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La Ironía de tu destinado [BL]

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Sinopsis

Los clanes de Leones y Tigres han sido enemigos silenciosos desde que el Gran Astro los separó. Zubari y Omari, los futuros Líderes Omegas de cada clan, llevan años compitiendo en secreto. Comparándose en cada aspecto de su vida, cometen el error de involucrar a sus parejas, lo que desata un juego cruel de feromonas que enreda el destino de cuatro cambiaformas en un vínculo imposible de deshacer. Ahora, Tau, el Alfa más fuerte de los Leones, tiene su mirada fija en un Tigre. Y Razi, el Alfa más temido de los Tigres, se siente condenado por el amor imposible con un León. Zubari y Omari, enredados en el desastre que ellos mismos iniciaron, miran con rabia a su contraparte, dándose cuenta de la ironía más cruel de todas. Cuando los instintos fallan y el destino se burla de ellos, ¿qué les queda? ¿Seguir aferrados a lo que debería haber sido, o rendirse ante lo que jamás debió pasar?

Estado:
Completado
Capítulos:
46
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18+

Capítulo 1: Prólogo

En los cielos de Yanara, el Gran Astro ardía con un fulgor eterno. Su luz no solo bañaba la tierra, sino que forjaba el espíritu de aquellos que la habitaban. Bajo su incandescencia, la fuerza no era una elección, sino un destino.

No había fronteras talladas en piedra ni tratados escritos en pergaminos frágiles. Las líneas del territorio eran esculpidas con garras y cicatrices, trazadas con sangre sobre la arena ardiente. Por mandato divino, cada clan tenía un santuario inquebrantable, el núcleo de su linaje, la única tierra que jamás les sería arrebatada. Pero todo lo demás se ganaba o se perdía en combate.

Cada diez años, los clanes se reunían en el corazón de Yanara, y bajo la mirada del Gran Astro, los campeones y Líderes Alfas luchaban no solo por su clan, sino por el derecho a existir con grandeza.

No existía la piedad. La extensión del territorio de un clan era la prueba de su poder, la huella de su voluntad impuesta sobre la tierra. Un guerrero no peleaba solo por sí mismo, sino por los suyos, por el legado de los caídos, por el honor de que su nombre no se desvaneciera con el viento.

Desde las llanuras doradas hasta los cañones esculpidos por la furia del tiempo, la ley de Yanara era absoluta:

“Quien no puede luchar, no puede reclamar. Quien no puede reclamar, no merece nada.”

Desde el principio de las tradiciones, cuando la primera lucha fue trazada en la tierra con sangre, los Leones se alzaron invictos. Nadie había logrado arrebatarles un solo pedazo del territorio que reclamaron desde el amanecer de la era de los clanes. Ni una sola vez en la historia de Yanara.

No porque fuesen meros guerreros. Sino porque eran los reyes.

Todos los cambiaformas de Yanara lo sabían, lo murmuraban con respeto o desprecio. Los Leones se creían soberanos, herederos de la voluntad del Gran Astro. Su orgullo era inquebrantable, su dominio absoluto. Pero, aunque otros clanes los llamaban engreídos y altivos, ninguno podía negar la verdad: su fuerza era justa, su reinado, equilibrado.

El Gran Astro no bendice a los débiles.

Para honrarlo, los Leones no eran solo gobernantes, sino guardianes de un equilibrio sagrado. La victoria no era solo derecho, sino deber. No podían caer en la avaricia, en la ira descontrolada o en el abuso de su poder. Por eso existía el Trío Líder.

El Líder Alfa. El más fuerte de su estirpe, un león negro de inmenso tamaño, cuya mera presencia bastaba para sofocar cualquier rebelión dentro del clan. Suya era la responsabilidad de la defensa del territorio. Suya, la sangre que se derramaba en cada batalla ritual.

