Capítulo 1: Fuego incipiente.
Capítulo 1: Fuego incipiente.
Sanemi debía admitir que el patrón era sabio. Tenía la habilidad de leer a las personas como si de libros se tratarán y a él lo había leído como si fuera transparente. Y aunque al principio no estuvo tan a gusto con que un alfa moribundo lo mandara ahora no veía su vida sin que él patrón lo guiará por el camino correcto.
—Namu Amida Butsu — Sonó junto a él, haciéndolo sonreír. El enorme pilar de la roca corría junto a él, era un hombre enorme, intimidante, un Alfa dominante que, contrario a las leyendas era más como un enorme y cálido oso de peluche.
Aunque al principio Sanemi se enojó con el patrón por pedirle hacer misiones con el, con el tiempo llegó a apreciarlo, ambos tenían muchas cosas en común, la furia hacia los demonios y la sensibilidad hacia otras formas de vida (Aunque debía admitir que el moreno era mil veces mejor expresándose) y aparentemente un placer absoluto al tener una conversación estimulante.
Fue en su segunda misión juntos en la que el pilar de la roca se aburrió de estar en silencio y comenzó a hablar, al principio hablaban de cosas sin importancia como el clima, las técnicas y estrategias a emplear en el campo de batalla o sus comidas favoritas.
Pronto las conversaciones se fueron haciendo más largas y más animosas. Hablando de su pasado, hablando de que harían cuando los demonios desaparecieran (ninguno de los dos esperaba salir vivo, a decir verdad) y pronto Sanemi se encontró a sí mismo deseando ir de misión con ese enorme alfa para conversar un poco más.
Estar con Gyomei lo calmaba, le daba paz, era como si el moreno apagara ese fuego de la ira dentro de él con el agua de su calma. Gyomei era como un bálsamo para su alma reseca.
—Pronto llegaremos --- Anunció Sanemi — ¿Quieres quedarte en tu casa o prefieres ir a la finca de Kanae?
—No quiero interrumpir el tiempo romántico de los dos--- Se burló el gigante. Las mejillas del albino se tornaron rosadas, en algún punto de la conversación que habían tenido esa noche le había confesado al otro pilar que amaba profundamente a esa hermosa mujer. Casi se abofetea luego de que esas palabras salieron de su boca.
Creyó que Gyomei se burlaría, que se reiría de él, pero contrario a eso simplemente le deseo lo mejor con la preciosa mujer que él mismo había rescatado en algún punto.
—N-No seas ridículo, ni hay algo como “Tiempo romántico” entre ella y yo.
Esta vez fue el turno de Gyomei de reír.
—A veces debes darte la oportunidad de amar y de ser amado.
—¡Y a veces debes callarte y caminar más rápido! ¡Idiota!
Gyomei resoplo y el joven alfa enamorado se adelantó, caminando a toda prisa mientras sus orejas se ponían rojas de la vergüenza.
Al albino le hubiera gustado saber qué pensaba Gyomei de todo eso. Sabía que sus creencias religiosas iban en contra del amor romántico, probablemente el moreno tendría algo así como un voto de castidad o fuera reprendido en los templos si se atrevía a tener alguna relación sentimental con alguien. Muchas veces consideraba eso un desperdicio, al ser un alfa dominante todas las Omega de Japón harían fila para pasar siquiera una noche de pasión con él. Sanemi pensó que quizá con el tiempo Gyomei dejaría esas prácticas religiosas y por fin podría tener a alguien. Pasar la vida solo no sonaba muy atractivo.
Pero el tiempo terminó por no perdonar a la joven Kanae. Sus ojos se cerraron apenas unos meses después de haber tenido esa conversación con el pilar del viento para no abrirse nunca más.
Fue un golpe duro para la cofradía y para todos los pilares pues les recordaba su mortalidad.
Gyomei lloraba mucho en los funerales, había perdido la cuenta de en cuántos había estado desde que se unió a la cofradía, su vida como cazadores tenía aquellos riesgos. Sin embargo no recordaba un funeral más desgarrador que ese.
La pequeña Shinobu lloraba amargamente; gritando de desesperación casi desgarrándose la garganta en el proceso, de rodillas, aferrándose con fuerza al filo del ataúd como si fuera lo único que la mantenía cuerda, sus lágrimas enrojecieron su cara y caían hacia su recién desarrollado escote mientras sus labios temblaban y sus dientes se apretaban con ira.
Los demás pilares lloraban en silencio, mostrando sus respetos a la hermosa cazadora, quien gritaba a los cielos en busca de respuestas o alivio.
Y junto a Shinobu, mirando al frente, tratando de que su vista no se dirigiera al ataúd abierto estaba parado el pilar del viento, con una mirada fija y distante, como si viera sin ver lo que estaba pasando. Gyomei podía oler su olor en el aire, el alfa debía estar tirado en el piso y llorando desgarrado por la cantidad de feromonas de tristeza y dolor que emanaba, pero se encontraba ahí, de pie, sin rastro de lágrimas en los ojos.
Una vez fue enterrado el cuerpo de la mujer todos se fueron yendo poco a poco, incluso Shinobu se retiró después de llorar sobre la tumba de su hermana, sin embargo Sanemi no se había movido ni un milímetro del lugar.
Gyomei hubiera querido que ese fuera un funeral dramático como el de los poemas, donde la lluvia comienza a caer como si el cielo llorará junto a los demás, permitiéndole a las personas disfrazar sus lágrimas. Sin embargo esto no ocurrió, la temporada de lluvia había pasado hacía un par de semanas.
Sin dudarlo se acercó al alfa frente a la tumba y antes de darle material para protestar lo tomó del brazo, jalandolo.
— ¡¿Qué-?! — Gimió de sorpresa el albino, sintiendo como su cuerpo era alzado por los aires y de repente se encontraba con la cara escondida en el pecho del enorme pilar de la roca.
—Shhhh— Dijo el pilar, abrazándolo con fuerza, — Puedes llorar conmigo.
Sanemi sintió que se estremecía entre los brazos del alfa, el aroma a pinos y Tierra mojada le hizo relajarse casi al instante, notando como el alfa usaba feromonas tranquilizadoras con él. Ofendido volteo a verlo hacia arriba, jadeando al instante ante lo que noto.
Gyomei no estaba llorando.
—¿Por qué…por qué no lloras? — preguntó, sintiendo que su voz se rompía puesto que el nudo de su garganta comenzaba a ganar la batalla.
— Ya llore suficiente, es tu turno, --- Dijo el moreno, con esa voz profunda que se sentía como la miel y ese olor a bosque que le relajaba el alma — esta vez yo seré fuerte por los dos, puedes llorar Sanemi.
