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Más allá de las estrellas

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Sinopsis

Una noche las estrellas empezaron a caer, y grupos de adolescentes de diferentes lugares del mundo no lo saben pero sus vidas están apunto de cambiar Estos adolescentes de distintas partes del mundo, comienzan a encontrar gemas, piedras y fragmentos brillantes, cada uno con un poder oculto, una historia perdida y un precio. Tienen sus luchas internas y las peleas con otras fuerzas

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Strawbery-Ambar
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1 | Entre clases y constelaciones

Siempre me ha gustado ese tono gris del cielo, como si estuviera a punto de llover. Me gusta ver a los animales del patio de la escuela, y esa mariposa... me pregunto si también se siente sola o si quiere explorar el mundo.

—Marisol, te estoy hablando—me asusté y miré rápidamente al frente. Era la maestra, y no se veía muy alegre— ¿Nos haces el favor de seguir con la lectura?—

Tragué saliva. Mi estómago se encogió y me sentí otra vez chiquita al notar las miradas de todos,me levante de mi asiento y tomé el libro de la mesa y empecé a leer en voz alta:

—"Los medicamentos hechos a partir de insectos...

—Marisol—sentí la mirada molesta de la maestra y supe que había hecho algo mal—Estamos en clase de lengua—

Sentí cómo, rápidamente, mis mejillas se calentaron mientras escuchaba los murmullos,bajé la cabeza de inmediato.

—Perdón—susurré; apenas si se escuchó.

Vi cómo los ojos de la maestra se pusieron en blanco.

—Siéntate, por favor, y trata de prestar atención,estás por reprobar—

Me senté de vuelta en mi silla, sintiendo las miradas clavadas en mí. Solo volví a mirar por la ventana.

La mariposa ya no estaba.

Llegó la hora del descanso, mi momento favorito de clases. Me senté con mis amigas debajo de las escaleras de la escuela. Tenía tantas ganas de contarles sobre un nuevo anime que descubrí la noche anterior.

—Hay un nuevo anime que les va a fascinar—dije emocionada, hasta que escuché a Alice hablar.

—Saben, quiero estudiar Derecho,ya estoy viendo cuándo son las convocatorias de las universidades—

Guardé silencio para escuchar la conversación mientras comíamos. Todas tenían sueños, pero no sé por qué a mí me sonaban como palabras lejanas, y eso me resultaba incómodo.

—Marisol, ¿tú ya sabes qué es lo que quieres estudiar?—preguntó alguien.

No lo sé, pero me resultó incómodo. De pura suerte alguna universidad me aceptaría con las malas calificaciones que tengo. Terminé de masticar la comida para poder hablar

—Tal vez odontología... es una carrera muy buena—dije con voz baja.

Después de eso, solo me quedé callada, sobreviviendo al resto del día. Mi consuelo fue que esta vez mi papá vino temprano por mí a la escuela.

Subí al carro con alivio. Sentí que mi papá era mi héroe, rescatándome de una celda espantosa.

—Tenemos que ir al mercado, Cristal va a hacer el almuerzo—dijo apenas me acomodé en el asiento —Me dio una lista de las cosas que necesita. Te vas a bajar tú, yo te espero en el auto.—

Cristal, mi querida hermana mayor, era hermosa, responsable, siempre estudiosa y con buenas notas. A veces sentía que ella era todo lo que mis padres esperan de mí.

Tomé la lista. No era mucho, así que no me podía quejar.

—¿Puedo comprar algo para mí?—pregunté, cruzando los dedos en silencio, esperando que dijera que sí.

—Solo si te sobra dinero, puedes comprar algo.—

Fue una pequeña victoria para mí. Sonreí emocionada mientras miraba a través de la ventana. El cielo seguía gris. Me pregunté si ya estaría lloviendo en casa.

Mi padre se estacionó afuera del mercado mientras me daba el dinero. En mi mente, era como ir a una misión secreta.

—Vete con cuidado,cualquier cosa, llevas tu teléfono y me marcas.—

Asentí y cerré con cuidado la puerta para caminar directo al mercado. Me puse mis audífonos; eran de cable y ni siquiera funcionaban bien. Si quería escuchar algo con ellos, tenía que doblarlos de una forma extraña, pero no era necesario. No necesitaba música. Me gusta sentir mi propio silencio.

