Prologo: Grietas en la Oscuridad
En las profundidades de la noche, donde la luz de la luna apenas rozaba la tierra, Nyx Valtheris se deslizaba entre los árboles viejos y retorcidos. Sus ojos, fijos en el suelo bajo sus pies, apenas lograban distinguir las sombras que se alargaban a su alrededor. En su pecho, el dolor se intensificaba con cada paso. La herida que la había dejado moribunda ya no era solo física; el peso de su raza, su historia y un agotamiento ancestral la aplastaban.
Era una de las últimas. Una de las cinco primeras vampiras que habían existido: “Los Eternos”. Y como tal, su existencia era un vestigio de un tiempo olvidado por los hombres. Un eco de la antigüedad, una criatura cuyas raíces se hundían en el pasado como las sombras que la rodeaban.
Las hojas crujían bajo sus botas mientras avanzaba más lentamente, cada paso una lucha contra el tiempo. Las ramas retorcidas de los árboles se alzaban como figuras espectrales, susurrando en la quietud de la noche. El aire estaba impregnado de una energía densa, como si el propio mundo estuviera a punto de desmoronarse. Como si la naturaleza misma fuera testigo de su agonía.
—El tiempo se ha agotado —murmuró Nyx, su voz quebrada pero resonante en la vastedad del bosque, como si los ecos de sus propias palabras fueran lo único que quedaba de su vida.
La Legión del Crepúsculo. Esos humanos imbuidos con poderes espirituales que han cazado a nuestra raza con la fuerza de un vendaval. Se servían del Éter para su propio beneficio, controlando a los espíritus y corrompiendo el equilibrio que alguna vez existió entre los humanos y las criaturas sobrenaturales. Pero incluso los espíritus, alguna vez aliados de la humanidad, ahora luchaban contra sus opresores, pidiendo ayuda desde las grietas del tiempo.
A medida que caminaba, las palabras de los antiguos pactos comenzaron a resonar en su mente. Los susurros de Los Guardianes Umbrales, guardianes que una vez mantuvieron la conexión entre los mundos, entre espíritus y humanos. Hablaban de conexiones perdidas, de secretos escondidos en las grietas de la oscuridad, esos puntos donde la realidad se desgarraba y los espíritus podían cruzar. Ahora solo quedaban fragmentos de esos pactos, desgarrados por el tiempo y la persecución.
El dolor en su costado se intensificó. Nyx se detuvo, apoyándose contra el tronco rugoso de un roble milenario. Su sangre, oscura como la tinta, goteaba entre sus dedos. Los cazadores habían estado más cerca de lo que pensaba. Sus flechas, bendecidas con agua consagrada y forjadas con plata del alba, habían encontrado su marca.
Recordó el momento del ataque. Había estado en su refugio ancestral, una cueva oculta entre las montañas del norte, cuando las llamas iluminaron el cielo nocturno. No habían venido solos. Traían consigo a la Sombra del Fénix, humanos que habían sacrificado su humanidad para obtener poderes sobrenaturales, capaces de rastrear la esencia del Éter que corría por las venas de los Eternos.
Sus hermanas. Los rostros de Seraphine, Lyralei, Morgana y Vespera se materializaron en su mente como fantasmas dolorosos. Habían caído una a una durante los últimos dos siglos. Seraphine, la mayor, con su cabello plateado y su risa cristalina, había sido la primera en sucumbir. La encontraron al amanecer, su cuerpo convertido en cenizas sobre las ruinas de una biblioteca que había protegido durante milenios.
Lyralei, la guerrera, había luchado hasta el final. Sus espadas gemelas, forjadas con Éter puro, habían segado las vidas de cien miembros de la Legión del Crepúsculo antes de que la luz del Sol Ardiente la consumiera. Morgana, la hechicera, había intentado abrir un portal al Reino de las Sombras, pero la traición de un Semi-Humano que confiaba en ella había sellado su destino. Y Vespera, la más joven, apenas quinientos años, había muerto en sus brazos durante el asedio de Umbraleth, su último refugio.
Nyx era la única que quedaba. La última guardiana de secretos que el mundo había olvidado, la única testigo de una era dorada donde la magia y la vida coexistían en armonía.
Un crujido de ramas la sacó de sus recuerdos. Los pasos eran múltiples, rítmicos, acercándose con la precisión militar que caracterizaba a la Legión del Crepúsculo. Sus voces susurrantes llegaron hasta ella como dagas heladas en el viento.
