Jugar en la Vida Real

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Sinopsis

Sam, un joven gamer, conoce a una elfa en su juego favorito y, tras meses de bromas y aventuras virtuales, deciden encontrarse en la vida real. Lo que comienza como una cita prometedora toma un giro inesperado, revelando secretos que transforman su relación. Con humor y romance, la historia explora cómo la realidad puede ser tan sorprendente como un videojuego.

Genero:
Humor/Fantasy
Autor/a:
Flow Wolf
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

MMORPG

—¡Mueran! —grité, blandiendo mi espada y empujando con el escudo a tres asquerosos orcos. Mis dedos se movían con agilidad sobre el teclado. Tres años farmeando y subiendo de nivel me habían llevado lejos de la aldea, hasta las mazmorras del abismo. Con 120 de nivel, los monstruos apenas ofrecían resistencia. No me arrepiento de haber elegido un tanque como personaje principal; sin duda, valió la pena.

Mientras lanzaba combos y atraía a los enemigos con la habilidad de aggro, unos ruidos detrás me distrajeron.

—Hola... ¿Qué haces? —preguntó una voz femenina. Giré la cámara y mi reacción fue una mezcla de sorpresa y curiosidad. Una hermosa elfa estaba allí, con una daga en mano y nada más... ¡Desnuda! O al menos, tan desnuda como lo permitía la censura del juego.

—¡Qué carj...! —balbuceé, antes de corregirme—, ¿Qué haces aquí? ¿Cómo llegaste tan lejos sola... y en paños menores?

Mi sorpresa se vio interrumpida por un golpe aturdidor del orco jefe, dejándome mareado por unos segundos. Al voltear de nuevo, vi que ella se alejaba corriendo por el pasillo, riéndose.

—Pedazo de loca —murmuré, y volví a concentrarme en la batalla delante. Por personas como estas, es que los juegos de fantasía como New Realm pierden su encanto.

Minutos después, mientras limpiaba un campamento de goblins más adelante, un silbido resonó en las paredes de la mazmorra. Al voltear, vi a la distancia a esa elfa loca nuevamente. Esta vez, corría hacia mí, y detrás de ella emergía una horda de monstruos que la perseguían.

—¡¿Qué haces?! —le grité, intentando en vano comprender la situación.

Mis palabras parecían no tener efecto. La elfa siguió corriendo y, al llegar a mi posición, se desmayó dramáticamente. Había usado la habilidad de los dagueros: “Fake Death”, para fingir su muerte y perder la agresividad de sus perseguidores.

De inmediato, los monstruos se abalanzaron sobre mí con furia. En un intento desesperado de sobrevivir, activé mi habilidad de supervivencia, pero fue inútil. Caí al suelo, observando cómo los atacantes se marchaban, satisfechos con su triunfo. Maldita elfa..., pensé chirreando los dientes.

Finalmente, ella se levantó, me hizo un guiño travieso y se alejó, dejándome allí tendido. Golpeé la mesa con tanta fuerza que el teclado y el mouse saltaron. Mi enojo era palpable, con el corazón acelerado y los puños apretados. No obstante, no pude evitar una risa nerviosa al pensar en lo sucedido y en lo que me costaría recuperar el tiempo perdido para volver a esa posición en la mazmorra.

Mientras observaba absorto las luces del teclado, un sonido de notificación me sacó del trance. Una alerta de amistad de Anya la elfa: “LOL lo siento, pero me hiciste reír xD.”

Así comenzó nuestra historia. Desde ese momento, su presencia se convirtió en una parte inesperada pero maravillosa de mi vida.

...

Los meses pasaron, y aprendí a apreciar y tolerar todas las bromas pesadas de ella. A veces, me preguntaba qué hacía una persona como así en un juego como este. Probablemente sería un niño malcriado con mucho tiempo libre. Sin embargo, lo extraño es que, a pesar de nuestras diferencias, nos llevábamos increíblemente bien. Era como si, siendo polos opuestos, encontráramos un equilibrio perfecto. Yo, siendo bastante introvertido, la seguía en sus locas ocurrencias. Nada de lo que decía tenía mucho sentido, pero su presencia rompía la monotonía de simplemente matar monstruos y subir de nivel.

Pasábamos las tardes riéndonos de los absurdos del juego y haciendo bromas pesadas a otros jugadores. Al principio, me parecían niñerías, pero su presencia siempre lograba sacarme una tímida carcajada.

Todo fue bastante trivial durante varios meses. Nos conectábamos, charlábamos sobre el día y recorríamos el juego buscando algún jugador desprevenido. Nada que dos personas con tiempo libre no harían. Pero todo cambió un día cuando le pregunté su nombre. ¿Cómo no se me había ocurrido preguntar antes?

—Me llamo Sara —dijo, con un emoji de guiño en su mensaje.

