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Silencio bajo tierra

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Sinopsis

¿Qué pasa cuando un día despiertas en tu propia tumba pero el problema es que no estás muerta y sigues viva bajo tierra? Si no sabes quién fuiste una vez, quién eres y lo único que conoces y tienes son cuatro paredes que se van haciendo cada vez más pequeñas y un extraño mechero.

Genero:
Thriller/Drama
Autor/a:
Mary
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

Silencio bajo tierra




Respira, por favor, respira,

1, 2, 3, inspira,

1, 2, 3, expira,

suelta aire,

respira,

oxígeno.


Me ahogaba, el agua inundaba mis pulmones, sentía cada gota en ellos, abría la boca pero no conseguía coger aire.

Me asfixiaba, poco a poco me moría.


No podía morir, tenía que despertar de esta pesadilla.


Expulsa el agua.


Esta se movía en mi interior, pero detuve su movimiento, expúlsala, sentí el agua subir por mi garganta, ardía, dolía.

El agua estancada en mi ser salió por mi boca y respiré.


Hinché mis pulmones de aire y tosí, expulsando toda el agua.

Estaba cansada, me dolía todo el cuerpo. Me había empapado la cara, sentía todo mojado pero no veía nada, estaba oscuro.


¿Dónde estaba? ¿Por qué?


Mi cuerpo estaba boca arriba, sobre una superficie dura, áspera.

Al no poder ver nada tuve que centrarme en mis otros sentidos.

Olía a muerto, era desagradable pero soportable.

Sentía la humedad en el entorno pero dentro hacía calor.


Palpé a mi alrededor intentando encontrar la pared o algo. La encontré a escasos centímetros de mí, demasiado estrecha de ancho, mis pies tocaron la pared más cercana, de largo no estaba segura si llegaba al metro setenta.


Encontré algo en ese extraño cubículo, justo a mi lado derecho, palpé, y toqué algo frío , metálico, parecía un mechero. Las manos me temblaban pero no dudé un segundo en encenderlo.


La llama se hizo presente, iluminando mi horrible alrededor.


Ojalá nunca lo hubiera encendido, hay veces que es mejor vivir en la ignorancia.


Aquello era más que una simple pesadilla, empecé a hiperventilar, volvía a no tener aire.

La luz mostró lo escondido pero no desenterró lo enterrado.

Alguien había cavado mi propia tumba y yo me encontraba en su interior.


No respiraba pero gritaba, aquello era claustrofóbico, sentía como si el ataúd se iba haciendo cada vez más pequeño e iba comprimiendo todos mis órganos.


Pateé y arañé, grité hasta desgarrar mis cuerdas vocales. Varias de mis uñas se habían  quebrado de tanto arañar y las gotas de sangre se escurrían por el borde de mis dedos.


Las lágrimas recorrían mis mejillas, sin que nada lo impidiese, me sentía atada y amordazada, impotente.


¿A cuántos metros bajo tierra me encontraba?


Los suficientes para que nadie escuchara mis gritos de auxilio.


Intenté calmarme un poco, controlar mi respiración. Había apagado el mechero hace ya rato pués tenía que ahorrar el oxígeno.


No tenía tiempo para llorar, tenía que salir de ahí , lo iba a conseguir. No sé como pero lo haría.


De repente me dí cuenta que mi mente estaba completamente vacía. No había  nada, solo miedo, angustia y terror.

¿Cómo iba a salir de ahí si no recordaba nada que me hiciera querer seguir viviendo?

¿Quienes eran mis padres?

¿Quién era yo?


Alguien me había enterrado viva y me había borrado todo recuerdo posible.

Tal vez me habían dado un golpe en la cabeza y por eso no recordaba nada.


Encendí el mechero otra vez, ya desesperada para buscar algo que pudiera ayudarme a salir del ataúd.


De lo estrecho que era no podía ni girarme, moví la cabeza a los dos lados para ver la parte en la que residían mis piernas pero tampoco  había nada.


Estaba completamente sola.


Tiempo indefinido más tarde.

