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Las molestias de mi novia

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Sinopsis

No hay nada épico en nuestra historia. No hubo fuegos artificiales, ni frases de película. Solo estaba ella… con sus enojos repentinos, sus silencios que duelen y esa forma tan única de hacerme sentir amado incluso cuando no dice nada. Porque al final, lo que más vale… no es que todo funcione perfecto, sino que ambos quieran seguir intentando.

Genero:
Romance
Autor/a:
Orland
Estado:
Completado
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Las migas en la cama

“Amar es aceptar que alguien pueda odiarte por una miga.”

Primera noche, primer error

Dormir con ella por primera vez, en mi mente, era un paso romántico. Una especie de checkpoint en nuestra relación que me hacía pensar que las cosas iban bien. Tan bien que esa noche me sentía ridículamente feliz. Habíamos cenado pizza, visto una película malísima que nos hizo reír más de la cuenta y, cuando ella bostezó y me dijo “vamos a dormir”, yo lo interpreté como una bendición directa del universo.

El problema fue una galleta. La muy maldita galleta.

Estaba encima de su buró, envuelta en una servilleta, como si me hubiera estado esperando. Mientras ella se lavaba los dientes, yo la abrí con disimulo y me la comí en la cama. No era un acto de maldad, lo juro. Era una galleta de avena con chispas de chocolate, y estaba justo en el límite entre crujiente y suave. Era perfecta.

Cuando ella volvió del baño, yo estaba recostado, feliz, satisfecho y absolutamente ignorante del crimen que acababa de cometer.

—¿Estás comiendo… en mi cama? —preguntó, como si acabara de descubrir que escondía un cadáver bajo las sábanas.

Tragué lo último que quedaba de la galleta y sonreí. —Solo una, lo juro. Y ni siquiera se deshizo tanto.

Ella se quedó quieta. Su mirada recorrió las sábanas como una científica buscando vida microscópica. Y luego me vio a mí, con una mezcla de horror y decepción.

Ahí supe que había cometido un error irreversible.

Declaración de guerra

—¿Cómo que ni siquiera se deshizo tanto? —repitió con voz baja, amenazante, mientras comenzaba a sacudir las sábanas con violencia —. ¿Sabes cuántos ácaros hay en una cama? ¡¿Y tú vienes a echarles comida?!

Yo intenté levantar las manos en son de paz. Literalmente. —Es solo una galleta. Ni siquiera dejó migas grandes.

—¿Y las pequeñas qué, se teletransportan? ¡Se entierran en las sábanas! ¡Me voy a dormir con migas pegadas en la espalda!

Ella hablaba en serio. Y no de ese “en serio” juguetón que tiene a veces cuando bromea. Esto era su versión más pura de “quiero matarte y al mismo tiempo llorar por dentro”.

—No sabía que esto era tan grave… —susurré, todavía un poco confundido.

Se cruzó de brazos y me miró como si acabara de traicionar un código sagrado. —Yo tengo reglas. En mi cama no se come. En mi espacio no se mastica. En mi templo no se crumbifica nada.

—¿Crumbifica? ¿Eso es una palabra?

Me lanzó una almohada. Admito me lo merecía, por lo obvio de mí pregunta.

Después de la tormenta

Una hora más tarde, las sábanas estaban sacudidas, aspiradas y revisadas como si fuera un control de aduanas. Ella, en pijama, con el pelo atado en un moño caótico, ella se acostó lo más alejada que pudo de mí, con la espalda bien marcada hacia mi dirección.

No dije nada. Acomodé las almohadas, me metí en la cama como un prisionero entrando en su celda, y me quedé ahí, en silencio. Al principio pensé que estaba exagerando… pero luego, en la oscuridad, empecé a entender.

Ella no se enojaba solo por las migas. Se enojaba porque su cama era su refugio. Porque sentía que el caos, incluso el mínimo, la invadía. Y yo había llegado, contento y atolondrado, a esparcir galletas en su santuario.

—No quiero que esto sea una pelea —dije, apenas en un murmullo—. Solo soy un tipo que pensó que una galleta no era gran cosa.

—Para mí sí lo es —respondió, sin mirarme—. No por la miga… por lo que representa.

Me giré hacia ella. —¿Y qué representa?

—Que no pensaste en mí cuando lo hiciste.

Eso sí dolió. Porque sabia que ella tenía razón.

Extendí el brazo, lento, hasta tocar su mano. No la apartó. Sentí su piel tibia, tensa, pero no fría.

—Prometo no volver a crumbificar nada —dije, sin poder evitar sonreír un poco.

Se río, bajito. Luego se giró hacia mí.

—Estás a una miga más de dormir en el sillón —dijo.

Y yo, como idiota enamorado que soy, supe en ese momento que quería quedarme ahí. Migas, reglas raras y todo.

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