El corazón y el alma de Sanemi fueron sacudidos por una oleada de sentimientos confusos y dolorosos, sus ojos dejaron derramar todas aquellas lágrimas que estaba conteniendo y sintiendo que su cuerpo se movía solo se refugió en el pecho del otro alfa, abrazandose con brazos y piernas como un Koala aferrado a una rama de eucalipto.
Las lágrimas cayeron una a una, jadeaba y gemía de dolor, a veces incluso gritaba y apretaba en sus manos la ropa del mayor, quien solo se limitaba a rezar, acariciar su espalda con delicadeza y besar de vez en cuando su coronilla como si consolará a un niño.
Fiel a su palabra el pilar de la roca se mantuvo firme, sin derramar una sola lágrima, permitiéndose desahogarse.
Poco a poco el dolor se iba del corazón de Sanemi, como si las lágrimas limpiaran su alma. El pilar de la roca noto como poco a poco su respiración se relajaba mientras la noche se cernía sobre ellos. Lentamente comenzó a llevar a su amigo a la seguridad de su finca, desplazándose lentamente con el fin de no alterar al alfa en sus brazos.
Cuando por fin estaba en su finca se preocupó poco por encender el incienso de glicinias, pues, estando ellos dos juntos pocos demonios podían hacerles frente.
Sanemi ya estaba dormitando cuando se dio cuenta de que había sido traído al territorio del otro alfa. Pocas veces había estado ahí, sin embargo el sentir el aroma de Gyomei por todas partes hacía que se sintiera familiar. No opuso resistencia cuando Gyomei lo dejó en el suelo, sentado en posición de loto mientras el acomodaba dos futones morbosamente grandes uno al lado del otro.
Tampoco opuso resistencia cuando el pilar lo acomodo cual niño en el primer futón y lo arropaba.
Vio al pilar acostarse en el futon de junto y luego sus ojos comenzaron a cerrarse.
A Gyomei no le sorprendió en absoluto que a la mañana siguiente el pilar se hubiera ido, dejando detrás de si únicamente el rastro de su aroma.
***
Los años habían pasado y poco a poco el corazón de Sanemi comenzaba a sanar, el dolor que sentía por la muerte de su amada se convertía en furia y motivación para pelear contra los demonios.
Con los años su amistad con el pilar de la roca había crecido. Habían hecho una especie de rutina donde Sanemi iba cada viernes a visitar a Gyomei, quien lo esperaba con un delicioso té y ohagis, que sabían a paraíso. No muy orgulloso Sanemi tenía que admitir que ese hombre se había convertido en algo así como su lugar seguro después de la muerte de Kanae, el olor del alfa lo relajaba y estar en su finca, donde todo olía a él era como entrar en un mundo sin demonios. Un mundo seguro donde podía dedicarse únicamente a beber té con dulces y disfrutar de la brisa al lado de su amigo.
Su amistad con el moreno era diferente a su amistad con Obanai, mientras que con el pilar de la serpiente bebía alcohol y entrenaban, a veces hablando mal de otras personas, con Gyomei podía relajarse y simplemente disfrutar del silencio y la compañía.
Esa noche no había sido la excepción y aunque ambos sentían algo de culpa por saltarse 1 noche a la semana para tener una reunión privada (Porque no era una cita) de igual forma sentían la fuerte necesidad de tener esos momentos íntimos.
— ¿De que es ese libro? — Pregunto Sanemi notando el libro en el suelo del pasillo exterior de la casa de Gyomei, era un libro con una encuadernación extraña y tosca, parecía incluso hecho a mano. Lo tomó en sus manos notando que el material se sentía diferente a los libros hechos por artesanos profesionales.
— Oh, eso— la profunda voz de Gyomei lo hizo estremecer, recientemente escuchar la voz del alfa tenía un efecto en él que no podía explicar, se dijo a sí mismo que era admiración porque ¿Quién no querría tener una voz tan masculina y profunda siendo un alfa? — Me lo trajo una persona del pueblo, lo hizo especialmente para mí.
— Se nota — Se burló Sanemi, abrió el libro y una seríe de manchas toscas, producto de varias pasadas con el pincel y una tinta más gruesa de lo debido lo sorprendió. — “Osa mayor…”
— ¿Qué dices? — Inquirió Gyomei, acercándose con una bandeja de té y dulces.
— Es lo que dice aquí ¿No lo has leído?
Las lágrimas brotaron nuevamente en los ojos de Gyomei y Sanemi sintió un impulso de consolarlo. Negando con la cabeza, deshaciéndose de ese impulso y regañandose a sí mismo por tal cosa.
— No puedo leer, cuando se lo dije a esta persona porque vino a dejarme cartas de agradecimiento por parte de todos en el pueblo, mi condición lo conmovió y decidió hacerme un libro especial para que pudiera “leer” como lo hacen ustedes — Se sentó junto a Sanemi, poniendo la charola en el suelo. El albino contempló las hojas y le resultó lógico el uso de la tinta para generar relieves, quizá la persona que lo hizo pretendía que su compañero “viera” con la yema de sus dedos — Desgraciadamente solo puedo sentir pinceladas, no puedo entender que significan los símbolos.
Sanemi miró el libro, eran una serie de puntos juntos con finas pinceladas formando patrones que poco tenían que ver con lo que estaba escrito.
— ¿Te dijo de que se supone que era el libro?
— Estrellas.
— ¡¿Estrellas?! — pregunto furioso Sanemi, sin comprender como aquel idiota pretendia engañar asi a alguien tan bueno como Gyomei — ¡Las estrellas no son asi! ¡Son puntos en el cielo! A veces se mueven, pero no así ¡Y estas líneas! No hay líneas entre las estrellas ¿Quién es ese maldito? ¡Iré a decirle un par de cosas! No es posible que quiera engañarte así.
Gyomei soltó una fuerte risa, haciendo que Sanemi no pudiera evitar reír.
— Me explicaron que a esto se le llama “Constelaciones”, son formaciones de estrellas que siempre están ahí, en la misma posición. — le dio un sorbo a su té — como soy ciego, no pensé que hubiera algo como estrellas en el cielo, ¿Son bonitas?
Sanemi tardó unos minutos en comprender lo que decía el pilar de la roca, hacía años que no se tomaba su tiempo para ver las estrellas, y a decir verdad las estrellas sobre el firmamento solo simbolizaba para él el hecho de que los demonios estaban nuevamente al acecho. Miro al cielo y luego al libro, después nuevamente al cielo, tratando de buscar esas “constelaciones”
— Es bonito, a decir verdad — Dijo en un susurro— Aunque tenía años que no lo miraba tan detenidamente.