—Está cerca. Su esencia es más fuerte aquí.—Las runas de rastreo brillan como antorchas. No puede haber ido muy lejos, herida como está.—Cercad el perímetro. Si intenta escapar hacia el río, las ballestas estarán listas.
Nyx cerró los ojos, permitiendo que sus sentidos se extendieran más allá de lo físico. Podía sentir sus auras, manchadas por el poder robado que llevaban en sus venas. Doce miembros de la Legión, tres Semi-Humanos corrompidos, y algo más. Algo que hizo que su sangre se helara.
Un Parásito del Vacío.
Esas criaturas no nacían, se creaban. Humanos sometidos a rituales prohibidos que los convertían en parásitos del poder sobrenatural. Su mera presencia era una blasfemia contra el orden natural, capaces de drenar la esencia vital de cualquier ser mágico hasta dejarlo convertido en una cáscara vacía.
No había tiempo para estrategias elaboradas. Su herida se profundizaba, su fuerza menguaba, y los cazadores se acercaban como una tormenta inevitable.
Al final de ese oscuro sendero, algo apareció. A lo lejos, una grieta en el aire. Un vórtice de energía que desbordaba una sensación de infinito, como si el espacio mismo se estuviera desgarrando. La grieta del Éter. Había escuchado rumores de su existencia en los textos prohibidos de la Biblioteca de Seraphine. Un portal entre dimensiones, un puente hacia mundos donde las leyes de su realidad no aplicaban.
Era su única oportunidad de escapar. El único paso hacia otro mundo, uno donde la muerte no la alcanzaría... al menos, no tan pronto.
Mientras Nyx Valtheris se enfrentaba a su destino en el bosque, al otro lado de la grieta, en un mundo completamente distinto donde el tiempo y la realidad parecían torcerse en formas que desafiaban toda lógica conocida, una nueva historia estaba a punto de comenzar.
Luciel Gravemourn caminaba solo por las oscuras calles de la ciudad, sumido en sus pensamientos, como cada noche. La luz amarillenta de las farolas lanzaba sombras largas sobre el pavimento empedrado, y el aire frío de la madrugada calaba hasta los huesos. Nadie se acercaba, nadie lo miraba, y eso era lo que más le gustaba. La soledad era su única compañía, y a estas alturas, había aprendido a aceptarla.
A los doce años, su vida cambió por completo. La muerte de sus padres, una tragedia que nunca comprendió del todo, dejó un vacío tan profundo en su pecho que creía que nunca podría llenarlo. No había más familia, no había más hogar. Solo la fría indiferencia de la ciudad que lo acogió sin preguntar, pero también sin ofrecer consuelo. Le dieron un lugar, un trabajo, un propósito pequeño, pero siempre faltaba algo. Y Luciel sabía qué era: pertenecer.
Lo más desconcertante era que, a pesar de la gente que pasaba a su lado, Luciel se sentía invisible, como si no perteneciera a ese mundo. O tal vez, incapaz de pertenecer a algo. La gente vivía sus vidas como si estuvieran en un sueño al que él nunca podría acceder. A veces se preguntaba si estaba destinado a ser un espectro, caminando entre los vivos, sin ser parte de ellos.
¿Por qué siempre se sentía así? ¿Por qué esa constante sensación de insuficiencia, de invisibilidad, de ser nada más que una sombra?
Recordaba la mirada de su madre la última vez que la vio, antes de que los asesinos llegaran y arrebataran todo. Recuerdos borrosos de una familia que ya no existía, de una vida que nunca volvería. Aquella noche, la casa se llenó de caos y gritos, y Luciel fue testigo impotente de todo. Esa impotencia lo perseguiría siempre, un recuerdo inquebrantable, una herida que nunca cicatrizaría.
¿Por qué fue él el único que sobrevivió? ¿Por qué la vida continuó para él cuando se había llevado todo lo que amaba?
Los ecos de esa tragedia aún lo atormentaban en sus noches solitarias. Luciel había aprendido a silenciar esos pensamientos, a vivir con ellos, pero la tristeza nunca se iba. Era esa sombra pegajosa que nunca lo soltaba, siempre acechando, lista para arrastrarlo a su oscuro abrazo.