A esta altura, ya teníamos nuestros números de móvil, pero nunca se me había ocurrido pensar en ella de otra manera. Su avatar en WhatsApp también era una elfa, y nunca me lo cuestioné. Desde el momento en que reveló su nombre, nuestra relación cambió. Me volví más cauteloso y desconfiado. Les sorprendería saber la cantidad de jugadores en línea que se hacen pasar por mujeres, ya sea por diversión, para llamar la atención o para obtener algún tipo de ventaja en el juego. En fin, los estereotipos en el mundo de los videojuegos son más comunes de lo que uno imagina, y sí, hay bastantes niños con sobrepeso detrás de esos avatares glamorosos.

Las sospechas duraron poco. Un día, mientras descansábamos al filo de una roca observando la cascada que descendía sobre el hermoso valle de Erendell, el juego cambió de nivel.

—Oye Sam...  —susurró, mirando hacia abajo—. Tengo que decirte algo.

—¿Qué? —respondí en automático, aún distraído por el paisaje y sin captar la importancia de sus palabras.

En ese momento mi móvil sonó. Era un mensaje de voz de ella. “Quiero conocerte... si quieres, obvio.” Su voz era la más dulce y femenina que jamás había escuchado (aunque, siendo sincero, tampoco es que hubiese escuchado muchas...). De pronto, mi corazón explotó, las piernas me temblaban como si fueran gelatina, y mi estómago se retorcía como si estuviera en una montaña rusa. Corrí y me tiré en la cama, contemplando el techo con el móvil en la mano, incapaz de pensar una respuesta, o siquiera encontrarme la voz. ¡Es una chica! Grité por dentro. Increíble, esto no podía ser real.

Después de lo que probablemente fueron los dos minutos más largos de mi vida, le respondí. Obviamente que sí.

Acordamos vernos en un café, no muy lejos de casa. Por nuestras charlas previas, sabíamos que vivíamos relativamente cerca el uno del otro, aunque nunca me atreví a preguntar su ubicación exacta. El café era encantador, y creo recordar haber estado allí alguna vez. Ella dijo que estaría en la mesa del fondo, la que quedaba casi oculta al costado del bar.

Al llegar, inventé más de cien excusas en mi cabeza sobre por qué no debía estar ahí, pero aun así me forcé a enterrarlas. Empujar la puerta de entrada parecía más complicado que derrotar a un Dragón Celestial. Mis manos resbalaban en el vidrio por el sudor, y mis piernas temblaban como si fueran de otro, como si recién me las hubiesen implantado.

Finalmente, logré matar al dragón, y ahí estaba, la silueta de una chica de espaldas en la mesa del fondo. Al verla, y al observar su figura, dejé escapar una profunda exhalación de alivio. Al menos no era un chico gordo jugándome una mala pasada. De hecho, parecía una chica bastante decente.

—¿Sara...? —balbuceé tímidamente mientras extendía la mano, intentando tocar su hombro—. Soy...

Ella se giró, y su negro cabello la siguió detrás en un lento e hipnótico movimiento, dejando entrever sus penetrantes ojos entre los mechones. En mi cabeza, todo sucedió en perfecta cámara lenta: su pelo danzando sobre su cuello, su mirada fija, y esa sonrisa que parecía sacada de un sueño. Era hermosa. Tez blanca, pequeñas pecas debajo de sus ojos, y pómulos rojizos como cerezas. ¿Esto está realmente pasando? Me habría pellizcado, pero estaba demasiado petrificado para moverme.

De repente, ella se levantó enérgicamente.

—¡Sam! —gritó, extendiendo sus brazos y abalanzándose sobre mí como si nos conociéramos de toda la vida. Y bueno, en cierto sentido, sí lo hacíamos. Habíamos charlado durante lo que parecían siglos, pero, aun así, en mi mente había interferencia, una parte aún esperaba que ella fuera otro adolescente perdiendo el tiempo como yo.

El tiempo se detuvo mientras me volví consciente de cada detalle. Su pecho presionando contra el mío, su aroma fresco mezclado con el suave olor de su piel, y sus brazos, me envolvieron. Intenté tragar saliva, pero mi garganta estaba seca. Su vestimenta, una campera de jean y una falda corta que exponía sus largas y esbeltas piernas, la hacían parecer como un personaje salido de un videojuego, solo que... esta vez, era real.

Mientras esos eternos segundos de abrazo ocurrían, me froté los ojos disimuladamente, intentando asegurarme de que esto no era un sueño, o peor, un bug del sistema. ¿Cómo había pasado de ser un tanque en un mundo virtual a estar abrazando a una chica que parecía sacada de una fantasía? Me habría reído, pero estaba demasiado ocupado tratando de no desmayarme.

Esa fue la primera de muchas veces que nos volvimos a ver. Sus gestos alocados y su hermosa sonrisa podían encantar hasta a la bestia más salvaje. No era muy diferente a como se comportaba en New Realm: siempre fresca como una brisa primaveral, logró que este triste y tímido arbusto (o sea, yo) comenzara a florecer. Poco a poco, me fue haciendo salir de la madriguera que era mi cuarto y descubrir un mundo más allá de la pantalla.