El Líder Espiritual. Equilibrio y sabiduría. Su deber era contener la arrogancia de su gente, prevenir que el clan cayera en la codicia o en la autodestrucción. Solía ser una mujer Alfa, pues la astucia y la moderación debían ser el contrapeso de la brutalidad.

El Líder Omega. El corazón del clan. Encargado de la caza, del bienestar y de traer al mundo a la siguiente generación de líderes. Solo su linaje podía heredar el liderazgo, y por ello su papel era sagrado. Sus hijos nacían con los dones del Gran Astro, y si llegaban a ser indignos de su legado, traerían vergüenza a todos los Leones.

Juntos, el Trío Líder mantenía la estabilidad del clan, como tres pilares que sostenían el destino de su gente. Sin uno, el otro caería.

Pero no todos aceptaban la grandeza de los Leones.

Hubo un tiempo en que los Leones y los Tigres fueron uno solo. Dos variaciones de la misma estirpe, destinados a compartir un solo territorio, un solo Trío Líder, una sola voluntad.

Hasta que dejaron de serlo.

Desde el inicio, eran distintos. Los Leones reinaban con la fuerza de su presencia, con rugidos que exigían respeto, con cuerpos poderosos que aplastaban cualquier duda.

Los Tigres, en cambio, no alzaban la voz. Observaban y analizaban, movían las piezas antes de dar el golpe.

Los Leones veían en la victoria un derecho divino. Los Tigres, una prueba constante de su supervivencia.

Los Leones querían la fuerza como prueba absoluta de poder. Los Tigres veían en la astucia la clave para la verdadera grandeza.

Los Leones eran reyes. Los Tigres nunca quisieron ser sus súbditos.

Y así, con cada luna, las diferencias se hicieron heridas. Con cada lucha interna, los lazos se deshilacharon. Con cada discusión sobre quién tenía razón… llegó el punto de quiebre.

Ningún cambiaforma de la misma especie podía fundar su propio clan. Era una ley no escrita en Yanara, impuesta por la naturaleza y la tradición. Las variantes de un mismo linaje coexistían o se consumían entre sí.

Pero el Gran Astro vio algo en los Tigres.

No eran solo rebeldes. No eran solo una sombra de los Leones. Eran dignos de su propia gloria.

Y así, en un acto que nadie pudo comprender, la Deidad concedió su bendición a los Tigres. Les dio su propio templo, su propio territorio y su propio Trío Líder. Marcó un precedente que jamás se había visto en la historia de Yanara.

No serían súbditos ni enemigos, sino una nueva fuerza.

Los territorios de Leones y Tigres siguen unidos por las llanuras doradas, pero su frontera quizás sean las más marcadas.

Se ven, se estudian, se provocan… pero nunca podrán luchar.

Porque, aunque el Gran Astro los separó, también les impuso su voluntad: Variantes de la misma estirpe no pueden enfrentarse en combate por territorio.

Dos clanes separados por voluntad divina. Dos fuerzas destinadas a nunca cruzar sus garras en batalla.

Y, sin embargo, su conflicto nunca terminó.

Desde el día en que se separaron, nunca volvieron a cruzar palabra o compartir la caza.

La frontera entre ellos fue sellada. Una cerca de madera se alzó, con la prohibición tácita, una ley silenciosa entre su gente. Sus razas no volverían a mezclarse.

Hasta que dos pequeños se cruzaron por casualidad.

Fue un día como cualquier otro, cuando el León Zubari, el cachorro destinado a ser el próximo Líder Omega, vio un pequeño demon volador que lo llevó justo hacia la frontera.

A pesar de su tamaño, su presencia era imposible de ignorar. Su cabello dorado y alborotado brillaba bajo la luz del Gran Astro, enredándose aún más por la velocidad que alcanzaba. Tanto su piel tostada como sus ropas estaban sucias por tierra y rastros de alguna travesura anterior.

Pero lo más intenso eran sus expresivos y grandes ojos marrones, que parecían iluminarse cuando algo llamaba su atención.

