Afronta.
Algo no estaba bien, lo sentías desde hace días y por mucho que intentases pensar en otra cosa el sentimiento no paraba de aflorar con fuerza en tu interior.
Podías notarlo en el ambiente, ahogándote mientras en silencio en tus propios pensamientos; pensamientos que desearías no tener y rezabas que no se cumpliesen. Los recientes acontecimientos de las últimas semanas —lo sucedido en el campamento y en Kamino, junto con el posterior secuestro de Bakugō y la caída de All Might— eran la excusa que te ponías para justificar el hecho de que llevabas varias noches sin dormir más de dos horas seguidas, pero en el fondo sabías que eso solo era una mentira para consolarte a ti misma.
Porque Bakugō no estaba bien, y eso te estaba consumiendo por dentro.
El cambio en la forma de actuar de Katsuki era sutil, prácticamente imperceptible, pero tanto Kirishima e Izuku como tú lo habíais notado, acostumbrados a pasar la mayor parte de vuestro tiempo junto con el blondo. El pelirrojo había intentado sacar el tema hace un par de días durante la hora de la comida, recibiendo entonces un seco "déjame en paz, Kirishima" que confirmó definitivamente vuestras sospechas de que algo grave había sucedido.
¿Bakugō llamando a Eijiro por su apellido en vez de algún apodo? Sí, claro.
Levantaste la mirada en dirección al reloj que colgaba de la pared de la cocina, marcando ahora las 2:57 de la mañana. Las últimas dos noches las habías pasado allí, sentada sobre la encimera y mirando a la nada, incapaz de mantenerte tranquila dentro de las cuatro paredes que conformaban tu habitación y parecían buscar asfixiarte lentamente. Tu mente divagaba entre las posibles teorías de lo que le podía haber pasado durante el tiempo que estuvo cautivo, porque aún cuando esos pensamientos te aterraban, eran lo único que te ayudaba a justificar el reciente cambio de actitud de Katsuki. Y aún así, eras incapaz de preguntarle, porque sabías que si él lo estaba ocultando era porque se sentía impotente o incluso avergonzado.
Lo entendías, y también lo respetabas, estando dispuesta a darle el tiempo que necesitase hasta que él estuviera preparado a hablar contigo de nuevo, como habíais hecho siempre. Sin embargo, eso no evitaba el sentimiento de culpa que te recorría; culpa por no haber notado las señales anteriormente, pero también decepción contigo misma por ser una mala amiga al no saber exactamente como ayudarle. Y es que Bakugō era complicado, y a ti te costaba saber con certeza cuando alejarte y cuando insistir.
Todavía recordabas la forma en la que lo habían traído de vuelta tus compañeros y profesores tras haber conseguido rescatarlo de aquel sótano. Despeinado y rasguñado, con las muñecas marcadas por las ataduras que le habían colocado a la fuerza, pero sin ninguna herida aparentemente grave visible en el cuerpo. Y aunque todos celebraban su vuelta sano y salvo a la Academia y su exitoso rescate, tú habías sentido el vacío que compartirías desde el primer segundo en que sus ojos se cruzaron con los tuyos, porque en ellos no había ni odio ni rencor, si no tan solo una sensación de vacío.
Por primera vez desde que lo conocías no gritó, ni tampoco peleó. Solo caminó en silencio por el vestíbulo en dirección a su propio cuarto, con la mirada perdida como si su cuerpo hubiera regresado con él, pero su espíritu se hubiera quedado con el resto de las cadenas que le habían atado en aquel agujero.
Repentinamente, el jadeo de una respiración te sacó de sus pensamientos. Confusa, y pensando que podría ser algún otro alumno, giraste tu rostro intentando enfocar a tu compañero, pero tu mente volvió a hacer de las suyas y la ansiedad recorrió tu cuerpo. ¿Qué iba a estar haciendo un alumno ahí a las tres de la mañana? Tu corazón se aceleró al oír varios pasos apurados en la dirección en la que te encontrabas, e instintivamente intentaste gritar, pero una áspera mano se presionó contra tus labios antes de ningún sonido pudiese salir de tu boca.
