Prólogo
NOAH
Siempre supe que esto terminaría así.
Parece que a todos nos reparten unas cartas al nacer. O tienes suerte, o estás jodido para siempre. No importa lo que haga ni lo positivo que sea, siempre me toca la mala suerte. Siento que el universo me castigó desde el principio.
Pero está bien. Nunca fui de los que se andan con autocompasión. Algunos no nacimos para ser felices ni para tener vidas normales y aburridas. Hay momentos que te dejan una marca y te cambian para siempre.
¿Qué momento marcó mi vida? ¿Fue aquella vez que oí a mis padres pelear por accidente? En ese entonces vivíamos en una casa grande con piscina. Mi papá la compró cuando entró a un equipo importante de la NFL. Me desperté a media noche por alguna razón y pasé frente a su habitación. Esquivé la tabla del suelo que crujía y me quedé en las sombras. Era demasiado joven y curioso como para no meterme en lo que no me importaba.
¿O fue cuando murió mi padre? Millones de personas vieron por televisión cómo el quarterback se desplomaba en el partido del lunes. No volvió a levantarse jamás.
Quizás fue cuando mi madre empezó a beber tras enviudar a los veintiocho años. O cuando empezó a tomar esas pastillas que nunca necesitó de verdad.
¿Fue cuando nos mudamos al Medio Oeste para vivir con mis abuelos? ¿O cuando me escapé de su casa al cumplir diecisiete y terminé en Cincinnati, Ohio?
La lista sigue y estoy convencido de que no habría podido evitar este preciso instante. Era inevitable. Tengo veintidós años y estoy sentado en la parte trasera de una patrulla con las manos manchadas de sangre. No tengo un hogar a donde ir ni a quién pedir ayuda.
Me encorvo y apoyo la mejilla contra la ventana fría. Mi piel está caliente y disfruta el contacto con el cristal. La oscuridad de la medianoche se mezcla con las luces brillantes del centro. Las luces iluminan mi cara y me pregunto: ¿cómo terminará todo esto?
Tras las rejas, seguramente. ¿Me darán una paliza? Es posible. ¿Me violarán? Con mi aspecto, lo más probable es que sí.
¿Muerto?
Tal vez eso no sea tan malo después de todo. Yo no soy el tipo de hombre que tiene un final feliz. No, mi alma está hecha jirones. Está rota. Pienso en lo que pasó hace una semana, cuando estaba frente a ese cadáver pálido y azulado. Entonces me doy cuenta de lo insignificante que ha sido mi vida. De lo patética que es. Espero que nadie recuerde mi triste vida cuando todo acabe.