RENACE EL PODER
INFO DE LA AUTORA
Elara Ro es una escritora nacida en el 2000 en Baja California, México.Apasionada de la literatura, canto, baile y actuación comenzó a escribir a la edad de doce años para escapar de su realidad.Con estudios en artes escénicas, se dedica a potenciar su creatividad en distintos aspectos.
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El mito
En tierras lejanas, tras altas y dominantes montañas donde el tiempo parecía detenerse, se ocultaba con recelo un antiguo secreto y se tejía una leyenda que trascendía los siglos. Se hablaba de una migración estelar que ocurría cada 133 años, donde los astros se alineaban en perfecta sincronía, y teñían el cielo de un brillante tono azulado.
En el corazón de aquella danza astral, resplandecía una estrella poderosa cuyo fulgor iluminaba la oscuridad como un faro divino. Según la antigua narrativa, descendía con gracia divina a través del firmamento. Su caída cargaba con una promesa ancestral; dones extraordinarios para aquel que la encontrara.
La leyenda sostenía que aquel que lograra descubrir la estrella caída, sería investido con sus poderes. Aquel que ganase aquel favor, se convertiría en un ser dotado de habilidades insospechadas y un conocimiento que trascendía los límites de la comprensión.
Los habitantes de aquellas tierras, conocidos como Los Perseidas, esperaban con anhelo el ciclo de 133 años. Observaban los cielos con una mezcla de temor y esperanza.
Las generaciones se sucedieron, y la leyenda de la estrella perduró como un faro de esperanza en la penumbra del tiempo.
En Astra, donde las torres de piedra alcanzaban el cielo y los callejones retorcidos guardaban misterios antiguos, reinaba un monarca obsesionado con la búsqueda del poder y la inmortalidad. El rey Diarmait se sumía en los oscuros recovecos de la magia prohibida, en su anhelo insaciable por dominarlo todo.
La leyenda de “La Estrella Única” vibraba en su interior como una promesa extasiante. Lo que comenzó como un simple deseo de ser un mejor rey, se convirtió en una ambición desmedida por convertirse en el ser más poderoso que jamás se hubiese conocido.
Desde que era apenas un niño, Diarmait conocía aquella historia. Un relato que parecía un cuento para dormir, pero que se convirtió en su mayor obsesión, y consumía su mente día tras día.
Pasó cada noche sentado en su trono, realizando los cálculos necesarios que lo llevarían al día y momento exacto en que aparecería. Sin embargo, los astros eran caprichosos y su danza en el firmamento no se sometía a los caprichos de los meros mortales.
El rey, cegado por la furia y la decepción, desencadenó una masacre sin piedad. Su ira se desató como una tormenta sobre Astra. Los ciudadanos, lejos de huir, decidieron plantar cara al tirano. En una batalla llena de coraje y sacrificio, derrotaron a Diarmait y purgaron la ciudad de su oscura sombra.
De las cenizas de la destrucción, emergió una nueva esperanza. Los sobrevivientes, guiados por su valentía, decidieron reconstruir el reino y refundarse como “Ad Astra”; un recordatorio permanente de su unión como pueblo. Con la mirada puesta en las estrellas, se prometieron no caer nunca más en la oscuridad.
Tras su reconstrucción, la magia en el pueblo ya no era tan fuerte como lo fue alguna vez. Parte del bosque se oscurecía, debilitándose.
La Princesa Elegida
La Reina Melphite, de corazón valiente pero afligido, lidiaba a cada paso con una sombra que amenazaba con consumir lo que habían logrado levantar. Sabía que el tiempo no estaba de su lado.
—Seremos fuertes. Venceremos... —susurró.
Entre ruinas y esperanzas, se esforzaba por guiar a su pueblo hacia la luz. Pero la negrura persistía, abalanzándose sin piedad hacia el preciado bosque que los mantenía con vida.
La pequeña princesa Clarissa, una luz en medio de la penumbra, crecía con el vago recuerdo de un padre cuyo poder maligno aún susurraba en los rincones más tenebrosos de Astra. Heredera de la magia que aún persistía en las vetas de su reino, estaba destinada a convertirse en la protectora mágica del bosque. Un lugar que, aunque una vez rebosante de vida y maravillas, se sumía en tinieblas cada vez más densas.
—¡Reina Melphite! ¡Reina mía! Tiene que dormir ahora... ¡Esto no le hace bien a nadie! Estamos vigilando. Trabajamos lo mejor que podemos... —insistió por tercera vez el soldado al mando, Albatros.
El viento gélido susurraba mientras la Reina, con la mirada fija en el oscuro bosque, se resistía al sueño que intentaba reclamar su mente. La maldad se cernía sobre el reino, y la única luz visible era la determinación en sus ojos.
—No dudo de tu habilidad, Albatros. Pero soy la Reina. Mi pueblo está derrumbándose... ¡No puedo permitirlo!
Dirigió sus manos hacia un árbol marchito. Pronunció palabras antiguas para infundir un poco de vida, pero de nada sirvió.
—¡Reina! —se alarmó el soldado.
—Es inútil... ¡Necesitamos esa estrella! —dijo, agotada.
El trono vacío del Rey yacía a su lado, como un recordatorio de la pérdida de cordura de su amado. Debía luchar por su pueblo aunque eso significase alejar a toda costa a la persona que más amó en su vida.
—Los cálculos están en progreso. No fallaremos, se lo aseguro. Y nadie va a interponerse... ¡Ni siquiera el rey! —aseguró Albatros.
Aquella no era su mayor preocupación. Su hija estaba a punto de llegar a la mayoría de edad. La prueba de magia que la aguardaba podía ser mortal, y la Reina temía no solo por el bienestar de Astra, sino también por el regreso del rey Diarmait.