Revisé la lista de compras: tomate, cebolla, pollo... lo básico de siempre.

Había olores agradables... y otros no tanto. Mi parte menos favorita es la sección de carnes. Cada vez que paso por ahí, siento que voy a vomitar, pero mi misión era ese pollo.

Todo era muy ruidoso, pero agradable al mismo tiempo. La gente estaba tan concentrada en lo suyo, que no me sentía observada. Y eso me gustaba.

Pasé frente a un vendedor de dulces. Me puse a pensar qué compraría una vez terminara con el mandado, porque ahora no podía... aún no sabía cuánto me iba a sobrar.

Después de dar varias vueltas, encontré el puesto de pollo. El olor a carne me revolvió el estómago, así que traté de hacer la compra lo más rápido posible.

—¿Cuánto le pongo, güerita?—me preguntó el señor del mostrador. Me dio risa que me dijera "güera", siendo yo color canelita pasión.

—Solo quiero pechuga—respondí, tratando de aguantar la respiración por el aroma a carne.

Mientras envolvían el pollo, traté de calcular cuánto me iba a quedar de cambio para ver si me alcanzaba unas gomitas o un chocolatito.

—Son 116 pesos, chula—dijo el don.

Le entregué el dinero y tomé la bolsa, esperando el cambio.

De repente, un señor salió corriendo entre los puestos, empujando a las personas, hasta que pasó justo frente a mí. Me lanzó una bolsa pequeña y, por reflejo, la atrapé.

Me quedé congelada, mirando la bolsita. Tenía algunos billetes arrugados y maltratados.

No tuve tiempo para reaccionar cuando una voz fuerte rompió el aire.

—¡¡¡SON ELLOS LOS RATEROS!!! —gritó una señora, señalando en mi dirección. Detrás de ella venían dos policías corriendo.

Tardé en reaccionar, hasta que mi cerebro por fin se conectó y entendí que me estaba señalando a mí. Mis ojos se abrieron, aterrada.

—¿¡Qué!? —exclamé.

Sentí un golpe de adrenalina en el pecho y el estómago se me hizo un nudo. Me puse pálida y, sin pensar, solté la bolsa con el dinero y me eché a correr. Sentía que el corazón se me iba a salir por la boca.

Por primera vez los policías hacen algo... mal, pero hacen algo. Es una derrota para mí, pero una victoria para México, pensé con desesperación.

Los gritos se fueron perdiendo entre el bullicio del mercado,corrí tanto que llegué al estacionamiento sin mirar atrás, gracias a Dios y a todos los santos que no solté la bolsa del mandado.

Caminé más tranquila hacia el carro donde estaba mi papá. Ya no corría, pero mis pulmones ardían y las piernas me temblaban. Nunca fui deportista, así que quería vomitar. Mi rostro seguía caliente por el susto.

Estuve a unos pasos del coche, solté un suspiro de alivio y estiré la mano para abrir la puerta, pero en ese instante algo golpeó mi cabeza.

-¡Ay! —me quejé, llevándome la mano a la cabeza.

Me tallé con cuidado y bajé la mirada, molesta. A mis pies había una piedra. No era de las que normalmente te encuentras en la calle.

—¡Marisol, súbete ya! —gritó mi padre desde el asiento del conductor, sacándome de mis pensamientos.

Sin pensarlo dos veces, tomé la piedra y la guardé en el bolsillo de mi falda del uniforme.

No estoy segura de por qué lo hice... pero lo hice.

Me subí al carro algo molesta. Cerré la puerta y me abroché el cinturón mientras mi padre arrancaba el carro.

—¿Qué cara traes tú?—me preguntó, levantando una ceja mientras me miraba de reojo. —Si te lo digo, no me vas a creer—respondí.

Suspiré, ya más tranquila, y me tomé mi tiempo para contarle todo lo que había pasado en el mercado. Pero su reacción no me sorprendió: estalló en carcajadas.

—Oye, no es gracioso -lo miré, indignada—. ¿Y si me llevaban?

-De todos los puestos y de todas las personas, justo a ti te tiene que pasar algo -dijo mi papá entre risas.

Miré por la ventana, molesta, mientras él seguía burlándose de mí.

—A todo esto... ¿trajiste el mandado completo?—preguntó.

Asentí con la cabeza sin mirarlo.

