ¿no es así?

Aun haciendo énfasis en toda su pregunta, Shion desligó toda amenaza alzando los hombros como si no recordase los motivos por los cuales Albafica debía ser siempre el marginado del equipo. La razón por la que Albafica debía mantenerse oculto en su propio templo hasta que fuese llamado a combatir (¡o mejor dicho: matar!), era un dato de conocimiento público que todos los que sabían de la existencia del Santo de Piscis sabían bien.

¿Por qué el Patriarca mismo quería exponerlo tan irracionalmente al público para montar una guardia que cualquiera de los otros diez podrían hacer sin problemas?

Combatir contra enemigos que debían ser eliminados y hacer vigilancia a un pueblo cuya gente era inocente y debía ser protegida, eran dos cosas muy distintas. Se suponía que el Patriarca debía saber eso mejor que nadie a la hora de llamar a Albafica de Piscis.

¿Qué estaba pasando por la sabia cabeza de su Ilustrísima?

—Somos los únicos disponibles ―continuó Shion dando la razón del llamado―, y hoy es ese pequeño evento organizado por los pobladores. Algunos ladronzuelos seguramente intentarán algo y el Patriarca no quiere dejar sin vigilancia el pueblo.

―¿Acaso no hay otros caballeros para eso? ¿Los Santos de Plata, por ejemplo? —farfulló Albafica.

Estaba completamente en contra de su llamado.

―Los hay —dijo Shion—. Como siempre, pero has de saber que nunca es suficiente.

Ajá, y Albafica nació ayer.

—¿Tú y yo somos los únicos? —empezando a cabrearse, Albafica salió de la oscuridad y se enfrentó a Shion, pero se mantuvo a una distancia prudente.

—Los únicos.

Sin moverse un centímetro más hacia su compañero, Albafica demostró su desacuerdo con su sola mirada. Si había algo por lo que se le debía dar crédito al Santo de Piscis era por su fascinante capacidad de trasmitir sus pensamientos (más si eran negativos) con sus solas expresiones faciales. Era fácil leer su enfado más no así si se hablaba de sus escasos momentos de ligera felicidad.

El hombre podría negarlo todo lo que quisiese pero Albafica de Piscis era un espécimen de deliciosa belleza masculina que no debía envidiarle nada a nadie, quizás salvo el nivel de poder hablando en comparación al cosmos de un dios; pero fuera de eso él era… perfecto. Su aspecto físico era llamativo en todos los sentidos posibles, sus ojos hipnóticos, ese lunar en bajo su ojo era sin duda el sutil adorno final de una pieza maestra creada por algún dios de la belleza; su cuerpo masculino resplandecía con exquisitez y su carácter antisocial por alguna razón volvía locas a muchas chicas a la redonda que sólo podían imaginar qué se sentiría dormir entre sus brazos.

Ese carácter frío e insensible podría ser un deleite para las chicas de afuera, pero para Shion estaba siendo un verdadero dolor de cabeza.

—¿Y puedo saber dónde están los otros diez? —preguntó Albafica con enfado.

Inhalando profundo, Shion pareció agobiado de sólo pensar en el resto de Santos y saber que sin importar qué, ellos dos debían cumplir las órdenes de su Ilustrísima… bueno, ese dolor en su cabeza estaba creciendo de manera injusta como dolorosa a migraña. Pero Shion comprendía las razones de su compañero para negarse a abandonar su recinto, por lo que no se quejó.

—A ver, ¿por dónde empiezo?

—Manigoldo.

—En su casa, con una enorme resaca que no se aguanta ni él mismo.

Shion casi soltó una risa cuando vio a Albafica entrecerrar sus ojos; por suerte pudo mantener la compostura.

—Kardia.

—En las mismas, pero él sigue ebrio y Dégel está ocupándose de su… condición. El Patriarca ordenó al Caballero de Acuario cuidar de él.

Albafica quiso lanzar rayos por los ojos y perforarles las cabezas a los mencionados. Dégel estaba absuelto. ¿Pero qué demonios les pasaba a los otros dos? ¿Acaso no veían que en cualquier momento podrían ser atacados por el enemigo? ¿Qué harían entonces? ¿Dejarse matar así sin más? ¿O invitarles una cerveza a todos los invasores para luego permitirles pasar por sus casas en busca de la cabeza de Athena?

