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Henrik quiere una melodía

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Henrik es el líder de la multipremiada banda MalaVentura. Ya con varios reconocimientos en su trayectoria están a punto de llegar a la cima de su carrera. Sin embargo, su éxito profesional es opuesto al sentimental. Está inmerso en una relación tóxica que lo ha cambiado hasta convertirlo en una sombra de lo que fue. Los medios de comunicación especulan sobre su preferencia sexual, pero él se niega a hablar de ello; la simple idea lo aterra. Milo es un chico universitario casi como cualquier otro que tiene varios empleos para subsistir. Sólo que uno de esos trabajos implica disfrazarse de vaquero, policía o hasta bombero y quitarse la ropa en tiempo récord. Para él es una sorpresa cuando lo contratan para entretener a uno de los músicos más famosos del país: el líder de MalaVentura. Aura y Eric intentan salvar su matrimonio pese a los constantes ataques de los admiradores hacia ella. En ocasiones parecen sólo un recuerdo de la melodía perfecta que fueron. Sus vidas son públicas. Todos están ansiosos por saber de ellos y señalarlos, no tienen permiso para cometer errores. Tienen que ser perfectos, todo el tiempo. ¿Cuántos lograrán sobrevivir bajo tal presión? ¿Quiénes…? Todos los derechos reservados © Lena Mossy 2020.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Lena Mossy
Estado:
Completado
Capítulos:
70
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Henrik

Movies only make me sad

Parties make me feel as bad

Cause I’m not with you

I just don’t know what to do

I just don’t know what to do with myself — The white stripes


El pastel en forma de pene casi me hace sonreír, casi. Sí, bueno, sonrío porque es difícil no hacerlo cuando el glande tiene una carita feliz. El pastel de los pechos es mucho más realista que el fálico, incluso se ve sexy con el top rojo. Aquí hay variedad, puedes ver panques de vaginas con sabor a chocolate y paletas heladas de penes en diferentes sabores. Supongo que es la ventaja de que tener una amiga bisexual, que le gustan tanto las mujeres como los hombres, y que ha decidido hacer su despedida de soltera a lo grande. Berenice tiene amor para todos.

La festejada está al centro de la sala en la lujosa habitación del hotel que se rentó para su fiesta. Su mata de cabello rizado luce más roja que nunca. Está bailando con una botella de tequila en la mano y rodeada de amigas que ni si quiera conozco; no sé de dónde salieron tantas mujeres. No me molesta, sólo me preocupa que algunas me ven como un enorme pedazo de filete.

Todos saben que Berenice es de mis mejores amigas, por eso no es raro que sea el único hombre en su despedida de soltera. Además, me encargaron cuidar a las niñas, es decir: Aura, Cristal, Minerva y Sofía; porque sus parejas piensan que son unas inocentes criaturas del señor cuando la realidad es que llevan media hora muertas de risa mientras comen las paletas en forma de pene. Minerva es capaz de meterse la paleta entera en la boca, ¡qué garganta!

Bueno, para ser sinceros, sí son inocentes. Dimas estaba preocupado porque es obvio que traerán strippers y no sabía cómo haría sentir eso a Cristal. Supongo que omitiré decirle que ha echado dos vistazos a las fotografías de los chicos que llegarán en cualquier momento. Aura finge un poquito mejor, sólo estuvo cerca de dejar caer los ojos para ver las fotografías sin tener que pedirlas. Sofía es más recatada, ella de plano ni pidió las fotografías y se come a mordisquitos la paleta de pene sabor fresa. Minerva va por la tercera paleta y tiene las fotografías en las manos.

Por desgracia para los chicos, Vitoria, la novia de Berenice, no es amiga de ellos. Así que la despedida de soltera de la chica será en Inglaterra y no están invitados. Me encanta la relación de esas dos, ya que es abierta y ambas se han permitido acostarse con quien quieran antes de su matrimonio. Por lo que Berenice está examinando a las posibles víctimas.

La música se detiene, todos abuchean, incluida Cristal que ha empezado a comerse los penes de chocolate. La chica se sonroja un poco cuando me descubre observándola, sólo levanto mi cerveza en su dirección y ella encoge los hombros.

