“¡Ghh!“, un sonido ahogado escapó de su garganta al cortársele la respiración. Lucía giró sobre sí misma y se acercó corriendo al motor Alcubierre para comprobar los valores de los cilindros de compresión-expansión. Pero estos parecían normales: dos oscilaban con números positivos y los otros dos lo hacían con números negativos.
Cada valor representaba un “Lúmec”, una unidad de deformación espacial equivalente a un décimo de la velocidad de la luz. Esta medida se utilizaba tanto para medir la compresión como la expansión del espaciotiempo alrededor de la nave. Y dado que era un carguero bastante viejo, los números no solían superar la decena.
La joven mecánica suspiró aliviada mientras llevaba la mano a su cuello y notaba su pulso volver a la normalidad. Estaba dando su ronda habitual (que dicho sea de paso, todas lo eran), cuando creyó ver reflejado en uno de los tanques de refrigeración que ninguno de los valores del motor tenía signo, lo cual, de ser verdad, ¡hubiera resultado catastrófico! Pero por lo que se ve, todo había sido producto de tres meses de aislamiento y de su mente cansada.
Realmente, la presencia de un número sin signo habría significado que ese “pistón” en particular tenía algún tipo de fuga de energía negativa, lo cual podría destruir la nave rápidamente si no se tomaban medidas. Pero por mucho que Lucía revisara juntas, depósitos y similares, todo parecía normal.
La joven toqueteó la pantalla y ejecutó un autodiagnóstico para terminar de cerciorarse de que no había problemas. El proceso solía tardar bastante, y Lucía recordaba cómo de largo se le hacía cuando empezó en aquel trabajo. Y más tedioso se podía volver si eras nuevo y el mecánico senior Joe estaba cerca. Durante aquella tarea siempre repetía la misma broma (en la que la gente caía solamente una vez): “si le das al espacio va más rápido”, lo cual reiniciaba el proceso.
Es curioso, ¿no? Hacía ya dos años que no veía a Joe, pero siempre se acordaba de sus bromas y sinsentidos. Ahora que lo pensaba, se puso a filosofar sobre el hecho de que en su anterior trabajo, también había un “Joe”.
Debía de existir una cultura de bromas y novatadas en todos los empleos para transmitir algunos conocimientos y que los nuevos “espabilaran”, sin intención de dañarlos o humillarlos, o al menos, no demasiado. Por ejemplo, recordaba cómo uno de los capataces la había enviado a buscar una catraca para zurdos, lo cual la hizo dar un par de vueltas confundida por toda la estación. También la enviaron a buscar cinta métrica que no se doblara, ganchos magnéticos de electrodimio y una variada colección de herramientas inexistentes.
Cuando se inició en su carrera de electromecánica espacionaval, Joe le enseñó a moverse por las naves (bueno, más bien por las cámaras de máquinas). Le enseñó el funcionamiento de los distintos equipos más allá de la explicación teórica. Y, para qué no decirlo, también le tomó el pelo un par de veces, aunque siempre con buena intención.
Durante las primeras semanas “acoplada” a él en una nave que estaba en dique, dar la ronda con él era como hacer una gincana por la casa del terror. Aprendió a base de sustos a no quedarse delante de las purgas de aire a presión, las cuales son según él “auténticas armas de matar en caso de accidente”. La tuvo durante horas buscando averías eléctricas hasta recordarle que las vibraciones derivan en cables sueltos que producen altas temperaturas. Y también le hizo dudar de su salud mental cuando lo veía gritarle a las válvulas trincadas o dándoles golpes con la llave inglesa a las intersecciones de tuberías para, según él, evitar atascos.
Recordando todo eso, Lucía miró a su alrededor buscando hipótesis plausibles a lo que había visto. Por muy liso que fuera el tanque, no quería decir que la imagen no estuviera levemente deformada, pero es que ella estaba muy segura de que no había signo, así que siguió mirando en busca de alguna luz que hubiera parpadeado o algún fogonazo de los infinitos leds presentes en la sala.
Se le vino a la memoria la primera navegación que hicieron juntos. Ningún electromecánico espacionaval —“rondas” los llamaba Joe, lo otro era simplemente rimbombante— hacía su primera navegación solo, y Lucía no sería una excepción. Además, aparte de ser parte de la evaluación que la capacitaría para aquel trabajo, era literalmente una prueba de fuego que los ayudaría a saber si estaba hecha para aquello.
Fueron cuatro meses tan solitarios como divertidos. Joe vivía para aquel trabajo, por lo que no era buena idea llevártelo como compañía al pequeño gimnasio, ver películas o para “hablar de la vida” en general, por lo que en ese sentido, Lucía aprendió a poner su “tiempo” en paréntesis y se encerró un poco más en sí misma. En cambio, para trabajar, no querías a otro a tu lado que no fuera Joe.
Aquel hombre notaba las leves variaciones de los sonidos en las bombas antes de que se averiaran. Joe te enseñaba a jugar con las válvulas del circuito de refrigeración de manera que pudieras realizar algunos mantenimientos sin tener que asarte o congelarte (aunque a veces lo hacía justamente para que te asaras o congelaras). Y daba las rondas como el que estaba de paseo por las tiendas, señalándote aquello o explicándote esto otro.
