CICLO ROTO
La alarma irrumpe una vez más en mi rutina, como cada mañana. Es la señal de que debo abandonar el único refugio donde me siento a salvo, donde el ruido del mundo exterior aún no me alcanza. Mi departamento es minúsculo, casi sofocante. No puedo permitirme un lugar más grande, ni siquiera renovar los pocos muebles que lo habitan.
Frente al espejo, mientras el agua y la pasta desgastan el filo de mi cansancio, observo las sombras bajo mis ojos. Son profundas, persistentes. Quizás consecuencia de las cuatro o cinco horas de sueño que a duras penas consigo. O, en las peores noches, de la ausencia total del descanso.
El reloj marca las 8:10. Ya estoy aseado, he desayunado y me encuentro listo para afrontar otra jornada de trabajo. Tomo mis llaves y cierro la puerta con parsimonia, lanzando una última mirada a mi vivienda.
—Un desastre...
El edificio que habito no es mejor que mi apartamento. La pintura de las paredes se cae a pedazos, dejando ver capas de abandono. Las plantas del pequeño jardín yacen marchitas, testigos de un descuido irremediable. Cada mañana me cruzo con la casera, una anciana de baja estatura, cabellos níveos y lentes tan gruesos que ocultan la expresión de sus ojos. Siempre me ha mirado con desaprobación. Ignoro la razón. Jamás he hecho nada malo.
El autobús que tomo recibe el peculiar nombre de50/50. A veces llegas a tiempo. A veces no llegas en absoluto. Santa Evita no es una ciudad segura, pero es un hervidero de oportunidades laborales.
—Sí, claro...
Trabajo como ilustrador en una editorial llamadaEl Gato Montés. Llevo tres años trazando líneas que han dejado de tener sentido para mí. Hubo un tiempo en que dibujar era mi vida, mi escape, mi lenguaje secreto con el mundo. Pero ahora... ahora solo espero que el reloj marque la hora de salida para soltar el lápiz y marcharme.
Mi padre siempre despreció mi pasión. Decía que era una pérdida de tiempo, que jamás podría ganarme la vida con ello. Nunca me apoyó. Y lo peor de todo... es que tuvo razón.
Mi sueldo apenas me permite subsistir. Un pequeño capricho a la semana es mi único lujo. Todo lo demás se evapora entre el alquiler y la comida. El mercado está saturado. La única razón por la que acepté este empleo fue por necesidad. Durante un tiempo, me repetí que algo mejor llegaría. Pero esa oportunidad nunca apareció. Y con el tiempo, dejé de esperar.
Desde fuera, la editorial parece acogedora, con su fachada de un amarillo vibrante y la ilustración de un gato en una de sus esquinas. Alguna vez mi horario fue de 8:30 a 6:00 p.m., pero ahora suelo quedarme más allá del ocaso. A veces esas horas extra se pagan. A veces no. Pero lo hago con la vaga esperanza de ganarme el favor de los supervisores. Sobre todo, del señor Margaro.
Él revisa mis trabajos y los de mis compañeros. No tiene paciencia para los errores. Nos grita cuando algo no es como lo espera. A veces nos insulta. A veces escupe al hablar. Pero es el jefe. Y los jefes no se cuestionan.
—¿Verdad...?
Mi cubículo es el más desgastado, una isla de papel y tinta en la esquina del pasillo, donde el trajín del personal resuena sin descanso. Aquí, entre el murmullo incesante de pasos y teclas golpeadas, comienza mi rutina: dibujar, colorear, trazar, adaptar. Si el resultado no es el esperado, toca empezar de nuevo. Dibujar, colorear, trazar, adaptar... Un ciclo sin fin, una repetición infinita de gestos mecánicos que terminan devorando las horas.
La pausa del almuerzo llega a la 1:30 p. m., pero para mí no significa mucho. Suelo comer solo. Nunca entendí por qué los chicos de mi área me esquivan. ¿Será mi aspecto? ¿O tal vez huelomal? Me lo pregunto a veces, mientras mastico en silencio. La única persona que parece notar mi existencia es Karen, la chica de diseño.
Karen es distinta. Su cabello, largo y negro como la noche antes de la tormenta, se desliza sobre sus hombros con una elegancia casi irreal. Su sonrisa es de esas que parecen encerrar un secreto, un brillo tenue capaz de robarle el aliento a cualquiera. Y sus ojos, de un café profundo, tienen algo que me atrapa... algo que no logro definir.
La primera vez que hablamos fue un accidente: un tropiezo en el pasillo, una disculpa entre titubeos. Desde entonces, nos cruzamos de vez en cuando. A veces compartimos un café, a veces algunas palabras. Es lo único que ilumina mis días en esta empresa.
Cuando el descanso termina, regreso al martirio. Ahora ilustro una novela de amor en la que la protagonista muere a manos de su amante. Trágico, oscuro... fascinante.Para trabajar, debo leer fragmentos de la historia. Quizás compre el libro cuando salga.
El sol comienza a desvanecerse, tiñendo las ventanas de un naranja apagado. A mi alrededor, los demás apagan sus computadoras, se desperezan y se marchan. Pero yo me quedo. Siempre me quedo un poco más, alargando la jornada en busca de unas monedas extra. Cuando el edificio queda vacío, solo me acompañan los ecos lejanos del personal de limpieza. A veces, inclusoellos se van antes que yo.