Zubari no acechaba, no era un cazador paciente. Él era explosivo, correteaba hasta alcanzar a su presa, una pequeña bola de energía que rara vez pensaba antes de actuar. Aunque el demon volador se encontraba sobre la barrera, el leoncito no se dio por vencido, capturaría a su presa a cualquier costo, por lo que la siguió a lo largo de la reja.

Luego de unos minutos de persecución, otro aroma le llegó a través de la valla, la inconfundible presencia de otro cazador joven, y sabía que solo podía tratarse de un Tigre. Su mente no tardó en definirlo como un rival. Si uno de esos rayados también quería su presa, entonces la caza se volvió personal. No podía perder contra un Tigre.

Al otro lado de la cerca, el cachorro de Tigre Omari estaba al acecho. Su piel era más clara y tersa, acostumbrada a la humedad y la vegetación de la selva, un contraste con la piel más curtida de los cachorros Leones que crecían bajo la luz implacable de la sabana. Su cabello anaranjado, corto y pulcro, enmarcaba su rostro con un flequillo negro, como un eco de las rayas en su forma animal. Sus ojos, aunque grandes e inocentes en su juventud, no brillaban con la emoción de la caza, sino con una intensidad fría y abrumadora.

Él era la clase de cazador que esperaba el momento perfecto. Movía sus patas con sigilo, sabía cómo desaparecer entre los árboles, cómo controlar su respiración, cómo fundirse con la maleza sin perturbar el aire a su alrededor. Pero cuando olió al otro cachorro, todo lo aprendido pareció olvidarse. Su instinto le gritó que un León se estaba atreviendo a cazar uno de sus demons, un ser que pertenecía a la selva, a su clan. No era para esos brutos escandalosos.

Contra su buen juicio, persiguió al demon sin un plan, abandonando su paciencia natural. Ya no importaba el demon en sí, sino la competencia. Solo dos cachorros instigados por la rivalidad de sus antepasados, siguiendo los instintos de su sangre en superar a su rival felino.

Ambos trasmutaron totalmente a sus animales en este punto, pues así alcanzarían el máximo de velocidad de sus cuerpos. La persecución fue frenética, un torbellino de movimiento y respiraciones agitadas mientras la presa escapaba entre la frontera. Ambos cachorros lo seguían con fiereza, cada uno desde su lado de la cerca, ninguno dispuesto a ceder.

Zubari embestía contra la tierra con fuerza, su melena desordenada agitándose con cada movimiento, sus patas se deslizaban por la arena mientras su rastro de polvo se mezclaba con el viento. Sus colmillos se apretaban con impaciencia, su instinto rugía en su pecho, y en su mente solo existía un único pensamiento: ganar.

Omari, por su parte, se movía con precisión, su cuerpo más ligero deslizándose entre los árboles, saltando con gracia sobre raíces y arbustos sin perder la vista de su objetivo. Sus ojos se mantenían fijos en la criatura que revoloteaba erráticamente frente a él, pero su nariz no lo dejaba olvidar que el otro cachorro seguía allí, cada vez más cerca, cada vez más molesto.

El demon volador avanzó sin saber que su camino llegaba a su fin. La cerca de madera terminó abruptamente, dejando atrás la línea invisible que separaba la selva de la sabana, un claro abierto donde la jungla se desvanecía en la arena dorada. Su torpe aleteo intentó buscar otra salida, pero no había más escondites, no quedaban más caminos.

Ambos se lanzaron al mismo tiempo.

Dos pares de garras atraparon su presa.

Las patas de Zubari y Omari se cernieron con fuerza en cada extremo del demon, y por primera vez, se encontraron cara a cara, trasmutando en ese instante a humanos.

—¡Lo tomé primero! —gruñó Zubari, sus orejas agitándose con furia.

—¡Mentira! ¡Es mío! —espetó Omari, sus colmillos brillando con el primer indicio de una amenaza.

