Claws: Una historia de una Werewolf Rogue

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Sinopsis

+18 con escenas 🌶️. Soy una rogue, pero no solo una rogue, sino una bailarina exótica, o sea, una stripper, y bailo en un club nocturno frecuentado por hombres lobo llamado “Claws”. Los humanos piensan que significa “uñas largas” o que somos “guerreras” porque somos strippers, por supuesto, qué fastidio. Los lobos saben lo que significa. Ya estamos degradadas por ser rogues, así que bien podríamos ser strippers también. El turno transcurría con normalidad hasta que él entró... El olor. La conexión. El... Vínculo. Mate. Hice lo mejor que pude en la vida; entre hogares de acogida para lobos y adopciones fallidas, aprendí a vivir con las decepciones de la vida, pero... no esperaba encontrar a mi fated mate.

Estado:
Completado
Capítulos:
31
Rating
4.8 90 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1:

Becca Williams:

Era niña otra vez. Estaba sentada en una silla tapizada en terciopelo rojo dentro de una habitación con paredes de roble. El cuarto estaba rodeado de tapices de terciopelo rojo y dorado que adornaban la parte superior de las ventanas, y había estatuas de lobos talladas en oro. Mis deditos recorrían la cara de una de las estatuas. Tocaba su hocico dorado y sentía el metal frío contra las yemas de mis dedos.

La luz del sol proyectaba sombras en la habitación. Se veía un escritorio lleno de papeles y estantes de madera repletos de libros encuadernados en cuero.

—¡Becca! —resonó una voz profunda.

Me giré al instante para mirar al dueño de esa voz. Era un hombre alto, de piel bronceada y un poco arrugada, con ojos de un azul tan brillante como el océano. Sus labios se curvaron al verme. Se notaba que quería sonreír, aunque intentaba mantenerse serio en ese momento.

—¿Qué te he dicho sobre tocar nuestras reliquias antiguas? —preguntó.

Me hundí más en el asiento. Sabía que estaba enojado porque estaba tocando la estatua, y más por hacerlo sin cuidado. Debí ser más precavida. Sé que es sagrada y que puede caerse de la mesa y abollarse fácilmente.

Asentí con la cabeza para demostrar que entendía.

Su voz se suavizó al acercarse y la tensión de su cara desapareció un poco. Sentó su cuerpo robusto en la silla frente a mí.

—Está bien, cariño —me consoló. Me dio un beso en la coronilla y yo sonreí con alegría.

De pronto, se escucharon ruidos fuertes y pasos apresurados detrás de la puerta.

Miré al hombre y vi que sus ojos se abrieron de par en par. Se quedó tieso, como si algo le estuviera avisando de un peligro. Su mirada se quedó clavada en la estantería, como si estuviera viendo algo en el vacío.

Se dio la vuelta rápido y corrió hacia los cajones del escritorio de caoba. Empezó a hurgar en ellos a toda prisa.

Sacó la mano de los cajones sujetando una bolsa con fuerza y volvió corriendo hacia mí. Abrió el saco marrón rápidamente. Pasó los dedos por el contenido y esparció un polvo desconocido sobre mi cabello y mi ropa. Luego puso la bolsa en mis manos y las apretó con las suyas.

—Toma esto —dijo apurado. Me puso de pie y me llevó rápido hacia la puerta.

Levantó la nariz para olfatear un olor extraño. Yo también lo sentí.

Me cargó en brazos y nos llevó hacia la estantería. —Todo estará bien, cielo —susurró en voz baja.

Yo sabía que no era cierto, pero por alguna razón le creí.

Se escuchó un clic en la estantería y se abrió un pasadizo secreto. Él me bajó al suelo.

—Te amo, cariño. No hagas ruido. Quédate escondida. Papi te quiere, Becca.

—Pero papi... —susurré con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas.

Sabía que lo que estaba pasando me arruinaría la vida. Sabía que mi padre estaba en problemas. Por los gritos que se oían a lo lejos, supe que no volvería a verlo.

—Por favor, hazle caso a papi, Becca —susurró antes de cerrar la puerta. Me quedé rodeada de oscuridad.

Lo último que vi fue la tristeza profunda en sus ojos, y bajo esa tristeza, también había miedo.

Yo también tenía miedo por lo que vendría. Pero recordé sus palabras, que se repetían en mi cabeza mientras estaba sentada en silencio, apretando el saquito en mi mano. Te amo, cariño. No hagas ruido. Quédate escondida. Papi te quiere, Becca.

Sentí que el terror me atrapaba. Escuché gritos que helaban la sangre y sentí el olor a fuego quemándolo todo a mi alrededor.

Se sentía tan real.

Hasta que desperté.

Me pasa casi todas las noches. Unas dos veces por semana sufro el mismo sueño constante, o más bien, una pesadilla.

Tengo cinco años y estoy en una habitación elegante con un hombre que dice ser mi padre. Todo es bonito hasta que él se queda callado y mira a la nada, como si hablara con voces en su cabeza, y se entera de que viene el peligro. Luego me echa ese polvo —digamos que es polvo de hadas, porque suena muy fantasioso— y me dice que me esconda y no haga ruido. Me dice que me ama y que todo saldrá bien. Me quedo a oscuras en un compartimento escondido mientras escucho gritos por todas partes. Sé que hay una batalla, huelo el fuego y oigo el sufrimiento de la gente. Y entonces despierto.

Las imágenes se borran de mi mente. Me quedo dudando si el sueño fue algo que pasó de verdad.

Es que... se siente tan real. Siento que es parte de mi pasado, un recuerdo que decidí olvidar.

