❛ Parte 1 (i/ii) ❜

Sonidos amenos se cuelan ante los infantiles oídos de un infante. Una caja musical suena, líneas blancas y negras giran de manera desigual, tienen al pequeño paralizado. Él sonríe, y justo cuando la dulce melodía culmina, una inclemente lluvia inicia. Luhan alza la mirada para pedirle a su hermano que la haga sonar una vez más, y cuando lo hace, encuentra la sonrisa que lo ha encantado, fascinado, extasiado.
—¿Sehunnie, puedes hacerla tocar otra vez?
El mayor que apenas ha comenzado su adultez, le confirma positivamente. Gira la llave y da cuerda; la melodía comienza. Pasan los minutos, el reloj de arena sobre la mesa no se detiene, y no lo hará. Sehun siente nervios porque su hermanito no deja de mirarlo, se siente extraño, demasiado.
—¿Cuántos años cumpliste Luhan? —inicia un simulado diálogo para que el infante deje de mirarlo.
—Cinco años.
—Cierto —clama con algo que no es parecido a la paz, pese a ser el mayor de entre los dos.
El pequeño le sonríe tiernamente para intentar apagar el desasosiego que su mayor carga, pero a Sehun eso no le ayuda de mucho, pues los nervios suben de tono cada vez más.
—¿Sehunnie cuántos tiene? —pregunta volviendo a mirar las líneas de mosaicos que siguen girando contrariadas, continuando con la apacible música.
—Diecisiete, soy muy grande para ti.
—¿Qué es ser grande?
El mayor no quiere explicar, sabe que será una pérdida de tiempo; pero aun así actúa como si le importara, acomoda su barbilla sobre la palma de su mano y le mira con determinación.
—Eres grande cuando tienes la misma estatura que yo, cuando vas a la universidad, y probablemente cuando tengas a alguien con quién pasar el resto de tu vida.
Muecas de alegría con lúcida felicidad encarnan sobre los delgados labios del pequeño, quien no duda en soltar un pequeño, y a la vez, un trascendental secreto.
—Entonces ya soy grande —una pequeña pausa aparece por un pequeño lapso, y prosigue—, porque yo quiero estar siempre con Sehun-hyung.
La poca cordura que escaseaba en aquella atmósfera se suelta como una cascada de cargada luminiscencia. Es en la oscuridad, con la lluvia golpeando cristales de protección, entre la sonata de una cajita musical, cuando Sehun mete su lengua en toda la infantil boca, queriendo llegar a la utopía de sus sueños prohibidos.
¿Cómo pasó? No lo sabe, nadie lo sabe.
Cada vez que el tiempo caminaba, la distancia se volvía contingente y pesada. Cada vez que Luhan se acercaba a Sehun, éste se alejaba. “Es por tu bien”, le dijo.
Y sin darse cuenta, desde ese momento, todo comenzó.
Estar juntos con distancia, es un buen plan.
✕
Luhan siente la necesidad de estar junto a Sehun, pero Sehun desea permanecer lejos. Hoy no habrá diferencia alguna; cree. Pero nadie sabe respetar, y a la vez, todos saben infringir, evadiendo con astucia toda regla y poder conocer el más placentero pecado.
Una puerta se abre, y un niño de mejillas rosadas sorprende al festejado con su llegada.
—¡Baozi, qué bueno que viniste!
—No faltaría al cumpleaños de mi mejor amigo.
Felicidad que llena dos cuerpos con un suave abrazo. Las muecas alegres de Luhan no se desvanecen, y muy por el contrario, llenan el hogar de más que solo felicidad.
—Todavía me falta para cumplir doce años, es horrible ser menor que tú —se queja el invitado mientras revisa cada uno de los cuadernos de su amigo. Abre sus ojos con un tipo de sorpresa que se encierra en lo hórrido de cada trazo intentando entrar a la razón de cada línea. Delimita con atención cada uno de los dibujos.
—¡¿Qué haces?! ¡No los veas!
Un inesperado arrebato con furia se desata en la azul habitación, es tan tosco y brutal, que el eco del grito retumba una y otra vez dentro de las cuatro paredes.
