Capítulo 1
~Sophia~
Siempre pensé que tenía la vida perfecta. No estaba hecha de lujos, sino de cosas simples: la calidez de un hogar, la rutina tranquila y el amor de un padre que se encargaba de hacerme sentir el centro de su universo. ¿Quién habría imaginado que todo se iría a la mierda?
A veces me pregunto qué sucede cuando las sombras comienzan a cernirse sobre todo lo que amas. Qué se siente cuando el corazón pierde su refugio. Cómo asimilas que el monstruo siempre estuvo escondido en lo cotidiano, en aquello que creías seguro. No tuve que imaginarlo. Lo descubrí. Y desde entonces, nada volvió a ser igual.
Crecí en las colinas de Tennessee, un lugar que parecía hermoso a simple vista, pero cuya belleza podía ser traicionera. Incluso el sol más brillante puede iluminar un infierno a punto de estallar. Con el tiempo entendí que mi infancia no fue más que una burbuja de ilusiones frágiles, destinada a romperse. Todo dejó de tener sentido el día en que papá desapareció, dejándonos atrás sin explicación.
Aún puedo sentir su risa cálida, el aroma a granja y madera impregnado en su ropa, y sus manos ásperas abrazándome como si nada pudiera lastimarme. Era mi refugio, mi calma, mi mundo entero. Pero esa tranquilidad era efímera, una mentira piadosa que él intentaba sostener por amor a mí, su hija. Una mentira que no logró salvarnos.
La última vez que lo vi, antes de ir a la escuela, me prometió que iríamos a por un helado y regresaríamos caminando juntos.
Nunca llegó. Un mal presentimiento se enroscó en mi pecho, oprimiéndome las costillas. Sin pensarlo, corrí a casa con el corazón encogido, con el alma en un nudo, buscándolo con la mirada. Lo que encontré, sin embargo, fue a mi madre, de pie en medio del salón, con una copa en la mano, celebrando algo que no entendía.
Cuando reparó en mí, su mirada se encendió con un odio absoluto. Me observó como si fuera una intrusa despreciable, una sombra que no tenía derecho a estar allí.
Lo primero que sentí fue su mano golpeándome la mejilla. El dolor físico fue intenso, pero nada comparado con la violencia de sus palabras, empapadas de veneno y desprecio.
—¡Tú lo mataste! —escupió—. ¡Tú lo llevaste a la tumba, maldita sea!
Me quedé helada. Inmóvil. Olvidé cómo respirar. Ni siquiera pude llorar.
—¿Q-qué estás diciendo? —logré murmurar, con la voz hecha trizas—. ¿Dónde está papá?
—Muerto. Y todo por tu culpa —dijo, clavando cada sílaba como una cuchilla—. Él te amaba más de lo que debía. ¡Más que a mí! Y eso lo destruyó.
No supe si fue el dolor, el miedo o la confusión lo que me dejó paralizada. Solo tenía certeza de una cosa: nada volvería a ser igual. Ni siquiera yo.
Y entonces llegó lo peor.
—Sube a tu habitación. No quiero verte. Prepara tus maletas —añadió con una calma espeluznante—. Mañana, al amanecer, vendrá un hombre a buscarte.
—¿Qué...? —fruncí el ceño, incrédula—. ¿Qué hombre?
Ella se acercó a la ventana, dio un sorbo a su copa y, sin mirarme, respondió:
—Alguien vino preguntando por ti. Dijo que quiere jovencitas puras.
La náusea me subió de golpe. Todo comenzó a dar vueltas. Sentí que iba a desmayarme.
—¡Estás enferma! ¡Papá jamás te lo habría permitido! —grité, retrocediendo—. ¡No puedes hacerme esto, soy tu hija!
Su risa vacía me heló la sangre.
—¿Hija? Nunca quise tenerte. Solo fuiste el error que arruinó mi vida. Ya era hora de que al menos sirvieras para algo. ¡Me lo debes, mocosa estúpida!
No había lágrimas en su rostro. No había remordimiento. Solo ese odio frío, arraigado y fermentado durante años, que ahora me miraba sin piedad.
La granja que una vez fue mi refugio se convirtió en una celda. Las paredes que antes me cobijaban, ahora eran testigos mudos de mi condena, observando cada respiración temblorosa, cada latido que me recordaba que estaba sola.
Esperé a que cayera la noche. Mientras ella dormía la borrachera, empaqué lo indispensable. Tomé la bolsa que papá había escondido entre los animales, los ahorros destinados a mi universidad, y me escapé de ese infierno.
No sabía hacia dónde. No había plan, solo la certeza de que si me quedaba, no volvería a salir… o quizá algo peor me esperaba. Corrí por la oscuridad, como si el mismísimo infierno me persiguiera. Y quizá, de alguna manera, lo hacía.
Fue entonces que recordé una vieja promesa, un pacto silencioso entre papá y yo. Me recordé a mí misma que podía ser más fuerte.
Él siempre decía que mi alma estaba llena de luz, que nadie tenía derecho a apagarla. Me enseñó a confiar en mi propia fuerza, a protegerme incluso cuando todo parecía perdido.
Esa noche, le creí.
Pero incluso ahora, después de todo lo que viví… hay una pregunta que me quema más que cualquier recuerdo, más que cualquier cicatriz: ¿Qué fue lo que realmente le ocurrió a mi padre?