El café
Eran por vuelta de las cuatro y media de la tarde de un jueves muy soleado de invierno, ya era una de las últimas puestas del año que se estaba acabando, las fiestas de sembrina adornaban ya las calles, cuando Mariana Andrade salió por las puertas de cristal de una cafetería situada en el centro histórico de la ciudad de México. Llevaba consigo un vaso de café genérico con tapa y una cinta de cartón en medio que impedía que se quemara, no era nada especial, sin embargo, lo era. No tan sólo por su contenido, sino porque el recipiente, a pesar de no poder comunicarse, tenía un ligero grado de conciencia. Era un vaso de café que deseaba servir de buena forma las dos tareas para las que estaba hecho, transportar el café y que bebieran de él.
En su interior transportaba un café doble americano hecho de una mezcla con granos importados de café brasileño, el único que le faltaba por probar a Mariana. Ella lo llevaba por las calles gustosa, disfrutando de los aromas provenientes del vaso, mismo que desprendía un rico perfume en humo con mucho cuerpo por sus notas tostadas, bien tostadas.
Mariana se había hecho experta en café gracias a uno de sus trabajos temporales durante el último año de su licenciatura en mercadotecnia. Ella trabajaba en una de esas grandes franquicias extranjeras recién introducidas en la ciudad, ya saben cuál, la de una sirena con un sobreprecio que Mariana, pese a poderlo pagar, no lo hacía por creer que le sacaba mejor el provecho a lugares exóticos, más de nicho, como el lugar del que salió.
Mariana apenas iba a darle el primer trago, el vaso lo venía esperando, estaba ansioso por que bebieran de él, pero ella no lo había hecho puesto a que su contenido aún le resultaba muy caliente, cuando de pronto y sin aviso previo o algo que la alertara, el zafarrancho se devino en frente suya.
Ella caminaba sobre las banquetas del eje central, cuando desde el tráfico de esta avenida, uno de los peseros fue obligado a orillarse por otro pesero, uno blanco. Mariana junto a su café mágico, no supieron cómo reaccionar. Mariana se hizo para atrás volviéndose una espectadora más, mientras que el vaso, simplemente intentaba no derramar gota alguna ni hacer burbujas calientes que salieran por la boquilla y que quemaran a su dueña, expulsando con mucha sutileza el hirviente aire que hacía presión en su interior. El vaso lo consiguió con éxito, pese a que Mariana apretaba el vaso.
El hombre que conducía el pesero blanco de manera agresiva y que orilló al otro, uno verde con blanco, se bajó junto con dos señoras que eran parientes. El hombre anunciaba sus intenciones golpeando la lámina verde con blanco. El grotesco chofer vestía una playera blanca casi amarilla y semi transparente que lo hacía ver aún más gordo y mucho más tosco de lo que en realidad era, tenía un pantalón negro de vestir y unos mocacines de piel brillantes que parecían rígidos, muy rígidos e incómodos. Sus acompañantes eran dos señoras jóvenes y muy también muy agresivas. Ellas vestían licras de colores chirriantes, una de color rosa y la otra de un azul turqueza. De la parte de arriba, la del mallón rosa-eléctrico, vestía una chamarra brillante con dos líneas blancas que hacían juego con su mallón de la marca Dadidas. La otra, simplemente una camisa negra unos dos números más holgada y que traía fajada por dentro del mallón, además de unos tenis de la marca Loverse´s. Gracias a su notable sobrepeso, ella se asemejaba a un toro.
El hombre empezó a gritarle al chofer del otro pesero todo tipo de majaderías e insultos amenazantes. Era tan solo un pobre chico de 27 años, flaco, de camisa polo azul como de uniforme quien iba acompañado de su mujer y su hijo de 7 años, su señora, era una joven un poco más robusta que él, y el niño, pues bueno, un niño de 7 años. Al niño, un señor desconocido lo sostuvo en todo momento apartándolo del conflicto.
El joven piloto del pesero trataba de calmar al hombre que furioso lo intentaba sacar de sus casillas. El se mantuvo estoico ya que lo doblaba en casi todo, peso, estatura, fuerza. El chico le trataba de explicar, guardando la distancia sentado en su lugar de trabajo, que si se le había cerrado había sido por accidente, que simplemente no se fijó. Esto mientras el otro, el animal que parecía persona, le escupía al interior del camión. Esto provocó también al chico que hacía de todo para mantenerse calmo.
Todo fue muy rápido.
El de camisa blanca se metió y comenzó a encarar al pobre joven, que seguía sentado intentando ignorarlo mientras los pasajeros, desde lejos, lanzaban palabras para tranquilizar el ambiente. De pronto se dijeron de todo entre ellos, sólo se escuchó un “A ver si muchos huevos” de parte del joven de camisa azul, eso bastó para que el de camisa blanca se le fuera a los golpes al de camisa azul.
Un policía que se encontraba al otro lado de la calle, fumando un cigarrillo tranquilamente, tan solo distinguió un embotellamiento y uno de los camiones moverse como en las caricaturas, de un lado para el otro. Mariana, que no sabía qué hacer o cómo reaccionar hacía de todas las señas posibles al policía para que atendieran la emergencia cívica, ella fue ignorada. El policía, se mantenía fumando su cigarro y avanzando tranquilo al embrollo.