—Lo-lo siento... ¿Tú los dibujaste?
Luhan se aferra a su cuaderno como si un secreto fuera a revelar.
—¿Quién era esa persona? —le cuestionan sin dejar de observar cada uno de sus sutiles movimientos.
Minutos colmados de impaciencia ante la sonata del silencio, no se escucha algún sonido que incite a una amena conversación, solo suspiros, y párpados que inconscientemente, ocultan asustadas miradas.
—Es mi hermano.
—¿Sehun?
—Sí. Hace siete años sufrió una horrible tragedia. Mamá dice que fue un completo milagro que sobreviviera —suspira rememorando cada suceso—. Fue como si volviera de la muerte, y ahora está obsesionado con eso, por eso mamá y papá lo cuidan mucho, es el hijo favorito a pesar de que yo sea el menor —exhorta con envidia—. Por eso yo...
—¿Quieres morir apuñalado por tu hermano?
—¡Claro que no! Sólo... quiero estar con él —confiesa obstruyendo todo rastro de tristeza que opaca su poca alegría.
—La habitación de Sehun está junto a la tuya, ¿cierto?
—No temas, él no me hará nada —Toma la mano de Minseok y le obliga a ponerse de pie—, vamos, creo que no está.
El sonido de la puerta mientras es abierta, pareciera lamentar la verdad que se guarda allí dentro. Espejos adornados con calaveras, esqueletos con ganas de bailar, fotos de personas que un día vivieron. Todo encaja bien entre diminutas bombillas rojas, todo encaja perfectamente bien en el trágico pasado de su hermano.
Observan, y después esculcan por todo rincón del sombrío lugar, hasta los rincones más difíciles de encontrar.
—Me da miedo, mejor vámonos —revela su amigo, con algunos temblores que lo han empezado a acompañar, tal vez desde mucho antes.
—Espera... Déjame ver este retrato, es un dibujo de alguien que se parece a...mí.
Escalofríos. Miedo. Inseguridad. Controlan la mente del imprudente niño al ver un rostro con realces de putrefacción y gusanos adornando cada uno de los órganos que permiten dejar entrar y salir lo que la mente desee. Colores vivos, colores de vida son algo que no están sobre aquella piel, negro, morado y amarillo son los que realzan la pintura, la pintura de la muerte.
Una sonrisa macabra atraviesa el alma de los dos infantes, ellos la sienten aun sin verlo, simple intuición de sobrevivencia. Luhan deposita con nervios el cuadro, y cuando da la vuelta, se encuentra con una conocida mueca, su hermano mayor, aquel chico raro, que en un tiempo atrás, era todo lo opuesto.
—Creí que no estabas —musita el festejado, pero no recibe respuesta alguna. Es como si aquel individuo fuera el vivo retrato del silencio y lo apagado.
Minseok cierra los ojos cuando Luhan le toma la mano y salen del tétrico cuarto, y aquel individuo de sombrío aspecto, se queda parado, como si le hubiesen lanzado un hechizo para congelarlo.
Pueden los segundos caminar en dirección al olvido, pero las remembranzas son insistentes, tanto que el futuro puede agonizar.
¡Tontos miedos!
Pero... ¿Quién no tiene miedo?
✕
El festejo culmina entre positivas felicitaciones, ruidosos aplausos y un extraño deseo. El deseo de estar para siempre junto a la persona que ama. Dicen que los deseos en cada aniversario de vida no deben ser expuestos, pero Sehun sabe lo que su hermano deseó, y él, como hermano mayor, debe cumplir.
Es cuando la lluvia golpea mullidas capas inmaculadas de sensaciones y deseos para ocultar sentimientos que se alternan entre el delirio y la razón. Y él está extasiado de una cruda y quizá, falsa felicidad. Sugerentes gritos salen de una oscura habitación, los muebles rechinan en cada salvaje movimiento sobre el piso, y la madera de la cama cruje sin pensar en poder detenerse. El reloj camina en dirección al mañana y la noche estrellada da un paso hacia el sendero de su descanso. Pero aunque el tiempo se mueva, parece que todo es demasiado lento, tan lento como la humanidad pensando en sus miles de descubrimientos.
