La caja
Me desperté bocabajo en la arena. Estaba húmeda y tibia, como si le hubiera dado el sol en algún momento. Pero el ambiente era gris y no había rastros del sol. Cuando logré ponerme en pie pude ver con mayor claridad el suelo plano cubierto de arena húmeda y las paredes de niebla y humo que impedían la visión más allá de los límites. ¿Qué era aquel lugar? No tenía idea alguna de en dónde me encontraba ni recuerdos que me ayudaran a entenderlo.
La ropa que tenía puesta tampoco era mía. Era un traje color gris que me vestía desde los pies hasta el cuello. Supuse que era de una tela mesclada con algún tipo de goma puesto que era semi-elástica y se adaptaba a mi cuerpo. Me resultó interesante que tampoco era calurosa, tenía unas micro-perforaciones que la hacían fresca. Sin embargo, no veía costuras, cierres, botones o abrojos. Lo más inquietante en realidad era quién demonios me había vestido con aquella ropa.
-¡Hola! –grité varias veces pero no obtenía respuesta más que el profundo sonido del eco de mi voz.
-¿Hay alguien ahí? ¿Dónde estoy? –comencé a gritar a voz en cuello, preguntas como esas, aquellas que consideraba de “rigor” para esta situación. Una vez más el silencio me respondió mudamente.
La soledad me empezó a invadir. No sentí temor pero sí muchas dudas. ¿Dónde estoy? Me lo preguntaba constantemente. Comencé a mirar más detenidamente mi entorno. Niebla y humo. Nada más. Miré hacia arriba y los costados. Todo era igual, niebla y humo gris en los alrededores y arena amarilla en el suelo, húmeda y tibia.
Me desperecé para encaminarme hacia la nube de niebla y humo. Tenía las piernas duras y la espalda acalambrada, parecía que hubiera dormido por días. Caminé hacia la nube. No tardé mucho en llegar. El paisaje me había engañado pues, la verdad, fue corto el trayecto hasta la nube. Pero como castillo hecho de arena, me sentí desmoronar cuando llegué allí. Choqué de pronto contra un muro de vidrio. Un vidrio enorme, grueso como pared, que seguro rompería mis huesos antes de lograr quebrarlo a patadas. Ahora sí comencé a sentirme desesperado y atemorizado.
-¡¿Dónde demonios estoy?!- grité con furia.
Nuevamente nadie respondió. Las preguntas comenzaron a asaltar mi mente. Sin dilación, corrí hasta el otro extremo pero otra pared de vidrio idéntica a la anterior me detuvo. Corrí en perpendicular y otra vez el vidrio. Estaba encerrado entre cuatro paredes de vidrio, en una pecera gigante. Entonces el miedo se apoderó de mí.
Después de pensar en dónde me encontraba y porqué estaba allí pero sin llegar a obtener respuestas, me puse a recordar cómo había llegado hasta aquel lugar. Pero no había manera que pudiera hacerlo, no tenía recuerdo alguno. Apenas pude recordar mi nombre. Mark. Y eso fue todo. Ni apellido, ni segundo nombre ni apodo. Solo Mark. Me esforcé por pensar qué había estado haciendo. Después de mucho intentar logré tener un atisbo de memoria.
-Sí, algo recuerdo –dije en voz alta; escuchar mi propia voz me hacía sentir vivo- estaba en una ruta. Era de noche. No recuerdo bien pero me parece que sonó un celular, ¡Eso! ¡Mi celular! ¿Dónde estará?-
Lo busqué por todos lados, incluso escarbé en la arena hasta cansarme pero no encontré nada. Seguramente había sido despojado de él junto con mis ropas, por el o los mismos que me pusieron en aquella pecera gigante. Pero ¿Por qué? No había razones para ello. Al menos hasta donde recordaba. Seguí haciendo memoria. Pude recordar que estaba en una ruta, manejando. Estaba conduciendo mi camión, el que uso siempre en la compañía. Estaba llevando una carga hasta… ¿a dónde iba? No pude recordarlo. Estaba conduciendo por una ruta recta, con planicie a mis costados, cuando de pronto sonó el celular. ¡Ah! ¡Cómo me gustaría escucharlo otra vez! El silencio de aquel lugar me estaba estresando.
De pronto escuché unos sonidos extrañísimos, que nunca antes había oído. Primero fueron como golpeteos sobre una membrana elástica, después de gruñidos, carraspeos y llantos o quejidos muy agudos. La combinación era extraña y no me parecía haberla sentido nunca. Todos parecían provenir del mismo lugar, de afuera de la caja de vidrio. En cuanto escuché el sonido sentí que los párpados me pesaban y caí rendido ante el sueño en cuestión de segundos.
Me desperté después de haber pasado dormido algún tiempo que no pude determinar. Fue rara la manera en que caí presa del sueño pero no le di importancia. Había otra cosa que llamaba mi atención. Cuando abrí los ojos miré hacia mi alrededor y en el centro de la caja vi algo apoyado en el suelo arenoso. No tuve que acercarme mucho para darme cuenta. Había un ciervo muerto desparramado en el suelo.
Me acerqué un poco para ver con más detalle. El animal parecía haberse asfixiado o muerto por algún paro porque al menos por afuera no tenían ninguna marca de golpe o herida. El cuerpo estaba frío y tieso, así que llevaba muerto algunas horas. Sus enormes astas eran espléndidas; había sido un magnífico ejemplar. Tenía un olor muy fuerte que llenó mi nariz pero no era de podrido, simplemente el olor de animal salvaje. Toqué sus patas y su cabeza. Le toqué las orejas y los ojos. El animal estaba efectivamente muerto. Después reaccioné y me di cuenta que no podría lavarme las manos y si la criatura no había muerto ahogada sino por alguna infección, era muy probable que yo también me estuviera contaminando.
“Es algo básico”, pensé, “¿cómo no me di cuenta antes?”.
Pero en la soledad de la caja de cristal, ver a otro ser, aunque esté muerto, me hizo sentirme acompañado. Tal vez por eso mi primera reacción fue acariciar aquel pobre animal. Como pude intenté limpiar mis manos frotándola con la arena húmeda del suelo, obviamente, lejos del cadáver. La arena es especial para limpiar la grasa y algunas manchas de las manos y dedos. Espero que haya funcionado también para parásitos y bacterias.
Me senté luego a prudente distancia a contemplar el animal. ¿Por qué habría muerto? ¿Acaso habría sido arrojado a la caja desde arriba y muerto en la caída? No parecía haber sufrido algún golpe severo y no había rastros de sangre. Ni siquiera arena movida, por lo que el animal ya estaba muerto cuando entró en la caja. ¿Quién lo habría puesto allí? ¿Con qué propósito? Mientras pensaba, las horas comenzaron a pasar. Después de un tiempo, el cuerpo de la bestia comenzó a oler mal. Tal vez la misma humedad del ambiente estaba acelerando el proceso. De pronto vi que unos insectos salían de los orificios del animal. Algunos como gusanos, otros con muchas patas. Los insectos comenzaron a salir hacia afuera y recorrer el cuerpo del animal. La imagen me resultó asquerosa, repulsiva, por lo que busqué alejarme todo lo que pude. Mientras me alejaba del lugar y me movía hacia una de las paredes de vidrio, volví a sentir que el sueño recorría mi cuerpo y me desmayé sobre la arena antes de llegar al borde.








