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Inspiración astracanada [SuguSato]

Sinopsis

¿Es así como debe lucir una musa? Suguru es el artista del momento, el top de la pirámide, la cúspide la iluminación creativa. Sin embargo, cuando la musa del arte le da la espalda y su vida personal se desborda se verá obligado a despertar su chispa creativa como sea. Sin importar el precio. [SuguSato] - [ONE-SHOT] - [HISTORIA FINALIZADA]

Genero:
Humor
Autor/a:
aran_delavega
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Inspiración astracanada

Romero. ¿Acaso hay alguien en la tierra que sepa a ciencia cierta como luce el romero? Seguro que sí, pero no era el caso de Suguru. Suguru podía describirte las mil y una maneras de generar la mezcla perfecta para que las junturas de una pieza escultórica no se cayeran a pedazos una vez montada. Podía calcular con precisión milimétrica cuantas pulgadas de alambre de acero son necesarias para crear una red de contención estable para tu estructura sostén. Podía distinguir más de quince marcas de yeso solo con saborear una pizca —no pregunten como es que averiguó eso—, pero la herbolaria sin duda distaba años luz de sus conocimientos. Lo que no solo sumaba estrés a su ya por completo rebalsada paciencia, sino que lo hacía sentirse estúpido. Ya casi no quedaba tiempo y él se encontraba escuchando el discurso de la anciana china de la tienda recitando una a una las características beneficiosas de la jodida planta. Démela y cóbrese, pensaba el joven artista con desesperación.

Luego de lo que le parecieron horas, aunque para cualquier persona no habrían pasado más que unos minutos, Suguru salió disparado a la privacidad —gloriosa y anhelada privacidad— de su estudio, que en si no era más que un sótano con demasiada humedad para lo recomendable y paredes con pintura desconchada por todos lados, pero ey, vivir del arte es difícil, ¿de acuerdo?, compréndanlo un poquito; donde nada más llegar dejó caer las bolsas de la compra en el suelo, junto a un círculo de sal. No cualquier sal, ojo. Sal marina, recolectada personalmente de la playa grano a grano tan solo el día anterior para que mantenga, según las extrañamente precisas instrucciones del libro, la humedad el tiempo suficiente.

Libro robado, cabe aclarar, del estante de la psicótica vecina que aseguraba tenía poderes psíquicos cuando en realidad Suguru apostaría una mano sin temor a perderla que simplemente era esquizofrénica, pero quien era él para juzgar. Lo importante radicaba en que había obtenido la respuesta a su mayor problema actual: la jodida búsqueda de inspiración.

Suguru es un artista emergente. Es, de hecho,elartista emergente. Lo más in del momento, el top de la pirámide, la cúspide la iluminación creativa y bla, bla, bla. Un montón de palabras bonitas escritas en fuente cursiva adornando las portadas de revistas de círculos alternativos y no tan alternativos. Lo que sería grandioso si no fuera porque tenía un pequeño, pequeñísimo problema: cero, pero cero, autocontrol.

Billete que llegaba por la mañana, botella de alcohol que ingresaba en su sistema al anochecer. Vivir del arte es difícil si, más aún cuando tu barrera de resistencia podía ser derribada por el mínimo soplo de aire del batir de unas buenas pestañas. Como sea, ahora estaba en bancarrota y necesitaba recuperar un prestigio que, si bien no había perdido en la opinión pública, brillaba por su ausencia en las profundidades de su bolsillo. De tal modo que a falta de mejores opciones se encontraba poniendo en práctica... Lo que sea que sea esto, en fin.

¿Una invocación? ¿Un rezo? ¿Un ruego? Llámalo como quieras. Lo único que tenemos claro a este punto era que había un círculo de sal, algunas especias, un par de trozos de cuarzo bien seleccionados y un artista ecléctico muy asustado por ser echado a la calle el lunes por la mañana —por falta de pago de renta— a punta de bota de fuerzas policiales si no lograba concluir una gran obra en menos de setenta y dos horas, fecha límite de inscripción al Certamen de Bellas Artes Nacional. C.E.B.A.N. para muchos, manotazo de ahogado para Suguru.

Y así, el héroe de esta trágica historia se encontró a si mismo repitiendo de rodillas una retahíla de palabras ininteligibles pronunciadas con la peor de las torpezas dirigidas a un montículo de artículos variados que apenas lograría distinguir en una herboristería. Si, seguía sintiéndose idiota por ello. Como sea, la cosa era... que funcionó.