Sus gruñidos se entrelazaron en el aire mientras el demon se retorcía entre ellos, atrapado en el forcejeo de los dos cachorros que se negaban a ceder.

Zubari tiró con fiereza, su agarre apretándose con la certeza de que no perdería ante un rayado enclenque.

Omari respondió con el mismo ímpetu, su cuerpo entero tensándose en un intento de arrancarle su victoria al bruto de la sabana.

Los dientes de ambos se descubrieron en una mueca desafiante, los ojos encendidos con fuego y rabia mientras los insultos volaban entre ellos.

—¡Tienes las patas sucias, León tonto!

—¡Hueles a podrido, Tigre estúpido!

Las garras se hundieron más en la criatura, cada uno luchando por someter al otro con su mera presencia. El demon chilló, su pequeño cuerpo desgarrándose entre la brutalidad de la rivalidad felina.

Pero ninguno de ellos lo notó.

Solo había un pensamiento en sus mentes: Ganarle al otro.

Apretaron los colmillos, se plantaron con firmeza en el suelo, y se juraron con la mirada que ninguno de los dos caería primero.

Crack.

La carne se rasgó de golpe.

Un sonido húmedo y repulsivo se escuchó cuando el demon volador se convirtió en un amasijo de carne destrozada entre sus manos. Ambos cachorros parpadearon, jadeantes, el calor de la pelea aun burbujeando en sus venas mientras miraban su premio… o lo que quedaba de él.

No era más que un montón de carne triturada y plumas arrancadas, su cuerpo pulverizado por el mal manejo al matarlo. La sangre y los restos se esparcieron entre sus dedos, cubriéndolos con un rastro viscoso.

Hubo un momento de silencio.

Entonces, casi al mismo tiempo, ambos arrugaron la cara con disgusto.

—¡Mira lo que hiciste! —gruñó Zubari, sacudiendo la mano en un intento de quitarse los restos del demon.

—¿¡Lo que yo hice!? —Omari lo miró con incredulidad, su cola agitándose con irritación—. ¡Lo despedazaste con esas patas torpes, León tonto!

—¡No lo hice! ¡Fuiste tú!

—¡Si lo hubieras soltado cuando debías, no habría pasado esto!

Los dos pequeños se encararon, su instinto competitivo todavía rugiendo en sus cuerpos, incapaces de calmarse a pesar de que su pelea ya había arruinado su objetivo original. Ahora la disputa ya no era por el demon, sino por quién tenía la culpa.

Omari cruzó los brazos con altanería, sus orejas echándose hacia atrás en un claro gesto de molestia.

—De todas formas, ese demon era mío. Estaba en la selva, eso lo hace parte de mi territorio.

Zubari bufó con desprecio, sacudiéndose la melena desordenada antes de levantar la barbilla con orgullo.

—¡Mentira! Cruzó la frontera, lo vi con mis propios ojos. Ahora es propiedad de los Leones.

—¡Tú solo lo seguiste porque yo lo estaba cazando primero!

—¡Eso no es verdad, rayado!

Los gruñidos aumentaron, sus voces alzándose, cada palabra más desafiante que la anterior. Zubari se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal del Tigre, su cola esponjándose.

—Eres un fastidio.

—Y tú, un bruto sin cerebro.

Sus músculos se tensaron. Sus garras rasparon la tierra.

Y en un instante, sin más palabras de por medio, ambos se lanzaron al mismo tiempo.

Sus pequeños cuerpos transmutaron en el aire, sus huesos crujieron con la metamorfosis, sus colmillos crecieron, sus garras se afilaron. En un instante, se convirtieron en dos animales salvajes, impulsados solo por su instinto.

Un rugido infantil rasgó el aire cuando se embistieron con fiereza, enredándose en una maraña de patas, colas y colmillos, rodando por el suelo mientras la rivalidad ardía en cada movimiento.