La princesa Clarissa, aprendiz de la magia que aún vibraba en las raíces de su tierra, se enfrentaba a la difícil tarea de prepararse para gobernar. La Sra. Nesrin, una sabia hechicera que conocía los secretos del bosque y los misterios arcanos, la guiaba con paciencia y determinación.
Entre los susurros del viento y el crujir de las hojas bajo sus pies, Clarissa se adentraba en el corazón del bosque, siguiendo los consejos de su mentora. Cada amanecer, se encontraba con desafíos que ponían a prueba su coraje y habilidad.
A medida que el sol se elevaba sobre el horizonte, la muchacha aprendía a dominar sus poderes y a enfrentarse a las tinieblas que acechaban en su interior.
Sabía que su mentora tenía razón, pero el terror aún se aferraba a su corazón como una gelidez persistente.
—Nesrin... ¡¿Cómo puedo superar el miedo?! ¡¿Cómo puedo encontrar la fuerza para enfrentar lo que se avecina?!
Buscaba desesperadamente una respuesta en los ojos sabios de la anciana. Ella le dedicó una mirada comprensiva y colocó una mano reconfortante sobre su hombro.
—¡La fuerza no proviene de la ausencia de miedo, sino de la valentía para enfrentarlo! ¡Debes confiar en tus habilidades y en tu destino como futura Reina de Astra! La magia que llevas dentro es un regalo, una responsabilidad y una fuente de esperanza. Debes creer... ¡Y el resto seguirá su curso!
—¿Crees que tengo la fuerza necesaria para lograrlo?
—Existe una única manera de averiguarlo —respondió la hechicera.
En la penumbra de la sala de entrenamiento, Clarissa se encontraba inmersa en la práctica mágica. Sin embargo, la duda se reflejaba en sus ojos, como estrellas titilantes en la negrura de la incertidumbre.
—¡Me siento incapaz de potenciar mis poderes! ¿Cómo haré para gobernar?
Nesrin, con ojos sabios que conocían las luchas internas de la joven Princesa, respondió con serenidad.
—Se distrae demasiado, Princesa. Si se enfocara más, podría lograrlo... ¡Menos parloteo, más acción!
Clarissa suspiró, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. La sombra que se cernía sobre el bosque no sólo amenazaba la seguridad de Astra, sino también su propia confianza en sus habilidades mágicas.
—No lo voy a lograr —murmuró, abrumada por la incertidumbre.
—Desde pequeña ha sido usted muy buena. En especial cuando de telekinesis se trata. Creo que está asustada... ¡Tiene demasiado miedo de demostrar su capacidad porque cree que así no la harán reina! Eso no va a ocurrir. La necesitan.
Las palabras de Nesrin traspasaron hasta lo más profundo de su alma. Era asombroso cómo su mentora comprendía los pensamientos y sentimientos que Clarissa se resistía a admitir.
La joven asintió. Con determinación, dirigió su mirada hacia un pesado y mohoso tronco.
—¡Vamos! ¡Vamos! —gruñó.
—Concéntrate... ¡Puedes hacerlo! —alentó Nesrin.
Clarissa logró elevarlo en el aire. Con gesto decidido lo partió en dos, rompiendo la quietud del lugar.
La magia de Astra, aunque debilitada, respondía al llamado de su heredera. La prueba de magia que se avecinaba sería su oportunidad para demostrar no solamente su poder, sino también su valentía y determinación.
Con el poder de su magia y la sabiduría de Nesrin a su lado, estaba lista para enfrentar cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino, dispuesta a demostrar que era una digna heredera del trono.
En una noche sombría, mientras las estrellas parpadeaban en el firmamento, la Princesa Clarissa deambulaba por los corredores del imponente castillo de Astra. Un murmullo distante la condujo hasta la Sala de Guerra, donde las sombras proyectadas por la luz de las antorchas danzaban en las paredes.
«¿Qué está ocurriendo?» se preguntó.
Al acercarse, oyó la voz de su madre en una conversación desesperada con los generales de Astra.
—La estrella caerá en dos días.
—¡¿Estamos totalmente seguros de eso?! ¡No podemos fallar!
—Tengo que decirle algo, Reina. Vimos al antiguo rey Diarmait merodeando cerca del castillo.
—¡No! ¡No puede ser! ¡Debemos dar la voz de alarma!
La noticia hizo que Clarissa contuviera el aliento. El pasado se alzaba desde las brumas del tiempo, tomando forma y rostro. El mal que anidaba en el bosque tenía un nombre y una historia. Aquella revelación sacudió su mundo; la furia ardió en sus venas como un fuego indomable.
—Mi padre... ¡Mi padre ha vuelto! —susurró Clarissa, con lágrimas en los ojos.
¿Cómo podría reconciliar el amor que sentía por él con el conocimiento de sus acciones pasadas?
Con el corazón lleno de conflicto y determinación, Clarissa juró que protegería a su pueblo de cualquier amenaza, incluso si esa amenaza venía de su propia sangre.
—¡¿Estás completamente seguro?! —inquirió la Reina, con apenas un susurro tembloroso.
El soldado asintió con solemnidad.
—Tan seguro como lo estoy de ser fiel a Astra.
—Debemos mantener a la Princesa fuera de peligro.
Las palabras resonaron en la mente de Clarissa como un eco de desconfianza. La percepción de su madre sobre su capacidad para enfrentar aquella amenaza la llenó de indignación.
«¡No soy una niña débil! ¡Puedo pelear!» razonó.
Decidió convertir la ira en acción. Determinada a demostrar su valía y enfrentarse al mal, tomó el destino en sus propias manos.
Con paso decidido, se dirigió hacia su habitación. Comenzaría a prepararse para la batalla. Su mente estaba llena de planes y estrategias.
Mientras el reino de Astra se sumía en la noche, Clarissa se convertía en la luz que guiaría a su pueblo hacia la victoria. Con cada momento que pasaba, su determinación se fortalecía y su resolución de enfrentar al antiguo Rey Diarmait se volvía más firme que nunca.