—¿El Cid?

—Salió esta mañana a una misión de emergencia a Italia junto con Dohko.

—Regulus de Leo.

—Salió a entrenar junto a Sisyphus ayer por la noche y no han regresado.

Un momento, ¿qué clase de entrenamiento estarían haciendo esos dos como para desaparecerse por tanto tiempo? Albafica estaba apretando los puños tratando de pensar con velocidad record en otros hombres que pudiesen ir en su lugar a Rodorio. Él no debía bajar al pueblo, jamás debía hacerlo si no era para refundir el alma de un indeseable al infierno.

¿Por qué eso era tan difícil de entender?

—Asmi…

—Asmita de Virgo se ha recluido en su meditación —interrumpió Shion—. Sabes tan bien como yo lo susceptible que es al intentar distraerlo.

Por mucho que quisiera negarlo, Albafica reconocía que a veces Asmita tenía un carácter peor que el suyo. El Caballero de Virgo tenía una sabiduría milenaria y la paciencia que hasta un monje envidiaría, pero inclusive él tenía su Talón de Aquiles y ese era su meditación, la cual era tan importante para Asmita que a menos que el mundo no se estuviese viviendo abajo era mejor no intentar sacarlo de su Casa. O si quiera acercársele para preguntarle sobre el clima.

Fastidiar al Santo de Virgo garantizaba que nadie jamás volviese a saber de tu existencia. Así de peligroso era Asmita cuando se le desafiaba sin saber de lo que podría ser capaz.

—¿Tauro?

—Hasgard de Tauro no está en su Casa.

—¿Y dónde está él? —preguntó Albafica con el músculo abajo del ojo saltándole.

—No lo sé —espetó Shion perdiendo la paciencia—, el Patriarca dijo que le había encomendado otra tarea. Posiblemente esté junto a sus aprendices.

—Tendrás que esperarlo hasta que regrese, porque yo no pienso bajar a Rodorio.

—Lo harás, Albafica —dijo severo—, son órdenes directas del Patriarca.

—¿Y qué hay del Caballero de Géminis?

—En la Isla Kanon, como siempre. Tú y yo sabemos que él tiene… otros asuntos ahí con los cuales lidiar —le recordó Shion. Vaya si ambos sabían el drama en el que vivía ese Santo—. Se te acaban las excusas, amigo mío. ¿Alguien más?

No, ya eran todos los Santos de Oro y en estos momentos Albafica se debatía mentalmente sobre si debía visitar la Casa de Cáncer y levantar a Manigoldo a base de patadas aunque después su sangre envenenada lo matase, o si mejor libraba a Dégel de Acuario de mantener vivo a Kardia de una buena vez por todas, tomando al idiota y luego asarlo a fuego lento en una parrilla como a un cerdo.

La tentación de hacer ambas cosas era demasiado grande, pero no tanto así como su miedo al ser expuesto en público. Odiaba estar en situaciones así en las que no veía una salida favorable.

La sangre envenenada que corría por sus venas no era el único motivo por el cual Albafica no deseaba a nadie de Rodorio cerca de él, sino porque cada vez que cometía el milagro de bajar, no había momento en el que no captase las miradas de las personas (hombres y mujeres), cosa que lo hacía sentirse doblemente incómodo, sobre todo cuando los hombres lo recibían con enfado (envidia, más bien) al notar que sus parejas no le quitaban los ojos de encima.

Albafica no tenía la culpa de haber nacido así.

Porque… ¡diablos, sí, sí! Albafica ya sabía que era un hombre muy apuesto y blá, blá, blá, ¿acaso las personas no podían simplemente mirarlo una vez y luego desaparecerse de su vista?

¿Tenían que seguirlo con sus miradas a donde sea que fuese?

También por eso último él siempre procuraba vestir su armadura e ignorar casi todo a su alrededor, porque al menos así todos los que lo viesen sabrían que era un Santo de Oro y antes de hacer algo sumamente estúpido como intentar acercarse, pudiesen captar su estatus y no les pareciese tan extraño cuando Albafica simplemente los evitase.