—¡Atención! —grita Gigi al lado del equipo de sonido que hasta hace unos segundos hacía vibrar las paredes de la habitación—. ¡Me tomé toda la molestia del mundo para reunir a las mujeres más buenas de la ciudad!

Berenice aplaude emocionadísima, parece a punto de soltar brinquitos y correr a abrazar a su mejor amiga.

—¡O sea, güey! ¡Tuve que ir a todos los clubs de strippers!

—¡Uy, qué molestia! —ríe Bere.

Gigi le enseña el dedo corazón sin parar de sonreír.

—Pues sí, ¡no me gustan las chichis!

—¡De lo que te pierdes!

—Ay, ya sé —suelta una carcajada Gigi—. Te amo, bebé.

—¡Yo a ti! —Berenice corre hacia ella, salta y se cuelga de su cuello para abrazarla. Gigi la sostiene a duras penas.

Gigi posee una elegancia sensual que he visto en pocas mujeres. Tiene cierto aire rockero con sus brazos tatuados, el cabello negro y los labios siempre pintados de rojo carmesí. En esta ocasión luce un pequeño vestido negro ajustado a la cintura con una falda amplia y unas medias de redecilla que no esconden sus nuevos tatuajes en las piernas.

—¡Y, o sea! ¡Me costó un chingo porque les dije que no quería que bailaran reggaetón y esas cochinadas! Quería algo sofisticado… —añade Gigi cuando Bere la libera de su peso—. Así que espero que te guste mi regalo....

—Sabes que sí, amorcito.

Bere sostiene el rostro de Gigi y le da un beso casto en los labios. Así es su amistad, en muchas ocasiones la prensa ha pensado que son novias, pero no podría estar más lejos de la realidad. Gigi es totalmente heterosexual y adora a Berenice como su mejor amiga, estoy seguro de que harían lo que fuera la una por la otra; es ese tipo de amistad.

Un par de golpes suaves en la puerta elevan la expectación. Gigi corre a abrir y desfilan dentro de la habitación cinco mujeres que harían babear a cualquier chico de Gray y MalaVentura, sin duda alguna. Ni los abnegados de Dimas y Eric podrían evitar lanzar un par de miradas a las monumentales mujeres que hacen gritar a todas las chicas.

Una trigueña exuberante se acerca al rincón donde están Aura y las demás. Cristal se cubre los ojos, Sofía se esconde detrás de Aura y ésta no sabe dónde colocar las manos porque la mujer le está bailando a dos centímetros de distancia.

—¡Me gustan los penes! —grita Minerva con la paleta frente a ella cuando la stripper estuvo a punto de sentarse en su regazo.

—Igual a mí —dice la mujer y lame la paleta.

Mina se queda boquiabierta, no se opone cuando Sofía le quita la paleta y la arroja a la basura.

La stripper se levanta y se une a las demás que bailan alrededor de Berenice al ritmo de The Black Keys. La pelirroja está sentada en el medio y disfruta con toda confianza de las mujeres que la llenan de caricias subidas de tono.

Por primera vez en toda la noche estoy a punto de carcajearme. Cristal tiene los ojos muy abiertos, su cabello azul contrasta con el rostro colorado. Sofía se ve como si hubiera escapado de un convento y no supiera ni qué hace fuera de casa a estas horas. Aura y Minerva se salvan un poco del bochorno, parecen disimular mejor el bochorno que están pasando.

Me agrada verlas juntas, saber que pasaron por muchos obstáculos para llegar hasta donde están. Aura y Minerva poseen casi el mismo tono moreno de piel, la segunda es de tez un poco más oscura. Sofía y Cristal son del mismo tono blanco, así como Eric; pero la primera luce su cabello rubio tan claro como el mío, mientras que Cris continúa tiñéndolo de azul.

Las bailarinas van del ritmo de The Black Keys a The White Stripes con I just don’t know what to do with myself; esa canción me hace cantar como todo lo que incluya a Jack White. Convivimos tanto que ellas también aman la música que me gusta, esta es la clara muestra.

