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BUSCANDO A STELLA

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Sinopsis

Stella carga en sus hombros a sus demonios del pasado. Un día desapareció sin dejar rastro. Todos se preguntan ¿Donde esta Stella?

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Completado
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20
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16+

EL PRINCIPIO ¿?

El mundo no es como lo ves.

Nada es lo que parece.

No confíes en nadie, muchos no son lo que parecen.

Motaw era un pueblo pequeño en EEUU , cerca de los parques nacionales que son comunes ahí. A mi en lo personal, me gusta el pueblo pero no negaré que a veces motaw parece un pueblo sacado de una película de terror y eso a mi me encantaba.

Pero un día eso cambió.

Stella.

Querida Stella.

Nuestra protagonista de esta historia.

¿Que pasó con ella?

Stella desapareció sin que nadie la viera.

Bueno... Quédense hasta el final de la historia.


Motaw era un pueblo diminuto, atrapado entre colinas de pinos y un lago que reflejaba los atardeceres como espejos rotos. No salía en los mapas importantes. Para algunos, era solo un punto olvidado. Para Stella, había sido hogar.

Desde pequeña, Stella había sido una figura imposible de ignorar: su cabello rojo encendido parecía capturar el sol, y sus ojos azules, como dos cristales afilados, habían fascinado y desconcertado a quienes la rodeaban. Pero desde hacía ocho meses, algo en ella había cambiado.

La desaparición de Stella había marcado al pueblo con un silencio incómodo. No era solo que faltara una adolescente. Era que faltaba ella. Las risas en los pasillos, las carreras bajo la lluvia, las miradas furtivas de chicos como Noah, que nunca se atrevió a decirle lo que sentía. Todo había quedado suspendido, como un reloj detenido la noche que se perdió.

La última vez que la vieron, Stella estaba en la vieja cafetería frente al lago. Llevaba puesta una chaqueta negra demasiado grande y las botas gastadas de su padre.

Su padre. Ahí empezaba todo.

Hacía un año, el padre de Stella había muerto. El hombre alto, de sonrisa triste, que solía arreglar bicicletas y contar historias sobre estrellas fugaces, se había quitado la vida en el garaje de su casa. Nadie lo entendió. Nadie lo vio venir. Y desde entonces, Stella empezó a apagarse por dentro, aunque por fuera brillara como siempre.

En los días posteriores a la muerte de su padre, Stella solía sentarse en el muelle, los pies colgando sobre el agua helada, apretando un anillo que había sido de él. A veces sus labios se movían, como si hablara con alguien. A veces reía sola. A veces lloraba. Nadie supo nunca qué palabras murmuraba al lago.

—Te extraño, papá —susurró una vez Noah, escondido entre los árboles, repitiendo las palabras que escuchó de su boca. Y desde entonces, esas palabras quedaron grabadas en él.

El Dr. Hawthorne fue uno de los pocos adultos que logró acercarse a ella. Sesiones de terapia cada martes, a las cinco en punto. El doctor nunca preguntaba directamente por la noche del garaje. Sabía que el duelo es una tierra que no se invade a la fuerza. Pero lo que sí hacía era observar: cómo Stella jugueteaba con su cabello, cómo sus pupilas se dilataban cuando hablaban de su padre, cómo su voz bajaba apenas lo mencionaba.

—Papá decía que las estrellas son los agujeros por donde se cuela la luz del otro lado —le contó una vez, casi en un susurro.

—¿Y qué crees tú? —preguntó Hawthorne.

—Que papá era uno de esos agujeros. Que se rompió. Y que por ahí salió toda la luz.

La noche de su desaparición, Stella había pasado por casa de Avery. Nadie lo sabía, excepto él. Avery lo guardó como un secreto que lo estaba carcomiendo desde dentro. Se habían abrazado durante demasiado tiempo, en silencio. Ella apoyó la frente en su pecho y murmuró:

—Ojalá todo fuera diferente, Avery.

Después, caminó hacia el bosque. Y nunca regresó.

Ocho meses después, Motaw seguía congelado en la misma estación. Las conversaciones en las cafeterías siempre terminaban en murmullos:

—...la niña Blackwood...

—...el lago...

—...la noche del bosque...

El cartel con su rostro aún colgaba en la tienda de abarrotes, los ojos azules de Stella clavándose en todos los que pasaban. Noah lo veía cada día. Avery no podía mirarlo sin que le temblaran las manos. El Dr. Hawthorne, al pasar frente al cartel, siempre desviaba la mirada.

La habitación de Stella permanecía intacta. Las luces de hadas seguían colgadas en la cabecera, el diario abierto en la última página, donde solo había escrito:

“Quisiera desaparecer entre las estrellas.”

Noah caminaba por el muelle, sintiendo crujir la madera vieja bajo sus pies. Avery lo veía desde lejos, sentado en el banco donde antes esperaban juntos a Stella. Los dos muchachos evitaban cruzar miradas. Era demasiado.

En algún lugar de la casa del doctor Hawthorne, una caja de objetos permanecía oculta: la pulsera favorita de Stella, una carta sin enviar para su padre, una fotografía de ambos frente al lago. El doctor no había podido devolvérselos a nadie. Tampoco quería explicar por qué los tenía.

Motaw, con sus cielos nublados y sus atardeceres líquidos, parecía murmurar un mismo nombre en el viento.

Stella.