— ¿Cómo puede algo hermoso estar frente a ti y tu no tener la capacidad de verlo aun con ojos sanos?
Sanemi miró al pilar, la ropa de casa que usaba parecía cómoda y muy fina, digna de alguien que había salvado a tanta gente como Gyomei, el escote del Yukata dejaba ver el pecho del pilar, un pecho fuerte y masculino, grande y trabajado. Viéndolo con detenimiento era muy atractivo, y honestamente se sorprendería de jamás escuchar que el alfa dominante entrara a la cámara de celo con alguna Omega si no conociera ya su afiliación religiosa.
Negó con la cabeza, sacando aquella idea de su mente. No era correcto pensar en otro alfa de esa manera.
— No se.
Gyomei volteo al cielo con sus ojos ciegos, como si pudiera ver.
— ¿En el día no puedes verlas?
— No, las estrellas y la luna se apagan durante el día, y el sol es demasiado intenso para poder verlo directamente.
— Solo hay estrellas en la noche, entonces. El hecho de solo poder verlas unas cuantas horas debe hacer que sean aún más hermosas.
La respiración de Sanemi se entrecortó, en efecto, solo podía ver al pilar de la roca unas cuantas horas a la semana, eso poco a poco había hecho que el tiempo que pasaban se volviera preciado para él, en algún momento se encontró a sí mismo deseando que el momento de ver al pilar llegara, aguardando mientras limpiaba su katana el momento en que el cuervo de Gyomei llegará anunciandole que lo esperaba en su finca.
— Creo que sí.
Una sonrisa complacida surcó los labios del moreno, dejó su taza a un lado y tomó la mano de Sanemi, quien estaba a punto de protestar por el toque, el pilar extendió su mano y comenzó a tocar su palma.
— ¡¿Qué haces idiota?! — Preguntó bruscamente tratando de retirar su mano, sintiendo como sus mejillas se tornaban rojas
Gyomei no lo soltó.
Comenzó a dibujar puntos con su dedo índice, para después unirlos con líneas imaginarias, Sanemi sentía su corazón latirle en los oídos, el toque del moreno se sentía caliente sobre su piel, le hacía erizar la carne y provocaba que sus piernas temblaran ¿Qué carajos le estaba pasando?
— Mira al cielo— Ordenó el alfa haciéndolo estremecer — Busca lo que dibujaré en tu mano.
— Yo… — Las palabras se atoraron en su garganta, tosió un par de veces ignorando la sensación— Podría verlo directamente del libro ¿Sabes?
— No, ves, pero no observas, de esta forma sabrás que buscar sin necesidad de bajar la mirada.
Sanemi se mordió el labio y obedeció, miró al cielo, atento a la sensación de los dedos de Gyomei acariciar su palma, dibujando y trazando cosas que no…
— ¡Ahí! — Gritó, señalando al cielo— Ahí está, al norte, pero está al revés.
— ¡Oh! Es interesante, ¿Cambiaran de posición? — dijo Gyomei mirando al cielo, sin soltar la mano de su amigo, imaginando lo bellas que serían las estrellas — Se llama Lira. Tiene una historia bonita.
— ¿Las estrellas tienen historias? — preguntó Sanemi sorprendido.
— Si, la leyenda cuenta que la princesa Orihime amaba tejer, era la hija del Dios del cielo, con el tiempo el Dios del cielo decidió casarla con el dios Hikoboshi, que vivía al este, la princesa se enamoró y dejó de lado su tejido, esto enfureció al Dios del cielo y la obligó a separarse de su amado. Sin embargo el séptimo día, del séptimo mes del año, la princesa puede escapar para encontrarse con su amante, es cuando las dos constelaciones se encuentran.
— “El séptimo día, del séptimo mes” dices… eso fue hace dos meses…
— Deben estar esperando en el cielo, pacientemente, para poder reencontrarse.
— Si, la espera debe ser terrible, un año entero para ver a tu amante… suena muy deprimente.
Prontamente la mano de Gyomei comenzó a moverse, Sanemi preguntaba los nombres de todas las constelaciones que el mayor dibujaba en sus manos, no pudiendo encontrar ninguna otra adicional a Lira.
Los días siguientes Sanemi aún podía sentir el tacto del alfa sobre su mano, a veces, después de dormir su siesta, se encontraba a sí mismo mirando la palma de su mano, tocando los puntos que recordaba que Gyomei había tocado y otras veces, cuando la sangre de los demonios y la propia lo cubrían de carmesí buscaba en el cielo las constelaciones que había aprendido.
Lira siempre saltaba a su vista.
“Orihime, debes tener una paciencia celestial” se decía mientras pensaba en cómo le gustaría regresar a la finca del mayor a respirar nuevamente su aroma.
— Un momento ¿Qué? — Se regañó a sí mismo. No, eso no podía estar pasando. No podía extrañar el aroma de otro alfa. Se mordió la lengua tratando de convencerse a sí mismo de que definitivamente no extrañaba el olor del alfa, extrañaba su compañía y su calor.
Y ni sabia si eso sonaba mejor o peor.
Con el paso de los meses sus manos ya reconocían las de Gyomei, a veces incluso pasaban horas tomados de la mano antes de “darse cuenta” y separarse bruscamente.
Los momentos en los que estaban solos eran como pomada de árnica en el corazón de Sanemi.
Y un día, en que el demonio al que debían erradicar en un poblado costero fue eliminado más rápido de lo previsto se dedicaron a ver las estrellas, siendo conscientes por primera vez de que había lugares en donde ciertas constelaciones se miraban mejor y más claras.
Aun así…
— ¡Estoy harto! ¡No encuentro nada! — Gritó una noche de mayo, cuando Gyomei tocaba sus manos dibujando constelaciones a las afueras de un pueblo, en el que habían tenido una misión juntos.
— Lo importante no es encontrar algo, sino disfrutar de la búsqueda.
— ¡Estoy harto de la palabra de buda! — Grito molesto levantándose, harto de sentir que por más que buscaba no encontraba al mentado arquero — ¡El arquero no está en el cielo!
— Ummm… debe estar, todas las demás constelaciones están.
— ¡Exacto! ¡El jodido arquero es el único que no está en el jodido cielo! ¡Es irritante! — Casi en cuanto las maldiciones salían de su boca el alfa mayor comenzaba a emanar feromonas tranquilizadoras. El olor del bosque torrencial lo hizo suspirar, sintiendo la necesidad de volver a sentarse junto al alfa — Lo siento…
Gyomei sonrió — Está bien — dijo sobando sus manos — Me gusta como eres, aunque quizá no usas las palabras que me gustarían, siempre dices lo que sientes, cuando algo te gusta, cuando algo no te gusta, cuando estás enojado, eso te hace una persona muy preciada para mí.
