El Susurro del Olor Perdido
El Susurro del Olor Perdido
La mañana en Hogwarts siempre olía a papel húmedo, a café olvidado y a poción mal lavada. Para la mayoría de los alumnos, esos detalles pasaban desapercibidos. Pero para Harry Potter, cada olor, cada roce de esencia en el aire, era una amenaza constante.
El collar de inhibición mágico que llevaba oculto bajo el cuello del uniforme emitía un leve calor, señal de que estaba funcionando. Lo había usado desde los quince años, cuando sus feromonas comenzaron a despertarse y, con ellas, su miedo. Nadie debía saber. Nadie podía saber.
Porque Harry no era un beta, como todos creían.
Tampoco era un alfa.
Era un omega.
Uno sumiso. Uno que, de no ser por el collar y los hechizos que Hermione lo ayudaba a reforzar en secreto, habría sido descubierto hacía mucho tiempo.
Caminaba por los pasillos como un espectro bien entrenado. Firme. Inofensivo. Invisible. Pero a veces, cuando pasaba cerca de Draco Malfoy, el hechizo fallaba por un segundo. Y entonces, Harry lo sentía: una punzada en la nuca. Una especie de vacío en el pecho. Algo dentro de él que quería girarse, mirarlo, buscarlo.
Pero no lo hacía.
No podía.
Snape observaba desde su mesa en el Gran Comedor. Sus ojos, oscuros como tinta derramada, seguían la figura de Potter. No por vigilancia… sino por reflejo.
Él también llevaba un collar. Más antiguo, más potente. Uno que él mismo había perfeccionado con runas arcanas. Su condición como omega era un secreto que ni siquiera Dumbledore sabía. Y así debía seguir siendo. Porque un profesor, un hombre como él, un ex mortífago, no podía ser nada menos que impenetrable.
Pero esa mañana, algo era distinto.
Cuando Lucius Malfoy entró al castillo, elegante, impecable, caminando como si le perteneciera el mundo… Severus sintió un estremecimiento.
No lo había visto en meses.
No hablaban desde hacía años.
Pero su cuerpo recordó antes que su mente: un leve tirón en el pecho, un calor en la base del vientre. Como si su piel hubiese sido llamada por un eco muy antiguo.
Lucius giró la mirada. Sus ojos claros se cruzaron con los de Snape por una fracción de segundo. Y aunque ninguno mostró nada, el aire entre ellos pareció detenerse.
Draco se sentó junto a Harry en clase de Pociones, como parte del nuevo programa de colaboración entre casas. Nadie dijo nada. Era una idea de McGonagall. Y Harry no podía decir que le molestaba. No realmente.
—Tu caldero está a punto de hervir —dijo Draco, sin mirarlo.
Harry bajó la mirada rápidamente. El líquido burbujeaba con un tono violáceo. Estaba distraído, y lo sabía. Demasiado consciente de que Draco estaba a escasos centímetros.
—Gracias —murmuró, intentando que su voz no temblara.
Por un instante, la mano de Draco rozó la suya al pasarle un nuevo frasco de ingredientes. Harry sintió un escalofrío. Y aunque no lo supiera, Draco también se estremeció. Había algo extraño en ese contacto. Algo que no entendía… pero que empezaba a necesitar.
Esa noche, Harry se encerró en su dormitorio y revisó el hechizo del collar una vez más. Sus dedos temblaban. El olor de Draco —una mezcla entre menta fresca y algo más profundo, más animal— aún parecía estar adherido a su piel.
“No puede saberlo”, pensó.
“No puedo dejarme sentir.”
Pero el instinto, aunque dormido, no miente.
Y en algún rincón de Hogwarts, Snape abría el mismo libro que Lucius le había regalado años atrás. Sin explicación. Sin nota. Solo el recuerdo de un toque, y un vínculo que el tiempo no había podido borrar.