Era preciso salir de allí sin que nadie lo notara. Cada respiración era fríamente calculada, cada movimiento era lento y preciso.
—Señorita Clarissa... ¿A dónde cree que va?
Una voz a sus espaldas, fuerte y decidida la hizo detenerse y voltear.
—¡Hola, Albatros! —saludó la Princesa, con tono inocente.
—Será mejor que regrese a su habitación.
Su barbilla alzada demostraba poder. Su voz autoritaria perforaba sus sentidos; era casi imposible no temblar ante su presencia. Clarissa lo sabía; no había manera de pasar sobre él.
—Puedes ayudarme o puedes dejarme ir. No me vas a detener... ¡Tengo trabajo!
Albatros frunció el ceño.
—¿Trabajo?
—¡Mantener al pueblo a salvo! Y eso no lo puedes impedir.
Albatros la observó detenidamente. Ella le mantuvo la mirada.
—Vaya al ala oeste. Siga derecho por el pasillo. Encontrará una puerta grande de madera.
Clarissa lo observó, incrédula.
—Pero...
—¿Quiere salir? La acompañaré. De lo contrario, olvídelo.
La Princesa asintió y siguió las instrucciones del Soldado.
Clarissa se deslizaba sigilosamente por oscuros recovecos. Su corazón latía con fuerza mientras se acercaba al lugar indicado. Sabía que su escapada era arriesgada, pero estaba decidida a buscar la libertad fuera de los muros opresivos del castillo.
Con cada paso, la ansiedad crecía en su pecho. Su determinación se vio interrumpida cuando llegó al gran pasillo que había indicado Albatros, iluminado débilmente por las antorchas que colgaban de las paredes.
—¡Maldición! ¿De qué se trata esto?
Frente a ella se alzaba una enorme puerta de gruesa madera. Clarissa frunció el ceño, sintiendo una mezcla de frustración y curiosidad mientras contemplaba la intrincada cerradura que se interponía en su camino.
Cada intento de cruzar parecía ser en vano, y pronto se dio cuenta de que necesitaría más que su habilidad física para superar ese desafío. La princesa se enfrentó al reto de abrir la enorme puerta protegida por la magia de su madre.
—¡Rayos! —exclamó.
Sintió un dolor punzante en su mano, como si fuera rechazada por una fuerza invisible.
Un destello de inspiración cruzó su mente cuando recordó las historias que la Reina le había contado sobre la magia ancestral de la familia. Con una sonrisa decidida, sacó del bolsillo un pequeño frasco de cristal que contenía un polvillo brillante.
«Es hora de probar algo nuevo»
Con cuidado, esparció el polvo sobre la cerradura. Observó cómo se formaban patrones de luz alrededor de la misma. Una melodía suave y misteriosa llenó el aire, acompañando el brillo de la magia que emanaba del polvo.
—¡Eso es! —celebró.
Clarissa se concentró en su poder interior. Canalizó la energía hacia la cerradura y conectó con la esencia mágica que residía en ella. Con un gesto de su mano, pronunció una antigua palabra de poder. Al instante, la cerradura comenzó a temblar y girar lentamente, liberando un resplandor dorado que envolvió a Clarissa en un abrazo cálido y reconfortante. La puerta se abrió lentamente ante ella, revelando el camino hacia adelante.
En el centro de la habitación, reposaba el colgante del rey. Un medallón dorado adornado con una gran joya dividida en cuatro secciones. Cada una representaba un elemento.
Clarissa tomó el colgante con decisión, sintiendo el poder palpitar en sus manos. Sabía que había activado las alarmas y que el tiempo corría en su contra. Sabía también que Albatros estaría esperando, y que juntos deberían encontrar una manera de utilizar la magia del colgante para derrotar al antiguo Rey.
El Bosque Maldito
Aquel laberinto de árboles se extendía ante ellos, envuelto en sombras y susurros ominosos que parecían danzar entre ramas retorcidas. La Princesa y Albatros avanzaban con cautela por el sendero cubierto de musgo, sabiendo que cualquier paso en falso podía llevarlos a la perdición.
—Gracias por ayudarme, Albatros. Sé que parezco pequeña y frágil... ¡Pero aprenderé a luchar!
—No la considero pequeña o frágil, Princesa. En lo absoluto. Seré su escudo, más no su espada.
Clarissa ladeó la cabeza.
—¿Eso qué significa?
—Que comprendo perfectamente que es bien capaz de darle batalla al mal con su magia. La Reina quizás sea demasiado sobreprotectora. Yo soy de los que piensan que uno debe forjarse en el fuego del peligro.
La muchacha sonrió.
De repente, un ruido furtivo los alarmó. La Princesa y el soldado se detuvieron, mientras observaban cómo un hombre encapuchado aparecía entre los arbustos. Se trataba de Balderik El Veloz, conocido en los reinos cercanos como un pícaro ladronzuelo que no temía enfrentarse a cualquier desafío por un puñado de monedas.
—¡Alto ahí! —exclamó Albatros, desenvainando su espada con destreza mientras se interponía entre el ladrón y la Princesa.
Balderik no mostró signos de intimidación. Con una sonrisa burlona, sacó una daga y se abalanzó sobre ellos con rapidez felina. La Princesa retrocedió, sorprendida por la ferocidad del ataque.
—¡No! ¡No! —exclamó, asustada.
La lucha fue intensa. Los movimientos ágiles de Balderik se enfrentaron a la habilidad marcial de Albatros. Cada uno buscaba una ventaja sobre el otro. Sin embargo, fue el soldado quien finalmente prevaleció.
—¡Morirás, canalla! —gritó, a voz en cuello.
Desarmó al ladronzuelo con un hábil movimiento y lo inmovilizó en el suelo. Hizo una seña a Clarissa y ella se acercó.
—¿Quién eres y qué pretendes con nosotros? —preguntó la Princesa con voz firme, acercándose al hombre que yacía derrotado a sus pies.