Daba igual si pensaban que era arrogante, su deber estaba primero.

La buena noticia era que gran parte de la población de Rodorio sabía del motivo de su distanciamiento por lo que a veces no era necesario que Albafica se alejase sino que los mismos aldeanos hacían caso a sus instintos y lo rehuían como si fuese una serpiente.

Pensándolo mejor, una serpiente y él no eran tan diferentes.

—¿Y bien, Albafica?

El Santo quiso matar a Shion, de verdad quiso hacerlo. Sin embargo terminaría extrañándolo.

—¿El trabajo es demasiado para ti solo, Shion?

—De acuerdo. Si no puedes con la presión lo entiendo, nos veremos después.

Con serena seriedad Albafica lo vio mirarlo por encima del hombro con supuesta comprensión y decepción antes de darle la espalda y empezar a caminar.

—Sólo espero que no haya bandas numerosas esparcidas dispuestas a hacerles daño a las mujeres y los niños por una sola moneda de oro.

Sí, Albafica ya veía venir algo como eso.

Maldito sabiondo.

Lo peor es que el truquillo seguía funcionándole al imbécil.

«Maldito» enfadado, se tragó ese insulto al igual que su orgullo y reproches—. Espera —dijo Albafica procurando no ceder al llamado que le hacía el cuello de Shion para apretarlo con tanta fuerza como para reducirlo al tamaño de un fideo.

Shion le sonrió amistosamente al ver claramente las intenciones del Santo de Piscis. Como con el tema de su sangre, Shion no le temía, cosa que lo hacía doblemente estúpido a los ojos del joven griego.

—Se hace tarde, seguramente ya estarán los comerciantes vendiendo comida y…

—No pienso ir caminando por las calles, Shion.

—¿Ah no? ¿Entonces qué piensas hacer? ¿Acaso ya aprendiste a volar?

Albafica lo miró seriamente. ¿Desde cuándo este hombre bromeaba?

—Escúchame una cosa —gruñó—, tengo un punto límite antes de que te golpeé y te mate, no me sigas fastidiando.

—De acuerdo, de acuerdo —Shion quiso reírse por su amenaza, ambos sabían que Albafica primero se suicidaría antes de ocasionarle la muerte a alguno de ellos, por mucho que lo hicieran enfadar—. Pero sigo sin entender cómo harás la guardia si no caminas por las calles.

El día 27 de marzo era especial, solía celebrarse un pequeño festival como un agradecimiento a los dioses por la fertilidad que comenzaba a hacerse presente luego de un otoño e invierno difícil. Los cultivos progresaban sin muchos problemas y a medida de que los días transcurrían, el ganado tenía pastizal verde y fresco para comer y agua limpia qué beber.

El sol radiaba vida y sin duda alguna, era obra del ascenso de la diosa Perséfone a la Tierra. Esta fecha era para honorar la reunión de la diosa y su amada madre Deméter.

Ambas hacían que los fieles en Grecia y en el resto del globo terráqueo tuviesen una vida próspera. A diferencia de su marido, Hades, Perséfone parecía querer mantener viva a la humanidad por un tiempo más, y hoy, 27 de marzo, era un excelente día soleado para celebrar su regreso a la tierra de los mortales. Como tributo, los pueblerinos ofrecerían cantos, bailes, banquetes y buena vibra en su honor. Aunque fuese algo pequeño, los habitantes del pueblo pedían porque este año fuese mejor que el anterior para todos aquellos que esperaban esta fecha con ansias.

La gente de Rodorio estaba feliz pues hasta el momento todo se estaba llevando a cabo sin demoras. Lamentablemente no se podía decir lo mismo de los Santos Dorados despachados a vigilar que el orden se mantuviese y ningún vándalo pudiese arruinar el día aún si eso significaba joder el suyo.

«¿Por qué tuve que retarlo?» pensaba martirizado el joven de Aries tentado a darse una palmada en la cara, «debí haber cerrado la boca». Sin embargo Shion debía reconocer que Albafica tenía una buena imaginación aunque comúnmente esas ideas solían ser tan impresionantes como extremistas.