Las mejillas de Sanemi no podían estar más rojas, sus labios se abrieron en búsqueda de aire mientras retrocedía. Las palabras del pilar de la roca le habían atravesado como una flecha. Su corazón golpeaba con la fuerza de mil caballos en su pecho. Joder. Debía estarse volviendo loco. Era obvio que Gyomei hablaba de él como un amigo, quizá quería decir que su relación de amistad se volvía cada vez más estrecha, más íntima y no que en sí gustase de él, porque ambos eran alfas, porque aquello era antinatural.
— ¡¿Qué carajos dices?! ¡No deberías decir algo así tan a la ligera! ¡Las personas podrían haber malinterpretado! — Se levantó de un salto, deseando comenzar a correr, deseando lanzarse de un precipicio o tragar veneno con el objetivo de hacer que su corazón dejase de latir de aquella patética manera.
— No hay nadie aquí, más que tu y yo — Agrego el pilar — ¿He dicho algo malo?
— …. — “No hay jodida forma en la tierra en que digas algo malo” pensó— Nada… nada malo.
Con la dulzura de la miel el pilar de la roca se levantó, indicándole al pilar del viento que debían encaminarse a la posada del pueblo a descansar. El pueblo se sentía desolado, tranquilo, en paz. No había una sola alma en las calles, como si ahora que no había un demonio los pueblerinos tuvieran una merecida noche de paz.
Solo se escuchaban los pasos de ellos resonando en las calles. Hasta que de repente los pasos de Gyomei se detuvieron, y tras los de si también se detuvieron los de Sanemi.
— ¿Hay algo mal? — La mano del albino se posó en la empuñadura de su espada, afilando sus sentidos en busca de alguna amenaza que pudiera haber alertado al mayor.
— No, solo estaba pensando… — De repente las palabras del alfa se volvieron tímidas, dio media vuelta encontrándose frente a frente con Sanemi — Hace dos años que tu y yo nos frecuentamos, y hasta ahora no se como es tu rostro.
Los ojos de Sanemi se abrieron. Era cierto, él sabía cómo era Gyomei, podía describirlo detalladamente, sin embargo no había forma de que el otro pilar supiera como era.
— Bueno… — ¿Cómo podría describirse? Jamás había tenido que hacerlo — Supongo que sabes como es mi cuerpo.
El otro pilar desvió la mirada — No como me gustaría.
Nuevamente el corazón del pilar más joven se contrajo en su pecho, apartó de su mente la idea de que el comentario de Gyomei tuviera segundas intenciones, después de todo, estaba seguro de que ni había un ser en la tierra más puro que el moreno. Su mente debía seguir jugandole mal.
— Mi rostro… mi piel es más clara que la tuya.
— ¿Mi piel es oscura? — Gyomei parecía sorprendido.
— No, no, es como… es el tono natural para la región en la que naciste, mi piel es más clara, mis pómulos son altos, mis mejillas son ¿Normales? Supongo, mis ojos son de color violeta, y mis cejas son pequeñas.
— ¿Y tus labios?
El estómago de Sanemi fue invadido por un montón de mariposas, que rápidamente fueron descartadas ¿Que carajos le pasaba? El no era una puta Omega, no debería sentirse así por las palabras de un alfa.
— Son… delgados… Tengo varias cicatrices en la cara, la más grande está sobre mi nariz.
Un largo silencio se hizo presente entre ellos, Sanemi se preguntó si el otro estaría decepcionado por su apariencia, automáticamente golpeándose mentalmente por pensar en eso. Sus ojos se abrieron a más no poder cuando las manos de su compañero se alzaron hacia su rostro.
---¿Puedo tocarte?
“Joder, si” pensó sintiendo que su cabeza dejaba de funcionar racionalmente. Atino en acercarse dando un paso, hasta que su rostro quedó acunado en las enormes manos del alfa que solo pudo sonreír.
Sentía que se derretía cuando los dedos de Gyomei acariciaron sus mejillas, su nariz, sus cejas, su frente, la cicatriz en su rostro, sus párpados y sus labios. Sintiendo en un momento la necesidad de sostenerse de las muñecas del alfa para no tambalearse mientras su rostro era acariciado. Un suspiro se escapó de sus labios cuando los pulgares del mayor bajaron por su cuello, como trazando las líneas de sus tendones.
— Como sospechaba, eres verdaderamente hermoso.
La voz del alfa lo trajo de vuelta a su realidad ¿Qué carajos estaba permitiendo que le hicieran? De un manotazo hizo que Gyomei lo soltara.
— No digas estupideces, vamos.
Contrario a lo que pensaba, el pilar de la roca sólo asintió sin quitar aquella hermosa sonrisa de su rostro.
— Mis facciones son toscas, supongo que por eso las tuyas que son más finas me parecen lindas.
— ¡Callate! — Dio media vuelta, comenzando a caminar, golpeando sus pasos contra el suelo como si marchara.
— Siempre supe que debías ser bastante atractivo.
— ¡No tienes manera de saber eso! ¡Ciego de mierda!
Los pasos del alfa dominante sonaron detrás de él, con zancadas grandes y ruidosas, comparables a las de un dragón sobre la tierra .
— Sigo siendo un alfa, los olores me dicen mucho de las personas.
Una punzada de curiosidad le invadió de la cabeza a los pies ¿Qué pensaría alguien como Gyomei de él? En sí ¿A qué olía el mismo? Sabía a qué olía Gyomei, al bosque, a la paz de las montañas, sabía a qué olían sus compañeros, sabía incluso a qué olían todos los del pueblo, pero no sabía a qué olía él mismo. ¿Olería mal? ¿Sería desagradable?
Sin poder contenerse preguntó, tosco y brusco porque eso de la comunicación honestamente no era lo suyo. Probablemente por eso chocaba tanto con la personalidad de Tomioka.
— ¡¿Me has estado oliendo?! ¡No seas desagradable!
— No lo soy — Se apresuró a decir el mayor con lágrimas corriendo por sus mejillas — Solo que, desde que entraste a la cofradía pensé que olías bien, jamas habia conocido a un alfa con un olor como el tuyo.
La sangre de Sanemi hirvió en sus venas y no supo si por coraje o por vergüenza.
— ¿Y se puede saber a qué huelo que es tan maravilloso para el gran pilar de la roca?