Balderik miró a Clarissa con sorpresa y algo de temor en sus ojos. Reconoció la nobleza en su mirada y supo que había subestimado a sus oponentes.
—Mi nombre Balderik... ¡Soy un simple ladrón en busca de una oportunidad en este bosque maldito! —respondió con cautela.
La Princesa frunció el ceño, evaluando al hombre ante ella. Con un suspiro, decidió darle una oportunidad.
—Escucha, Balderik. Estamos en una misión de suma importancia. Si nos guías a través de este bosque, consideraré perdonarte la vida —dijo con seriedad, extendiendo la mano como gesto de paz.
El joven titubeó por un momento, pero finalmente asintió. Con un gesto de agradecimiento, se puso en pie y se preparó para liderarlos por el oscuro y peligroso sendero.
Aliados y Enemigos
El silencio del bosque fue roto por un siniestro crujido de ramas. La Princesa Clarissa y Albatros intercambiaron miradas nerviosas, alertas ante el inminente peligro.
—¡Cuidado! —exclamó el soldado.
Un grupo de bandidos emergió de entre los árboles, liderados por un hombre imponente con una cicatriz en forma de garra en su rostro. Se hacía llamar Robert El Pulgoso.
—¡¿Balderik?! ¡Viejo amigo! ¡Nos trajiste un par de víctimas para saquear! ¡Bien hecho, colega! —gritó Robert.
La Princesa y Albatros se tensaron. Creyeron que habían caído en una emboscada.
—¡No es lo que piensan! ¡No los he traído aquí para atacarlos! —declaró Balderik, enfrentando la mirada escéptica de sus nuevos compañeros.
La situación se volvió aún más tensa cuando los bandidos avanzaron, rodeándolos con malicia en sus ojos. Albatros desenvainó su espada, listo para el combate, mientras Balderik se colocaba a su lado, dispuesto a luchar.
—¡¿Te enfrentarás a ellos y nos ayudarás?! —preguntó el soldado.
—¡Claro que sí! ¡Siempre quise formar parte de la guardia de una princesa!
Clarissa se sonrojó.
La batalla fue feroz. Balderik y Albatros luchaban codo a codo, enfrentando a los bandidos con valentía. A pesar de sus esfuerzos combinados, eran superados en número y habilidad. Estaban al borde de la derrota.
«¡Tengo que hacer algo!» se dijo Clarissa.
En aquel momento crítico, la Princesa sintió cómo una poderosa energía comenzaba a acumularse dentro de ella. Con determinación en sus ojos, levantó las manos y dejó que su magia fluyera con libertad.
—¡Tär Na’Ur! —rugió.
Una bola de fuego estalló desde sus palmas extendidas, envolviendo a los bandidos en llamas voraces. El brillo de su poder iluminó el bosque, ahuyentando a los malhechores y dejando cenizas a su paso.
—Eso... —balbuceó Albatros.
—¡Ha sido impresionante! —completó Balderik.
Se quedaron boquiabiertos ante la espectacular demostración de poder de la Princesa. Clarissa se acercó a ellos con una mirada determinada en su rostro.
—Debemos trabajar juntos. Aunque haya desconfianza, no podemos permitir que nos separen. Juntos somos más fuertes y podremos superar cualquier desafío —declaró con convicción, extendiendo la mano en un gesto de unión.
Albatros y Balderik intercambiaron miradas, comprendiendo la verdad en las palabras de la Princesa. Con un asentimiento mutuo, se unieron a ella.
—¿Compañeros de aventuras? —preguntó el joven pícaro.
—Así parece —respondió el soldado.
Campamento
Albatros observaba la escena en busca de cualquier señal de peligro. Poniéndose de pie, sacó la espada de su escudo y se dispuso a afilarla mientras contemplaba el anochecer.
—Tengo un poco de hambre... — suspiró Clarissa, agotada.
—¡Si sabe cocinar, me encargo de lo demás! —comentó el pícaro.
El soldado mostró una media sonrisa.
—¿Cocinar? ¡Pero si hemos salido sin provisiones! ¿Acaso hay algún mercado cerca? —dijo la Princesa.
Los hombres soltaron una carcajada.
—A lo que se refiere nuestro compañero es que saldrá a cazar algún animalejo y usted será la encargada de limpiarlo y cocinarlo.
Clarissa abrió los ojos como platos.
—¿Limpiarlo? —tartamudeó Clarissa, nerviosa.
—¡Ya sabe! Las tripas y todo eso... —aclaró Albatros, con un gesto rudo que significaba arrancarle las entrañas a algo.
La muchacha se puso pálida.
—Yo...
—¡Está bien! Lo haré esta vez... ¡Pero deberá aprender a sobrevivir en el bosque! ¿Qué será de usted si por casualidad alguien decide separar mi cabeza del resto del cuerpo?
Clarissa tragó saliva. Albatros era un caballero que se imponía con su presencia, y ella sabía sin dudarlo que estar a su lado le aseguraba protección. Su valentía y entrenamiento lo volvían admirable.
—Un momento... ¿Dónde está Balderik? —preguntó, mirando para todos lados.
—Regla número uno, Princesa... ¡Nunca pierda de vista a sus aliados y mucho menos a sus enemigos! Se ha alejado mientras hablábamos.
—¡Desapareció en un parpadeo! —dijo la joven, asombrada.
—¡Y aquí llegó su salvador! ¿Hay algo que el Gran Balderik no pueda hacer?
El ladronzuelo salió detrás de un arbusto, con su cabello negro aún más desordenado que de costumbre.
—Ser humilde, por ejemplo —respondió Albatros.
Clarissa volteó la mirada, disimulando una sonrisa.
—¡Gracias, Bal!
—Ha sido poca cosa... —respondió el muchacho, con una reverencia.
—Estoy impactado con tu rapidez. Podrías ser muy útil en la corona si te lo propones —dijo Albatros, señalando un par de liebres muertas que cargaba en la mano derecha del pícaro.
