Uno
Max podrá ser un niño y no comprender todas las cosas del mundo a su alrededor, pero si comprende lo que eran las almas gemelas, al menos, una parte. Aunque sus padres no eran el gran ejemplo, Max sabe que había personas especiales destinadas a permanecer juntas. Las había visto en las gradas del karting, en la tienda de comestibles, en la cafetería que le gustaba rondar su papá, y la mayoría de las veces siempre se mostraban cariñosas. Un abrazo, un beso, un toque superficial o una mirada enternecida, algo que las delatara y siempre hiciera que Max se preguntara por qué sus padres no eran así.
Siempre que veía las palabras tatuadas en su muñeca le daban un rayo de esperanza e ilusión infantil cuando los días se nublaban y las discusiones entre sus padres se volvían constantes. En la profundidad de su pequeña mente, Max añoraba la cálida presencia de su alma gemela. Deseaba tanto conocerla, tenerla cerca, jugar con ella, compartir sus coches de juguetes con ella y poder llenar el pequeño vacío que sentía en su corazón en sus días más solitarios.
Todas las noches, antes de que su pequeño reloj de mesa marcara la hora de dormir, se preguntaba si era lo suficientemente bueno para su alma gemela. Se le llenaba de cosquillas el estómago por la ansiedad, el miedo de la desilusión y el rechazo era latente en cada pensamiento que surgía dentro de Max. El dolor de ser dejado a un lado por alguien tan importante como su destino, provocaba que llorara sobre su almohada y se escondiera bajo las sábanas de su cama.
¿Y si no le agrada y lo mira con desprecio como los demás? El rechazo era una constante en la vida de Max desde sus comienzos en el karting, los niños hablaban mal a sus espaldas y nunca lo dejaban jugar con ellos. Ha intentado por varias ocasiones fingir que no le importaba y seguir adelante.
¿Pero si su alma gemela creía lo mismo qué los demás? ¿Qué era un niño malo? Lo que menos quería Max era cometer los mismo errores que sus padres, unidos por medio de dos niños pero no por el vínculo especial de los destinados. Odiaba el distanciamiento notorio que había entre ellos y envidiaba con fuerza a los padres ajenos que esperaban en el corralito o en las gradas.
Quería tanto tener a su alguien especial, quedar igual de estúpido -en el buen sentido- que su mejor y único amigo, Charles, quien estaba embelesado por el niño español, Carlos -con quién, casualmente, compartía vínculo-; sentir lo que era estar completo y satisfecho al final del día.
Cada carrera finalizada, Max se la dedicaba a su alma gemela en dónde quiera que estuviera. Subía al podio a recibir su gran premio, lo alzaba entre sus manos y sonreía con orgullo ante la cámara mientras imaginaba que su alma gemela lo veía y, cómo él, estaría feliz por su victoria.
Max hacía todo lo posible para ser el mejor, para demostrarle a su futuro compañero de vida que no había nadie más bueno que él, que él era el mejor partido para jugar y hacer noche de pijamas. Todas las rectas y las vueltas estaban tomadas con precisión como todas las decisiones de Max.
Haría sentir orgullosa a su alma gemela y le mostrará sus logros una vez que la conozca.
...
"Max, hoy no vamos a entrenar."
Las pequeñas manos sueltan el trapo húmedo y Max se voltea a ver a su papá. Estaba limpiando su kart como todas las mañanas cuando su papá le avisó que su entrenamiento de hoy se cancelaba.
Al principio, a Max se le hizo extraño, los entrenamientos eran algo serio para él y, sobre todo, para su padre, trabajaban duro casi los siete días a la semana, desde muy temprano en la mañana hasta la tarde; el que su papá llegara a decirle eso, hizo que la cabeza de Max trabajará más rápido que un monoplaza de la fórmula 1 y se hiciera Miles de preguntas.
¿Su papá se habrá bebido las seis cervezas de la hielera escondida en el taller? Era aún temprano, miró el reloj que marcaba apenas las ocho y media de la mañana, no es hasta el mediodía que su papá bebía algo.
¿Estará soñando? No era posible, el golpe en su frente cuando se golpeó contra la repisa había sido demasiado real, aún le duele a pesar de ya pasó más de quince minutos.
Jos se debió haber dado cuenta que Max lo miraba como si le hubiera crecido otra cabeza, porque en un instante el vuelve hablar, aplacando todas las preguntas de su pequeño hijo.
"El kartódromo estará cerrado para tu grupo porque hoy correrá uno superior. Así que iremos a ver la carrera para ver cómo será tu futuro en el año siguiente." Jos recoge las herramientas y limpia la mesa en dónde Max tenía sus cosas, cubre el kart con una lona y empuja suavemente la espalda de su hijo para comenzar a caminar hacia las gradas, no muy lejos del corralito.