— Si— Respondió el hombre — A rosas y romero, es verdaderamente agradable. Fue la primera vez que desee oler a alguien, pero tomando en cuenta que también eres un alfa lo considere inapropiado.
El pensamiento de Gyomei olfateando su cuello le hizo sentir un escalofrío recorriendo su espalda. Chasqueo la lengua y sintiendo que su corazón le latía en la garganta grito:
---¡No digas cosas asquerosas!
***
Los siguientes meses siguió su ritual de ir a la finca de Gyomei. Sin embargo las cosas habían cambiado en toda la cofradía.
Para empezar, los hermanos Kamado, había sido una revolución dentro de la cofradía, el mismo Sanemi había tenido un papel fundamental en la entrada de esos mocosos muy a su pesar, pues aunque su plan inicial era provocar la muerte de la mocosa la muy perra había resistido el hambre, comprobando que podía estar entre ellos.
Esa noche Gyomei tuvo que soportar sus quejas por horas.
La segunda cosa que cambió fue su propio hermano. Genya era ahora el discípulo de Gyomei. El día que se enteró fue a pegar de gritos y maldiciones al gigante y por más insultos que uso eso no causó ni que desistieron en la idea de mandar a la mierda a Genya ni que dejara de hablarle al pilar, como había amenazado.
Probablemente gracias al tercer cambio.
Habían comenzado a perfumarse.
No, no era tal cual un perfume, no era algo sexual, ni mucho menos íntimo, solo eran dos amigos (alfas) que de un modo u otro habían comenzado a oler sus cuellos y a perfumarse en consecuencia.
Y todo había sido culpa de Sanemi.
Luego de que Gyomei le dijera que su olor le era agradable su cuerpo comenzaba a moverse por sí mismo, antes de ir a la casa de Gyomei se bañaba de una forma casi obsesiva, buscando hacer que ningún olor, a excepción del suyo propio estuviera presente sobre su piel, incluso había comprado un jabón neutro bastante más caro del que usaba normalmente con ese propósito.
Cuando sentía su piel suficientemente exfoliada como para detenerse buscaba ropa limpia y recorría el camino a la casa de gigante media hora antes y con pasos más lentos a modo de no sudar antes de llegar a la finca de la roca.
Y un día, cuando decidió ser él quien preparara el té en la enorme cocina adaptada para la estatura del gigante, por fin sucedió.
Gyomei por fin se posó detrás de él, y se agacho lo suficiente como para que su nariz chocará contra la nuca de Sanemi, quien sintió un escalofrío recorrerle ante el tacto de la nariz fría del moreno.
Se quedó unos buenos 3 minutos olfateando la zona, deleitándose con el aroma mientras Sanemi permanecía inmóvil como una estatua.
— Hueles tan bien. — Dijo el mayor y el albino tuvo que luchar para que sus piernas no se convirtieran en gelatina y lo dejaran caer.
Se tragó su nerviosismo, se tragó su confusión y haciéndole caso a lo más primitivo de sus instintos dio media vuelta sobre sus pies, encarando al alfa, quien seguía agachado, podía sentir el aire pesado por las feromonas de propiedad del alfa, luchando con las suyas propias y perdiendo miserablemente, podía sentir el aroma de sus propias feromonas confundidas y agitadas en el aire, oliendo a miedo, a confusión y curiosidad.
Sus manos se posaron sobre el pecho del alfa, quien se dejó hacer con una sonrisa complacida y por primera vez Sanemi se sintió como una presa, en lugar de como el cazador. La sensación le hizo tragar ruidosamente dándose valor, motivandose a acercarse más al cuello del alfa quien ladeo la cabeza dándole espacio mientras se acercaba a olerlo.
Cuando su nariz tocó la piel morena se dio cuenta de que estaba parado sobre los dedos de sus pies, pero poco le importó en ese momento, se dejó llevar por el fuerte aroma del bosque, la tierra mojada y los altos pinos, apretando inconscientemente la tela entre sus manos y abriendo los labios con el ferviente deseo de marcar esa piel.
Se detuvo antes de cometer una estupidez y se separaron, jadeando por el aire tan denso a su alrededor, era un hecho que sus feromonas no tenían nada que hacer contra las pesadas hormonas de un alfa dominante, pero no lo diría en voz alta.
— Tú… tampoco hueles mal.
Se dio la vuelta nuevamente y tomó la bandeja de té entre sus manos, pidiendo permiso con un murmullo antes de dirigirse a la puerta abierta a sentarse nuevamente.
Ese día Sanemi no se baño en la noche, sintiendo aún sobre su piel el aroma del Alfa que le permitió dormir tan deliciosamente que salir de la cama había sido un calvario. Sin embargo por la mañana la culpa hizo que lavara su piel con todo tipo de jabones perfumados con el afán de quitar el aroma del otro alfa de si mismo.
Aquella fue la primera vez, pero ni de lejos sería la última.
***
Para Sanemi ver las estrellas ahora comenzaba a ser un acto casi sagrado, podía escuchar por horas las historias de las constelaciones y cuando estaba en la soledad de la noche, después de una caza fructífera las recordaba tomándose un tiempo para ver el firmamento. Muchas veces su mente se dirigía hacia el pilar más fuerte, preguntándose cómo estaría, qué estaría haciendo y deseando verlo luchar. Visualmente el estilo de pelea de Gyomei era el más tosco y brusco de todos los cazadores, quienes parecían más propensos a danzar en medio del aire blandiendo sus katanas. No, Gyomei parecía un auténtico demonio cuando cazaba, su cuerpo entero se convertía en un arma y verlo partir a los demonios en dos solo con sus manos desnudas cuando parecía estar demasiado inspirado para usar la nichirin era un auténtico espectáculo.
Gyomei era el hombre más masculino, fuerte y grande que hubiera visto jamás. Quizá por eso llamaba tan poderosamente su atención.
Negó con la cabeza rápidamente ante ese pensamiento. No, no es que el pilar “llamara la atencion”, simplemente lo admiraba, porque ¿Quien no habría de admirar al hombre más fuerte sobre la faz de la tierra?
Esa noche se vieron nuevamente. Corrió a casa, donde una bañera caliente lo esperaba seduciendolo a entrar. Se baño lentamente, disfrutando del tan anhelado calor en sus músculos cansados del ejercicio. Limpio su cuerpo con jabón neutro, haciendo espuma con las manos y pasándola por cada cm de su piel. Esa noche había decidido usar un nuevo Yukata hecho de seda, tan suave que se sentía como agua entre sus dedos, pensó que si Gyomei tocaba esa tela estaría complacido.