Palabras cortas que significaron gran valor para Balderik.
El ambiente se volvió más cálido mientras guardaban silencio. Los leños crepitando ofrecían un ambiente de hogar.
—¿Por qué no nos contamos un poco más sobre nosotros? —propuso Balderik, mientras mordía un trozo de liebre asada
—Adelante... —asintió Albatros.
—Me llamo Balderik. Mis amigos me dicen Baldo. Nací y crecí a las afueras del bosque con mi humilde familia, pero jamás fui tan tranquilo como ellos... ¡Soy un adicto a las aventuras! Me hice experto en el arte del robo, el engaño y la huida. He conocido a muchas personas interesantes, y otras que no tanto. He escapado de cárceles, trampas y emboscadas. He visto maravillas y horrores. Y he disfrutado de cada momento de mi vida.
Balderik sonrió con orgullo, mostrando sus dientes blancos.
—¡Vaya! Qué historia tan fascinante ¿Y a qué debemos que ahora estés aquí, con nosotros? Más allá de saldar tu deuda con la Princesa, quiero decir.
—Resulta que desde niño me encantaba escabullirme y mirar el castillo. Su grandeza me tenía hipnotizado. Tenía que ver con mis propios ojos la magia que en él habita, la razón por la que aún el bosque se mantenía en pie... ¡Siempre supe que este bosque era poderoso y las cosas que encontré me lo confirmaron más de una vez! Es impresionante cómo, tras la caída del Rey, todo se mantuvo en perfecta armonía gracias a la Reina y su hija.
Su mirada alcanzó a la Princesa, buscando una reacción.
—¡Y a los nobles caballeros que protegen el reino! —agregó Clarissa.
Albatros asintió con orgullo.
—Tras merodear por un tiempo, me llegó la noticia de que había una recompensa por la captura de un tal Albatros... ¡El guerrero más famoso de Astra! Ha luchado en cientos de batallas, ha salvado al rey y a la reina de innumerables peligros, es el líder de “La Orden de Los Caballeros de La Luz”, y es el hombre más noble y honorable que jamás haya existido. Balderik hizo una exagerada reverencia hacia Albatros, que lo miró con fastidio.
—¡¿Una recompensa?! —preguntó la Princesa, sorprendida.
Albatros gruñó.
—Pensé que sería divertido intentar atraparlo y cobrar la recompensa. Pero resulta que no eres tan fácil de capturar, ¿verdad?
Balderik se rió, recordando el momento en que Albatros lo había sorprendido y desarmado.
—No lo soy. Y tampoco soy tan bueno como dicen. Si me han buscado, no es por mis hazañas, sino por mis crímenes. He traicionado, he robado y matado a muchos de mis antiguos compañeros. Todo por una causa que considero justa, pero que nadie más comprende. He venido a este continente para buscar aliados y así luchar contra la tiranía y la corrupción que asolan mi patria. He conocido a la reina Melphite y he jurado servirla y protegerla. Ella es la única que me ha dado una oportunidad, la única que me ha tratado con respeto y confianza. Y ella es la razón por la que estoy aquí, en este bosque, con ustedes.
—¿Y qué causa es esa? —consultó Clarissa, con curiosidad.
—Esa es una historia larga y complicada. Quizás la cuente otro día.
Por un momento Clarissa se sintió fuera de lugar, sin experiencia. Se preguntó si acaso podría ser una buena reina.
La Esfinge y La Cueva
El camino se volvía cada vez más desafiante, con rocas afiladas y un aire tenebroso que parecía devorar la luz. Cada paso era un recordatorio de los peligros que acechaban. El agotamiento pesaba en los huesos de la Princesa Clarissa y sus compañeros.
—¡Este sendero es demasiado peligroso! Podríamos toparnos con esfinges, criaturas antiguas y mortales que no dudarán en atacarnos. Mi deber es protegerla... ¡Debemos regresar antes de que sea demasiado tarde! —advirtió Albatros, con su voz llena de preocupación.
La Princesa rechazó la sugerencia de su leal soldado.
—No podemos permitirnos retroceder por miedo. El destino del reino depende de nuestro éxito —declaró Clarissa, con voz firme.
—¿De verdad crees en esos cuentos? —se burló Balderik.
—¡Las esfinges son reales! ¡Protegen el bosque de los intrusos! —repuso Albatros.
—¡He recorrido el bosque por años y jamás he visto una!
Con paso decidido, la Princesa dejó atrás la discusión y avanzó. Albatros, resignado a seguir a su legítima soberana, se mantuvo a su lado con la espada en mano y los sentidos alerta ante cualquier amenaza.
Una nube de polvo mágico apareció frente a ellos.
—¡¿Quién se atreve a perturbar mi dominio?! ¡Váyanse o serán devorados!—retumbó una voz gutural, envuelta en un eco ominoso.
Sin vacilar ante la amenaza, Clarissa se enfrentó al desafío con valentía.
—¡Soy la Princesa Clarissa! ¡Heredera del trono de Ad Astra! No venimos en busca de conflicto, sino de paso seguro hacia nuestro destino.
El rugido resonó una vez más, y cuatro figuras gigantescas emergieron de entre los árboles. Eran esfinges, con ojos centelleantes y colmillos afilados listos para la batalla.
Albatros se colocó frente a la Princesa, con la espada en alto y el corazón lleno de coraje. Balderik se unió a su lado, con los dientes apretados y los músculos tensos.
El aire estaba cargado de electricidad, y el silencio era ensordecedor mientras esperaban el próximo movimiento del monstruo.
—¡Si eres quien dices ser, tendrás que demostrarlo! Descifra el enigma y sólo entonces podrás seguir adelante... ¡Un error y enfrentarás las consecuencias! —advirtió la esfinge.
