Capítulo 1
LA NIÑA QUE ESCUCHABA A LAS FLORES
En las afueras de un pequeño pueblo japonés rodeado de montañas, vivía una niña llamada Hana. Su casa era una antigua casa de té de madera, con techos curvados como alas de cigarra y un jardín que parecía salido de un sueño: los cerezos nunca dejaban de florecer, incluso en otoño, y las flores hablaban… si uno sabía escucharlas.
Hana vivía con su tía Kaede, una mujer silenciosa que preparaba el té como si cada movimiento fuera parte de una ceremonia secreta. “Escucha más y habla menos”, le decía cada mañana. Pero Hana no lo hacía por obedecerla. Lo hacía porque le encantaba el sonido de las cosas que nadie más notaba.
El crujir del bambú. El suspiro del viento sobre el estanque. El suave tintineo de las campanas colgantes cuando pasaban las mariposas.
Su único amigo era Kuro, un gato negro con una mancha blanca en forma de flor en la frente. Dormía todo el día y se quejaba de todo, menos cuando Hana lo acariciaba detrás de las orejas.
Una tarde, después de ayudar a su tía a barrer el camino de piedra, Hana caminó hasta el corazón del jardín. Allí, bajo un viejo árbol de sakura, algo brillaba entre las raíces: una máscara blanca, como las que usan las geishas, con labios pintados de rojo y ojos entrecerrados como si guardaran secretos.
Hana la recogió con cuidado. Estaba tibia, como si alguien la hubiera dejado allí hace solo un momento. Cuando la acercó a su rostro… escuchó un susurro.
—"Las flores recuerdan lo que los humanos olvidan…"
Hana dio un paso atrás. El jardín, que siempre le había parecido amable, ahora parecía estar esperando algo. O a alguien.
El viento sopló hacia el este. Y Kuro, que nunca hablaba, murmuró con voz baja:
—No debiste tocarla, niña.
![Eres mía [#1]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_4344f13bc3a0abb8b1c504d5bd3ac0a3.jpg)