—Cállate, joder, ¿o quieres despertar a todo el edificio?
Reconocías esa voz, y más aún el aroma a caramelo quemado que emanaba la cálida palma de su dueño. La claridad que se filtraba por la ventana iluminaba levemente su figura, causando que tus ojos se abriesen con horror al ver el desastroso estado en el que se encontraba.
El rostro de Bakugō estaba golpeado y lleno de raspones, al igual que sus brazos, cubiertos de zonas moradas y cortes irregulares de los cuales todavía brotaba algo de sangre. A decir verdad, parecía como si le hubieran arrastrado por el suelo en contra de su voluntad y después hubiese sido utilizado como un saco de boxeo.
Moviste tu mano en dirección a su mejilla, limpiando de ella un trazo de sangre seca que no tenías muy claro si era suya o de alguien más, y entonces él se estremeció ante el repentino contacto, tomando con delicadeza tu muñeca y alejando tu mano, consciente de que probablemente su aspecto no era el más aliñado. Pero cuando los orbes rubíes chocaron con los tuyos, Bakugō apartó la mirada y sin decir nada más comenzó a caminar en dirección a los ascensores, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón una vez había pulsado el botón. Ahora que te fijabas, su ropa también estaba manchada de suciedad y sangre.
—¿Qué te ha pasado? —preguntaste, corriendo tras de él para acompañarle en la caja metálica, pero a la vez planteando con cuidado tus palabras.
Después de todo, no querías arriesgarte a decir algo que pudiese provocar que Katsuki te mandase a la mierda.
—Me he tropezado.
El ascensor comenzó su recorrido con un leve chirrido, el sonido metálico de los cables y el zumbido de la máquina siendo lo único que rompía el silencio entre vosotros. En apenas unos segundos las puertas del ascensor se volvieron a abrir, mostrando ahora los parquets del suelo del cuarto piso, y entonces ambos caminasteis por el pasillo, él en dirección a su habitación y tú siguiéndole.
—¿Te crees que soy tonta?
—¿Realmente quieres que te responda a eso?
El blondo sacó las manos de los bolsillos de su pantalón de chándal, extrayendo en el mismo movimiento el llavero con la clave que necesitaba para abrir la puerta de su cuarto. Y fue cuando oíste el característico "click" de la cerradura que tú, aprovechando que estaba despistado, te arrojaste sobre él y empujaste vuestros cuerpos al interior de la habitación, cerrando la puerta de alguna forma tras de ti.
Bakugō cayó instantáneamente al suelo contigo encima, soltando un jadeo de dolor al intentar en vano amortiguar la caída con sus ya maltratadas extremidades. Fue una vez dentro, iluminados por la luz de la lámpara que estaba apoyada sobre el escritorio, que pudiste apreciar mejor el deplorable estado en el que estaban realmente sus manos, su cara y su cuerpo en general, pues decir que tenía los nudillos destrozados era quedarse cortos, un característico tono rojizo sobre las falanges rodeadas por cortes de las cuales aún emanaba sangre.
—Llegas así en medio de la noche de Dios sabe dónde, ¿y enserio esperas que lo deje correr? Estás herido, y llevas días actuando de una forma tan extraña —le encaraste—. Ya no me hablas a menos que sea yo la que empiece la conversación. Entiendo que los acontecimientos de los últimos días quizás te han puesto en una situación agobiante, pero necesito que me escuches. Soy tu amiga, Katsuki, mi intención no es joderte ni fastidiarte, pero me confundes tanto que ya no sé que hacer.
Vuestras miradas chocaron, y de nuevo Katsuki apartó su rostro, observando algún punto de la blanquecina pared como si fuese lo más interesante del mundo.