La Princesa, con manos temblorosas pero mente decidida, tomó el pergamino que se materializó frente a ella. Observó con atención los símbolos y los garabatos que lo cubrían. La presión del momento se apoderó de ella, pero sabía que no podía flaquear.
Los recuerdos de su mentora Nesrin llegaron a su mente, memorias de aquellos garabatos que se iban convirtiendo en palabras extrañas, el miedo se avecinaba en su mirada, no podía recordar lo que significaban y aquel temor presionaba más su pecho en busca de una salida.
Litias muntul porsa di lemus carso parvamint condelius...
—¡Valmesur! Es el antiguo idioma de nuestra tierra. Mi abuela me enseñó lo básico, pero nunca pude dominarlo por completo.
Clarissa, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, siguió las indicaciones de Balderik y comenzó a descifrar los enigmas del pergamino. Las palabras, aunque extrañas y arcanas, comenzaron a cobrar sentido en su mente.
—Renace de las cenizas el poder que nos da la tierra...—declaró.
Su voz resonaba con una fuerza que parecía sacudir el bosque mismo.
El aura de tensión que envolvía el lugar se disipó, y las esfinges se apartaron para permitirles el paso. La Princesa, Albatros y Balderik continuaron su viaje, sabiendo que habían superado una prueba crucial.
—Un gran poder te espera en el interior de La Cueva de los Misterios... ¡Adelante! —indicó uno de los antiguos seres.
En lo más profundo de la cueva, el grupo se encontraba rodeado por la oscuridad y el silencio sepulcral. El aire estaba cargado de una energía ominosa mientras avanzaban por los pasillos angostos y retorcidos, iluminados solo por la luz débil de las antorchas que llevaban consigo.
—Este lugar es horrible. Parece la guarida de Los Cultistas de La Muerte... —señaló Albatros.
—¡Si eso es cierto, entonces mi padre no debe andar muy lejos! —comentó Clarissa.
De repente, emergió ante ellos una figura imponente y colosal. El golem de piedra, una creación monstruosa de los cultistas oscuros que los aguardaba en el corazón de la cueva. Sus ojos de piedra brillaban con una luz maligna mientras se preparaba para el enfrentamiento.
—¡Por los dioses! ¿Qué es eso? —exclamó Balderik, asombrado por la magnitud de la criatura.
—¡No importa lo que sea! ¡Deberemos enfrentarlo! —respondió Albatros, empuñando su espada.
Clarissa, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros, se aferró al medallón que colgaba de su cuello. Sabía que debía actuar con rapidez y decisión si querían tener alguna posibilidad de sobrevivir.
El golem avanzó hacia ellos con paso pesado, lanzando puñetazos devastadores que hacían temblar las paredes de la cueva. Albatros y Balderik atacaron, golpeando con todas sus fuerzas. El golem apenas parecía notar el daño.
—¡No podemos vencerlo de esta manera! —gritó Balderik, esquivando un golpe del golem con gran agilidad.
Clarissa observó detenidamente el cuerpo de la criatura y notó los símbolos arcanos que lo cubrían, representando los cuatro elementos. Un pensamiento brilló en su mente, una solución a su alcance.
Las palabras de Nesrin retumbaron en su interior como un incentivo en el momento adecuado. Los cuatro elementos sin duda estaban en su favor, pero jamás fue capaz de controlarlos por completo. Aquella voz le repetía que utilizara todo su potencial.
El colgante en su cuello cobró vida con un nuevo brillo llamando su atención. Desde lo profundo de sus entrañas sentía aquellos elementos arder buscando una salida.
—¡Debemos atacar los símbolos de los elementos! —exclamó, llamando la atención de sus compañeros.
La Princesa canalizó su energía hacia el medallón, invocando los poderes de los cuatro elementos. Un torrente de fuego, agua, tierra y aire se desató, rodeando al grupo en una danza de poder y magia.
—¡A la orden!
—¡Vamos a destruir esta cosa!
Albatros y Balderik asintieron y se lanzaron al ataque una vez más, apuntando a los símbolos elementales con precisión milimétrica. Con cada golpe, el golem rugía de dolor, pero su resistencia parecía inquebrantable.
—¡No es suficiente! ¡Debemos combinar nuestros ataques! —exclamó Clarissa.
Con un esfuerzo sobrehumano, la Princesa logró fusionar los elementos en un único rayo de energía, que disparó directamente hacia el corazón del golem.
Un estallido de luz y fuerza sacudió la cueva mientras el golem estallaba en pedazos, derrotado por el poder combinado de los cuatro elementos.
—¡Lo hicimos! Nunca hubiéramos sobrevivido sin ti, Princesa —exclamó Balderik, sonriendo con satisfacción.
—Somos un equipo... —respondió Clarissa, devolviendo la sonrisa.
Con esa determinación en sus corazones, el grupo continuó su marcha hacia adelante, listo para enfrentar lo que sea que les aguardara en su camino hacia la luz.
Momentos más tarde...
—Ni siquiera lo noté. De un momento a otro ya estaba haciéndolo. Entonces... ¡No sé controlarlo! Y entonces... ¡Podría fallar!
La última palabra se atoro en su garganta demostrando su temor.
La preocupación de la Princesa Clarissa pesaba sobre sus hombros como una losa de piedra, amenazando con aplastarla bajo su propio peso. El miedo a fallar, a perder el control sobre el poder del medallón y caer en la misma oscuridad que había consumido a su padre, la atormentaba.
Mientras tanto, Albatros y Balderik se habían vuelto compañeros inseparables, dispuestos a hacer lo que fuera necesario para proteger a la Princesa. A pesar de sus diferencias, habían forjado una amistad sólida basada en el respeto y el deseo compartido de mantener a salvo a su líder.
—No se preocupe tanto, Princesa... ¡No hay nadie en este mundo que pueda controlar algo tan poderoso como ese medallón! Pero si hay alguien capaz de usar ese poder para el bien, esa persona es usted —dijo Balderik, ofreciéndole una sonrisa reconfortante.
