Capítulo 1
Dicen que las murallas siempre han estado ahí.
Antes de los campos, antes de las ciudades, antes incluso de los nombres que conocemos, ya existían, imponentes y eternas. Nadie recuerda quién las construyó ni por qué, pero en Asthalia todos conocen las reglas.
No las cruces.
No las cuestiones.
No las mires demasiado tiempo.
Las murallas no protegen.
Ellas vigilan.
En las noches más silenciosas, cuando incluso el viento se detiene, puedes escucharlas murmurar. Un sonido bajo, profundo, como el eco de una máquina que nunca se apaga. Algunos lo llaman un latido. Otros, un susurro de advertencia. Pero hay quienes dicen que es algo más: una llamada.
Yo escuché esa llamada por primera vez cuando era una niña.
Fue la noche en que mi padre desapareció.
Había salido a trabajar en uno de los túneles cercanos, como lo hacía casi todos los días. Pero esa vez no regresó. Mi madre dijo que seguramente había sido un accidente, una roca suelta, un derrumbe. Era más fácil creer en esa mentira que en lo que todos susurraban a mis espaldas.
“Se acercó demasiado a la muralla.”
Aún recuerdo cómo lo buscábamos, cómo mi madre y yo gritábamos su nombre mientras la niebla engullía nuestras voces. Y fue entonces cuando la escuché.
El eco.
Bajo y persistente, resonando en mi pecho como un secreto que no debería conocer.
Desde ese momento, algo cambió en mí. No podía ignorarlo, ni siquiera cuando cerraba los ojos. Ese eco me seguía a todas partes, llenando mi mente de preguntas que nadie quería responder.
¿Qué hay más allá de las murallas?
El Cónclave dice que nada. Ellos lo afirman con la misma certeza con la que dictan las leyes que rigen nuestras vidas. Fuera de las murallas, aseguran que solo hay muerte y vacío. Pero yo sé que no es cierto. Lo sé porque el eco no se ha detenido desde aquella noche.
Se ha hecho más fuerte.
A veces me pregunto si soy la única que lo escucha, o si todos los demás han elegido fingir que no existe. Pero yo no puedo. No quiero. Hay algo allá afuera, algo que los Custodios del Cónclave temen que descubramos.
Y cuando la luz azul parpadeó en la base de la muralla, supe que mi oportunidad había llegado.
No sé qué encontraré más allá.
No sé si volveré.
Pero no puedo quedarme.
Las murallas no son el fin.
Son el principio.
El amanecer traía consigo el mismo frío y la misma niebla espesa de siempre, pero había algo diferente esa mañana. Lo sentí en los huesos, en el aire cargado de una tensión que no podía explicar. Desde la cima de la colina, miré la muralla. Oscura, imponente, eterna. Dominaba el horizonte como un dios silencioso que observaba a sus súbditos.
Aunque no se movía, era imposible ignorar su presencia. Podía sentirla incluso con los ojos cerrados. No sabía si era mi imaginación o algo real, pero los ecos seguían allí, murmurando en lo más profundo de mi mente.
—Kael, si sigues mirando esa cosa, se te congelará el cerebro.
Dren hablaba con esa mezcla de burla y cansancio que solo él podía manejar tan bien. Giré la cabeza hacia él, quien estaba a unos pasos de mí, cargando un cesto lleno de herramientas. Lo miré sin decir nada y volví a fijar mi atención en la muralla.
—¿Tú no lo sientes? —le pregunté.
Él arqueó una ceja. —¿Sentir qué?
No valía la pena intentar explicárselo. Ni siquiera yo lo entendía del todo. Suspiré y miré el mapa que estaba dibujando. Mis manos temblaban por el frío, y las líneas que trazaba eran toscas, inexactas. A pesar de semanas de trabajo, el mapa seguía incompleto. La muralla siempre lo estaba.
Mientras estudiaba las marcas, no pude evitar volver a sacar el pergamino que había encontrado en el Archivo del Cónclave. Mi tesoro. Era un trozo de algo más grande, apenas un fragmento, pero contenía un símbolo desconocido y, lo más importante, un pasadizo marcado cerca de la sección sur de la muralla.
—¿Otra vez con eso? —La voz de Dren me sacó de mi concentración. Miré hacia él, quien intentaba asomarse al pergamino.
—Es una pista —dije, guardándolo rápidamente.
—Es un dibujo viejo, Kael. Un dibujo que probablemente te meterá en problemas.
No respondí. Él nunca lo entendería. Desde el momento en que encontré ese pergamino, algo había cambiado en mí. Era como si hubiera encendido una chispa que no podía apagar. Si había una forma de salir de esta prisión, la encontraría.
*
El eco era más fuerte. Me desperté con un sobresalto, el corazón latiendo rápido. Miré alrededor de mi pequeña habitación, pero todo estaba en calma. O eso parecía. Afuera, las calles estaban sumidas en el silencio habitual, pero había algo en el aire.
El eco no era solo un murmullo ahora. Era un latido.
Me levanté, temblando, aunque no sabía si por el frío o por algo más. Me vestí rápidamente, tomé mi capa y el pergamino, y salí al taller que usaba para mis mapas.
La luz de la luna apenas iluminaba el espacio, pero era suficiente para ver el mapa extendido sobre la mesa. Miré la sección sur de la muralla, donde estaba marcado el pasadizo, y sentí una urgencia inexplicable. Como si algo estuviera llamándome.
Me asomé por la ventana. Y ahí estaba: una luz azul, parpadeando débilmente en la base de la muralla.
No lo pensé dos veces. Agarré la linterna y el mapa y salí de la casa. El frío me cortaba la piel, pero no me detuve. Mi mente estaba fija en esa luz, en ese llamado.
A medida que me acercaba a las afueras del pueblo, el eco se hacía más fuerte. Ya no podía ignorarlo. Era como si la muralla estuviera viva, respirando.
Cuando llegué a la base de la muralla, vi la grieta. Era pequeña, casi invisible, pero suficiente para que la luz azul la atravesara. Me acerqué lentamente, sintiendo el eco resonar en mi pecho. Allí, en el suelo, encontré algo que me dejó sin aliento: un fragmento del emblema del Cónclave.
Lo reconocí de inmediato. Trece puntas, el ojo en el centro, las runas brillando débilmente. Pero estaba roto. Como si alguien hubiera intentado destruirlo.
Extendí la mano, incapaz de resistirme. En el momento en que toqué el fragmento, el eco se detuvo. La luz azul se apagó, y el silencio me envolvió como una manta sofocante.
Y entonces lo escuché. Un chirrido metálico, lento y pesado.
Levanté la vista y sentí que el mundo se me venía encima. Algo se movía en la cima de la muralla. Una figura oscura, enorme, descendía lentamente hacia mí.
Mis piernas querían moverse, pero no respondían. Estaba congelada, mirando cómo la sombra crecía, cómo los ecos regresaban con fuerza.
No estaba sola.