Personalizar legibilidad
Aa

La Guardia Sagrada

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Los dioses de fuego de los clanes deménidas y darusianos habían despertado de su letargo, y ahora reclamaban la sangre de aquellos que se habían atrevido a invadir la tierra que les pertenecía por derecho. Miles de bárbaros invaden la marca de Selarkandia dejando destrucción y muerte a su paso, los únicos que los pueden detener son los guerreros juramentados de la Orden de Othar, pero a pesar de una lucha fiera, todo parece perdido, por ese motivo tan solo les queda una cosa por hacer, buscar la ayuda de la legendaria Guardia Sagrada.

Genero:
Fantasy/Action
Autor/a:
Zarustiekes
Estado:
Completado
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

UNO

“Oh Korghan, vuestras plegarias de venganza

arden en mi carne y avivan la flama que late en

mi pecho.

Guiad mi mano en el combate y permitid que

enfrente la victoria o la muerte con la cabeza en

alto y una sonrisa fiera.”

Plegaria kerhanni.


EL VIENTO RUGÍA A TRAVÉS DE LA ESTEPA y azotaba con furia al grupo de jinetes que galopaba hacia el poniente. Se trataba de hombres fieros, enfundados en brigantinas y cotas de malla y armados con hachas y mandobles que refulgían bajo el sol que atravesaba las nubes.

Los rostros macilentos y las miradas turbias develaban el horror que les había acompañado durante las últimas jornadas. Se desviaron del sendero repleto de carromatos y se cruzaron con los semblantes abatidos de los labriegos, mercaderes y nobles que buscaban escapar del infierno que se había desatado sobre la marca de Selarkania.

El sujeto al mando señaló un altozano que se hallaba a un cuarto de legua y hundió los talones en los ijares de la bestia; la enseña dorada y negra de los sacerdotes guerreros de Othar flameaba orgullosa sobre la cumbre.

Tiberio de Arruan desvió la vista del caos que reinaba en la calzada y fijó su atención en la turma que ascendía la colina, se libró del yelmo y se pasó la mano por la mata sudorosa; el frío le mordía allí donde los eslabones de la cota lamían su piel.

—Mi señor —saludó Jacques de Verk con un ademán, tirando de las riendas del corcel; sus ojos verdes refulgían ansiosos a pesar del cansancio que le abrumaba.

El capitán de la mesnada le contempló por unos latidos. Percibía el olor del humo, el sudor y la sangre que acompañaba a los recién llegados y se preguntó si no se encontraría en las mismas condiciones.

Sacudió la cabeza y volvió la mirada hacia el resplandor amarillento que se advertía en lontananza; aquella visión le arrebataba el aliento.

—Xe-Urtar ha caído —aseguró Jacques, confirmando sus peores temores.

El caudillo suspiró y palmeó el cuello del caballo, en ese instante fue consciente del agotamiento que le aquejaba. Sin embargo, Tiberio de Arruan apartó aquellos síntomas de debilidad y buscó consuelo en el férreo fanatismo que le caracterizaba. Recorrió los rostros inexpresivos que le rodeaban y comprendió que la tropa estaba llegando al límite de sus fuerzas.

Habían luchado sin cesar durante las últimas cinco jornadas. Los dioses de fuego de los clanes deménidas y darusianos habían despertado de su letargo, y ahora reclamaban la sangre de aquellos que se habían atrevido a invadir la tierra que les pertenecía por derecho.

El alzamiento tomó por sorpresa a toda Selarkania; las hordas barbáricas, animadas por sus chamanes, surgieron de las planicies del este destruyendo todo a su paso. En cuestión de días, cayeron las aldeas y los puestos fortificados; las pocas fuerzas que consiguieron hacerles frente fueron barridas por aquella masa salvaje sedienta de sangre. Tan sólo unos pocos escuadrones de caballería habían tenido éxito al realizar ataques rápidos y certeros en los flancos del enemigo. La mesnada de Tiberio había participado en innumerables asaltos de este tipo, pero todo aquello no fueron más que pellizcos sobre aquella bestia informe que dejaba un sendero de muerte y destrucción a su paso.