La soledad, la rabia, la desesperanza se entrelazaban en su pecho como un nudo imposible de deshacer. El mundo parecía seguir su curso sin detenerse por él. Nadie sabía lo que sentía. Nadie lo entendería. ¿Qué había de especial en su vida que valiera la pena contar? ¿Qué había de interesante en un hombre que había vivido toda su existencia como si fuera una simple estadística?
Si alguien le preguntara quién era, no tendría respuesta. La gente simplemente se iba y venía, sus rostros borrosos, sus voces como ecos vacíos en su mente.
Se detuvo frente a una de las muchas puertas de la ciudad, la entrada a un callejón oscuro que visitaba cuando no tenía otro lugar a donde ir. Era su refugio, su rincón solitario donde podía ser él mismo, o al menos intentarlo. Se apoyó contra la pared fría, mirando al vacío, sintiendo la humedad del aire y el peso de la noche sobre sus hombros.
—Solo quiero que esto termine —murmuró para sí, sin esperar respuesta.
El dolor nunca desaparecía, pero había aprendido a vivir con él, a cargarlo como una sombra que lo acompañaba a todas partes. Quizás la única forma de escapar era dejar que la oscuridad lo envolviera por completo, como un último descanso, un último alivio de una vida que nunca supo cómo vivir.
Y entonces, justo cuando parecía que nada podía cambiar, la grieta apareció.
Como un portal abierto por el destino mismo, la fisura en el aire se manifestó con un resplandor que hizo temblar la realidad circundante. Era enorme, su energía fluctuaba como un corazón cósmico latiendo, como si todo el espacio a su alrededor estuviera a punto de colapsar bajo el peso de mundos convergentes.
De repente, algo—alguien—atravesó la luz, desbordando la oscuridad que lo rodeaba.
Luciel observó la grieta, y por un momento, el aire alrededor tembló. El tiempo pareció detenerse, suspendiéndose en un instante eterno donde lo imposible se volvía tangible. Algo estaba por cruzar, algo que cambiaría todo.
Era una mujer.
La figura descendió lentamente desde el borde de la grieta, envuelta en una neblina que parecía tejida de sueños y pesadillas. Luciel pudo ver su rostro, y lo que vio lo dejó sin aliento. Tenía la piel pálida como la luna en su cénit, tan suave que parecía reflejar la luz de estrellas ausentes. Su cabello largo y oscuro caía como una cascada de sombras líquidas, contrastando con la blancura etérea de su rostro.
Sus ojos, al principio cerrados, comenzaron a abrirse lentamente, revelando un brillo indescriptible. Como las estrellas más lejanas del cielo, esas que ni los humanos pueden ver, pero que los dioses conocen. Había algo tan etéreo en su belleza, tan inalcanzable, que Luciel no podía apartar la mirada. Era como si el universo mismo hubiera dado forma a su ser, tallada con una perfección que desbordaba lo humano.
Ella irradiaba una presencia... antigua. Tan antigua como el tiempo mismo. En sus ojos había una tristeza infinita, un dolor que hablaba de siglos de existencia, pero también una fuerza que trascendía todo lo que Luciel había conocido.
Cuando sus pies tocaron el suelo, la mujer se tambaleó hacia adelante, debilitada, como si la grieta misma le hubiera cobrado un precio terrible. Luciel, sin pensarlo, corrió hacia ella, el corazón latiendo con fuerza. Al acercarse, una extraña sensación recorrió su cuerpo, como si la realidad misma se hubiera distorsionado a su alrededor.
Ella levantó la cabeza, y aunque su rostro reflejaba el agotamiento de un ser al borde de la muerte, su mirada era intensa y profunda.
—¿Quién eres? —preguntó Luciel con voz temblorosa.
La mujer suspiró, y una sonrisa triste curvó sus labios. Su voz, cuando finalmente habló, era como el eco de melodías olvidadas, cargada de siglos de soledad y pérdida.
—Mi nombre es Nyx Valtheris.
Y con esas palabras, el destino de ambos mundos comenzó a entrelazarse, como hilos de seda tejidos por manos invisibles en el telar del tiempo.


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Me parece un muy buen prólogo, y lo aprovechas para introducir a ambos personajes. Además me gusta como se narra.
¡Sigue adelante! :D
Muy buena introducción de la historia y sus personajes. Te felicito!!