Clarissa asintió, agradecida por las palabras de aliento de su nuevo amigo. Aunque todavía tenía dudas y temores, el apoyo de Albatros y Balderik le daba fuerzas para seguir adelante.
—Gracias. Tus palabras significan mucho para mí —respondió, sintiendo un poco de alivio en su corazón.
Albatros se acercó, con una expresión seria en su rostro.
—Balderik tiene razón, Princesa. No importa lo que nos depare el futuro, estaremos juntos en esto. Prometo protegerte con mi vida, si es necesario.
Las palabras del soldado resonaron en el aire, cargadas de determinación y lealtad. Clarissa sintió un nudo en la garganta, conmovida por el sacrificio desinteresado de sus compañeros.
—Gracias, Albatros. Gracias a ambos. No sé qué haría sin ustedes —dijo, con la voz ligeramente temblorosa.
Balderik se levantó y comenzó a construir un refugio improvisado con las mantas que había encontrado, mientras Albatros se aseguraba de que estuvieran protegidos durante la noche.
—Ahora a dormir, Princesa. Mañana será otro día lleno de desafíos...
—¿Ustedes dónde dormirán? —preguntó Clarissa.
—Haremos rotación para mantenerla segura... ¿No es así, pícaro?
Balderik asintió e hizo un saludo militar.
—¡Sí, Señor!
Clarissa asintió, sintiéndose reconfortada por la presencia de sus amigos. Con un suspiro de alivio, se acomodó en el refugio y cerró los ojos, sabiendo que, con Albatros y Balderik a su lado, estaría a salvo.
El Rey Maldito
La luz de la luna se filtraba entre las ramas del bosque, iluminando el escenario donde se libraba una batalla definitiva entre el bien y el mal. El rey oscuro, Darmaint, se erguía ante Clarissa y sus amigos. Su figura se veía deteriorada por los estragos del tiempo y la corrupción de la magia oscura. Aún así, resultaba imponente.
Ese ya no era el Rey que el pueblo recordaba; no el que existió antes de volverse completamente loco de ambición y poder. Parecía un cadáver viviente, alimentado únicamente de bruma y tinieblas.
La Princesa, junto a sus leales compañeros Albatros y Balderik, se preparaban para enfrentarlo. El aire se sentía tan pesado y denso, que los árboles a su alrededor empezaron a mover sus hojas con brusquedad. Era como si el bosque reconociera su presencia.
Albatros se mantuvo firme a un lado de la Princesa, listo para protegerla con su vida, mientras que Balderik adoptó una postura de ataque, con los músculos tensos y el ceño fruncido. El aire se cargó con una tensión palpable, como si el mismo bosque estuviera al tanto de la importancia de aquel momento.
—Así que... ¡¿Esto es lo mejor queAd Astrapuede ofrecer?!
El Rey Oscuro se burló con desdén, desafiando a los héroes con una mirada llena de malicia. Levantando su mano izquierda, creó un remolino de energía oscura que los arrojó lejos de la Princesa, mientras levantaba un escudo protector a su alrededor.
—¡Balderik! ¡Albatros! —exclamó Clarissa.
—¡No se preocupe, Princesa! ¡Seguimos junto a usted! —afirmó Albatros.
—¡No va a detenernos un vejestorio loco! —agregó Balderik.
Sombras negras se alzaron en el aire. Rodearon a la Princesa y la sumieron una sensación de vacío y desesperación.
—¡¿Qué me estás haciendo?! —balbuceó Clarissa, luchando por respirar bajo la opresión de las tinieblas.
—La mente débil es fácil de manipular. Ahora dime... ¿Qué haces aquí? ¿Intentas detenerme? —respondió el rey, con una sonrisa retorcida.
La Princesa luchó por mantenerse firme. Su mente luchando contra las palabras insidiosas del Rey Oscuro. Observó a Balderik, cuyos ojos reflejaban comprensión y determinación, y supo que no podía rendirse.
—Necesitamos derrotar a esas criaturas... ¡¿Hay alguna manera de vencerlas?!
—¡Son criaturas de la magia oscura! ¡Solamente la magia pura puede derribarlas!
Clarissa se concentró en canalizar su energía, sintiendo cómo los cuatro elementos fluían a través de ella. Se centró en su objetivo, utilizando su magia para contrarrestar la oscuridad que la rodeaba. Con cada golpe de fuego, agua, tierra y aire, las sombras se debilitaban, hasta que finalmente se desvanecieron por completo.
—¿Olvidas que mi sangre corre por tus venas? Testaruda, decidida, fuerte. Te propongo algo... ¡Unámonos y seremos invencibles!
Aquella voz se clavó en el corazón de Clarissa, haciendo retorcer su interior. Los nervios fueron reemplazados por furia. No deseaba ser como él, quería ser mejor.
—¡Jamás! Preferiste la ambición sobre el amor...
—La lástima no sirve para gobernar, hija mía. Necesitas fuerza...
—¡No!
—Siempre te he amado. Eres mi mayor tesoro. Te habría traído conmigo, pero tu madre se negó. Si no fuera por su absurdo miedo al bosque, no estaría agonizando... ¿No lo entiendes? ¡Me necesitan!
—Yo...
—¿Lo recuerdas? ¡Gritabas con tristeza tratando de correr a mis brazos! Lo intente. Te quería de vuelta... ¡Esa es la realidad!
El tiempo pareció ralentizarse poco a poco.
Clarissa posó su mano sobre la de su padre, asintiendo con dolor. Todo estaba mal; su padre nunca habría podido fallarle. Él la amaba y solamente quería estar a su lado.
Recuerdos borrosos se incrustaron en su cabeza; recuerdos que simplemente la hacían sentir más débil.
—No... ¡No! —suplicaba la Princesa.