¿Y cómo iba él a saber que Albafica no sólo iba a hacer lo más extraño sino además lo más indebido (rayando lo cómico) para cumplir las órdenes del Patriarca?

Caminando entre varios aldeanos que lo detenían por las calles para saludarlo o para invitarlo a comer (él les rechazaba generosamente) notó que Albafica lo esperaba hasta seguir caminando… el Santo de Piscis marchando arriba de los tejados.

Saltando de techo en techo y procurando que nadie lo viese (cómo había estado lográndolo tan bien en los últimos minutos seguía siendo un misterio) Albafica se mantenía fiel a su palabra de cumplir las órdenes del Patriarca de cuidar de cerca a los aldeanos junto a Shion, y de su promesa que era la de no mezclarse con los habitantes.

—Señor Shion —habló una jovencita de 16 años, jovial y mucho más bajita que él; la chica parecía ver a un dios—. Mi nombre es Agneta y es un gusto poder verlo el día de hoy por aquí.

A Shion aún no le terminaba de cuadrar cómo este tipo de atenciones eran una especie de cielo para Manigoldo y Kardia pero para él fuese increíblemente incómodo. No es que odiase el contacto humano pero valoraba mucho su espacio personal como para querer alejarse de la forma más educada posible de la joven.

—E-es un placer —asintió a la chica y la dejó con una sonrisa en su sonrojado rostro.

—¡Por favor, venga más a menudo! —se despidió ella con notable emoción.

Shion suspiró tratando de mantener su estoica postura, pero no le era nada fácil, incluso se sintió nervioso ante la cercanía de la muchacha; eso era porque no era muy común para él encarar mujeres con ese tipo de espíritu tan… delicado. Femenino.

Él estaba más acostumbrado a ver mujeres guerreras, fuertes, sagaces y valientes, incluso arrogantes. La delicadeza no iba con ninguna de las féminas que Shion hubiese podido ver antes.

Esto lo llevaba a un punto que no solía tocar demasiado dado a su escaso tiempo y pocas ganas de deprimirse. Las posibilidades que tenía un caballero de contraer nupcias y descendencia (en resumen: una familia) eran poco menos que nulas.

Ilias, el antiguo Santo de Leo, fue una verdadera sorpresa. Había conseguido casarse, incluso crio con amor a su único hijo, Regulus quien no hace mucho ya ocupaba el lugar de Leo como su sucesor. Ilias era uno en un millón pues las posibilidades de hacer todo lo que éste había logrado eran prácticamente imposibles; uno de un millón, un número destacable de entre cientos de solitarios guerreros que morían sin haber realmente intentado conocer a una pareja.

Demasiados deberes, demasiada presión, demasiado tiempo invertido en demasiadas cosas como para guardar más de ti mismo para otros dos seres o menos. Y eso considerando que la otra parte involucrada ponga de su parte porque de no ser así ya podrías saborear el fracaso absoluto.

Ilias y su esposa habían logrado superar el reto los dos juntos. Regulus era la viva imagen de su padre y el heredero de los espíritus de ambos progenitores.

La existencia del joven Santo era un milagro.

Por su lado, Shion dudaba llegar tan lejos. Para empezar no era de su interés tener una pareja, sus responsabilidades estaban primero.

Entonces como por arte de magia Shion empezó a comprender un poco más los comportamientos de Manigoldo y Kardia con respecto al libertinaje. Sus constantes salidas a los burdeles y el hecho pasar las frías noches de invierno con diferentes mujeres en sus lechos… todo eso comenzaba a cobrar sentido para el hombre muviano.

Un método infalible para aliviar la soledad. Aunque pensándolo mejor usar mujeres y alcohol como un pasatiempo era algo… vergonzoso.

Shion de forma instantánea se preguntó si él podría hacer algo así alguna vez.

«No lo creo» se corrigió casi de inmediato.