Ah,mierda.

-o-o-0-o-o-

Asciende a Dios, le dijeron. Será súper divertido. Puro alabanzas y cumplir uno que otro deseo vano y carente de sentido de vez en cuando, claro que sí.

Mierda, pura mierda. Le tomó menos una semana a Satoru descubrir los motivos por los que su predecesor decidió abandonar el trono casi que corriendo al terminar su contrato —porque si, contrario a la creencia popular, el mundo de deidades también está gobernado (infestado) por la estúpida e inútil burocracia—; y al anterior antes de ese y así hasta el infinito y más allá.

Tres días. Solo tres días y sería libre de la restricción impositiva de su cargo. Descendería a Ninfa de ser necesario, pero por favor ya no más inútiles borrachos con pretensiones artísticas o adolescentes descerebrados adictos a caricaturas porno que creen que dibujando animales humanizados saldrían de la pobreza. De acuerdo, quizás esto último fuese cierto, pero como tuviese que dotar a alguien más de la habilidad correcta para dibujar un pene estallaría. Así de sencillo. Tres días y sería libre, ¡libre al fin!, para volver a las bases y emplear mejor la cabeza al momento de rellenar otra solicitud de ascendencia mística.

Por eso, por eso...agh.

—¿Y ya? —exclamó Satoru con la más pura de las indignaciones corriéndole por las venas mientras observaba al desesperado artista postrado a las afueras del círculo blancuzco. De pésimo gusto, por cierto, desde que la humanidad había contaminado las profundidades marinas la sal pasaba a tener una muy baja calidad—. ¿Esaes tu trágica historia?PFFF.

—Pero...

¿Es en serio? ¿Esto...? ¿Esta...cosaera lo que el libro robado denominaba “El origen de toda inspiración”? Porque, joder, si así era estaba en grandes problemas. Solo entonces tomó consciencia de la estupidez que estaba cometiendo.

—Es imposible que tu seas lo que busco. Esto debe ser alguna clase de estafa —comentó Suguru en voz alta, lanzando a un lado el libro y cruzándose de brazos al ponerse de pie para mirar con desdén a la figura del ser aparecido en medio de una nube de humo.

—¡¿HAH?! —Ya, definitivamente la humanidad había perdido el respeto—. ¿Qué puede opinar de qué un fracasado bueno para nada? —acusó Satoru apuntándolo con un dedo, caminando hacia el límite del círculo—. ¿Crees que no lo huelo? El olor de la derrota. Apestas a ella tan fuerte que me sorprende no me salgan ronchas por la alergia.

—¿Vas a ayudarme o no, imbécil? —cuestionó el artista mirándolo de arriba a abajo de nuevo con evidente desdén.

Desde la camiseta raída con la estampa de algún bicho raro de anime pasando por el pantalón de chándal hasta llegar a las pantuflas con pompones y medias de, maldita sea, unicornios con, ¿qué mierda?, brillitos, la dichosa “Deidad del Arte” parecía más bien un friki salido de la más cutre de las convenciones otaku del país. Apostaría a que el color blanco de su cabello era teñido y, si lo apuraban, casi podía imaginarse que tenía piojos. Sin importar lo amenazante que intentase resultar, las puntas de los dedos teñidas con los residuos naranjas del paquete de fritura que cargaba en la otra mano no dejaban de distraer a Suguru. ¿En dónde se había metido?

—Solo si me lo pides bonito. —Mierda, mierda, ¡mierda! No podía tener tan mala suerte. Tres días, no era mucho pedir, ¿verdad? Porque parecía que sí. Como sea, al menos podría divertirse sacándole algunas canas verdes al idiota de turno que se atrevía a molestarlo en su descanso. Aunque... mirándolo mejor, ignorando el gesto desdeñoso y la pose altanera, no estaba tan mal. Hasta podría llegar a ser su tipo y todo. Sonrió sin pensarlo. Bien, ya puestos, podría divertirse un poco. Antes de que el artista replicase o hiciese nada, cambió su postura a una más casual, metiendo la mano en el paquete de frituras para tomar una y examinarla con calma, como si contuviese algún antiguo secreto—. Para mi desgracia, estoy obligado a satisfacer tus demandas —las palabras sorprendieron a su invocador que parecía convencido de que costaría mucho más obligarlo, ah, pobre ingenuo—, pero hay un precio.

