ECOS DE LO PROHIBIDO
Nadie recuerda con exactitud cuándo comenzó todo. Este mundo, vasto y diverso, ha sido hogar de incontables criaturas, culturas y civilizaciones. Algunas evolucionaron con el tiempo, otras fueron esculpidas por dioses que tejieron los confines del universo, y muchas simplemente aparecieron, arrastradas por el capricho del destino.
Algunas especies encontraron armonía desde el primer intercambio de palabras, compartiendo saberes y construyendo juntos. Otras, en cambio, se detestaron con solo cruzar miradas, eligiendo el aislamiento antes que la coexistencia. Con cada generación, los territorios crecían y las disputas por recursos se volvieron inevitables. Lo que empezó como pequeñas pugnas pronto se convirtió en guerras devastadoras. La paz se desmoronó. La estabilidad del mundo colapsó en el caos.
En su desesperación, las civilizaciones intentaron salvarse forjando alianzas, creando tratados y estrechando lazos por conveniencia. Pero los corazones mortales son frágiles y volubles. Lo que una vez fue unión se convirtió en traición. La ambición corrompió los pactos y el odio se heredó de padres a hijos, hasta que las enemistades se convirtieron en una sombra perpetua sobre la historia.
Sin embargo, hubo quienes decidieron apartarse de los reinos. Se negaron a vivir bajo leyes y paradigmas impuestos por líderes cegados por la codicia. Exploraron tierras inexploradas, descubrieron saberes olvidados y desenterraron reliquias capaces de cambiar el curso de la existencia. Algunas de estas maravillas trajeron esperanza, otras solo desolación. Porque, en manos equivocadas, incluso el conocimiento más puro puede convertirse en una maldición.
Y entonces, ocurrió el descubrimiento que cambiaría todo.
Un grupo de exploradores halló una entrada oculta—una anomalía en la realidad—donde yacían diversos portales conectados con mundos desconocidos. Los imperios más poderosos se apresuraron a controlar su acceso. Algunos vieron en ellos una oportunidad para expandir su dominio; otros, una amenaza latente. Sin embargo, la curiosidad siempre encuentra su camino, y la ambición no tardó en tentar a los más osados.
Hasta que un día, el peor escenario se hizo realidad.
Hace treinta siglos, en un descuido fatal, los seres más oscuros de aquellos mundos lograron atravesar los portales. La tierra fue cubierta por la sombra de su llegada. Ciudades enteras fueron reducidas a cenizas, civilizaciones fueron exterminadas, y aquellos que temieron por sus vidas juraron lealtad en secreto a sus nuevos amos.
El mundo se alzó en resistencia. Miles de ejércitos combatieron unidos en una batalla que duró años, una lucha que cobró incontables vidas. Finalmente, lograron exiliarlos. En un intento por proteger el futuro, los grandes señores y sabios de todos los reinos acordaron destruir los portales, erradicar el conocimiento para crearlos y borrar toda evidencia de su existencia. Juraron que la historia quedaría en el olvido. Así llamaron a su mundo Reiderheim, “Los que no deben ser encontrados”.
Pero nadie puede prever los pensamientos de los mortales. A pesar de lo vivido, algunos decidieron elegir en secreto a herederos que preservarían el conocimiento, temiendo que el peligro pudiera resurgir algún día. Otros hicieron lo mismo, no por precaución, sino por ambición—porque en lo prohibido siempre hay poder.
Los siglos pasaron. La historia se convirtió en un eco perdido entre las páginas de libros jamás escritos. La evidencia desapareció. Los caminos hacia los mundos prohibidos fueron sellados.
Hasta que los herederos se encontraron.
Algunos de ellos eligieron la senda del olvido, convencidos de que los secretos debían desaparecer para siempre, por lo que formaron alianzas. Quemaron documentos, enterraron artefactos y sellaron los últimos vestigios de la historia prohibida, temiendo que el horror pudiera regresar. Otros, en cambio, vieron en aquellos secretos una oportunidad—una llave hacia el poder absoluto. Creyeron que controlar lo desconocido significaba someter al mundo.
Fue con el tiempo cuando nacieron los Guardianes.
No eran héroes. No eran salvadores. Eran sombras en los caminos, viajeros sin nombre ni nación, marcados por un juramento que trascendía la vida y la muerte. Buscaban, ocultaban, destruían. Robaban para que otros jamás tuvieran acceso a lo prohibido. Asesinaban antes de que cualquier riesgo volviera a alzarse.
Recorrían ciudades en silencio, infiltrándose en bibliotecas ocultas, saqueando cofres que contenían conocimientos malditos. Quemaban todo lo que pudiera servir de puente hacia los portales olvidados, asegurándose de que el pasado jamás volviera a repetirse.
Pero el pasado no se borra tan fácilmente.
Desde las sombras, una facción secreta observaba cada movimiento de los Guardianes, siguiendo sus pasos, anticipando cada incendio, cada saqueo. Eran pacientes, astutos. Sabían que no podrían salvarlo todo, pero cada pergamino recuperado, cada reliquia rescatada, era un triunfo en su causa. El Concilio de los Olvidados se convirtió en un susurro entre los rincones más oscuros del mundo, en un símbolo para aquellos que creían que los secretos de los portales no debían perecer en el olvido.
No eran simples fanáticos. Eran descendientes de los primeros exploradores, aquellos que cruzaron los portales y regresaron con fragmentos del conocimiento prohibido. Creían que las criaturas desterradas no eran solo horrores, sino también llaves hacia una comprensión más profunda de la realidad. A diferencia de los Guardianes, que luchaban por el silencio eterno, el Concilio deseaba desentrañar los misterios y aprovecharlos. No todos compartían los mismos motivos: algunos anhelaban el poder absoluto, otros buscaban restaurar lo perdido, y unos pocos temían que, si los portales alguna vez se abrieran sin preparación, nadie sabría cómo enfrentarse nuevamente a lo que aguardaba al otro lado.
Desde su refugio bajo las ruinas de antiguas ciudades, el Concilio tejió una red de contactos en distintos reinos. Comerciaban información, adquirían libros que hablaban de los tiempos prohibidos y protegían a aquellos que aún poseían fragmentos de los saberes malditos. Su existencia no era desconocida para los Guardianes, pero capturarlos resultaba difícil: sus miembros se ocultaban bajo nombres falsos, viajaban por rutas cambiantes, y dejaban trampas mortales para aquellos que los perseguían.
La lucha entre ambas facciones se volvió una guerra invisible.
No se libró en campos de batalla abiertos. Fue una lucha silenciosa entre perseguidores y fugitivos, entre los Guardianes y aquellos que anhelaban un poder que no pertenecía al mundo
Mientras los Guardianes quemaban, el Concilio restauraba. Mientras unos destruían, otros reconstruían. Y en los rincones más oscuros del mundo, entre callejones sin nombre y cavernas olvidadas, algunos susurraban que el Concilio había encontrado maneras de traer de vuelta lo que una vez fue desterrado.
Los siglos pasaron, la batalla entre sombras continuó, hasta que el destino llevó a ambas facciones a un nuevo punto de quiebre.
Algo estaba por cambiar, algo que los Guardianes jamás podrían controlar y el Concilio de los Olvidados lo sabía.
El tiempo siguió su curso. El destino trazó nuevas líneas en la arena de la existencia.
Y entonces ocurrió lo imposible
Un nuevo evento estaba por sacudir el orden del mundo.
Aquí, en Ragnark