—No recuerdo haberte pedido que te preocupases por mí, (Nombre). Es más, no quiero que lo hagas. Lo único que quiero es que salgas de mi habitación y me dejes dormir de una puñetera vez. Así que, por favor, abre la endemoniada puerta y vete por donde has venido.
Sus palabras te atravesaron la piel, desgarrando tu corazón en el proceso. Mordiste tu labio inferior con fuerza, quizás incluso llegando a causarte sangre, con el fin de reprimir que alguna lágrima recorriese tu rostro y tirase por tierra la falsa confianza que habías establecido a tu alrededor. Podías sentir ese característico nudo comenzar a formarse en tu estómago, junto con tus propios pensamientos traicionándote e indicándote que salieses de allí, que ya habías hecho el ridiculo lo suficiente y que a Bakugō realmente se la sudaba lo que fueses a decir. Y sin embargo, no te moviste.
La presa que contenía tus lágrimas cedió por fin bajo sus palabras y las salinas gotas rodaron por tus mejillas, cayendo sobre su ropa y liberándote por fin de la tensión y frustración acumulada durante días, pero también dejando expuesto tu lado más vulnerable aún cuando no deseabas mostrarte en ese frágil estado ante un ya cansado Bakugō.
—¿Acaso tienes idea de lo mal que lo he estado pasando por tu culpa como para que ahora me digas esto, capullo? —tu voz se elevó más de lo que debería, pero ya de poco te importaba despertar a alguien—. Es cierto, no tengo ni idea de lo que te pasó durante el incidente de Kamino y durante tu secuestro, ni tampoco sé que es lo que te ha pasado hoy, pero estoy aquí para ayudarte, joder. Siento ser una amiga de mierda y no saber como, y si de verdad deseas que me aleje lo haré, pero no sin antes asegurarme de que estés bien. Estoy aquí para ti, maldición, siempre lo he estado —tu dicción sonó más bien como un murmullo tembloroso—. ¿Por qué no puedes entenderlo y dejar esa coraza de lado? Te quiero mucho, Katsuki, y realmente necesito que hablemos de esto.
Por un momento, no hubo respuesta.
El silencio llenó de nuevo el espacio de la habitación, el leve temblor del pecho de Bakugō cada vez que respiraba manteniéndote anclada a la realidad de la situación y dándote a entender que quizás lo mejor para ambos era que te fueras, que el asunto era algo que no te incumbía y que debías dejar caer en el olvido.
Pero entonces, y en contra de todo lo que podrías haber esperado, él te atrajo hacia su cuerpo, envolviendo el tuyo entre sus brazos y permitiendo que recostases la cabeza en sus hombros. Y tú, independientemente del olor a tierra y sangre, cedistes ante el calor que el cuerpo ajeno te proporcionaba. Y es que aquella repentina calma se sentía bien, siendo probablemente lo único que genuinamente necesitabas desde hacía varios días.
—No... no puedo hablar de eso —murmuró, tan bajo que casi no pudiste escucharlo—. No puedo, (Nombre), porque si empiezo no sé si voy a ser capaz de detenerme.
Por primera vez desde que le habías acorralado, Bakugō alzó la mirada para observarte directamente, y lo que viste solo consiguió encogerte todavía más el corazón en el pecho. Sus ojos estaban vidriosos, oscuros, como si una tormenta se estuviera gestando detrás de ellos. El Katsuki que tú conocías no lloraba —al menos no ese Bakugō Katsuki—, pero por primera vez desde que lo conocías, parecía jodidamente cerca de hacerlo.
—Me sentí débil —su voz salió como apenas un hilo—. Me drogaron con algún tipo de gas y me ataron, esperando a que despertara. Estuvieron observándome mientras dormía sabiendo que estaba completamente indefenso, joder. Y luego me mantuvieron encerrado como si no fuera más que una herramienta, como si no tuviera valor alguno. Me hablaban como si supieran quién soy, como si pudieran quitarme todo, y por un momento pensé que tenían razón; que no servía para nada como héroe.