“¿En qué carajos estoy pensando?” Se regañó a sí mismo. No es que quisiera que el alfa tocara la tela de su ropa, no es que quisiera que la sintiera suave y tentadora, no es que quisiera más acercamiento mientras se perfumaban mutuamente con las estrellas como único testigo.
Terminó de bañarse y se vistió secando su cabello, quizá también debería comenzar a comprar esos tratamientos en crema para la suavidad de su pelo, recientemente Gyomei comenzaba a tocar su cabeza cuando se perfumaban en un gesto fraternal.
Cuando su apariencia era la adecuada emprendió el camino a la casa del alfa dominante, a medio camino el cuervo de Gyomei lo alcanzó, dándole el esperado mensaje de que su amigo lo esperaba en casa, sonrió de lado mientras se dirigía a la casa del mayor. Pensó en que ya no debería ser necesario el cuervo, considerando que no había viernes en que no se vieran a menos que hubiera una misión que se los impidiera.
Cuando llegó Gyomei lo esperaba con una sonrisa y una bandeja enorme con muchos dulces, dos bonitas jarras de té perfumaban en ambiente con el aroma del té verde y té rojo mezclandose armoniosamente. Como cada semana el hombre había alumbrado la sala de estar con muchas velas, Sanemi sabía que lo hacía por cortesía, debido a su condición para el mayor no debería haber diferencia entre una habitación iluminada y una que no lo estuviera.
A veces a Sanemi le gustaría la intimidad de la oscuridad al estar junto al alfa dominante.
—Bienvenido — Hablo Gyomei con una sonrisa — Tengo mucho que contarte.
Era increíble la cantidad de chismes que Gyomei podía recolectar en una semana. La conversación fue agradable, Gyomei le contaba de cómo había descubierto que unos cazadores estaban enamorados por una hoja de Ginkgo, Sanemi pensaba que para ser alguien sin vista el pilar se daba cuenta de cosas que nadie más tomaba en cuenta.
Sintiéndose profundamente enternecido se acercó al pilar, lentamente, como quien no quiere la cosa, pero cuando estuvo a un brazo de distancia Gyomei se tenso, cosa que extraño al alfa.
—¿Está todo bien? — Pregunto.
—Si, es que… de repente te acercaste, fue repentino.
Sanemi soltó una risita— ¡Oh! Pensé que podías sentir todo lo que pasa a tu alrededor ¿Cómo es que te asuste?
—Cuando estoy contigo bajo la guardia, no es necesario estar pendiente de todo, tu me relajas, Sanemi.
Ah, esas palabras, Gyomei siempre sabía qué decir. Sonriendo y atraído al cuerpo ajeno como si fuera un imán se acercó a su pecho, recargando su espalda sobre este usando a Gyomei como silla.
—Tu tambien me relajas — Admitió.
A continuación los brazos de Gyomei lo rodearon lentamente, Sanemi sentía su corazón latirle en la garganta mientras era rodeado, la piel de Gyomei tocó la tela de su Yukata y sus manos tocaron la tela, un susurro de “Qué suave” surco sus labios y Sanemi suspiro satisfecho, volteando la cabeza para alcanzar a oler el suave aroma del alfa detras de el.
Casi tembló cuando la nariz de Gyomei se escondió en su cabello, oliendolo, no tenía idea de cuanto había esperado por eso hasta que lo tuvo, se sentía tan bien, como esperaba uno de los brazos que lo rodeaba se dirigió a su cabello, acariciando las hebras blancas con esos dedos toscos y fuertes. Sanemi sentía que se derretía como mantequilla ante el tacto.
Suspiro cuando la nariz de Gyomei bajo hacia su cuello, siguiendo el camino de su nuca, por error no había apretado bien el nudo de su Yukata y la tela que cubría su hombro se deslizó hacia abajo cuando se movió, permitiéndole al moreno acceso a su piel, acceso que no pareció ser cuestionado ni impedido, pues olió desde su nuca hasta su hombro, donde deposito un suave beso.
Ah, eso era nuevo, pero no se sintió mal, así que Sanemi decidió que lo dejaría pasar. Otro beso en su hombro, tampoco se sintió mal, lo ignoraría, un beso en su trapecio. Eso se había sentido bien, lo permitiría. Un beso en su nuca, eso se había sentido jodidamente bien. Quería más.
Se giró lentamente permitiendo que la tela de su Yukata mal ajustado se desliza, permitiendo que su olor se sintiera aun mas fuerte, el aroma de Gyomei se volvió pesado, fuerte, Sanemi sintió como lo envolvía, como lo marcaba y sus alarmas comenzaron a sonar en su cabeza, pero las ignoró olímpicamente.
Se dirigió al cuello del pilar de la roca, acariciándolo con su nariz con delicadeza, disfrutando del aroma e impregnando el suyo propio en el cuerpo contrario, sabía que era prácticamente imposible, los milagros genéricos tenían aquel defecto, no podían ser marcados. Pero eso no le quitaba la diversión a intentarlo.
Sintió la mano de Gyomei comenzar a acariciar su espalda, bajar peligrosamente hasta su cadera y regresar hasta tocar su nuca, la mano enorme de Gyomei le abarcaba gran parte de su anatomía y deseo tocarlo. Su deseo no se hizo esperar y coló su mano dentro del Yukata contrario, sintiendo que su mano ardía cuando la fría piel del mayor fue acariciada por la llema de sus dedos. El cuerpo de Gyomei era enorme y jodidamente bien trabajado, el sabía lo difícil que era aumentar la masa muscular, se preguntó cuántas horas de entrenamiento tendría Gyomei en cada jodido y bien definido músculo de su cuerpo.
Las feromonas a su alrededor comenzaban a marearlo, su cabeza se sentía ligera y le costaba pensar, algo en su interior le gritaba que se detuviera, pero poco a poco esa voz se quedaba en silencio mientras otra, que escuchaba fuerte y clara como un grito le rogaba por que siguiera con lo que sea que estuviera pasando.
Gyomei tomo su mano por la muñeca, separando lo de su cuerpo, Sanemi iba a renegar, pero entonces el mayor lo apretó contra sí mismo en un abrazo fuerte y agachándose enterró su cara en el hueco de su cuello, oliendolo.
Tembló ante la sensación pero se dejó hacer, sus brazos rodearon al gigante mientras su cuerpo comenzaba a calentarse.
—Sanemi — Susurro Gyomei mientras besaba su cuello, provocando que todos los vellos del cuerpo del albino se enchinaran.
—¿M-Mmh? — Las palabras no salían de su garganta. Sin embargo no hubo respuesta. Gyomei lo tomó por las muñecas y junto sus frentes, respirando pesadamente, fue en ese momento que Sanemi se dio cuenta que el mismo estaba jadeando pesadamente, luchando por conseguir oxígeno entre todas las feromonas que luchaban a su alrededor. El aire olía a alfa excitado.