—¿Te gusta?
La pregunta es demasiado tonta y cae en la fosa de lo estúpido, pues lo obvio es más que innegable.
—M-más.
Y esa petición llena de lágrimas continúa hacia la salvaje dirección a lo prohibido del edén. Toques que encarnan los labios se instalan en la blanca y suave piel de quién está debajo rogando por más.
—¿Cuánto es más?
Esa pregunta es demasiado difícil y brota con demasiada naturalidad sin detenerse a pensar en que le está dando más de lo que piensa, y menos de lo que le quiere mentir, porque son los frenéticos movimientos los que proporcionan la clara respuesta.
—No sé...
Y aunque quiera, no se puede detener...
Porque no lo desea ni lo piensa.
El clímax ha llegado en torrentes de floridos espasmos de placer, y ambas siluetas se retuercen de satisfacción invadiendo cada milímetro de la suave seda que los cubre del frío que la lluvia ha dejado.
—Hermano... Me gustas.
Pero él... No sabe qué contestar, y entonces el corazón de Luhan se fragmenta en sentimientos vanos de poder ser correspondido. Y es entre la sublime brisa nocturna que por primera vez es abandonado y rechazado. Su cuerpo sólo se queda envuelto en los blancos lienzos con olor a nada más que sexo que lo mantienen caliente y no dejan que se enfríe, mientras observa como él se aleja sin darle importancia a la lluvia que sus ojos han desatado.
✕
—¡¿Crees qué es normal hablar de eso?!
Pero Luhan no se espanta, y cubre sus oídos con la palma de sus manos.
—No exageres Baozi..., yo sé que él me quiere, pero le cuesta admitirlo, para nadie es fácil aceptar sus sentimientos, y lamentablemente Sehunnie es así —muerde el emparedado de mermelada que él, sin ayuda de un mayor, se preparó—, eso es bastante normal.
—Claro que es normal no querer admitir lo que sientes hacia la persona que amas, pero él es tu hermano y tú eres sólo un niño —grita entre susurros su pequeño amigo sin dejar de morder su manzana.
—¡Ya no soy un niño! Ayer me dio mi regalo, me hizo un adulto.
Minseok lo observa pasmado y aunque le cuesta digerir lo que ha escuchado, casi al instante regresa a la realidad con los movimientos de manos que Luhan le da.
—¿De qué hablas? ¿Te hizo algo?
—¡Ya soy un adulto!
—¡Pero acabas de cumplir doce años, eres todavía un niño!
—Olvídalo, no se puede hablar contigo —se levanta y limpia con sus manos los restos de hierba que se han quedado pegados a su pantalón—. Voy por una barra de chocolate... ¿Quieres uno?
Silencio absoluto absorbe los siguientes segundos, después de eso, la música de las campanas indica que su descanso ya ha terminado, y Minseok le ignora regresando a su salón, Luhan roda los ojos con enfado, y en lugar de retornar a cumplir sus deberes como estudiante de secundaria, prefiere adquirir sus adictivas golosinas.
Con delicadeza, el pequeño “adulto” quita la envoltura de su chocolate, y entre cada mordida que le da al afrodisiaco dulce, viaja al lluvioso ayer donde se sintió amado y lleno, abandonando el vacío. Recuerda las dulces mordidas ahora instaladas es su níveo cuerpo, las que lo hicieron gritar de formas raras, pero también placenteras; recuerda también el sabor de Sehun cuando aquel órgano masculino le dio un líquido parecido al jarabe que toma cuando un resfriado visita el interior de sus entrañas, y justo cuando a sus memorias aparece la escena en la que Sehun lo inyectó entre sus glúteos.
Y eso retoca sus mejillas de un rosáceo color.
Él recuerda eso y más; pero menos también.
—No es raro, es normal que nos gustemos... —refunfuña y celebra que sus deseos se hayan hecho realidad, hasta que sus ojos encuentran la figura que él más ama, o al menos eso es lo que cree.