Eric elige ese momento para intentar hacerme una videollamada, pero la cancelo. Así que se resigna a enviarme un mensaje.

Eric: ¿Qué hay que no puedo ver?

Henrik: Tetas.

Eric: ¿Llevaron mujeres?

Henrik: Sí, cinco.

Eric: ¿Cómo está Aura?

Aura aplaude con efusividad cuando una chica se acuesta en el suelo frente a Berenice y empieza a quitarse la poca ropa que lleva.

Henrik: Apenada, ya sabes cómo es.

Eric: ¿Y Cristal?

Cristal está echando otro vistazo a las fotografías.

Henrik: Igual que Aura.

Eric: Pobres, no están acostumbradas a esas cosas.

Sofía empieza a comer también de los penes de chocolate.

Henrik: Está bien cambiar un poco de ambiente.

Eric: Bueno, diles que nos llamen cuando quieran que vayamos por ellas.

Minerva abre otra cerveza, ya perdí la cuenta cuántas ha tomado.

Henrik: Claro, aunque es probable que se queden a dormir aquí.

Eric lee el mensaje, pero tarda en responder. Todos están en el pent-house con Dimas para una noche de hombres, es decir, futbol y videojuegos como los machos pelo en pecho que son. No disfrutan mucho de strippers y esas cosas, yo tampoco. Creo que ya estamos algo viejos para eso, pero nunca para Halo o FIFA.

Eric: Dice Dimas que mejor vamos por ellas.

Henrik: Están bien. No se preocupes, yo las cuido.

Eric: ¿Eso debe aliviarme?

Henrik: Adiós, aburrido. Ya no jodas.

Ignoro el siguiente mensaje y guardo el celular, de todas formas, sé que no recibiré mensajes de la única persona que quiero que me recuerde como para escribirme y preguntar cómo la estoy pasando.

El show de las chicas es bastante entretenido. Si hubiera un tubo a la mitad de la sala creo que habría sido mejor porque una de ellas baila muy bien. Berenice ya quiere irse a la habitación con una rubia de piel trigueña con lentillas verdes, pero Gigi le grita que espere un poco más.

—¡Tu regalo está a la mitad! ¡Espera, espera! —chilla Gigi con su potente voz de soprano—. ¡Estos los elegí por catálogo! ¿Entiendes, Bere? ¡Catálogo! ¡Son lo mejor de lo mejor!

—¿Cuánto gastaste en esto? —inquiere Minerva.

—Un chingo y dos montones, ¡pero todo para mi bebé!

—¡Por eso te amo! —declara Bere.

Aura y Cristal intercambian una mirada, esas dos no son nada mojigatas por mucho que quieran hacernos creer eso.

—¡Y a estos les dije que bailen lo que quieran! —Gigi ya está pasada de copas—. Así que, ¡felicidades, Bere! ¡Que tu matrimonio sea épico!

Bere aplaude eufórica cuando Gigi abre la puerta, supongo que los strippers le avisaron que ya estaban ahí o tienen una coordinación mágica. Mis cavilaciones sobre la importancia de la puntualidad se detienen cuando tres hombres entran a la habitación al ritmo de una canción electrónica y en automático quedamos boquiabiertos.

No confío en toda la bola de desconocidas, así que es imposible que demuestre lo mucho que me distraen esos chicos con poca ropa. Y… carajo, ¿cuántas horas pasan en el gimnasio para estar así? Yo no creo tener ese cuerpo y casi vivo ahí. Dos de los chicos van de policías, el último de vaquero con todo y el sombrero que esconde un poco los ojos de un tono claro.

Uno de los policías se acerca al rincón y le baila a Cristal. La chica grita asustada y casi muere de un infarto cuando Minerva la obliga a agarrarle las nalgas. No sé si la obliga, la verdad, porque ya nadie la sostiene y tampoco aparta las manos del trasero del policía. Aura ríe hasta que el hombre toma una de las pequeñas manos de la escritora y la desliza sobre el abdomen firme y marcado. Eric no tiene ese abdomen porque nunca le han gustado los cuerpos musculosos, supongo que si viera cómo Aura casi babea por el policía cambiaría de opinión.

Las chicas le gritan algo al policía, no entiendo qué por el volumen de la música, pero el hombre se aparta de ellas y se concentra en Sofía que está a punto de refugiarse debajo de su silla. El policía se sienta en el regazo de la rubia con las piernas abiertas, ella grita por auxilio, incluso me llama. Dimas me ha contado cómo era So durante su adolescencia, así que no me sorprende cuando se arma de valor y sube las manos por el torso del policía; aunque luego chilla muerta de pena entre risas y vítores de sus amigas.

—Diviértete un poco —suelta Gigi que se de tiene a mi lado a mitad de su baile alrededor de la sala—. Son para ti más que para los demás. Berenice prefiere las chichis, los sabes.

—No estoy de humor —digo y bebo un trago de mi cerveza fría—. Gracias.

—Ya nunca estás de humor, Henrik bebé —suspira mi tatuada amiga—. Extraño al Henrik ocurrente y divertido.

—No todo es diversión en esta vida, Gigi.

Ella enarca una de sus cejas perfectas y dice:

—¿Qué hiciste con mi Henrik bebé? Él estaría diciéndole al policía que se portó mal y necesita que lo castiguen con la macana.

Suelto una carcajada y eso la hace sonreír. Ella tiene razón, yo hubiera hecho eso.

—No me sentiría bien haciendo algo con otra persona, ¿entiendes?

—¿Por Jean?

Su nombre consigue que desee revisar de nuevo el celular sólo por si pudo enviarme un mensaje en medio de su aniversario.

—Sí…

—Jean es una mierda —escupe—. No merece tu fidelidad.

No me gusta que hablen así de él, me duele. Detesto que todos mis amigos odien tanto a Jean.

—Toni no es mucho mejor —contrataco.

—Oh, pero yo lo sé, Henrikcito. —Coloca una mano en su cintura y con la otra señala al policía que sigue bailándole a Sofía—. Y por eso voy a tirarme a uno de estos tipitos que me salieron carísimos.

No me deja contestar, pues se aleja en dirección al hombre que señaló. Tira de él, lo aparta de Sofía y le planta un beso digno de película pornográfica. El hombre no desaprovecha la oportunidad de recorrer el cuerpo curvilíneo de Gigi. Todas se mantienen en buena condición física, es parte del contrato con la disquera, así que debemos mantenernos delgados y presentables; así dice textualmente nuestro contrato.

La letra de la canción que empieza a reproducirse me hace sonreír. Habla de lo fácil que es conseguir todo cuando estás en una banda y, con sinceridad, es verdad; mucho más si tienes éxito y algunos Grammy’s como sucede con MalaVentura. Estoy seguro de que Gigi hizo firmar contratos de confidencialidad a todos los invitados, por eso me pidió divertirme con sus selectos strippers, porque nadie puede decir una palabra de lo que suceda aquí.

El rumbo de mis pensamientos me deprime. Es hora de pasar un rato a solas, así que abandono la sala y salgo al balcón que está vacío. Necesito revisar mi celular sin que nadie me reprenda por hacerlo, pues saben qué hago: espiar a Jean en sus redes sociales.

No sé cómo terminé en esto, es la puta verdad. Nunca fue mi intención involucrarme en una relación tóxica, por el contrario, después de Paolo sólo quería algo como lo que tienen Eric y Dimas; obtuve lo contrario.

Conocí a Daniel Jean durante la grabación del primer álbum de Gray. Iniciamos como amigos, pues él vive en la capital y yo en provincia. Nunca quise mudarme, ni Eric y los demás, preferimos viajar para nuestros compromisos. Así que sólo intercambiábamos mensajes hasta que fue la boda de Cristal y Dimas, en esa ocasión nos pasamos de copas y una cosa llevo a la otra: cogimos como animales en mi automóvil. Jean se quedó unas semanas, pues estaba en planes de abrir su academia de fotografía en la ciudad. Fue un puto cuento de hadas, ahora que lo recuerdo me provoca más coraje que alegría. Yo era un idiota enamorado, fantaseaba en mi nube rosa y creía que acababa de encontrar a la persona ideal. Además, Paolo se retorcía de los celos porque Jean está bastante bien, mucho mejor que su ahora esposa que parece una escoba. Mi historia perfecta de amor duró esas semanas.

Jean regresó a la capital. Continuamos intercambiando mensajes y llamadas cursis en las que planeábamos nuestro siguiente encuentro. Fue cuando, de pronto, en sus redes sociales publicó una fotografía donde está besando a un señor. Ahí se destapó toda la puta verdad y yo debí marcharme con mi dignidad, pero no, aquí sigo.

Daniel Jean tenía una relación de cinco años con un exitoso empresario. Habían terminado poco antes de la boda de Cristal y Dimas, así que estaba soltero cuando viví mi cuento de amor. No obstante, cuando regresó a la ciudad también se reconcilió con ese tipejo y decidieron gritar su amor a los cuatro vientos. Confesaron ante todos que son gays y que se aman, el medio artístico aplaudió su valentía y amor. Yo me hundí en mi puta miseria.

¿Y qué podía hacer? De nuevo me dejaron por otro. No respondí ya sus mensajes o llamadas, pero Jean no me dejó tranquilo. Regresó a la ciudad para continuar con los planes de su academia y fue a verme. En pocas palabras, caí rendido ante su palabrería. Me juró que no amaba a Matías, que sólo estaba con él porque sentía mucha pena y no podía dejarlo solo, ya que toda su familia le había dado la espalda al enterarse de su homosexualidad. Me prometió que pronto terminaría con él, que sólo necesitaba tiempo para encontrar la forma de no herirlo y, entonces, estaríamos juntos. Ya han pasado dos años desde esa conversación.

Hemos terminado varias veces, ni sé cuántas, y siempre regresamos. Me alejo unas semanas hasta que no puedo y vuelvo a buscarlo o viceversa. No sé cuánto he llorado a solas por su culpa. Ni cuántas veces me he sentido la peor basura del mundo en el escenario mientras el público me grita que soy lo máximo; no puedo creerlo, porque al final todos prefieren a otra persona, no a mí.

El Instagram de Jean apuñala de forma certera al centro de mi pecho. El chico acaba de publicar una fotografía de su novio en plena cena en un romántico restaurante. El texto dice: Por todos los años que nos faltan juntos.

¿Faltan? ¿Cuántos? ¿Cuánto más voy a soportar esto?

Me duele verlo sonreír a su lado. Me duele no ser yo el que está ahí ni el que etiqueta en sus fotografías. Me duele ser el que sólo puede recibir las sobras de cariño y que, sin embargo, está feliz de hacerlo. Me duele toda esta situación y no sé cómo escapar de ella.

No voy a llorar porque es la despedida de soltera de Berenice y no quiero preocuparla. La conozco, puede estar borracha, pero si me ve llorar es capaz de llamar a Jean y gritarle hasta de lo que se va a morir; ya ha pasado.

Todo esto me ha convertido en el peor amigo de la historia. No ayudé en la organización de la fiesta, sino que todo se lo dejé a Gigi. No tengo mente para nada, soy una mierda de pies a cabeza. Ya ni puedo componer canciones o pintar, vivo atormentado, preguntándome qué hace Jean y si está con Matías. Ya no me siento un ser humano, sólo un perro faldero que ruega por una sobra de comida.

Y con el coraje atorado en la garganta escribo un mensaje a Jean.

Henrik: Te odio tanto. Ojalá te mueras.

Guardo el celular, ni lo va a leer y cuando lo haga ya no sentiré este odio y le pediré disculpas. Pelearemos un rato, lloraremos, nos pediremos perdón y seguiremos así por los siglos de los siglos.

—Amén… —murmuro.

—¿Estás rezando en una despedida de soltera? —pregunta una voz masculina a mis espaldas—. ¿Quieres un rosario?

El stripper con traje de vaquero se recarga a mi lado en el barandal, sólo que ya no tiene el sombrero, basta con echar un vistazo en la habitación para descubrir que lo tiene Berenice.

Y, he de admitir, que Gigi tiene buenos gustos para los strippers, carajo, sí que los tiene.

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