Me había quedado afónica de tanto gritar, las yemas de mis dedos habían empezado a despellejarse y mis nudillos estaban ensangrentados de los golpes que el ataúd de madera había recibido pero eso no produjo ni una sola grieta.


No sabía el tiempo que había pasado desde que desperté. Podrían haber sido minutos u horas.


Mi esperanza iba disminuyendo a gran rapidez.

Aunque consiguiera vivir el tiempo suficiente sin agotar el oxígeno para abrir el ataúd, no sabía que cantidad de tierra  tenía encima. Me caería  encima y llegaría un momento en el que mis vías respiratorias se obstruirían  por la densa y pesada tierra.


Cuando se te empieza a acabar el oxígeno hay un momento donde la pesadilla de la situación puede llegar a convertirse en un bonito sueño.

A medida que el dióxido de carbono se acumula, me empezaran a pesar los párpados hasta que finalmente entraré en un trance que se conoce como coma antes de que mi corazón se detenga y posteriormente mi cerebro, lo que me llevaría a una muerte inmediata.


No tenía escapatoria alguna


No me acordaba de nadie ni de prácticamente nada de mi vida, no sabía si tenía familia, amigos que les importara lo suficiente como para buscarme, o tal vez mi enterrador les había dicho que yo estaba muerta o simplemente podría ser que no tuviera a nadie que le importara lo más mínimo.

Otra posibilidad era que hubiera sido un error médico o algo así.


Por otro lado, no sabía donde estaba enterrada. Podría estar perfectamente en cualquier parte con un poco de tierra profunda o tal vez estaba en un cementerio y encima tenía un lápida con mi nombre grabado en ella, con flores a los lados, si es que tenía familia.


Pero nada de esto respondía una de las tantas preguntas que se iban acumulando en el fondo de mi ser.


¿Por qué tenía agua en mis pulmones cuando desperté?

¿Por qué me estaba muriendo antes siquiera de despertar en el sitio que me llevaría a otra muerte?

Me desperté con los pulmones encharcados ¿pero qué hacía ese agua ahí?


Sentí las lágrimas resbalar por mis mejillas, no iba a salir de ahí, estaba sola en mi propia miseria, sabía que no me quedaba mucho tiempo de vida, que me había rendido muy pronto pero estaba agotada, afónica, dolorida,  y algunos de mis dedos rotos de golpear mi ataúd.


Así que lloré hasta quedar seca, lloré  por no poder acordarme de que una vez viví, lloré, porque solo recordaría lo que sufrí en esa tumba, nada más tenía mi mente, lloré al imaginar todas aquellas cosas que nunca podré hacer, por las cosas que una vez soñé poder cumplir pero ahora sabemos que solo se quedarán en sueños, que  se esfumarán y nadie sabrá nunca de su existencia.

Lloré en el hombro de mi soledad y me acurruqué esperando que al menos ella me consolara.

Lo que daría por sentirme viva de nuevo, lo que daría por volver a sentir el aire fresco mover mi pelo, sentir el sol bronceando mi piel  y la arena de la playa bajo mis pies.


Fue entonces cuando recordé algo, una conversación.


Me encontraba en una bonita casa de dos pisos, pintada de blanco, con una preciosa valla azul que brillaba, aunque el jardín  estaba bastante descuidado.


 No era cualquier casa.


Era la mía o al menos lo fue.


En la cocina se encontraba una mujer.


Mi madre.

Aquello era un recuerdo, porque me veía a mi misma entrar en la habitación, llevaba el pelo suelto y vestía pantalones vaqueros acampanados que combinaban muy bien con un precioso jersey verde de manga larga, mi cuello estaba decorado de varios colgantes de distintos tamaños y formas al igual que mis muñecas de pulseras. Era la misma ropa que llevaba ahora a excepción de las joyas pero esta está agujereada y empapada.


¿Qué me pasó?


Justo en la mano llevaba un mechero, el mismo que tenía ahora en la tumba. Un paquete de cigarros sobresalía de mi bolsillo trasero, pero esos no los tenía.

-¿Has escuchado las noticias?- preguntó la mujer más mayor.