Poco a poco Gyomei lo fue empujando contra el suelo, y cuando Sanemi se dio cuenta ya se encontraba recostado sobre el suelo y Gyomei se había puesto arriba de él, acorralandolo contra el suelo. Podía sentir aún sus manos alrededor de sus muñecas, impidiéndole moverse mientras su nariz recorría de arriba abajo su cuello, luego Gyomei había juntado sus mejillas, con el claro objetivo de impregnar su aroma en su piel, marcandolo, reclamandolo. El alfa temblaba ante el tacto, jadeando mientras su mente no encontraba un hilo lógico de pensamientos.
—Gyomei…— Suspiro pesadamente cuando su compañero dejó un beso en su cuello, haciéndolo temblar, su Yukata ya estaba simbólicamente sobre su cuerpo, estaba casi desnudo debajo de Gyomei quien gruñó al escucharse mencionar por la voz del menor.
Sanemi se sentía inmóvil contra el suelo, apresado totalmente, como una presa indefensa ante un depredador inusualmente grande, las alarmas de su cabeza estuvieron a punto de apagarse totalmente cuando Gyomei roso su pene con su pierna.
Como un balde de agua fría el hecho de su propia excitación lo regresó de nuevo al mundo real. Y se vio a sí mismo bajo otro alfa, siendo besado, olido, perfumado. Y la vergüenza lo invadió ¿Qué carajos estaba haciendo? ¿Qué carajos estaba permitiendo que Gyomei le hiciera? ¿Por qué demonios tenía una erección?
Aterrado forcejeó contra el otro alfa, quien pareció de repente desconcertado.
— E-Espera… — Gimoteo de una forma vergonzosa que le hizo desear morir, el alfa se tensó sobre el, como si también cayera en cuenta de la realidad que estaba frente a él, y después de unos segundos se levantó tambaleándose, dirigiendo sus manos directamente a su cara.
Fue como si una burbuja se hubiera roto. Sanemi cayó en cuenta de todo lo que había permitido y se levantó apenas unos segundos después como un resorte, avergonzado de sí mismo, recordando anonadado como había escalado de a poco la situación, arregló su ropa rápidamente, sintiendo que podía morir de la vergüenza cuando sintió su propio aroma, todo su cuerpo gritaba “mio” “Mio” “de mi propiedad” con el aroma de Himejima, era el olor de un perfume en toda regla, había permitido que otro alfa lo perfumara, lo besara, tocara su piel y se subiera arriba de él como un Omega en celo.
Estaba aterrorizado de sí mismo, Volteo a ver a Gyomei en busca de respuestas, pero el otro alfa parecía tan afectado como él, hubiera dado lo que fuera por tener la capacidad de leer su mente ¿Que carajos estaría pensando de él en ese momento? Gyomei se llevaría una idea equivocada de él, de sus gustos ¡Él no era un raro! ¡Era normal, maldita sea!
— Creo… que esta vez nos pasamos un poco— Dijo nerviosamente, recurriendo al humor porque si comenzaba a gritar temía quedar aún más en ridículo por no saber poner la situación tan terrible en palabras que hiciera que no se viera tan mal. Agradeció a todo lo sagrado que Gyomei solo lo recibiera cuando toda su servidumbre ya estuviera en cama o en sus respectivas casas.
Gyomei no respondió. Solo asintió aun sin dirigirse a él.
Podía ver cómo sus músculos se tensaban bajo su ropa y, cometiendo tal vez el primer acto prudente y de autopreservación en su vida decidió que era el momento de irse.
Solo salió al patio y de un salto llegó al muro, saltando al bosque como si huyera.
Esa fue probablemente la peor noche que había tenido en su vida y eso que estaba considerando la noche que masacraron a su familia. ¡Oh! Pensar en lo decepcionada que estaría su madre en el cielo al saber lo que había hecho le destrozaba el alma.
El día siguiente no fue mejor, por la mañana los pilares fueron llamados a una junta y Sanemi Maldijo en voz alta mientras soltaba todos los insultos en su repertorio léxico cuando apenas con 5 jabones pudo quitar el aroma del alfa de sus poros.
Una vez en la finca del patrón miraba el suelo pensativo, mirando sin ver las diminutas piedras perfectamente acomodadas en el patio, como siempre había pilares que llegaban tarde con la excusa de vivir o de estar lejos en los momentos en los que se les requerían.
Sanemi no tuvo el valor de ver a Gyomei, quien parecía también estarlo ignorando y el albino se lo agradeció, no se sentía listo para hablar de lo ocurrido. En sí ¿De que mierda hablarían? ¿Gyomei le reclamará? ¿Pensaría que era un raro que gustaba de otros alfas y le diría que se fuera a la mierda? ¡Oh cielos! Definitivamente debían hablar y aclarar ese mal entendido pero ¿Como jodidos lo aclaraba? Porque decirle que no se sentía atraído a otro alfa y que eso solo se lo permitiría a él sonaba igual de despreciable. Lo que era un hecho es que la noche anterior, mientras era perfumado por Gyomei, el mayor se había tomado libertades que no le correspondian. Así que decidió que si le reclamaba algo él también podía reclamar, si era insultado podía usar los mismos insultos.
Aunque pensándolo bien, Gyomei no era ese tipo de persona. Veía imposible ser insultado por el alfa más puro que había conocido. Quizá Gyomei le diría que simplemente lo dejaran pasar, que la noche anterior había sido un error honesto por dos personas que se propasaron de la raya con una acto amistoso de olfateo y que simplemente no se volvería a repetir.
Sin embargo no podía sacar de su cabeza el hecho de cómo se había sentido, como su cuerpo se había excitado sin darse cuenta, como había suspirado entre los brazos del mayor, como había dicho su nombre en un gemido lastimero cuando se sintió sometido por el alfa.
Había sido tan-
Su mirada volteo al instante ante lo que sus fosas nasales captaron. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio que el portador de ese olor era el mismísimo (hijo de puta) de Tomioka Giyuu.
Tomioka olía a que un alfa lo había perfumado. Y no cualquier alfa, de sus poros emanaba el aroma del mismísimo Kyojuro Rengoku.
Los ojos de Sanemi y los de todos se abrieron de sorpresa, dándose cuenta de lo que significaba aquello.
Desde hacía meses el aroma de ambos alfa había estado mezclado, pero eso era normal, entrenaban juntos (pensaron) era normal que sus aromas se mezclaran (creyeron).