Stella en inglés, como a ella le gustaba firmar sus cartas, porque decía que le sonaba “más bonita, más ligera, más libre”.

Y en las noches de invierno, cuando la brisa helada golpeaba las ventanas, algunos juraban escuchar pasos ligeros sobre la nieve, risas apenas audibles, y un murmullo en el aire que decía:

—Te extraño, papá.

Este es el pueblo que la buscaba. El pueblo que tal vez nunca podría dejarla ir.

La casa Blackwood permanecía en pie como un testigo mudo, desmoronándose poco a poco, como si se negara a olvidar. Las paredes de ladrillo, cubiertas por la hiedra, guardaban secretos que nadie se atrevía a pronunciar. Desde la desaparición de Stella, su padre se había convertido en el fantasma más pesado de la familia, incluso en ausencia. Todo lo que alguna vez fue risa, ahora era un eco.

Noah pasaba casi todos los días frente a la casa, aunque intentaba convencerse de que era casualidad. Las ventanas seguían cerradas, las cortinas inmóviles, y, aun así, parecía que cada vez que levantaba la mirada, se encontraba con aquellos ojos azules reflejados en el cristal, como si Stella lo mirara desde el otro lado.

La última vez que Noah habló con ella fue dos días antes de que desapareciera. Habían compartido un cigarro robado en el parque, sentados en la resbaladilla oxidada. Stella había hablado de su padre.

—A veces sueño que me llama desde el lago —le dijo. Noah, incómodo, intentó hacer una broma, pero Stella lo detuvo con una mirada seria.

—No es gracioso. No es miedo... es como si me llamara para irme con él.

Noah no supo qué responder. Nunca supo. Y ahora las palabras se le acumulaban en la garganta, sin un destinatario.

Avery caminaba por las calles de Motaw con las manos en los bolsillos. Había vuelto al pueblo apenas unas semanas antes de la desaparición de Stella, después de vivir un año en la ciudad con su madre. Era el único que conocía el lado que nadie más vio de ella: las madrugadas escondidos en el muelle, las cartas que nunca se atrevieron a enviarse, los casi-besos que flotaban en el aire.

Esa noche en particular, Avery recordaba cómo Stella lo había llamado por su nombre, apenas un susurro en la penumbra:

—Avery... ¿crees que las personas pueden romperse de tanto querer?

Él no sabía qué decir. Lo único que hizo fue abrazarla, con la sensación de que ella estaba a punto de irse a algún lugar donde él no podría seguirla.

Mientras tanto, en su despacho, el Dr. Hawthorne hojeaba el expediente de Stella. Había mantenido cada hoja, cada anotación, como si pudiera descifrar algo en medio de los márgenes. En el informe, resaltaba una frase de su última sesión:

—A veces pienso que mi padre era el único que sostenía todo esto en pie. Y cuando se fue, ya no quedaba nadie para sostenerme a mí.

El doctor cerró los ojos, apoyando los dedos en las sienes. Había visto a muchos adolescentes romperse, pero Stella tenía una forma distinta de desmoronarse: lo hacía con una sonrisa, con chistes, con una luz que encandilaba. Solo los atentos podían ver las grietas. Y él no había sido lo suficientemente atento.

Esa tarde, Noah encontró un objeto extraño detrás del gimnasio de la escuela: una pulsera de hilo rojo. La reconoció al instante. Era de Stella. El hilo estaba gastado, casi roto en algunas partes. Noah lo recogió con manos temblorosas, sintiendo una punzada en el estómago.

—¿Por qué aquí? —murmuró.

No sabía si debía decirle a alguien. Si debía contárselo a Avery. Pero algo en él quería guardarlo sólo para sí, como si al sostener esa pulsera pudiera retenerla un poco más.

Avery, por su parte, estaba en el lago. Miraba el reflejo ondulado del cielo y recordaba las palabras que Stella le había dicho en su último encuentro.

—Si desaparezco, ¿me buscarías?

—No digas eso —le respondió él, medio enojado, medio asustado.

Ella solo rió, una risa suave, cargada de melancolía.

El pueblo empezaba a susurrar. Las miradas se volvían inquisitivas, los comentarios crecían en las esquinas.

—...quizás no fue un accidente.

—...quizás alguien la ayudó a desaparecer.

—...quizás alguien sabe más de lo que dice.

Noah comenzó a notarlo: las miradas que recibía, los murmullos a su paso. Pero Avery cargaba con algo más pesado: el peso del último abrazo, de las palabras no dichas, del roce apenas contenido entre ambos.

Y mientras tanto, en su consulta, el Dr. Hawthorne recibía a padres preocupados, a compañeros confusos, a profesores con teorías. Pero ninguno sabía lo que él sabía: Stella había cargado la muerte de su padre como una piedra al cuello.

En la habitación de Stella, aún colgaban las luces de hadas. Las zapatillas estaban junto a la cama. El diario seguía abierto, con su firma al pie de cada página:

Stella.

En inglés. Siempre en inglés.

Noah se detuvo frente a la casa, el puño cerrado alrededor de la pulsera. Avery, desde la distancia, lo observaba, dividido entre acercarse o dejarlo solo. El Dr. Hawthorne, en su despacho, miraba la ficha clínica de Stella y se preguntaba qué había pasado la noche en que decidió caminar hacia el bosque.

Motaw seguía siendo un pueblo suspendido en el tiempo. Un pueblo que aún murmuraba un solo nombre.

Stella.

















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