Ahora Xe-Urtar, la última esperanza de resistencia, había caído en manos de los idólatras y el caudillo advertía el negro destino que les esperaba en aquellas frías planicies. No obstante, de manera irónica, aquello les ofrecía otra oportunidad.

—Los bárbaros se tomarán su tiempo para quemar, violar y asesinar a los infortunados que decidieron permanecer en la ciudad. —Miró la extensa procesión que discurría a través del camino y sintió una punzada en la boca del estómago—. Al menos durante tres o cuatro días podremos poner algo de distancia entre ellos y nosotros.

Jacques respiró hondo y sostuvo la mirada de su capitán.

—Tal vez si no cargásemos con este lastre podríamos escapar de esta locura—dijo al contemplar con desánimo la columna de refugiados.

Los ojos oscuros del Tiberio refulgieron con indignación.

—¿Estáis proponiendo que abandónenos estas gentes a merced del enemigo? —espetó airado, fulminándole con el ceño fruncido.

El color abandonó las mejillas del guerrero al entender que había permitido que la desesperación cobrase vida en sus labios. Volvió los ojos hacia aquella aglomeración de almas angustiadas y se maldijo por aquel arrebato de cobardía.

—Lo siento, mi señor —replicó con un suspiro—.He permitido que el cansancio y la tensión me dominen.

Una sonrisa fiera iluminó los rasgos atezados del sacerdote guerrero.

—No os tenéis que disculpar —respondió el caudillo, tomando el odre que colgaba de la silla—. Tan sólo admiración puedo sentir por cada uno de vosotros después de lo que hemos pasado.

Jacques atrapó la pelliza en el aire y bebió un buen sorbo de aquel caldo avinagrado; se volvió hacia sus hombres y advirtió el gesto de agradecimiento que le dedicaron al entregarles el vino restante.

—Ahora os explicaré la razón que nos impide abandonar a estos miserables —exclamó Tiberio de Arruan encarando a la docena de jinetes que colmaban la cima del collado.

—El honor. —Aquella palabra caló hondo en los corazones de los hombres—. La lealtad es lo que nos diferencia de los idólatras que infectan estos parajes. —Los ojos del paladín recorrieron cada uno de los rostros mugrientos que le observaban con atención—. La palabra que dimos a los miembros de Concejo de Xe-Urtar, la promesa de proteger a sus habitantes, es lo que os convierte en hombres civilizados. Recordadlo con orgullo mientras os batís con vuestro último aliento para cuidar a los inocentes que nos acompañan. —Señaló a la masa de desposeídos que colmaba la calzada y continuó—: Sin honor no somos mejores que los salvajes que nos pisan los talones, nunca lo olvidéis.

Un coro de asentimiento emanó de aquellos individuos, taciturnos y agotados.

—Este será un buen lugar para acampar —apostilló el capitán al notar que la esperanza refulgía en aquellos rostros cenicientos, al menos por el momento.

—Daré las órdenes de levantar las tiendas —se adelantó Jacques con un gesto cansino.

—Esperaremos a la turma de Muñiz hasta el amanecer, después de eso continuaremos hacia el oeste —comentó Tiberio, apretando los labios y fijando la atención en las inabarcables praderas que se extendían por doquier. Al norte, en la distancia, se apreciaban los relámpagos hendiendo la tierra como picas de plata; la tormenta se acercaba y no tardaría en dar con ellos.

Las hogueras de los guerreros palidecían al compararse con el halo anaranjado que refulgía en el este. La dramática destrucción del último enclave civilizado encogía el corazón de los soldados que observaban aquello mientras cenaban en silencio, envueltos en sus capotes. Al fondo, el monótono traqueteo de los carromatos y los murmullos y lamentos de los refugiados era lo único que rompía aquel espantoso mutismo; la procesión continuaba sin descanso hacia el poniente, albergando la esperanza de evitar ser atrapados por la turba enajenada que les pisaba los talones. La amenaza del vendaval había sido arrastrada hacia el este, y apenas algunas nubes rezagadas navegaban por el firmamento.