Su disciplina le impediría siquiera intentar tocar a una mujer que no fuese a respetar durante toda su vida. No negaba que a veces sus ojos se desviaban por sí solos al ver a una dama hermosa. Alarmado, Shion sacudió un poco su cabeza ante la sorpresiva imagen instantánea y preocupante de una guerrera de cabello dorado de mirada afilada pero con un brillo generoso. Piel pálida, piernas largas y brazos delgados.

¡Rayos, no!

El Santo se reprendió con fuerza. Conocer pocas mujeres y que una de ellas tuviese una historia difícil de olvidar con él, era algo para preocuparse. Bueno, no importaba. Como se dijo antes, su moral le impediría faltarle el respeto a una mujer, especialmente cuando se hablaba de una del calibre de una guerrera tan honorable como Yuzuriha.

Él no lo sabía, pero a estas alturas Shion ya estaba ignorado que Albafica seguía acompañándolo desde los techos.

El Caballero de Piscis lo vio de pronto pensativo y al paso de un corto tiempo se dio cuenta de que el joven Santo de Aries se hallaba completamente perdido en su cavilación.

«No puedo creer que aún siga aquí» pensó Albafica volteando los ojos hacia arriba. Su largo cabello se meció elegantemente ante su cambio de tejado.

Procuraba ser cuidadoso de no romper ninguna teja o techo, pero a veces el destino era bien reconocida por ser una verdadera perra.

Al momento en el que continuó de tejado en tejado, el Santo no se percató de que el siguiente se hallaba construido de paja y algunas ramas de éste eran demasiado pequeñas; nadie jamás pensaría que su suerte sería tan espantosa que no sólo caería en picada hacia abajo, sino que terminaría cayéndole encima a un hombre que hizo ruido al fungir de amortiguador.

Una mujer en el fondo gritó y salió corriendo, desesperada, hecha un mar de lágrimas y descontrol.

Oh no.

¡Maldito Shion!

¡Por esto mismo no había querido salir de su casa! ¡Maldita sea!

Alarmado y sabiendo bien que el destino del hombre sobre el que había caído estaba sellado, Albafica se vio en una terrible cuestión: ¿quedarse o irse?

Se levantó rápido, pues sus rodillas habían pegado sobre la cabeza. El hombre había recibido el impacto de todo su peso sobre los hombros y ahora estaba con la cara pegada al piso el cual empezó a cubrirse de sangre.

Ya no había nada que él pudiese hacer; con o sin veneno, el tipo debería tener el cráneo fracturado y el cuello partido. Esto era una pesadilla en más de un sentido.

Acababa de matar a un ser humano.

Albafica se quedó dónde estaba pensando en sí al menos Shion se había dado cuenta de lo ocurrido, una parte suya rogaba porque no se enterase nunca de este accidente, y todavía no podía creerlo.

Pensó ciegamente que su truquillo sobre los tejados le evitaría caer en una situación desastrosa como esta.

Qué iluso fue.

Prestándole un poco de atención al sitio se dio cuenta de que parecía ser una bodega, pero no cualquiera sino una repleta de flores, convertidas en bellos adornos que según pensaba él y su escasa información referente a la fecha, serían usados para una representación teatral en Rodorio esta noche.

Posiblemente era una obra en la que contaban la historia de la diosa Perséfone y su rapto a manos del malvado Hades. Era lo mismo de todos los años y hasta la fecha nadie se había aburrido de la historia.

Albafica había caído para oscurecerlo todo.

Entonces él miró al sujeto; luego de quitarle de encima toda la paja y los pedazos de madera que se rompieron cuando Albafica cayó, el caballero se dio cuenta que éste estaba desnudo del torso, su pantalón se hallaba desabotonado y mal acomodado y su espalda desnuda tenía varios rasguños.

«Oh dioses… no me digan que yo…» sólo eso le faltaba. Haber aterrizado sobre este hombre justamente en un momento así.

Moiras, ¿acaso no dejarían de burlarse nunca de él?

Luego de echarle su capa encima al cadáver y sentarse en espera de alguien que pudiese informar al Patriarca de su crimen, Albafica suspiró con pesadez preparando su inútil defensa.

