Resúmen
El frío de la primera mañana siempre era el mismo. No importaba si despertaba en el siglo XVIII o en un futuro que aún no comprendía, el aire siempre tenía la misma quietud inhumana, como si el mundo mismo supiera que él no pertenecía allí.
Esta vez, las calles de piedra húmeda bajo sus pies indicaban que estaba en algún punto del siglo XIX. Parpadeó contra la luz grisácea del amanecer y respiró hondo. Treinta días. Treinta días antes de desvanecerse otra vez.
—¿Seonghwa?
Su corazón dio un vuelco.
No era posible. No podía ser posible. Nadie recordaba su nombre.
Giró lentamente y allí estaba.
Ojos cálidos y asombrados.
La misma sonrisa de siempre.
La misma alma, atrapada en otro cuerpo.
Yunho.
Siempre Yunho.