El día a día de Lucía en el resto de sus navegaciones no era sino revivir esos momentos que alejaban el tedio de los meses y le daban seguridad en lo que hacía. De ahí su frustración actual: ¿qué números creyó ver en los cilindros en el momento del susto?
En ese instante, el autodiagnóstico terminó con un “bip”. Lucía se giró hacia la pantalla y vio el resumen del proceso:
Lúmecs medios por cilindro:
1A +6
1B +5
2A -7
2B -6
Un poco altos, en opinión de Lucía, pero eso debía hacer que llegara antes, ¿no? Y el resumen continuaba:
Sistema: On.
Estado general: operativo.
Historial de Advertencias: Código 48
Módulo de navegación reiniciado”
—¿Código 48? ¿Qué narices es eso? —leyó Lucía, enfadada, al ver que efectivamente algo pasó y que, fuese o no lo que había visto, no sabía lo que era. “Módulo de navegación reiniciado.”
La verdad es que era un trabajo que se pagaba bien debido a la premisa “estás lejos de tu casa y de tu familia”, pero si habláramos de carga, el trabajo no tenía demasiada. Dabas rondas y hacías mantenimientos, es cierto, aunque al final del día, hablamos de seguir una agenda y repetir, repetir y repetir. Y aguantar, pero sobre todo repetir. La dirección, velocidad y maniobrabilidad de la nave no eran asunto suyo. De hecho, los escudos aguantarían todo lo que no superara la masa de un planetoide pequeño y esquivarían lo demás, por lo que los rondas se centraban mucho más en la pregunta “¿cuánto tiempo me queda?” que sobre “¿Qué distancia me queda?“.
Pero esa pregunta no estaba fuera de su alcance. Tomó su consola. El sabor de la bilis asomaba a su paladar mientras se dirigía a la pestaña correspondiente.
- Distancia recorrida: 7.251 UA
- Distancia al punto de partida: 2.532 UA
- Distancia hasta puerto objetivo: 19.240 UA
Lucía pensaba que la presión que sentía en los oídos le reventaría los tímpanos. ¿Cómo podía ser? ¡¿CÓMO PODÍA SER?! ¿Si había recorrido siete mil unidades astronómicas, cómo demonios se encontraba a dos mil quinientas del punto de partida?
¡¿Dónde cojones estaban sus tres meses de viaje?! La joven cerró los ojos con fuerza y se agarró el puente de la nariz mientras se balanceaba y obligaba a respirar con calma. Tenía que mirar atentamente los registros. Pero debía tranquilizarse. En ese estado no era ayuda para nadie y no había motivo de preocupación: tenía comida para más de un año, agua, aire, la nave funcionaba bien...
—¡¿Cómo mierda la nave funciona bien?! —gritó a pleno pulmón en la sala de máquinas mientras resistía el impulso de golpear la pantalla del motor.
Se puso a andar, obligándose a respirar con calma. Un asomo de sospecha empezó a penetrar el torbellino de su enfado. Un recuerdo de hacía tiempo sobre un comentario ambivalente. Pero no conseguía localizarlo con claridad, lo cual la mantenía enfadada, aunque pasados unos minutos, se dirigió a la pantalla y se puso a repasar el registro en vez del autodiagnóstico mientras hacía números en su cabeza. Revisó las entradas hasta encontrar el código 48, se fijó en la hora y se fue a los datos concretos. Y ahí lo vio.
Lo vio a la vez que recordaba a ese sabelotodo de Joe diciéndole: siempre quise entrar en el exclusivo club 48.
Lúmecs por cilindro:
1A=8
1B=8
2A=8
2B=8
No fue un sueño: ni símbolo positivo ni nada. Y Joe lo sabía. No podía ser coincidencia. Lo sabía o conocía a alguien a quien le había pasado, pero estaba al tanto del fallo y jamás le dijo nada, el muy cerdo.
Lucía tomó de nuevo su consola y repasó los datos sobre distancias antes de abrir la sección de manuales. Si no le fallaba la memoria acerca del funcionamiento del motor y algunas leyes de la física, la nave avanzaba cierta distancia y de pronto volvía cerca del punto de inicio. Y esto había ocurrido entre 4 y 5 veces durante todo lo que llevaba de viaje. Algo provocaba un bucle espacial, pero no temporal, ¡gracias a Dios por eso!
Encontró los manuales del motor y fue hasta la sección que debía llevarla hacia la fuente de ese “código 48” que computaba como una advertencia en vez de lo que era: un error cataclísmico. Siguió los árboles de decisión y, después de coger una caja de herramientas, se dirigió hacia uno de los paneles laterales del maldito motor. En teoría, un sensor flojo o mal calibrado podría derivar en valores erróneos de los cilindros, y para proteger la nave el sistema simplemente “rompe” la burbuja de Alcubierre, devolviendo el carguero a una posición anterior.
Mientras desatornillaba el panel, una idea insidiosa empezó a calar en ella: cuando arreglara el fallo volvería a estar prácticamente al principio de su viaje. ¡Tendría que pasar otros cinco meses en esa nave! Solo esa idea arrancó un gemido ansioso de su garganta, dándole ganas de ponerse a patalear. Cuando terminó de quitar el panel, un post-it amarillento cayó al suelo.
En él podía leerse: ¡Bienvenida al club 48! ¡Espero que no sea el primer sensor que reparas sola! —Joe.