Mariana descuidó la vista un segundo, y una multitud empezó a llenar el espacio que tenía alrededor de la banqueta. Tan solo pudo escuchar un «Tú por qué te metes pinche vieja pitera, ¿también quieres?» Proveniente de la mujer-toro y cuando volvió la vista al camión vió como esta señora se subió junto con la otra directo a golpear a la señora del chofer agredido que se defendía con patadas y golpes inútiles.
Cuando la policía se pudo dar cuenta de todo y trató de actuar, ya era tarde —aunque tampoco nadie podía, ni quería, hacer nada, incluyendo a Mariana.
El hombre y su violenta plebe se bajaron, caminaron hasta su unidad e intentaron irse, la gente le pedía al policía que hiciera su jale. El poli dió alcance al camión blanco y se subió a la unidad de los violentos ya en marcha, los detuvo. Todo pasó a los ojos Mariana y compañía, todos vieron cómo, de pronto, el policía los dejaba irse, con una bebida en mano y metiéndose un neza en la bolsa, mientras daba un cale a su delicado.
Mariana no supo en qué momento el chico golpeado se bajó, esperanzado y envalentonado porque la policía hiciera algo, pero tan solo se quedó allí pasmado con la cara hinchada, el labio roto, y el ojo inflamado de un lado, enmudecido y lleno de una cólera no resuelta que su hijo entre lágrimas también la sentía, viendo como el otro chofer se largaba impune.
Era de no creérsela. Su mujer, entre reclamos al policía también bajó, la habían azotado las dos señoras, jalandola de las greñas, contra el tubo de la unidad.
«Puto perro para eso me gustabas… un pinche chesco… qué barato me saliste cabrón…»
Mariana se fue, no quiso saber nada más.
La joven estaba tan sorprendida que simplemente caminó, incluso sus pasos parecían violentos. Mariana aún no le daba sorbo alguno al café y ya tenía taquicardia. Cruzó la calle. Se subió a una de las combis que la dejaban en Salto del Agua, a donde ella iba. La combi avanzó y a tan solo a diez metros del suceso anterior, un frenón abrupto y el sonido de la lámina de la combi le avisaron que, efectivamente, chocaron.
El café olímpicamente trató de derramar ni una sola gota de su contenido que aún reservaba virgen en su interior. Tampoco el golpe fue duro, simplemente había sido kiko al costado de la defensa delantera, que eso sí, se la desencajó dejando a la combi toda chueca del frente.
Mariana no se la podía creer, simplemente no cabía en su cabeza todo lo que estaba pasando. El conductor aceleró, aceleró fuerte dando alcance al chofer del sedán, que se intentaba dar a la fuga y que no se había fijado en el alto, y mientras el chofer de la combi le reclamaba al del sedán para orillarse, se dió un incidente más.
Se había llevado por el otro costado, en una imprudencia del chofer por las quejas, a un peatón en bici. Una de las personas pasajeras, en tono sarcástico dijo «Yyyyy, se llevó al de la bici» El chofer se detuvo y haciendo caso omiso del otro accidente se bajó a encarar al del sedán.
Los pasajeros abrieron por su cuenta la puerta, uno salió en auxilio del señor que simplemente estaba echando madres por la boca y diciendo desde el suelo «Pinche pendejo…» a un chofer que ya no estaba.
El de la bici se logró incorporar cojeando con evidentes señas de dolor, Mariana simplemente se bajó, primero le ofreció un trago de café al señor atropellado, pero le contestó irritado: «Déjame tranquilo hombre…» Y este se puso a tratar de desatorar su bicicleta color pistache atorada en la rueda del vehículo de pasajeros. Mariana pensó en caminar hasta el metro más cercano.
Había dejado atrás los conflictos y caminaba con miedo de que algo le fuera a pasar, había sido un día muy violento ya. Sin embargo, nada más sucedió hasta que llegó a la taquilla del metro San Juan de Letrán, donde, para buscar su tarjeta del metro dejó su café encima de uno de los teléfonos públicos que llevaban un tiempo sin funcionar.
Mariana buscaba su tarjeta de recargas y la encontró en lo más profundo de su bolso, una tarjeta naranja con una imágen del metro y el ángel de la independencia. Mariana avanzó y entró a la línea del metro verde dejando su café encima del teléfono público.
El pobre café lo vio todo, vio como Mariana sacaba las llaves, su teléfono celular Samsung Galaxy 3, su cartera roja, fue espectador incluso de cómo volvía a dejarlo todo dentro de su bolso, fue testigo del momento en que atravesó el torniquete de ingreso, y el cómo se confundía entre la gente. Él simplemente se mantenía con la inmovilidad de los objetos, allí, posando en el teléfono con la imagen de un perrito sonriente. Él creía, mantenía la fe en que iba a volver Mariana por él, él lo creía muy fielmente, incluso mantuvo la temperatura del café en una tibia y bebible durante las horas que estuvo allí esperando, creía que por lo vivido juntos, ella iba a regresar. Mariana no lo hizo.
Eran las nueve y media de la noche cuando una señora de vestimenta naranja pasó la escoba de palitos de madera y el recogedor, levantando toda la basura que había acumulado. Al principió no notó al café, sin embargo, eventualmente lo hizo, lo tomó, sintió que aún estaba caliente, lo que no sabía es que era nuevo.
A la señora no le importó, lo tiró con toda la demás basura.