Corre acercándose a las rejas que lo separan de ir con Sehun y acorrucarse entre los fuertes brazos que durante la lluvia lo salvaron de un fuerte resfriado y lo mantuvieron en la temperatura de aquella calurosa estación. Se asoma con viril entusiasmo.
—¡Seh...! —Las palabras se cortan cuando siente que una daga se ha clavado a su corazón. La luz que hace poco brilló, ha comenzado a nublar sus ojos en lágrimas, y ahora todo es borroso y opaco. Se marcha del lugar enfadado, resignado, traicionado...Y sin darse cuenta, traiciona también a su deseo, al socorrerse entre los cálidos brazos de Minseok.
✕
Durante la comida nadie dice nada, Sehun sin percatarse de las fulminantes miradas de Luhan, se levanta de la mesa agradeciendo los alimentos y enseguida, entra a su habitación. Su hermano menor permanece en su asiento y aunque quisiera gritarle muchas cosas, prefiere mantener sus labios cerrados, porque probablemente éstos dejarán libre su más significativo secreto...
Ama con locura a Sehun, y rogaría por ser de él otra noche más.
Los juegos con frecuencia distraen a las tareas, algunos picores también, y esas son unas razones por las cuales, Luhan rara vez se concentra en sus deberes, y es por eso que un par de golpes resuenan en su cabeza gracias a las manos de su madre.
—¡Cuándo aprenderás a no distraerte! ¡Ya me tienes harta!
—¡Entonces me hubieras abortado! —riñe Luhan sin saber que una bofetada va directo hasta su rostro y le deja una marca roja de dolor, una que lo mata cada vez que él intenta actuar como un mayor; ella ha cambiado tanto desde esa vez. Por eso, aunque su pequeño hijo llore, ella no se toca con fragilidad su corazón, y prefiere seguir gritando como loca despreciándolo y humillándolo con viles comparaciones con el que tiene enmarcado a Sehun, quien está ubicado entre la perfección y la excelencia; Luhan sólo se encuentra entre lo peor, quizá unos metros más abajo, tal vez miles.
Y sólo piensa...Sin uno, el otro no puede sobrevivir o si quiera existir, como las tibias estaciones de primavera y el verano que contrastan con frío del otoño e invierno.
Luhan es cálido... e inocente.
Sehun es frío... y pérfido.
Y ambos se complementan.
Al menos eso sucede en los sueños del menor.
Esfera cromática de frío y calor que contrastan con perfección.
Un poco de sangre baja desde las fosas nasales de Luhan, creando ríos de amargura y de odio, por eso se levanta con brutalidad de su escritorio y se encierra dentro de un aparente cálido cuarto; uno color azul con coloridos pececillos nadando sobre su buró. Lo que más le molesta es esa tonta luz que lo quiere irradiar de una ilusoria comodidad, eso no existe, al menos no tanto como en el pasado.
—¡Sal inmediatamente de tu habitación, o te irá peor! —amenaza su madre desde abajo.
Pero hace caso omiso y se oculta debajo de las sábanas blancas. Entre lloriqueos y temblores acaricia las mantas que le vuelven a recordar el día de su cumpleaños; cuando estuvo más cerca de Sehun, la persona que lo tuvo gimiendo, implorando y sudando en dolor transformado en placer. Y entre esos recuerdos se queda dormido hasta que la noche llega y los gritos de su progenitora cesan.
En medio de la brillante oscuridad nocturna, la lluvia custodia nuevos sonidos. Luhan tiene un sueño, uno que no lo hace sentirse mejor porque su cuerpo está vasto de bochornos, y el tinte en su piel es totalmente visible: rojo pasión es el color que lo atormenta. Se mueve de un lado a otro intentando ignorar esos pesados efectos de deseo, pero no puede... Entonces siente una mano sobre la suya y lo conduce a calmar esos sofocos.
Jadeos viajando en susurros llegan hasta los oídos de su hermano mayor en medio de agua golpeando húmedos cristales.
—¿Sehun?
—Shh...Continúa, lo estás haciendo bien.
Luhan, conoce por primera vez la manera de darse placer.
✕