—Estás loco si piensas que accederé a eso —exclamó Suguru un par de segundos después, retrocediendo con un ademán exagerado luego de oír la propuesta del dios, musa, o lo que sea que fuera. A consecuencia de su reacción, la aparición se encogió de hombros con indiferencia y continuó devorando su comida como si nada, ocultando muy mal una expresión de retorcida satisfacción, tal vez ni siquiera pretendiéndolo en realidad. Era obvio que pretendía burlarse de Suguru y, sin embargo...—. Mientes. El libro no mencionaba nada sobre tal cosa...

—Letra pequeña —dictaminó Satoru—. A que es una mierda, ¿verdad que sí?

—N-

—Se especifica que puedo pedir cualquier cosa a cambio de conceder tu insulso deseo. Haberlo pensado antes.

—Pensé que se refería al alma, no a... —No pudo terminar su queja porque fue interrumpido por una estruendosa carcajada de Satoru, que llegó al punto de doblarse sobre sí mismo sosteniéndose el estómago, el paquete vacío de frituras ya olvidado en el suelo, casi pisoteado por las pantuflas deshilachadas. El intento de dios acabó con una mano apoyada sobre la barrera que formaba el círculo mágico; alzando la mirada mientras se limpiaba las lágrimas de risa con la otra dirigió toda su burla a un muy ofendido Suguru.

—¿Estás dispuesto a entregarel almapor tamaña estupidez? —Intentaba serenarse, pero el mohín mezcla asco mezcla terror resultaba demasiado divertido—. No, no, no, espera. ¡Prefieres entregar el alma en lugar de-!

—¡Ya cierra la boca! —Harto de estar siendo burlado, Suguru arremetió contra ese al que ya consideraba más un payaso que un ser mágico, ingresando en el círculo para empujarlo contra la pared mágica contraria. Satoru dejó de reír al instante, no obstante, su mueca divertida permaneció intacta, haciendo que un mal presentimiento se instalase en el pecho de Suguru.

—No debiste hacer eso —dijo con tono extrañamente neutral, sin intentar defenderse de los puños que estrujaban su camiseta y le presionaban el torso—. Ahora no podrás escapar de aquí hasta que el intercambio se cumpla, so idiota.

Suguru lo soltó al instante como si hubiese recibido una descarga eléctrica y Satoru no pudo resistir el impulso de volver a reír a pata suelta al verlo tantear desesperado la barrera como buscando una puerta que apareciera mágicamente de la nada.

—Déjame salir —exigió volteando enfurecido.

—Acabo de decírtelo. Tienes que cumplir tu parte. Tendrás tu deseo y yo mi recompensa.

—Cambia los términos.

Nop. —negó Satoru, vocalizando la palabra de forma exagerada para aumentar la exasperación de Suguru—. O pagas o disuelves la invocación —reiteró el dios, retándolo con la mirada—, tú eliges.

—Estás pidiendo sexo a cambio de ayudarme a hacer una escultura. —De verdad, ¿en qué clase de lío se había metido? ¡¿Siquiera se escuchaba?! ¡¿Tomaba consciencia de lo ridículo de su exigencia?! —. ¿Qué clase de musa eres?

—La que se me da la gana. —Suguru acabó acorralado, la espalda rígida contra el muro de vibrantes tonos azules con las palmas del otro a ambos lados de su cabeza. La luz rebotaba sobre la piel del intento de dios, generando planos y profundidades que no había notado hasta ese momento. El brillo azulado acariciaba los contornos del rostro de Satoru, deslizándose como suaves oleajes sobre el puente de su nariz, hundiéndose esas aguas en la profundidad de unos pómulos pronunciados y unos labios con el grosor perfecto para tales facciones. Incluso con esa expresión aniñada y retadora que mantenía había un deje interesante, casi artístico diría, en la manera en que estaba construido su rostro. Lo más impresionante sin duda eran los ojos. Azules, lanzando destellos totalmente antinaturales. Tal azul no existía en el mundo real. Tal vasta extensión de cielo... Juraría que podía ver nubes, soles, lunas y estrellas en el interior de ese color. Una explosión de inspiración le estalló en las venas. Fue instantáneo, un choque de adrenalina inyectado directamente al centro de su pecho, acelerando el ya de por si agitado bombeo de su corazón. Las manos comenzaron a picarle, los dedos moviéndose desesperados, ansiosos por hundirse en arcilla y moldear una nueva obra de arte.

