Capítulo 1 - Algo cayó del cielo
Aquel día no hubo explosiones.
No hubo ciudades en ruinas.
No hubo apocalipsis.
Solo una lluvia.
Una lluvia distinta.
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Algunos la describieron como puntos dorados en el cielo. Otros, como luces parpadeantes sin rumbo fijo. Los más poéticos hablaron de estrellas que bajaban a descansar.
Lo cierto era más simple y más extraño a la vez. Miles de meteoritos. Distintas partes de Érath. Ninguno con fuerza destructiva. La mayoría se deshizo en la atmósfera o cayó en zonas alejadas, en silencio, como si no quisieran ser encontrados.
Pero los gobiernos no rieron.
Ni los científicos.
Porque lo que ninguna cámara capturó, lo que los informes clasificados describían con un lenguaje tan técnico que casi lograba ocultar el miedo entre las líneas, era esto:
Hubo anomalías.
Cambios en patrones electromagnéticos. Variaciones microscópicas en el aire. Y sobre todo, algo en el ADN humano. Algo que no debía estar ahí.
No fue inmediato.
Ni fue evidente.
Pero el mundo, sin saberlo, había cambiado para siempre.
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Gino tenía doce años aquella noche.
No lo recuerda como un momento épico. Solo recuerda el frío de la hierba bajo sus piernas, el olor a resina de los pinos, y la voz de su hermana pequeña pidiéndole por enésima vez que apagara la linterna.
—Gino, apaga la linterna y duerme ya.
—Cinco minutos más, Lía.
—¡No, dijiste eso hace veinte minutos! ¡Yo sí quiero dormir!
La voz aguda de Lía rompió el silencio del bosque. Tenía nueve años y el don de convertir cualquier queja en una declaración de principios inapelable. Gino apagó la linterna a regañadientes.
Afuera, el cielo ardía despacio.
Gino no lo vio. Se quedó dormido pensando en el siguiente capítulo de su cómic favorito.
Esa fue la noche en que algo entró en su cuerpo. Una partícula minúscula. Invisible. No como las que alcanzaron a millones de personas en todo Érath esa noche. Lo que entró en Gino Auren era diferente. Más profundo. Más antiguo.
Un fragmento del núcleo de algo que había viajado entre galaxias desde antes de que Érath existiera. Y sin que él lo supiera, se hundió en su interior como una brasa que encuentra leña seca después de años buscándola. No quemó. No dolió. Simplemente encontró su lugar entre sus costillas, y se encendió.
Pasaron semanas.
El mundo seguía su rutina.
Pero algo latía debajo de la superficie.
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Los primeros casos aparecieron meses después. Un estudiante que detuvo un vehículo en movimiento. Una mujer que curó la fractura de su hija. Un hombre que respiró bajo el agua durante veinte minutos.
Los gobiernos lo intentaron ocultar. Duraron once días.
Lo que nadie supo entonces era que los humanos no eran los únicos que habían cambiado. La fauna también. Los animales mutaron. El gobierno lo sabía. Lo archivó.
A los que cambiaron los llamaron Despertados. Y luego, simplemente, Cazadores.
Porque alguien tenía que entrar en los lugares donde las cosas cambiadas vivían ahora. Y resultó que algunos humanos podían hacerlo. No todos de la misma forma — con el tiempo se distinguieron tres clases entre los Despertados: los magos, que canalizaban su poder de forma elemental o energética a distancia; los combatientes, cuyo poder transformaba su cuerpo para el combate directo; y los sanadores, cuya habilidad era comprender y restaurar la biología de lo vivo. Tres caminos distintos, todos igual de necesarios en un mundo que había aprendido a necesitarlos.
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La Gran Declaración llegó tres años después de la lluvia. Una cumbre de emergencia. Todos los gobiernos. El mensaje fue simple y brutal: el mundo había cambiado, el sistema de Cazadores sería oficial, regulado y reconocido en todos los países por igual. Mismo sistema de rangos, mismas zonas, mismas reglas.
También fue la primera vez que admitieron que lo sabían antes. Que los meteoritos no fueron una sorpresa. Que los consideraron inofensivos. Que se equivocaron.
Lo que no dijeron era que algunos de los que despertaron no desarrollaron poderes. Que para algunos, el proceso no fue un despertar sino un colapso silencioso desde dentro.
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La madre de Gino empezó a enfermar un año antes de la Gran Declaración. Fue gradual: primero el cansancio que no cedía, luego los análisis que no cuadraban, luego los médicos con caras que intentaban no decir lo que ya sabían.
Las partículas habían encontrado su cuerpo esa noche en el bosque igual que encontraron el de Gino. Pero en ella no encendieron nada.
Apagaron.
Gino tenía quince años cuando los médicos dejaron de hablar de recuperación y empezaron a hablar de mantenimiento. Había una cama. Había máquinas. Había facturas. Su padre ya no estaba para entonces. Había desaparecido un año antes. Sin explicación, sin cuerpo, sin rastro.
Gino no lloraba por su padre. No porque no lo echara de menos sino porque no tenía tiempo. Lía tenía trece años y una lista de cosas que necesitaba que su hermano no podía dejar de hacer.
Despertó a los dieciséis.
La tecnología lo catalogó en segundos.
Clase: Mago. Elemento: Fuego. Rango: F.
El técnico ni levantó la vista del dispositivo. Le extendió un papel con su registro, le explicó en menos de dos minutos cómo funcionaba el sistema de misiones para rangos bajos, y le indicó la puerta de salida.
Salió a la calle con el papel en la mano y el sol dándole en la cara.
Rango F.
Inútil.
Insignificante.
Olvidable.
Eso decían los foros. Eso decía el sistema con cada misión que ofrecía: las que nadie quería, las que pagaban lo mínimo. Gino miró el papel durante un momento largo. Luego lo dobló, lo guardó en el bolsillo, y fue directo a registrarse para su primera misión. Tenía una factura médica que pagar.
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Han pasado dos años desde entonces. Dieciocho años. Rango F mago. Sin gremio. Sin respaldo. Sin nadie esperando que vuelva excepto una chica de quince años que finge que no se preocupa y una mujer conectada a máquinas que ya no puede fingir nada.
En la pantalla del vagón, una presentadora recitaba los titulares del día con la entonación específica de las noticias de mediodía. Gino no escuchaba. Hasta que oyó el nombre.
"...Eva Lyn, con dieciocho años, se convierte en la cazadora más joven en alcanzar el rango S en la historia de Solara. La única cazadora conocida en escalar de rango A a S. Un ascenso que el sistema consideraba prácticamente imposible..."
Dieciocho años.
Su misma edad.
Gino apartó la vista de la pantalla y la fijó en la ventana. El reflejo le devolvía la imagen de un chico común. Solo una mochila, un sobre con su pase de misión, y algo que ardía en su interior con una constancia que él ya había dejado de intentar explicarse.
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Cuando bajó en el Distrito 12, la diferencia era brutal. Calles rotas. Muros con grietas. Un mural mostraba los niveles de amenaza de la zona. Zona Gris. Niveles 1 a 3.
Perfecto para novatos.
Gino respiró hondo y caminó hacia el edificio de registro local. No como un héroe. Sino como alguien que tenía una factura que pagar y un fuego que no pedía permiso para seguir ardiendo.
Su carrera estaba por comenzar.