Mi yo de entonces, negó, mientras se llevaba un cigarro a la boca y lo encendía.


-Una chica del barrio de al lado lleva desaparecida desde ayer. Sophie Lagos creo recordar que se llamaba.- la mujer empezó a divagar consigo misma.

Su hija expulsó el humo hacía arriba, como si le importara poco el comentario de su madre, de igual forma asintió.


-Bueno yo me voy a dar un paseo y luego al curro. Nos vemos.- hizo un asentimiento de despedida.

-¡Ten cuidado!- pero ella ya había salido por la puerta principal.


Desperté agitada, me había quedado dormida mientras lloraba.

Sentí el oxígeno entrar en mis pulmones.


¿Acaso eso era posible? Creo que me estaba volviendo loca.


Seguía en la tumba.


Tenía una madre, ese fue el último día que la ví y ni siquiera me despedí como se debía.

¿Qué pasó después?

Me aferré a mi mechero, lo único que me recordaba que aquello era real.


Entonces lo escuché.

¿Eran pasos ese sonido? Sí, si lo eran y muy cerca de mí.


No tenía que estar muy profundo.

La esperanza volvió a mí. Grité, grité con todas las fuerzas que me quedaban, aunque me doliera horrores la garganta y todo el cuerpo, pataleé y arañé.

“Estoy viva” “Estoy aquí” - repetía como loca.


Hice todo el ruido posible.

No moriría ahora, no moriría ahora que estaba a nada de volver a poder respirar aire puro.

Le gritaría al cielo ¡Estoy viva! se lo contaría a los cuatro vientos y a la luna si era necesario.


Escuché algo justo encima mia, me contestaron, no sé quien era pero me había escuchado.

Lo sabía.


Lloré pero esta vez de felicidad, de alivio.

Agradecería la vida. Volvería con mi madre.

Todo terminaría.

La pesadilla acabaría y despertaría.

Se había acabado.


Algo chocó encima de las tablas de madera que me aprisionaban.  Me cayó un poco de tierra en la cara antes de que se abriera mi tumba.


Me tendieron una mano y cerré los ojos al sentir el sol y la brisa acariciar mi cara.


Estaba fuera. Incluso me pareció ver reflejos de un  arcoiris.


Un campo verde me rodeaba. Me tumbé en él, sentí su frescor por todo el cuerpo, reí y lloré de alegría. Esta vez abracé la hierba en vez de la soledad.


Observe a mi salvador.

Era una chica más joven que yo, de cabellos negros que no llegaban ni a los hombros ,sus ojos azules encajaban con su hermoso vestido campesino del mismo color que sus ojos.


Sujetaba una pala llena de tierra al igual que su vestido. Su frente estaba sudada y unas grandes ojeras rodeaban sus ojos, respiraba agitadamente, y pese a su cara demacrada tenía una expresión de alivio. Me acerqué a darle las gracias por salvarme. La abracé, la sentí.


Ella me había sacado de ese infierno y ahora yo le debía la vida.

Pero las preguntas que tenía no podían esperar.


-¿Y mi madre? Necesito decirle que estoy bien.- Tenía mis manos enlazadas con las de ella. -Necesito decirle que estoy viva.- Apreté el agarre. Su rostro se tornó en completa preocupación.


Miré a mi alrededor, el campo, la ladera, yo recordaba ese sitio,  ya había estado ahí.


El cielo cada vez se engrisecia más y empezaron a caer las primeras gotas.


Venía aquí cuando quería relajarme y alejarme del mundo.

Mi casa quedaba cerca. Solía llegar a través de un camino de tierra amarillenta.

Miré a mi izquierda. A lo lejos seguía estando ese camino,  y al final del mismo, estaría mi casa.


Me volví para mirar a la chica, estaba confusa, ella no dijo nada más y salí corriendo en busca de mi hogar.


Me dolían las piernas, pero no me detuve, tenía que verla, corrí a través del camino de tierra ahora empapada, corrí hasta que mis zapatos se terminaron de desgastar.


Justo me di cuenta de que mi ropa chorreaba pero no sentía ni el frío ni la lluvia caer en mí.