Tus labios se contrajeron con fuerza, sabiendo que sus palabras eran probablemente el cúmulo de lo que había estado guardando durante días.
—Katsuki...
—No me lo merezco, joder. No quiero tu preocupación porque no soy digno de ella —el blondo habló de nuevo, afianzando su agarre sobre ti—. Todo lo sucedido en el campamento fue por mi culpa, yo era su objetivo y os arrastré a todos conmigo. All Might ha caído porque yo no fui lo suficientemente fuerte, un montón de gente ha muerto o resultado gravemente herida, y lo peor es que tú... tú podrías haber sido una de esas personas, (Nombre). Deberías odiarme.
Y entonces, Bakugō se terminó de quebrar, liberando él también la presión que había estado cargando durante esos últimos días y escondiéndose en el hueco de tu cuello, tal como si fuese un niño pequeño. Notaste como sus lágrimas humedecían tu camiseta, y de alguna forma algo en ti se removió al verlo en aquella situación. ¿Realmente se culpaba por todo lo sucedido? ¿Podría haber sido todo esto una estrategia por parte de la Liga para hacer que se desmoronase? Después de todo, Katsuki era alguien fuerte que solía reservarse lo que pasaba por su mente, pero también era un adolescente, y al igual que cualquier otro en algún momento iba a tener que explotar.
—Nada de esto ha sido tu culpa, Katsuki. Has sido una víctima más de las acciones de la Liga, pero no le has hecho daño a nadie que no se lo mereciese —tu mano se deslizó por su cabello, intentando tranquilizarle—. Mañana te ayudaré a curar tus heridas y si lo sigues deseando hablaremos, pero ahora necesitas dormir.
Su cuerpo estaba magullado y sus músculos atrofiados, rogando por obtener algo de descanso, por lo que no había posibilidad de que fuera a oponerse. Además de eso, ya debían de ser alrededor de las 4, así que en menos de dos horas os tendríais que despertar si no deseabais llegar tarde a la primera clase. Con tu ayuda se levantó del suelo y fue guiado a la cama, quedando sentado en el colchón mientras que le ayudabas a sacarse la destrozada camiseta, que ahora como mucho serviría como trapo de cocina por el estado en el que se encontraba.
En otra ocasión igual te habrías detenido a apreciar el escultural cuerpo de tu amigo, pero siendo franca, estabas demasiado cansada y tus ojos pesaban. Las dos últimas noches tampoco habían sido muy reparadoras para ti debido a las preocupaciones que rondaban tu cabeza, por lo que lo único que deseabas era salir del cuarto de Bakugō para poder ir al tuyo propio y dormir. Pero antes de que pudieses alejarte de la cama, unos brazos rodearon tu cintura, moviéndote con tanta facilidad que tú misma te sorprendiste. Bakugō te había acostado sobre él con una ajena delicadeza, cubriéndoos a ambos con las sábanas una vez se aseguró de que tu cuerpo estaba reposando cómodamente sobre el suyo.
—Quédate esta noche, (Nombre).
Podrías haber protestado, pero al sentir como sus brazos se deslizaban bajo tu cuerpo de nuevo decidiste quedarte callada, cediendo ante tus impulsos primarios. La cabeza del rubio reposó sobre el hueco de tus hombros, y tú te tomaste la libertad de volver a acariciar su cabellera ceniza, pues eso mismo parecía haberle gustado hace unos minutos. La verdad es que Katsuki no solía aceptar los mimos, así que eras consciente de que debías aprovechar la oportunidad ahora que estaba dispuesto a dejarse cuidar.
Cuando te diste cuenta, el sueño ya casi se había apoderado de ti, no sin antes oír como Bakugō te dabas las buenas noches dejando una leve caricia en la comisura de tu mejilla. Y con eso supiste que, por primera vez en muchos días, ambos dormiríais sin ser atormentados por vuestros propios pensamientos.







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