Mientras van caminando, Max no puede evitar ver a los nuevos corredores, era emocionante ver a los adolescentes que iban caminando, se veían grandes y altos, Max esperaba el momento de crecer y superar a Charles de una vez por todas.
Una vez que llegaron a las gradas, padre e hijo se sentaron a la espera del comienzo de la carrera, pero Max, con la vejiga de un niño y la emoción brincando en su pequeño cuerpo, no pudo evitar la necesidad de ir al baño. El dolor hacía que se retorciera en su lugar y gimiera suavemente, llamando la atención de su papá.
"¿Sucede algo, Max?"
"Tengo que ir al baño." Jadea con el rostro rojo por el esfuerzo.
Jos suspira, "Te espero aquí, no te desvíes, ¿Está bien? La carrera no tardará en comenzar".
"¡Sí papá!". Max se levanta y corre con todas sus fuerzas al baño más cercano sin pedir perdón a las pobres personas que pisó en el camino.
Una vez saciada su necesidad fisiológica, Max salió del baño menos excitado. Tranquilo y sin mucha prisa tomó su regreso a lado de su padre, sin darse cuenta que sería víctima de una colisión prevista por el destino.
"¡Auch!" Chilló cuando su cabeza chocó contra el casco del tipo frente a él. Vaya que dolió.
"No manches, ¿estás bien, amigo?", el adolescente extraño se agacha para quedar a la misma altura, la voz se escucha amortiguada por el pasamontañas que cubre su cabeza.
Max no puede evitar refunfuñar. Sea lo que haya dicho el chico extraño, sonaba estúpido. Su frente tenía un maldito chipote, si su papá lo ve, lo va regañar y ni siquiera él tenía toda la culpa. Pero antes de que él pudiera decir algo, queda completamente mudo. Los ojos que lo observaban con preocupación eran bonitos, brillaban con gracia con los rayos de sol que se colaban entre las nubes frondosas, recordandole a Max el chocolate derretido que su abuela solía hacer cada navidad.
Podía sentir una pequeña chispa de felicidad y consuelo que no sabía que necesitaba. ¿Qué era eso que sentía? Le era extraño. Era tan nuevo.
"¿Te lastimaste también la boca? Ay no. Mi primer día en este país y ya me van a reportar." Max no comprende lo que dice el extraño, no entiende mucho el idioma y solo puede quedarse parado mientras el otro divaga. "¿Dónde están tus papás? ¿Tienes papás, verdad?"
Max boquea pero no dice nada aún, se siente tonto porque no puede evitar pensar lo bonito que eran los ojos del otro chico. Dios...
"Niño te estás poniendo rojo. ¡Mames, que hago!" El adolescente, desesperado, se quita el pasamontañas, mostrando por completo su rostro y su cabello despeinado.
Max jadea cuando ve las pecas, las cejas tupidas, el bonito cabello ondulado y los dientes chuecos. Algo dentro de él hizo «click», el mundo se puso en otra sintonía y la gama de colores se expandió a un arcoiris brillante que nunca antes había visto. El adolescente era hermoso, no se comparaba incluso a la más bonita de sus compañeras por quién muchos peleaban.
Sin poder resistir lo mas, Max habló. "Je bent mooi". Sonrojado hasta las orejas y el cosquilleo revoloteando hasta la punta de sus dedos, Max no apartó la mirada a pesar de que se moría de la vergüenza.
Estaba tan nervioso que ni siquiera podía hablar inglés.
"¿Eh? ¿Qué significa?"
"¡Max!"
Ambos menores voltearon a ver a Jos, a unos cuantos metros de distancia, el chico extraño iba a decir algo pero Max no se quedó para escuchar, se fue corriendo junto a su papá, dejando parado al chico extranjero. Estaba demasiado exaltado para poder decir algo, ni siquiera se despidió.
"¿Pasó algo? Tardaste mucho Max, me preocupé."
"Nada papá, solo choque con ese chico y me estaba preguntando si estaba bien", se tocó la frente, justo donde impactó contra el casco.
"Deberías tener más cuidado. Al menos no pasó nada grave". Jos acarició su cabello suavemente, dejando que Max se recargara y sonriera.
Mientras aguardaban por el comienzo de la carrera, Max no dejaba de pensar en aquel bonito chico extraño y en el retumbar que le provocaba. Miró su muñeca leyendo aquella frase extraña «No manches, ¿estás bien, amigo?» sin comprender nada el idioma extranjero.
Lo que haya dicho ese chico, esperaba que fuera lo de su marca. Sería agradable que él fuera su alma gemela.