¿Por dónde empezaría? Sí, por esta mañana cuando le advirtió a Shion sobre los peligros que sacarlo a él del Santuario traerían. Y si nada de lo que dijera funcionaba, le recordaría al Patriarca el motivo por el cual él, Albafica de Piscis, había decidido no tener contacto alguno con los pueblerinos de Rodorio.

Qué pena que nada de eso aliviaría ni un poco su alterada conciencia.

Al poco tiempo comenzó a oír algo allá afuera de la bodega, no en las grandes puertas de enfrente sino de una puerta pequeña que no tardó en abrirse y mostrar a varias personas adentrándose.

Genial… un enorme gentío.

Un hombre gordo, calvo y bigotón se hizo presente junto a la chica que había salido corriendo hace unos minutos. ¿O habían sido horas? Siendo franco, Albafica no había contado el tiempo.

—¡¿Qué estás diciendo, mujer?! ¡Habla claro! ¡¿Cómo un hombre pudo haber caído del…?! ¡Oh, por Zeus!

Un montón de mujeres junto al hombre lo vieron arrinconado en una de las paredes con los brazos cruzados y una mirada frívola. Más que nada él se sentía hirviendo por el coraje que recorría sus venas.

¿Dónde diablos estaba Shion?

¿Dónde diablos tenía el idiota la maldita cabeza? ¿En el Cabo Sunión?

Más vale que estuviese pensando en el hades porque ahí lo esperarían muchos de sus enemigos una vez que Albafica se hubiese encargado personalmente de mandarlo allá, amarrado de pies y manos como un puerco, y con una tarjeta amistosa para el milenario dios bastardo, en su boca.

La gente paralizada en la puerta cada vez se iba haciendo más y más.

Esto no es bueno.

—¿Acaso es u-usted… Albafica de Piscis? —preguntó el gordo tan asombrado como las damas que lo acompañaban. Una a lo lejos le sonrió coquetamente después de verle la cara… obviamente.

Albafica la ignoró y asintió. Dispuesto a pagar por esto. Él podría ser de muchas cosas, pero nunca un cobarde.

—Así es.

Cuando la mujer de la ropa desgarbada se le acercó, él instintivamente se alejó como si fuese ella la tóxica. Usualmente gritaba para alejar a la gente pero en este caso no se sintió con ese derecho.

—No te acerques —advirtió con culpa oculta tras una máscara de severidad—. O podrías acabar como él —señaló con su cabeza al hombre.

Ella, entre temblores, le miró con ojos llorosos (ignorando al cadáver) y musitó entre dientes:

—Gracias… gracias.

—¿Qué?

La mujer cayó al piso de rodillas, frente a él; ella no tuvo idea del peso que le quitó de encima cuando le informó que ese hombre la había llevado con engaños al almacén para intentar abusar de ella, porque según él, ella había intentado seducirlo.

Al final de su historia dijo que se había sentido perdida, tanto que había rogado a la diosa Athena porque al menos su atacante tuviese la suficiente piedad como para no matarla una vez que terminase de usarla. Pero ni siquiera tuvo tiempo de seguir rogando por misericordia cuando, como “caído del cielo”, él apareció y aplastó al hombre que había intentado violarla.

Las heridas (que ya comenzaba a ver) en su cara, piernas, brazos y rodillas fueron pruebas bastante creyentes ahora que las piezas encajaban. El gordo pensó que la chica había estado bromeando cuando llegó alterada hasta él, llorosa e histérica, y le contó que un Santo de Oro la había salvado de una muerte segura.

Más por curiosidad que por cualquier otra cosa, todas las empleadas del señor se encontraban tapando la única salida que Albafica conocía para salir huyendo de la repentina falta espacio personal.

Se empezaba a sentir sofocado.

Mientras más pasos él daba hacia atrás, más pasos daban ellas para acercarse a su dirección con el fin de alcanzarlo, embelesadas por su maldita apariencia.

Su espalda al fin tocó la pared de madera y le impidió continuar retrocediendo. Menos mal que Kardia ni ningún otro de sus colegas de Oro podían ver sus movimientos suspicaces como si fuese un cachorro asustado.

¡¿Dónde carajos estás, Shion?!


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—Gracias por su atención.

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