No negaré que hay algo reconfortante en la soledad nocturna, en ese instante en que el mundo parece haberse detenido. Pero otras veces... otras veces, la quietud se siente demasiado pesada. Como si algo, en algún rincón oscuro de la oficina, me observara en silencio.
8:58 p. m.
Casi las nueve. El personal de limpieza no ha venido hoy. Terminé parte de los pendientes de mañana, así que al menos tendré un pequeño respiro.
Recojo mi mochila, mi bloc de notas, el celular y un paquete de galletas. La llave del edificio, como de costumbre, debería estar bajo la alfombra, pero esta vez no está. Por un momento, un escalofrío me recorre la espalda. ¿Y si me quedo encerrado?
Pruebo la puerta. Cede sin resistencia.Suspiro, aliviado, pero decido dejar el seguro puesto, ya que no tengo la llave. No le doy demasiada importancia. Las cámaras de seguridad registrarán que no la encontré.
Camino hasta el viejo parque. El aire nocturno está impregnado con el aroma de la tierra húmeda y el eco lejano de autos perdiéndose en la ciudad. Es aquí donde siempre encuentro adoña Marisita.
Doña Marisita... una mujer de manos gastadas y sonrisa honesta. Su puesto de hamburguesas es pequeño, pero el calor que emana de su parrilla es reconfortante. Una vez, cuando me robaron y no tenía qué comer, ella me dio una hamburguesa sin dudarlo.
—¿Recién sales de trabajar, Larry?
—Sí... ya sabe, hay que ganarse la vida.
—Seguro ni has cenado.
—Todavía tengo algo de sopa de ayer. Más bien, quería pagarle la hamburguesa de la otra vez.
—Ay, hijo, no te preocupes.
—No, doña Marisita. Todos necesitamos dinero, y usted también.
Le entrego el billete y ella lo recibe con una sonrisa de ternura.
—Bien. Me alegra saber que todavía quedan chicos honrados como tú.
—Jeje. Cuídese, doña Marisita, ya me tengo que ir.
Ella me despide con la mano, como siempre lo hace. Como si en ese simple gesto me estuviera deseando un mejor destino.
Tomo el bus de regreso. Suben vendedores, músicos, niños con miradas cansadas que ofrecen dulces a cambio de unas monedas. Siempre trato de darles algo. No mucho, pero lo suficiente para que sepan que alguien los vio. Que alguien los reconoció como personas.
Al llegar a casa, dejo mis cosas sobre la silla junto al baño. El departamento es pequeño, pero es mío. Caliento la comida de la noche anterior y ceno en compañía de la luz fría de la pantalla.
A veces me llama mi madre. Siempre ella. Preguntándome si comí, si estoy bien. Su voz tiene ese tono cálido que solo tienen las madres preocupadas. Y la entiendo. Vivo en la capital, lejos de casa. Demasiado lejos.
Siempre es ella. Pero jamás la persona que realmente espero.
Nunca he visto su número aparecer en la pantalla. Nunca un mensaje. Nunca una señal. Nada.
Lavo los platos, limpio un poco el polvo y, finalmente, me acuesto. El celular brilla en la oscuridad, atrapándome en su resplandor artificial. Paso los minutos deslizando el dedo sobre la pantalla, esperando... esperando no sé qué.
Hasta que, finalmente, el sueño me arrastra.
Y me sumerjo en el único lugar donde realmente quiero estar: mis sueños.
La alarma suena una vez más. El día se repite como un bucle inquebrantable: me levanto, me cambio, desayuno, salgo a tomar el bus y llego a la empresa. La rutina pesa, las horas se deslizan, el sol se oculta, y sin darme cuenta, el sueño me arrastra a su abismo.
9:30
Despierto de golpe. La oscuridad me envuelve como una manta sofocante. ¿Dónde estoy? Mi corazón martillea en mi pecho. Busco a tientas mis cosas y me apresuro a salir, pero un escalofrío recorre mi espalda, una voz en mi mente susurra con urgencia:
“Rápido, sal de aquí.”
La llave, una vez más, ha desaparecido. No lo pienso dos veces. Salgo corriendo.
A la mañana siguiente, regreso a la oficina. Algo está mal. El aire pesa más de lo normal, la quietud es densa, casi irreal. Es jueves, quincena. Lo único bueno de este lugar es que pagan a tiempo, pero mi cuenta sigue vacía. Me extraña. Decido ir a la oficina del señor Margaro, quien se encarga de las transferencias.
Toco la puerta. Silencio.
Insisto. Nada.
El nerviosismo me oprime el pecho. Contra toda prudencia, giro la manija. La puerta cede con un crujido.
Un hedor metálico impregna el aire.
La escena ante mis ojos me golpea como un mazo: el cuerpo inerte del señor Margaro yace sobre el escritorio, la sangre desbordándose como tinta derramada. Un cuchillo sobresale de su cuello, como la firma macabra de un asesino invisible.
Un grito corta el silencio. Una de las chicas que pasaba ve el horror y su voz alerta a todos.
Yo, en cambio, sigo allí, congelado.
El mundo se tambalea. Mi cuerpo cede. Caigo lentamente al suelo, la vista se nubla. Lo último que alcanzo a murmurar, antes de que todo se apague, es:
—El señor Margaro ha muerto.









Tiene muy buena pinta, gran inicio!!!!