El suelo se revolvió bajo sus cuerpos enredados, las pequeñas garras rasgaban piel con torpeza, los colmillos chocaban en gruñidos infantiles, ninguno dispuesto a ceder. No era la primera vez que peleaban con alguien—desde cachorros, las luchas eran un juego, un instinto natural entre los jóvenes depredadores—pero nunca antes había sido tan feroz.

Zubari sintió el ardor de un rasguño profundo en su hombro, algo que nunca había experimentado en ninguna de sus peleas con los otros cachorros de su clan. Nadie se atrevía a hacerle daño real, era demasiado valioso, demasiado importante. Pero Omari no tenía reservas.

Omari sintió la presión de los colmillos del León cerrándose en su pata, un mordisco que superaba cualquier juego de lucha que había tenido con su propia gente. Siempre lo habían tratado con cuidado, nunca nadie había apretado con suficiente fuerza para dejarle marcas. Pero Zubari no se contenía.

Ambos se dieron cuenta al mismo tiempo. Estaban lastimándose de verdad, pero ninguno se detuvo, porque ninguno quería perder.

Rodaron entre la tierra y la arena, su pelaje ensuciándose con polvo y pequeñas piedras, la cerca de madera tembló con cada golpe que daban, cada zarpazo que fallaban y terminaba chocando contra el suelo. Era la primera vez que alguien los trataba como iguales en una pelea, que alguien no retrocedía al verlos heridos, que alguien les gruñía sin miedo, sin importar su título o su destino.

Pero la pelea no duró mucho más. El agotamiento y el dolor nuevo los alcanzaron. Sus cuerpos pequeños todavía no estaban acostumbrados a luchar con esa intensidad. Respiraban con dificultad, sus patas temblaban, su piel ardía por los rasguños.

Finalmente, se separaron con brusquedad, quedando sentados en el suelo, jadeando. Ambos estaban igual de lastimados.

Y, lo peor de todo, ninguno había ganado.

Un empate.

La idea era humillante.

Zubari apretó los colmillos, bajó la mirada a sus patas sucias y llenas de arañazos. Omari hacía lo mismo al otro lado del claro. No querían verse, no querían mirarse a los ojos y reconocer la verdad. Se habían peleado con todo lo que tenían y ninguno había salido victorioso.

Sin decir nada más, ambos se pusieron de pie y se dieron la espalda.

Sin despedirse, sin un último insulto.

Y cada uno regresó a su hogar. Allí el escándalo no tardo en explotar.

Cuando Zubari atravesó la puerta de su casa, lo primero que recibió fueron jadeos de sorpresa de sus padres. Su melena dorada estaba revuelta y llena de tierra, sus ropas rasgadas, y en su piel bronceada destacaban líneas rojizas de arañazos recientes.

Cuando Omari llegó a cenar, sus padres lo recibieron con la misma incredulidad. Su cabello, siempre limpio, estaba cubierto de polvo, su ropa hecha jirones, y sus brazos y piernas tenían mordiscos y zarpazos que aún sangraban.

Ambos fueron rodeados e interrogados por sus familias, y se avisó al resto del Clan en busca de culpables.

Zubari sintió el peso de muchas miradas, primero preocupadas, luego severas cuando no quiso hablar de lo sucedido.

Omari notó la tensión en los adultos que lo miraban, los murmullos especulativos, ante su silencio.

Estuvieron bajo vigilancia por varios meses, algo que los irrito en la misma medida.

Pero mantuvieron su secreto, pues sabían que ellos habían roto una regla muy importante.

Y lo que era peor en sus jóvenes mentes, ninguno había salido victorioso.

Ambos estaban igual de heridos, igual de sucios, igual de cansados.

Yesa era el peor castigo de todos.

Esa noche, mientras cada uno descansaba en su lecho, vendado y adolorido, con el eco de la batalla aun latiéndoles en la piel, Zubari y Omari solo pudieron pensar en una cosa.

Este no era el final, tendría que haber una revancha.

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