Solo me detuve cuando el camino se terminó  y comenzaba un puente hecho de granito con vallas de madera.


El ruido del río era lo último que yo recordaba antes de que todo se volviera negro y despertara en esa tumba.


¿Qué pasó ahí? ¿Qué me hicieron?


Me acerqué al puente, las vallas estaban astilladas, las recorrí con mis dedos ensangrentados. No podía sentir nada y a la vez todo.


Percibí  algo detrás mía, una corriente, allí estaba la chica de vestido azul, me había seguido.


-¿Qué pasó?- pregunté. Ella se acercó lentamente a la barandilla justo a mi lado.

Sabía las respuestas.


-No hiciste nada malo.- comenzó.-Simplemente saliste a dar un paseo pero paraste aquí unos segundos. No deberías haberte parado, no deberías haber hablado con ellos.- me miró, estaba seria, muy seria, pero sus ojos estaban cristalizados o tal vez era la lluvia que nos estaba empapando a las dos.


-¿Quienes?- cada vez me dolía más la cabeza. Ella volvió a perder la mirada en el río.


-Se te acercaron como cazadores acechando a su próxima presa . En unos segundos te habían quitado todo objeto  de valor que pudieras tener.- me llevé la mano al cuello donde una vez estuvieron mis colgantes.


-Intentaste defenderte pero eran cinco y no les bastaba con robarte.- su rostro se oscureció, como si estuviera asqueada.

-Te tiraron por el puente y te golpeaste la cabeza con aquella piedra.- señaló hacia una gran piedra en  medio del río, en la que aún se notaban pequeñas manchas de sangre que el agua no había podido borrar.

-Quedaste inconsciente. Ellos te sacaron y te enterraron pensando que estabas muerta, pero no lo estabas.


Pude recordarlo todo, como me robaban y luego tiraban mi cuerpo como si de basura se tratase, sin ningún remordimiento. Sentí el golpe y la sangre flotando en el río.


Volvía a sentir el frío cuando me sacaron del agua para que todo se volviera oscuridad una vez estaba bajo tierra, pero volví a la vida.


-No puedes volver con tu madre.- su voz me sacó de mis pensamientos. El vestido azul que llevaba estaba empapado.


-¿Por qué no?- me agarró de las manos y aparecimos otra vez en el descampado junto a mi tumba.


¿Cómo es que estábamos ahí?

¿Y el puente?


-Dafne- ese era mi nombre.


Mi nombre.


-A la horas de despertar, se te acabó el oxígeno.-


No

No


-Moriste en la tumba. No podía sacarte hasta que no murieras.-


Me separé de ella, me costaba respirar, no escuchaba bien.


Yo estaba viva.

Viva

Había conseguido salir.


Me llevé la mano a mi pecho intentando escuchar mi corazón pero no sentía nada, ni un solo latido.


La chica me miraba con pena.


En la tumba no me había dormido un segundo, me había muerto para siempre. Mientras recordaba, me morí. Y no lo había sentido, tal y como había predecido.


Justo después me sacó ella.


Temblé mientras miraba mi propia tumba abierta. Me horrorizó lo que ví, caí al suelo llorando destrozada.

No volvería a ver a mi madre.

No volvería a casa.


Me dí cuenta que lo supe desde el principio, pero me negué a creerlo.


En la tumba estaba mi cuerpo, sin vida, demacrado, pudriéndose poco a poco, perdiendo su color, mis dedos destrozados con sangre seca de arañar,


-Si yo estoy muerta. ¿Quién eres tú?- mi voz temblaba.


La chica de cabellos negros sonrió.


-Sophie Lagos.- Su bonito vestido azul ahora tenía sangre en el pecho.

Un tiro.

-Bienvenida a la otra vida.-


FIN

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Impactante

Bien escrito

2

Bien escrito

Trama absorbente

3

Trama absorbente

Buenos personajes

1

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

author

Me gusto bastante, espero tu siguiente historia.

2 años
2
author

Definitivamente una historia que te deja con el suspense hasta el final, me encanta tu forma de escribir

un año
1

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