Prefacio
Desde los principios de la historia conocida, la humanidad ha resguardado y atesorado una reliquia de supuesto origen ancestral. El Ori, la entidad omnipotente que vivía dentro de la misteriosa sortija, otorgaba a esta y a quien la portara, un poder insondable.
Sus capacidades desafiaban los límites del entendimiento humano; y como todo lo que el hombre toca, pudo y supo convertirse en un arma mortal.
Es de conocimiento universal que todo aquello que no podemos comprender del universo puede llevarnos a tener los pensamientos más retorcidos y milagrosos.
Se han creado religiones que giraron en torno a Ori, la diosa de los recuerdos. Y persistieron en el tiempo lo suficiente como para originar guerras y, en consecuencia, baños de sangre.
La codicia. Un elemento muy importante para esta historia, o más bien, para su final. Un hombre con codicia puede arrasar con todo, pero... tan solo imagínate lo que puede hacer un Dios, que aprendió de éste como funciona el mundo y la mente humana.
En un principio el Ori otorgó un deseo a aquellos que tuvieran intenciones puras. Luego descubrió que incluso el más inocente puede engendrar el mal y esparcirlo sobre la tierra como una llamarada que incendia y destruye todo a su paso.
Acabó comprendiendo que no podía confiar en ellos. Que debía protegerse de ellos. Y así comenzó a utilizarlos para su beneficio.
A esta altura de la presente línea temporal, Kennai poseía y veneraba al Ori y le rendía culto hacía más de seis generaciones.
Para los westianos los kennaíes eran salvajes que no merecían el don y la protección del Ori. En el pasado, los portadores del Ori guiaban al pueblo con sabiduría y valentía, convirtiéndose en el Herai: un soberano que vivía por y para el pueblo. Con el anillo en manos de los kennaíes, eso se había terminado y también todo rastro de prosperidad en Westya.
El Herai Eliseo codiciaba recuperar la confianza que su pueblo había perdido en él. Dos décadas de crisis por su incompetencia ponían a su gobierno al borde del colapso.
A razón de su "liderazgo", un ejercito invadió Kennai y recuperó el Ori, cobrándose una copiosa cantidad de vidas. El Ori fue declarado patrimonio de Westya, y la esperanza resurgió en su pueblo; pero aquello duró menos que un pestañeo.
El anillo, al contrario de lo que se había pensado, no otorgó al Herai Eliseo la bondad e inteligencia necesarias. Ni siquiera le prestó un deseo, a pesar de todos sus intentos por doblegarle.
Entonces el Grupo Revolucionario se le volvió en contra. El organismo se alzó para defender a un pueblo harto, y a las victimas de la codicia de su gobernante.
El cuestionamiento del GR surgió con la confisca de documentación respaldatoria de la Central de Experimentación de Westya, en la que se guardaba registro de alteraciones genéticas tanto congénitas como infligidas en menores.
Pero no fue hasta que el comandante Zeta tomó el mando, que se desató la revolución que derrocó al Herai.