Ese recuerdo me resulta familiar. El hombre también me resulta extrañamente conocido.

Incluso veo sus ojos azules en los míos cuando me miro al espejo.

¿Será que no es solo una pesadilla, sino un recuerdo real?

Me he torturado con esa idea demasiado seguido. No sé si es un recuerdo de verdad o solo una pesadilla recurrente de mi pasado desconocido, probablemente lleno de traumas.

Abro los ojos y solo me quedan los restos de un sueño y preguntas que nunca podré responder.

Parezco loca, ¿verdad? Seguro parezco de manicomio.

En realidad, tiene gracia. Me he dado cuenta de que así es como imaginaba que sería mi vida, aunque termine siendo una pesadilla.

Quería imaginar que tenía un padre que me quería tanto como para protegerme del mal y esconderme de cualquiera que pudiera hacerme daño. Quería imaginar que vivía en un palacio, rodeada de lujos. Quería pensar que antes de que mi vida se volviera una mierda, todo era bueno, muy, muy bueno.

Pero sé que es solo una ilusión.

Daría lo que fuera por no estar en esta situación.

Tengo veinte años y soy huérfana. Aunque supongo que cuando ya eres adulta no te llaman así, ¿no? Así que solo soy una chica de veinte años que solía ser huérfana.

Solté un suspiro pesado mientras me daba la vuelta. Vi que el sol entraba con fuerza por las rendijas de las cortinas que dejé abiertas anoche.

Llegué a casa y me desmayé justo después del trabajo. Me dolían los pies, la cabeza y también el estómago. Ni siquiera pensé en comer anoche y ahora me moría de hambre. Mi estómago rugía tan fuerte que me lo recordaba a cada rato.

No hay mucho que contar de mi vida.

Olvidé mencionar muchas cosas a propósito porque me da vergüenza. Pero supongo que la vergüenza es parte de estar viva y de ser... bueno, algo así como humana.

Tengo veinte años y soy una mujer lobo huérfana.

Pero hay más en mi historia.

Tengo veinte años, soy mujer lobo, fui huérfana y ahora resulta que soy stripper.

Y me faltó lo más importante: soy una rogue.

Los lobos rogue son... bueno, para empezar, no es nada bueno serlo.

A los lobos rogue nos miran por encima del hombro. Somos lo más bajo en el mundo de los hombres lobo.

Los hombres lobo son criaturas que viven en manadas y hay una jerarquía. Obviamente soy parte de ella, pero en el nivel más bajo.

Como me quedé huérfana a los cinco años, me mandaron a un orfanato de lobos. Algunos tuvieron suerte y terminaron trabajando para familias de la manada. Pero hay otros como yo, a los que no eligen ni para el puesto más humilde y se quedan como simples rogues.

Supongo que me alegra no haber terminado como la empleada de algún Alpha, o peor, usada solo para parir o para que me follen.

Ser rogue, sobre todo siendo adulta, tiene sus ventajas. Nadie puede adoptarte y tienes libertad para tomar tus propias decisiones.

Y mi decisión fue elegir un trabajo para mantenerme sola.

Los rogues no tenemos muchas opciones en nuestro mundo. Cuando cumplí diecisiete y me echaron del orfanato, me dieron a elegir: trabajar con los humanos, que es aburrido pero nadie te juzga, o trabajar con los lobos, o sea, de stripper.

Pensé en dejar esta vida de lobos para siempre, buscar un trabajo humano, ir a la universidad y casarme con un humano aburrido. Lo pensé, de verdad.

Hubiera sido lo más seguro y lo más lógico. Pero había algo en mí, algo por dentro, incluso mi loba, que me convenció de no hacerlo.

La verdad es que no estaba lista para dejar esta vida y olvidar todo lo que conocía desde que nací. Estaba acostumbrada a los hombres lobo. Aunque me trataran como basura, este era mi mundo.

Además, una parte de mí se preguntaba si mis padres biológicos andarían por ahí... tal vez lejos, ¿o quizá buscándome?

Sabía que eso era casi imposible. Imaginé que me abandonaron por algo.

Los hombres lobo son muy protectores, sobre todo las madres. Ella tuvo que dejarme a propósito porque, si no, me estaría buscando. ¿A menos que muriera? Tampoco era probable. Lo más lógico es que no me quisieran.

He aprendido a aceptar esa posibilidad en estos últimos cinco años. Es más fácil aceptar que te abandonaron que negarlo.

Recuerdo que hasta los doce años acosaba a los del orfanato buscando respuestas. Investigaba todo lo que podía esperando encontrar a mis padres, aunque ni siquiera recordaba sus caras, sus nombres ni nada de ellos.

Pero nadie sabía nada. Era como si yo fuera un fantasma, y mi familia también.

Melissa, la jefa del orfanato, me dijo que cuando llegué ni siquiera sabía mi nombre. Después de unas semanas, le dije que me llamaba Becca.

Me senté en la cama y suspiré con ganas.

Anoche trabajé en el turno temprano del club, pero hoy me toca el cierre.

Después de las 3 de la mañana, sobre todo en "Claws", donde todas somos lobas y los clientes casi siempre son hombres lobo (a veces hasta Alphas), las cosas se ponen feas.

Las 3 de la mañana es la hora de las brujas... o en este caso, la hora del hombre lobo.

Toda esa rabia, ego y testosterona en una sala llena de mujeres casi desnudas es una bomba a punto de estallar.

Aquí vamos, un día más como stripper.

Bueno, al menos sirve para pagar las cuentas.