Prefacio
La muerte llegó dos veces.
La primera fue lenta, predecible, escrita en diagnósticos y en la fragilidad de unos huesos que ya no soportaban el peso de una vida. La vi apagarse en pequeñas dosis: en los silencios prolongados, en la falta de apetito, en la forma en que su cuerpo se iba volviendo más liviano, como si su espíritu la estuviera abandonando de a poco.
La segunda fue menos evidente. No hubo médicos, ni hospitales, ni un instante exacto donde pudiera decir “Acá fue”. Pero lo supe. Lo supe en las conversaciones que se volvían monótonas, en los besos que nos dábamos por costumbre, en las caricias que, aunque cargadas de cariño, carecían de pasión. Supe que nuestro amor había muerto cuando mi corazón dejó de reconocerse en el latido del suyo.
Y pude haberme quedado ahí, entre las cenizas. Esperando que el viento me arrastrara con los restos de lo que alguna vez llamé hogar.
Pero entonces llegó él.
Y ya no hubo vuelta atrás.








