1
Bajo por la calle central que atraviesa el pueblo, al borde de tarde. Bajo hasta el límite sur de esta y vuelvo a subir. Los ojos de la gente hilan sus pensamientos dentro de mi cabeza. No es muy difícil imaginar los susurros de su mente sobre un extraño como yo. No importa, sus miradas no son relevantes, sino los suspiros de los muertos. Y aquí hay muchos, quizá los suficientes como para ser un “chaman” de buenas ganancias. Vuelvo sobre mis pasos, montado en mi moto deslizadora, y entro a un hotel viejo, cerca de la plaza central. Me recibe un calvo de mala cara, pero con ojos de muñeca. Me indica los precios, escojo la más económica y me lleva a un cuartico caliente, húmedo, escondido en aquella casona. El ventilador de la pared, amarillo de polvo y tiempo, agoniza en su tarea de refrescar todo. Da igual. Me da las llaves, entro y cierro con candado.
–Augusto, cuida mientras me baño, por favor
–Sí, señor –dice el espíritu. Se materializa en tenue velo traslucido. Él y su revolver, claro. Es un tipo callado, pero un buen amigo.
La ducha me provoca una sudoración terrible, pero al menos me quita el polvo del camino. Salgo del sauna improvisado y me cambio de ropa. Debo salir por comida y agua, la garganta está reseca y no confío en el agua del grifo. Saco un pequeño bolso de la maleta y le pido a Augusto que me acompañe. Cierro la puerta y la rezo para alejar a los ladrones. Sin embargo, al pasar el umbral del hotel, la moto deslizadora ya no está. “Pobre pendejo” pienso. Augusto ya sabe y desaparece para rastrearla.
En una hora estoy en una casa con la pintura desecha, en medio dos árboles y mucho rastrojo. Es noche, la calle parece ser una vía principal, pero hacia un barrio del margen. La luz de las lámparas es tenue, gastada. Augusto asiente con su cabeza. Abro la puerta con un simple rezo; al fondo del pasillo, una penumbra espesa se rompe cuando enciendo las luces por accidente, es un garaje un garaje lleno de deslizadores, todos robados, supongo. “Pobre pendejo” pienso de nuevo. Busco mi máquina y la saco como puedo de entre las otras. En la calle, envuelto por el ruido de los sapos, un tipo con su deslizador negro y amarillo me corta el paso
–Eso es mío, compadre, déjelo adentro –dice un tipo alto con cara de matón y ojos de muñeca
–Esto es mío, compañeros. No sé quien la robó, pero tampoco quiero formar escándalo. –respondo
–Escándalo es que un guate con usted ande en este pueblo y aun siga vivo.
–Sí. Conozco las historias.
–Bueno, amigo, entonces déjeme la máquina y podrá vivir un día más.
–Hasta donde tengo entendido, una ratica como usted no es precisamente el duro del pueblo. Por cierto, creo que tiene algo en la mano –Mira sus dedos y nota cómo la raíz de las uñas es, ahora, de un azul mortecino. –El asunto es que, cuanto más tiempo tiene usted mi máquina, mayor será el efecto. No es bonito ver cómo se le pudre a uno la carne en vida, amigo. El tipo se asunta y mete mano al cinto. Saca un revolver de plasma, pero Augusto se apresura y le atraviesa el cerebro con el suyo. No hay sangre ni heridas, pero el cráneo solo alberga un batido de sangre y babas. El recuerdo me eriza los bellitos del cuerpo. Como no lleva nada para guiar su cuerpo, cae y el deslizador negro-amarillo pierde sale de control hasta dar contra un poste.
–No es una buena idea esto –le digo a Augusto
–Nadie será capaz de dar razón –responde en un sonoro susurro
–Bien. Mejor nos vamos.
Enciendo mi máquina y salgo del lugar. Por el camino, compro algunas cosas para comer y, sobre todo, bastante agua. Milagro, el pueblo ya está vacío y casi ningún negocio atiende. Pero los susurros de cuanto muerto hay en este pedazo de tierra se vuelven aún más frecuentes, con un sentimiento de tristeza y desolación cuya profundidad me recuerda lo sordo que son el resto de los seres humanos. Llego al hotel y el calvo mala cara me ve a mi y a mi moto con sorpresa.
–Si quiere hacer negocios con lo ajeno, “compadre”, le recomiendo ser más precavido la próxima vez.