—¿Ves? No pasa nada. Lo importante es que ya estás.—

Sonreí, aunque un poco forzado. Aun así, su risa me tranquilizó.

Por alguna razón, no le conté lo de la piedra. Ese es un secreto de mi falda... y mío.

Llegamos a mi casa. Me bajé del carro con la bolsa del mandado y entré directo a la cocina, donde Cristal ya me estaba esperando.

—Tardaron bastante, ¿había tráfico? —preguntó.

Mi padre me miró de reojo, aguantándose la risa. Decidí no decir nada sobre lo que pasó en el mercado.

—Aquí está todo lo de la lista, no falta nada—respondí, dejando las bolsas sobre la mesa.

Fui al patio a servirle de comer a Canelita, mi chihuahua. En cuanto sonó el plato, vino corriendo a comer. Le acaricié la cabeza con cariño mientras devoraba su croqueta favorita.

—Maldito perro... envidio tu vida—murmuré con una sonrisa cansada.

Le di un besito en la cabeza,al menos Canelita no me juzgaba.

Volví adentro y Cristal ya había preparado la mesa.

-Ven a comer antes de que se te enfríe la comida -dijo sin mirarme mucho.

Nos sentamos juntas. Comimos en silencio, como siempre. Ya estaba acostumbrada.

Mientras lavaba los platos, escuché a Cristal hablar con papá en la sala.

—¿Viste las noticias de anoche?—decía Cristal. Sus palabras me llamaron la atención, porque ella no es de ver noticias.

Papá apenas levantó la vista del celular.

—¿Qué pasó ahora?—preguntó, con esa mezcla de aburrimiento y curiosidad que siempre tiene.

—Hubo una lluvia de estrellas, pero fue diferente a las anteriores—continuó Cristal, captando aún más mi atención— Fue a nivel mundial, se vio desde todos los continentes al mismo tiempo. Dicen los astrónomos que jamás se ha visto un fenómeno así... que es demasiado raro—

Salí de la cocina y vi a papá levantar una ceja.

—¿Y eso es peligroso?—

—No lo sé, no han dicho nada aún. Dicen que algunas piedras del espacio se desviaron y cayeron a la Tierra... pero son muy pequeñas. Nada importante.—

Papá resopló con desinterés.

—Seguro es una cortina de humo de las noticias, como siempre.—

Escucharlos me hizo recordar la piedra en mi bolsillo.

Sin decir nada, me fui directo a cambiarme de ropa y encerrarme en mi cuarto emocinada.

Saqué de la falda de la escuela, con mucho cuidado, la piedra mientras me sentaba en la cama, como si fuera un ritual. Viéndola más de cerca, me di cuenta de que no era una piedra... era un broche, de esos que se ponen en la ropa o en los bolsos. Lo que más me llamó la atención fue que estaba hecho de ámbar puro.

Lo giré un par de veces, tratando de encontrarle algo interesante. Solo me emocioné para nada.

—Ah de ser de alguien del mercado... una joya barata—murmuré.

Lo dejé en mi buró, debajo de la lámpara, y me recosté en la cama. Estaba agotada por todo. Solo tomaría una siesta.

Cuando desperté, eran las 7:14. Ya estaba oscuro. Prendí mi teléfono y tenía un mensaje: era Andrés, mi mejor amigo virtual

Desbloqueé mi teléfono, todavía medio dormida, con los ojos entrecerrados, y abrí el chat de Andrés.

Andrés [6:48]: ¡Voy a una fiesta, qué emoción! Ya sabes, música, comida, tal vez una chica linda. Quiero contarte todo cuando termine.

Me reí dulcemente al leer su mensaje. Siempre amó las salidas y siempre conocía gente nueva. Él era tan diferente a mí. No es que me haga la interesante o la rara, solo que aún me da miedo hablar con las personas.

Respondí rápido, aunque un poco torpe por la siesta.

Yo [7:16]: Tuve un día loco, te dará mucha risa. Te cuento todo, estoy agotada.

Me quedé viendo los tres puntitos de "escribiendo" por unos segundos, antes de que desaparecieran. Probablemente ya estaba en la fiesta. Siempre me pregunté cómo nos volvimos mejores amigos.

Apagué mi teléfono para volver a dormir, pero antes miré el broche. Parecía brillar un poquito más.

Tal vez solo es cosa mía

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