Estaba perdiendo el tiempo, se dio cuenta. Valioso tiempo que podría invertir en dar vida a su creación; pero antes de hacer nada, tenía que llegar al fondo del asunto. Exprimir hasta la última gota de posibles ideas que contuviese ese extraño ser que tuvo la desdicha —o muy buena suerte— de invocar. Ahí estaba, la debilidad de Suguru, la razón detrás de su desastrosa vida: no puede dejar de correr tras la inspiración. A la mínima chispa de una imagen, se lanza a ella como un perro hambriento caería sobre un filete humeante. Satoru era eso en ese instante, un nuevo concepto que descubrir. Podía sentirlo, como cambiaba su interior, la arrogancia, el miedo a quedarse en la calle, todo echado a un lado de un plumazo por la mano ansiosa de su creador interno, fanático de llevar a cabo hasta la más loca de las creaciones. De repente la propuesta no le sonaba tan descabellada, si así obtenía acceso a más rincones ocultos de donde exprimir luz, que así fuera.

Todo rastro de burla en el rostro de Satoru desapareció cuando Suguru invirtió los roles, volviendo a arrinconarlo, solo que esta vez le quitó la horrible camiseta con estampado de anime de un tirón para así arrojarlo al suelo mientras hacía lo propio con el polerón manchado de pintura que vestía.

—Cambia esa cara —dijo el artista al ver que se quedaba momentáneamente congelado—. Esto era lo que querías, ¿o no? Actúa en consecuencia.

Sin pararse a esperar respuesta, Suguru se lanzó a los labios del dios, y el toque le supo a éxtasis. ¿Se debería a que era un ser de otro plano? Porque jamás había sentido algo como eso. Cientos de imágenes comenzaron a fluir por su mente. Colores, estructuras, creaciones de todo tipo con materiales exóticos. Tenía que tener más, mucho, mucho más. Acabó sentado sobre Satoru, sosteniéndole la cabeza con las manos mientras su lengua ansiosa buscaba encontrar y sobrepasar nuevos límites. Las manos de Satoru volaron para posarse sobre sus caderas, la calidez de sus dedos contrastando con la leve frialdad que la piel de Suguru conservaba desde la calle. En la mente de Suguru, los trazos que dibujaba el otro sobre su piel elevaban líneas de llamas. Si, ese era un concepto interesante. Tironeó el blanco cabello con apremio, elevando el mentón de Satoru para dejarlo a su entera disposición para ser explorado con besos y mordidas. Sus respiraciones se agitaban poco a poco, el aliento de Satoru, fresco a pesar de haberse encontrado comiendo porquerías, le acariciaba el rostro. Viento helado contra una montaña, imágenes de cielos abiertos y rayos de sol lo invadían. ¿Qué más? ¿Qué otras imágenes podía llegar a sacarle?

Por el rabillo del ojo vislumbró las pantuflas abandonadas de cualquier forma sobre el suelo de madera mientras se apresuraba a deshacerse del pantalón de chándal de Satoru, quien lo opuso ninguna resistencia a sus desenfrenadas acciones; demasiado ocupado con el subidón de calor que le nublaba la mente y teñía sus mejillas de rojo. El pecho del dios se agitaba de arriba a abajo con rapidez, al ritmo de una respiración cada vez más acelerada cuando sintió como Suguru se dejaba caer sobre él, metiendo una mano entre sus piernas.

—Creí que estabas en contra de hacer esto —dijo Satoru al verlo tan ansioso intentando mantener una pose mínimamente digna, cosa imposible dado que seguía con sus medias de estampado de unicornio puestas y el rostro enrojecido de deseo.

—Cierra la boca. —Suguru no quería perder tiempo, no solo porque no lo tenía, sino porque mientras más tocaba, más amplios y vastos se volvían los paisajes en su mente. La piel de Satoru, pálida como la arcilla y sus músculos firmes como el mármol eran como sangre para un moribundo cuerpo adormecido, ansioso por una inyección del rojizo líquido que poder bombear y así continuar creando. Satoru habría soltado algún comentario sarcástico, de no encontrarse de repente siendo empalado con rapidez por un ansioso artista deseoso por obtener más de él.