De vez en cuando, la figura consumida de algún refugiado se atrevía a abandonar la calzada para vagabundear a través de las piras, con la perspectiva de conseguir una hogaza de pan o un poco de agua. Al principio la tropa compartía sus raciones con aquellos miserables, pero a medida que pasaban los días los víveres comenzaron a escasear y aquellas visitas furtivas se convirtieron en un verdadero drama. La naturaleza era una madre despiadada y la prueba de ello se advertía por doquier; los ancianos y los enfermos fueron los primeros en sufrir sus consecuencias. Agonizaban a la vera del camino, víctimas del cansancio, el hambre y la sed, bajo la indolente mirada de los que alguna vez fueron sus parientes o amigos.

Jacques pensaba en aquello mientras trataba de evitar a la suplicante anciana que permanecía a pocos pasos de la hoguera. En sus rasgos marchitos se apreciaba el sufrimiento que le aquejaba; el soldado apretó los labios y comprendió que la ración de cecina apenas duraría un par de jornadas más. A veces se preguntaba si no sería más piadoso acabar con aquellos desdichados de una vez por todas, al menos así les evitarían el espantoso final que les esperaba a manos de los salvajes. Agradeció al ver cómo la vieja desaparecía como un perro apaleado al escuchar el rumor de los jinetes que se acercaban desde el oeste.

La voz de alarma se esparció con rapidez, a pesar de que el enemigo se hallaba a un centenar de estadios a sus espaldas.

—¡Quién va! —rugió un centinela blandiendo una pica de caballería, el acero resplandeció bajo el titilar de las flamas.

—¡Muñiz y su cohorte! —clamó un coro de voces desde la penumbra.

La emoción revolvió las entrañas de Jacques; se irguió con premura y enfiló en dirección de aquel alboroto en busca de noticias.

El segundo al mando desmontó y se libró del yelmo y los guanteletes de malla; el sudor resbalaba por aquel rostro marcado por la viruela y sus ojillos almendrados no anunciaban nada bueno. A Jacques le pareció que había envejecido un par de lustros durante los últimos días. Entonces se estremeció al descubrir que menos de la mitad de los hombres habían regresado con vida de aquella patrulla. Encontró la mirada de Muñiz y advirtió la desolación y la impotencia que le embargaban; el oficial agitó la cabeza y evadió la penetrante mirada del guerrero.

—¿Dónde está el capitán? —espetó con voz cansina, buscándole entre la multitud.

—Aquí estoy —contestó Tiberio, emanando de la penumbra como una aparición fantasmal; sus ojos refulgían con la intensidad de mil infiernos al constatar el estado de los recién llegados. Sospechaba que su subalterno traía consigo noticias devastadoras.

—¿Qué os ha sucedido? —inquirió con los rasgos apretados.

Muñiz agitó la cabeza, y por unos instantes, Jacques imaginó que aquel hombretón se desharía a sus pies como una efigie de barro.

—Nos sorprendieron a unos veinte estadios de aquí, mi señor. —El tono del segundo era tan vacío como la expresión de su mirada—. Demonios darusianos, caballería ligera, al menos unos ochenta o cien, avanzando rápido hacía el poniente. Les dimos batalla pero nos superaban en número.

Tiberio de Arruan no pudo evitar el escalofrío que le revolvió las entrañas. Aquello significaba que las hordas paganas se habían dividido y ahora pretendían cerrarles el paso hacia el oeste.

El caudillo recorrió los semblantes de los hombres y constató el catastrófico efecto de las palabras de Muñiz. Tenía que pensar rápido si quería mantener la cohesión de la tropa, aquellas noticias podrían provocar una desbandada e incluso un motín.

Sin embargo, el sacerdote era un hombre forjado en el calor del combate, y aquel revés tan sólo significaba un súbito cambio de planes. Aquellos bárbaros pintarrajeados no iban a vencerle tan fácilmente.

—¡Chevalier! —gritó a todo pulmón, arrancando a sus oficiales del estupor que les embargaba.