La voz de Nesrin intentaba salir y recordarle quién era en realidad. Su pecho subía y bajaba con dificultad. Su fuerza de voluntad le hacía sentir que se desgarraba por dentro.
La furia del Rey se extendió por todo el espacio.
—¡Pudimos lograr tanto juntos, pequeña!
—Padre...
La noche se tornaba sombría. El humo impregnó sus pulmones, haciéndola caer al suelo.
El pueblo salió de entre las sombras, llorando de dolor y suplicando por su vida. Las miradas se alternaban desde la Princesa al Rey tirano, decepcionados por el resultado.
Clarissa no podía entender qué sucedía. No lograba comprender en qué momento había caído la estrella.
¿Cómo no la vio? ¿Cuándo la derrotó su padre?
Había fallado. Las lágrimas no tardaron en llegar. Ya no podía hacer nada. Todo había terminado.
—¡Es su culpa! ¡Su debilidad nos condenó! ¡Estamos perdidos! —exclamó un pueblerino, señalando con desdén.
La Princesa negó repetidas veces. Su corazón latía desbocado; se sentía mareada. Aquellas palabras se repitieron una y otra vez. Estaban derrotados y tendrían que vivir bajo la sombra de la dictadura de un tirano.
—No necesitarás más ese collar... —gruñó el Rey.
Nesrin apareció frente a Clarissa.
—¡Eres un desastre! ¡Sabía que no podrías lograrlo! Siempre quejándote... ¡Jamás serías como tú madre y lo demostraste! ¡Por tu culpa está muerta!
Clarissa no podía creer lo que oía. El peso del mundo estaba sobre sus hombros y la aplastaba con fuerza.
—¡¿Nesrin?! ¿Qué...?
El pueblo se dispersó. En medio se encontraba la Reina Melphite sin vida, sin color, sin alma.
Sobre aquel cuerpo inerte, una voz en la lejanía se volvía más clara cada vez. Sonaba como la voz de su madre.
—¡Es una trampa! —gritaba.
—¿Qué sucede? —balbuceó Clarissa.
—¡Te está controlando! ¡No es verdad! ¡Nada de eso es verdad! ¡Levántate!
—Yo...
—¡Estoy aquí! Escúchame, hija mía... ¡Estoy aquí!
La voz de la reina atravesó su corazón. La ilusión desaparecía frente a sus ojos.
—¡¿Mamá?!
—Eres más fuerte que él... ¡Lucha!
Unas manos en sus hombros la pusieron alerta. El Rey Oscuro estaba a punto de quitarle el collar.
—¡Aléjate! —gritó a su padre.
Había escuchado a la Reina. Era la fuerza que necesitaba. Las visiones se acabaron; tenía una oportunidad.
—¡Renace de las cenizas el poder que nos dio la tierra!
Su voz retumbó haciendo que el Rey cayera. Su poder era más grande de lo que jamás imaginó.
—¡No! ¡Esa magia debe ser mía! —bramó el Rey.
Clarissa elevó su mirada hacia los cielos, provocando un torbellino de poder. El fuego, el agua, la tierra y el aire corrían por sus venas.
Los árboles se agitaban con regocijo, la tierra crujía. El bosque parecía ansioso por recobrar vida. Eso significaba que la estrella estaba a punto de caer.
—¡No pierdan de vista la estrella fugaz! ¡El domo oscuro está perdiendo fuerza! —gritó la Reina a Balderik y Albatros.
—¿Por fin harás algo, amada mía? —se burló el Rey, para luego escupir sangre.
Clarissa se detuvo. Sabía que esa no era su guerra. Dejaría que su madre pudiera desahogar el dolor.
—¡El rey que amé ya no existe! —gritó la Reina, a viva voz.
Renace el Poder
La estrella había caído. La leyenda era cierta. Una luz fuerte los obligó a cubrirse los ojos y, por unos segundos, el tiempo pareció detenerse una vez más.
Darmaint se levantó como pudo. Débil, pero dispuesto a ganar aquella batalla.
—¡Los elementos me obedecen! ¡Soy la dueña de la magia de la luz! ¡Ríndete! —ordenó Clarissa.
Aquel fulgor era potente, pero no podía lastimarla. Balderik y Alabatros asintieron como si aprobaran lo que iba a ocurrir. Al fin estaban a salvo; la tierra suplicaba renacer.
El brillo de la estrella se impregnó en su piel. La Princesa Clarisa se elevó en los aires y el bosque retumbó en respuesta a su llamado. Sus ojos centellearon bajo la luz de la luna.
—¿Sabes de qué otra manera se puede obtener el poder de la estrella Clarissa? ¡Matando a su portador! —bramó su padre, volando hacia ella envuelto en humo.
En un último intento desesperado, lanzó un ataque final contra Clarissa. Una ráfaga de energía oscura que amenazaba con consumirla. La Princesa resistió; su poder ardía más brillante que nunca.
—¡No habrá más muerte por tu mano, padre! —respondió la Princesa.
Los elementos se unieron como no se habían visto hacía miles de años atrás. Darmiant se debilitaba, pues sus ojos no daban crédito a lo que estaba mirando. La luz atravesó su cuerpo robándole la vida. Un último suspiro se hizo presente y cayó al suelo con estrépito.
El silencio cayó sobre el bosque, roto solo por la respiración agitada de los héroes. Miraron con asombro al Rey Oscuro, cuya figura se desvanecía lentamente en la oscuridad.
—Lo hicimos... —murmuró Clarissa.
Su voz era temblorosa, pero llena de emoción.
Los héroes se abrazaron en un gesto de celebración, sabiendo que habían salvado su reino de la oscuridad. Pero también sabían que la batalla aún no había terminado, que el mal siempre acechaba en las sombras, listo para regresar.
En aquel momento de victoria, se permitieron sentir esperanza. Habían demostrado que juntos, con valentía y determinación, podían enfrentar cualquier desafío que se les presentara. Y eso era suficiente para ellos.


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