Debía admitir que el hombre sabía lo que hacía. La forma en que lo tocaba, suave por un lado, exigente por el otro, daba cuenta de su práctica y experiencia satisfaciendo a sus amantes. Puede que de entrada lo impulsase el deseo de molestarlo, de picotear ese globo de arrogancia que lo rodeaba, pero pronto tales pensamientos fueron suplantados por la lujuria más pura, reflejo exacto de la locura pasajera que parecía poseer a Suguru durante ese momento. Tal vez no fuera tan malo ser un dios. Al menos, no si encontraba alguien tan dispuesto a pagar por un poco de su magia.

-o-o-0-o-o-

—Nunca entenderé como lo haces. —Una exhalación de humo acompañó las palabras de Shoko mientras esta observaba su creación de una manera que pretendía ser indiferente, pero fracasaba en ocultar su admiración. Suguru no respondió, torciendo el gesto en una sonrisa contenida, recordando exactamente elquéy elcómoinvolucrados en lograr tal magnífica pieza.

Su éxito actual se debía enteramente a la intervención de Satoru; y no porque le hubiese regalado el don con un toque mágico de varita, sino porque era en si mismo una inagotable fuente de inspiración. El dios —¿Musa?— se quedó con él durante tres días, sirviendo como modelo para una escultura que no solo había resultado, obviamente, ganadora del concurso, sino que le valió un rebautizo automático de las esferas del arte más refinado. Una pieza única expuesta como centro en la sala más importante del museo más emblemático de la ciudad. Esa donde todo artista aspira a estar al menos una vez en la vida, Suguru la obtenía por, ¿cuánta? ¿Tercera, cuarta vez?

—¿No deberías estar en una fiesta en tu honor ahora mismo? —inquirió una voz surgida desde la oscuridad de su estudio privado apenas puso un pie en la entrada.

—Tengo otra muestra en una semana —respondió Suguru con indiferencia dejando sus cosas por cualquier lado a medida que ingresaba, sacándose la ropa elegante para reemplazar cada prenda con algo mucho más cómodo. Tenía muchas ganas de ponerse a trabajar. Sería una de esas noches, lo intuía—. Además, nunca me gustaron. ¿Qué haces aquí?

Satoru rio quedamente, saliendo, para el horror de Suguru al ver otro de sus terribles atuendos frikis, a la luz; así, siendo bañado por la escasa iluminación de la luna que se colaba por un ventanuco sucio, encajado de cualquier forma sobre la pared volvía a removerle cosas por dentro. Sus voces creativas aullando en expectativas, el conocido picor en la yema de los dedos extendiéndose para trepar por sus brazos. Si, sería una de esas noches. Confirmado.

—Renuncié. —Satoru continuó acercándose, traspasando la franja iluminada para acorralarlo poco a poco contra el muro junto a la puerta. Suguru se dejó guiar, anotando a toda velocidad posibles combinaciones de paletas de colores, casi recitándolas en versos para que no escapasen a su memoria. Jamás ha sentido un interés particular por la pintura, pero consideró que nunca es demasiado tarde para comenzar a experimentar con nuevas posibilidades. Los ojos de Satoru, su color, expresión, la textura de sus pestañas al recoger destellos dorados de sol o blancos puntos luminosos de luna solo podían reproducirse mediante el óleo y la acuarela. Ahora se daba cuenta de que la escultura no le había hecho justicia. Faltaron demasiados detalles importantes, pliegues y ondulaciones de su estructura ósea, modulaciones y variaciones en la movilidad de su cabello.

—¿Los dioses pueden renunciar? —Logró decir al ser prácticamente estrujado contra los ladrillos.

—Te sorprenderás al descubrir lo que te espera al otro lado. —Ignoró el tono misterioso de Satoru, estaba demasiado concentrado en no perderse detalle alguno.

—¿Y qué se supone que haces aquí?

—Creí que era obvio—No lo vio venir, o puede que sí, quien sabe. El punto era que Satoru lo besaba y él se dejaba. Habían pasado ya casi tres meses desde que se produjera su extraño encuentro místico, no obstante, el recuerdo de la textura del cabello del dios entre los dedos seguía intacta—. Vengo a inspirarte.

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