Un sujeto alto, ataviado con una brigantina gris, brotó del grupo de guerreros. Los ojos azules delataban la sangre norteña que corría por sus venas, y la cicatriz que le recorría la mejilla izquierda denotaba su experiencia guerrera.

—Traedme el estuche de piel que descansa sobre mi silla —le ordenó Tiberio. El aludido se limitó a asentir antes de desaparecer en la oscuridad que reinaba más allá del círculo de hogueras.

Jacques y los demás se sentaron sobre la hierba mientras el capitán se alejaba unos pasos y discutía con Muñiz; por la palidez y el estupor que abrumaban al segundo, parecía no gustarle nada de lo que estaba escuchando. Jacques respiró hondo y se estremeció bajo el abrazo de la corriente gélida que recorría el descampado.

La estilizada figura de Chevalier surgió de la penumbra; el parpadeo de las flamas empeoraba aún más el feo tajo que exhibía en el rostro.

Tiberio abrió la funda y extrajo un viejo pergamino que crujió al ser extendido sobre el césped humedecido.

Los hombres se acercaron con vacilación, no podían imaginar qué otra ruta podrían utilizar para abandonar Selarkania antes de ser interceptados por el enemigo.

El caudillo se plantó enfrente de la vitela y señaló el este con la punta de una daga.

—Los idólatras partirán de Xe-Urtar en dos jornadas, tres a lo sumo si la fortuna nos sonríe. —A Jacques le pareció que aquel hombre parecía un escribano, su porte noble y las sienes encanecidas le dotaban de aquel curioso aspecto—. Pero ahora sabemos que han dividido sus fuerzas con el afán de cerrarnos el paso hacia el oeste. —El fulgor homicida que iluminó los ojos del caudillo diluyó el espejismo de bondad que había percibido momentos antes—. Los darusianos utilizarán la rapidez de sus monturas para acosarnos, mientras sus aliados dan alcance al tren de refugiados que nos acompaña.

—¿Entonces qué nos queda por hacer? —inquirió un sujeto rechoncho de piel cetrina, llamado Vendakam.

Tiberio de Arruan se mesó la barbilla y encaró al sureño que acababa de hablar.

—Nos queda una opción, enfilar hacia a la fortaleza de Ur´Jakat — replicó con sequedad—. Es nuestra única esperanza.

Muñiz suspiró y se mordió los labios. Ahora Jacques comprendía el resquemor del segundo oficial, al mirar a sus compañeros advirtió la inquietud que les invadía tras escuchar aquella inesperada proposición.

—¿Pero mi señor? —insistió Vendakam, con el rostro convertido en una mancha gris—. La Guardia Sagrada del señor de la venganza ha protegido ese lugar por más de diez siglos. No creo que nos vean como muy buenos ojos; tal vez caigan sobre nosotros, imaginando que somos una fuerza invasora.

Tiberio encajó la mandíbula, consciente de que no iba a ser fácil convencerles. Y para ser honesto, él mismo tenía sus dudas. Se preguntó si aquella decisión no sería producto de la desesperación que cobraba vigor en lo más profundo de su pecho.

No obstante, el apoyo surgió de quién menos lo esperaba.

Muñiz se irguió y se pasó la mano por la mata rojiza que le coronaba la cabeza. Miró a cada uno de los presentes y recobró el aplomo que le caracterizaba.

—Estoy de acuerdo con el plan del capitán —aseguró con tranquilidad—. Los darusianos pretenden cerrarnos el paso y los deménidas se disponen a aplastarnos con su innumerable infantería. —Respiró hondo, sus ojos oscuros flameaban con vigor—. A no ser que estéis dispuestos a esperarlos en medio de la llanura, propongo que enfilemos hacia las montañas y busquemos cobijo en Ur´Jakat. Al menos aquello nos ofrece la oportunidad de vivir unos días más.

El silencio confirmó la adhesión de todos al osado plan del caudillo. De todos modos, ¿qué otra cosa les quedaba por hacer?

Aquella era la espantosa realidad que pesaba sobre cada uno de ellos mientras la muerte se acercaba a pasos agigantados, sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo.

¡Cuéntale a Zarustiekes lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes