El Día de la Marca
El Día de la Marca
Los pasillos de Hogwarts estaban inusualmente silenciosos aquella mañana. No era el típico murmullo previo a las clases ni el bullicio nervioso antes de los exámenes. No. Hoy se respiraba una tensión distinta, más densa, como si los muros mismos del castillo supieran lo que estaba por ocurrir.
En el Gran Comedor, las velas flotantes parpadeaban con una luz tenue. Los alumnos, aunque sentados en sus mesas respectivas, hablaban poco. Los cuchicheos eran breves, las miradas furtivas. Hoy era el Día de la Marca.
A las nueve en punto, el director Albus Dumbledore se puso de pie en el estrado. Su túnica azul noche arrastraba con elegancia mientras se acercaba al podio encantado que amplificaba su voz.
—Buenos días, queridos alumnos —dijo, con esa calma que solo él sabía imponer incluso en los momentos más inquietantes—. Como sabéis, hoy celebramos un antiguo ritual mágico, olvidado durante generaciones. Hoy... conoceréis vuestra Marca y vuestra Alma Gemela.
Un escalofrío recorrió la sala. Algunos alumnos se pusieron rígidos. Otros miraron hacia sus manos, nerviosamente, como si esperaran ver algo aparecer de la nada.
—La profesora McGonagall se encargará de realizar la Verificación —continuó Dumbledore—. Os llamará uno por uno. No temáis. Las Marcas son manifestaciones únicas, y vuestras Almas Gemelas, un vínculo profundo e inquebrantable.
Minerva McGonagall, de semblante más severo que de costumbre, se levantó con una lista enrollada en la mano. Se colocó al lado del director, y sin más preámbulo, comenzó:
—Granger, Hermione.
Hermione tragó saliva y se levantó. Sus pasos resonaban en el Gran Comedor con una claridad perturbadora. Se detuvo frente a McGonagall, quien con su varita tocó suavemente la muñeca de la joven. Un destello dorado surgió, y todos contuvieron el aliento.
En su piel apareció una marca brillante en forma de corazón. Un murmullo se elevó en la sala. McGonagall observó con atención, y luego declaró:
—Su alma gemela es... Ronald Weasley.
Ron se puso rojo como su cabello. Hermione abrió los ojos como platos, pero una pequeña sonrisa nerviosa le curvó los labios.
—Potter, Harry.
Harry se levantó con el estómago revuelto. Sentía todas las miradas clavadas en él mientras se acercaba. Cuando McGonagall tocó su brazo, una luz plateada surgió con un destello agudo. En su piel, lentamente, se formó una serpiente enroscada alrededor de una espada. Hubo un murmullo de asombro general.
La profesora tardó unos segundos más en analizar los símbolos, frunciendo el ceño.
—Sus almas gemelas son... Draco Malfoy y... Cedric Diggory.
Un silencio sepulcral se hizo en el comedor.
Draco se quedó paralizado, su rostro una mezcla de incredulidad y desconcierto. Cedric, desde la mesa de Hufflepuff, alzó la mirada hacia Harry con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de descifrar.
Harry solo pensaba: ¿Cómo es posible?
Y así continuó, uno por uno, cada alumno avanzaba con el corazón en un puño, expuesto ante la magia que revelaba sus secretos más profundos.
Pero algo flotaba en el aire. Algo que ni Dumbledore ni McGonagall parecían querer decir aún. Porque algunas Marcas no solo mostraban amor... también mostraban destino.
Y no todos los destinos estaban hechos de luz.