Nos colamos en la piscina de una mansión a medianoche, nos perdimos en el bosque junto al parque, e incluso llegamos a hacernos pasar por primos de una pareja recién casada para colarnos en su fiesta. Ella era como un imán, y yo, un simple pedazo de metal, me dejaba arrastrar a todos lados, pero lo hacía con gusto. Hice cosas que jamás, ni en tres vidas, habría imaginado; fue entonces cuando comprendí lo que realmente significaba estar vivo.

A veces, la veía perderse en sus pensamientos, preocupada, como si quisiera decirme algo importante. Pero casi siempre, no le prestaba mucha atención; fácilmente me quedaba embobado con cualquier otro detalle suyo o nos perdíamos en nuestra pasión por los videojuegos. Aunque, más allá de esos mundos digitales, no sabía mucho sobre su vida. En cambio, yo, con mi nerviosismo, le había contado casi todo sobre mí, excepto quizás el color de mi caca, porque lo demás, lo sabía todo.

A medida que el verano avanzaba, acordamos vernos en un acantilado en las afueras del pueblo. Debo decir que el lugar se parecía demasiado a aquel paisaje de Erendell que habíamos contemplado juntos en el juego. La noche estaba tranquila, y los grillos entonaban sus últimas melodías, dando paso al atardecer y al cálido aire veraniego.

Recuerdo que, al acercarse la hora, me pareció extraño que me preguntara por mensaje si ya estaba fuera de casa. Le respondí que sí, mientras tomaba las llaves y cerraba la puerta detrás de mí. Al llegar al acantilado, me senté en un tronco caído al borde del precipicio; ella aún no llegaba.

Instantes después, escuché pasos detrás, y un fugaz recuerdo me transportó a la primera vez que nos conocimos en el juego, cuando se abalanzó hacia mí desnuda. No es que estuviera pensando que ella podría aparecer en paños menores esta vez, sino que el misticismo de la noche y el eco de sus pisadas me hicieron revivir esa escena en la mazmorra.

Como siempre, estaba hermosa, pero algo en su mirada había cambiado.

Sin decir nada, me sonrió y se sentó junto a mí. Al cabo de un rato contemplando el oscuro cielo estrellado, se acercó más y tomó mi mano, sin quitar la mirada de las constelaciones.

—Hay algo que quiero decirte —susurró, su voz cargada de nerviosismo—. Hace tiempo que estoy por hacerlo.

En ese mismo instante, sin poder reaccionar a sus palabras, comencé a ver destellos de luces azules y rojas reflejándose en su rostro y en sus profundos ojos. Las luces iban acompañadas del ruido de un coche frenando bruscamente sobre la grava y puertas abriéndose.

—¡Levanten las manos! —gritó un policía armado desde detrás de la puerta del conductor—. Señorita, manos donde pueda verlas.

Ambos levantamos las manos.

Creo que en ese momento no me oriné porque ya lo había hecho antes de salir, eso, y porque me aseguré de estar bien limpio para la cita. De nuevo, me encontraba perdido en mis pensamientos, preguntándome si esto era algún tipo de show de Truman o una escena de un juego surrealista. Pero su dulce voz me sacó de esa ilusión, confirmando que el juego era realidad.

—Lo que te quería decir es que... —su voz temblaba con vergüenza—. Me buscan por delitos cibernéticos... ya sabes, hackear cuentas y cosas.

Hizo una pausa, como si buscara reunir coraje.

—Quiero que sepas que, pase lo que pase, mis sentimientos hacia ti han cambiado, y espero que puedas perdonarme.

Terminando de decir la oración, y aún con las manos en alto, ella se inclinó hacia mí. Entrecerró los ojos, y sus labios tocaron los míos.

—¡Quietos, dije! —se oyó de fondo la voz del impaciente policía.

Su beso se detuvo suavemente, y con él, mi corazón.

—Espero volver a verte —susurró ella.

Al regresar a casa, me tiré en la cama, mirando al techo e intentando procesar todo lo ocurrido sin perder la cordura. ¿Qué carajos fue eso?, pensaba. ¿Y ese beso...? Mis pensamientos eran como autos de carrera en una pista circular, ninguno parecía ir a ningún lado, y mucho menos frenar.

Al incorporarme y sentarme al borde de la cama, le pisé sin querer la cola a mi gato Steve, que gritó como de costumbre y saltó sobre mi escritorio, moviendo el mouse. El brillo del monitor iluminó el cuarto en penumbras, junto con mi rostro. Al girar la cabeza, quedé en estado de shock. Mi tanque estaba en paños menores en la pantalla de inicio.

Nunca me olvidaré de ese día. El día en el que el juego se volvió real.