Pero el que ese hijo de puta se presentará a la finca del patrón, perfumado por otro jodido alfa era una jodida falta de respeto al patrón, a los dioses y a la vida misma. Los ojos de Sanemi se entrecerraron por la cólera, vendían jodidos jabones para quitar ese jodido aroma a puteria ¿Como es que el idiota y (Ahora sabia) maricon de Tomioka no los usaba?
— ¡¿Cómo mierda te atreves a venir aquí oliendo como un jodido maricon?! — Exclamó, al darse cuenta de que nadie pretendía hacer nada y hacerse de la vista gorda.
— No se a que te refieres — Dijo Tomioka viéndolo por encima del hombro, como siempre, sintiéndose mejor que él por no tener que ocultar el aroma de otro alfa de su cuerpo. Eso lo irritó, Tomioka siempre se había sentido mejor que todos, y ahora hacia eso, como si estar orgulloso de ser un maldito maricon, un maldito amante de Alfas fuera un acto de valentía. Lo odiaba, joder, lo odiaba tanto.
— ¡Claro que lo sabes! — se acercó dando pasos fuertes y firmes — ¡Apestas a que te estuviste revolcando con un alfa! ¡Todos ya sabíamos que eras un puto asqueroso de mierda! ¡¿pero porque tenias que contagiar a Rengoku?! ¡El era normal! ¡No como tu, escoria!
— ¡Sanemi! — El grito del alfa dominante le hizo parar en seco sus insultos. Fue como si su cuerpo entero quedara paralizado en el lugar — ¡Vuelve aquí ahora mismo!
Chasqueó la lengua y, sin saber por qué, sus pasos se dirigieron solos, aunque enfadados, al lado de Gyomei, quien lo veía con el rostro molesto.
Nadie dijo nada más, el siguiente en llegar fue el rubio, también oliendo al perfume de Tomioka y después de unos minutos el patrón hizo su entrada.
Sanemi no podía moverse, era como si su cuerpo se quedara pegado al suelo junto al pilar más fuerte que olía a enojo, llorando lágrimas amargas mientras escuchaba atentamente al patrón.
Cuando por fin el patrón se fue, luego de buenas 2 horas de reunión que parecían dejarlo desfallecido, decidió que era el momento de hablar con Gyomei para preguntarle qué mierda le pasaba a su cuerpo y cómo es que podía controlarlo de esa forma, pero antes de poder siquiera abrir la boca sobre su hombro se posó la mano de Rengoku, quien con una sonrisa amplia le dijo:
— ¡Me gustaría hablar contigo sobre lo que pasó hace rato!
Pero seguía sin poder moverse, volteo a ver al pilar a su lado, quien seguía sobandose las manos, con el afán de que lo liberará del hechizo que tenía puesto sobre el (no sabia que los budistas hicieran hechizos, de haberlo sabido se hubiera convertido hacía tiempo)
Gyomei se apiadó de él, aun con lágrimas.
— Ve con él, escucha atentamente lo que tiene que decir y vuelve conmigo.
Aquello volvía a ser como magia, su cuerpo se dirigió solo, siguiendo al rubio quien ante las palabras volteo, dirigiendo sus pasos hacia el final de la finca, donde un pequeño callejón era usado para guardar el material de la limpieza.
— ¡¿Puedes repetir las horribles palabras que dijiste sobre Giyuu?! — ¡Joder! ¡Claro que quería repetirle en la cara a ese maldito anormal! ¡Quería preguntarle cómo se dejaba transformar de esa manera! ¡¿Cómo demonios se contagió?! Pero sus labios no se abrieron por más que tenía ganas de hablar. — ¡Eso supuse!
Y lo siguiente que sintió fue un fuerte golpe en la cara. Por suerte el golpe pareció ser efectivo para sacar su cuerpo del trance tan terrible y pudo defenderse (mínimo) a golpes con Rengoku.
Aun así, su cuerpo no cooperó, era como si estuviera lento, por lo que perdió miserablemente contra el menor, su orgullo no estaba tan herido considerando que también había logrado lastimarlo, pero definitivamente quien se había llevado la peor parte era él.
— ¡No vuelvas a dirigirle la palabra a Giyuu! — habló el rubio con una sonrisa, aunque su labio sangraba. — ¡O me veré en la necesidad de matarte!
Chasqueo la lengua, viéndolo irse, y después sus pasos lo dirigieron nuevamente hacia Gyomei.
***
— ¡Eso duele idiota! — Grito mientras el mayor ponía sake en su mejilla con el afán de “desinfectar” la zona golpeada, aquello ardía como el demonio.
— No te ardería si no hubieras dicho eso tan terrible.
— ¡¿Por qué es terrible?! — Pregunto alterado. Estaban en la finca del mayor, quien lo había llevado a rastras luego de ver su cara magullada por los golpes del pilar de la flama — ¡¿Tu también estás de acuerdo con esos anormales?!
Gyomei tardó un rato en responder mientras sus ojos dejaban caer lagrimas amargas.
— ¿Por qué no estaría de acuerdo con el amor?
— ¡Eso no es amor! ¡Es antinatural!
Nuevamente la respuesta de Gyomei tardo, y Sanemi tenía la impresión de que sopesaba cada una de sus palabras, analizándolas y buscando las mejores.
— Si ellos se aman ¿Cuál es el problema?
— ¡Es una falta de respeto presentarse así! ¡Y delante del patrón!
Gyomei soltó una risita — Te sorprendería saber lo mucho que la halaga que sus hijos encuentren el amor en la pequeña familia que él cuida. El también es un alfa, olió lo que todos olimos y aún así él solo les sonrió y siguió todo normal.
— Si… pero… — ¿Pero qué? No había nada más, le irritaba con locura la idea de los dos mostrándose tan abiertamente.
Le molestaba la idea de que no se bañaran con miles de jabones perfumados para ocultar el aroma del otro.
— Los demonios se crean a partir del odio de la gente, no odies a alguien cuyo único pecado es amar.
Las palabras de Gyomei resonaron en su cabeza. El único pecado de ambos era amar.
Y si era así ¿Por qué él se sentía tan personalmente ofendido?
Ufff, ¡Qué bueno que pude recuperar esto! ¡Por favor, denle mucho amor nuevamente!
Como saben me borraron la cuenta debido a diferentes reportes, a muchas personas no les gusta esta pareja, así que me reportaron, ¡Por favor, no dejen morir esta historia! Confío en que hicimos una comunidad hermosa, y que ustedes también extrañan todo el amor que le pusieron a esta hermosa trilogía.
¡Las amo!
Con amor.
Dulce de Luna