Para alimentar la infancia perdida: El chirrido y el tosco ladrido
Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre, seguido de unos pasos entrecortados que suenan a cansancio, lluvia y cierta cojera vieja. Todas las noches, cual soniquete de reloj de cuco, la verja sonaba. Su sonido chirriante y áspero era la obertura, él había llegado. Abría la puerta con la brutalidad de quién no le importa que le miren en su propia naturaleza.
El segundo aviso de su llegada era el ladrido de fondo de algún perro vecino cada vez que la verja se abría. Tras el ruido chirriante y el ladrido tosco… ella sabía que era el momento. Él llegaba, golpe en la puerta, abrir sin avisar. Entonces toda la fragilidad del mundo en las carnes antaño no enjutas de ella.
Cada vez que él asomaba, ella añoraba las cosas no vividas, los sonidos no escuchados, y sobre todo volver a dormir como antes. Pero la realidad, era tal cual, sin nieblas ni enredos que la mutaran o suavizaran.
Al principio no entendía por qué pasaban las cosas, roces extraños, manos en lugares inadecuados, besos de cebolla asquerosos, manos que marcaban su cuerpo y palabras que cuando se volvían sonido, rompían su corazón, casi seco. Fue justamente así y no de otra manera, como se fue consumiendo cual candil.
Los años de días llenos de verjas que se abrían y perros toscos que ladraban se fueron sucediendo de tal manera, que la infancia de ella se desdibujó en una adolescencia un tanto anómala. Su cuerpo se debatía entre la precariedad y sus formas que a empujones querían cambiar su antaño no enjuto cuerpo.
Cuando estaba sola, en la normalidad de los días de clase y la vida que parecía vulgar y monótona, siempre miraba a los demás con una envidia que la avergonzaba. Miraba, miraba mucho, miraba todo como los científicos en su microscopio. Examinaba las vidas ajenas, fantaseando que eran las suyas.
Un día, la verja no chirrió y el tosco perro no ladró. Tras días de verjas que no chirriaban y perros toscos que no ladraban, sintió que algo había cambiado. En su cama un vestido negro dejado por su madre le comunicaba que por fin era huérfana y que aquella verja no chirriaría más, que aquel perro tosco no volvería a ladrar. Lo que tardó mucho en saber es que el mundo podía existir sin esos ruidos.








