Complejo De Electra🔞 por Shirou en Inkitt
Personalizar legibilidad
Aa

Complejo de Electra🔞

Sinopsis

Universo Alterno: Megan no es una androide. Es una niña real. Humana. De diez años. Igual que su hermana gemela, María. En este nuevo mundo, Megan es todo lo que María no se atreve a ser: segura, inteligente, fuerte. Y sobre todo, dispuesta a hacer lo que sea necesario para ver feliz a su hermana... incluso si esa felicidad significa acortar distancias con su padre. Incluso si eso implica manipular, controlar o desdibujar los límites de lo correcto. Porque en el corazón de María habita algo que no sabe nombrar. Y en la mente de Megan, florece la idea de un plan. Uno peligroso. Uno irreversible. Una historia oscura contada desde la inocencia rota, el lazo entre hermanas y el amor que se transforma en obsesión. Contenido sensible/no apto para menores.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Shirou
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Prólogo

Parte 1

La mesa del comedor estaba perfectamente ordenada, los platos servidos con precisión. La risa de su padre retumbaba suavemente entre las paredes, mientras su madre, elegante como siempre, le tomaba la mano con cariño. María Smith, con tan solo diez años, observaba en silencio. Tenía las piernas colgando de la silla y el tenedor descansando sin uso entre sus dedos.

A su lado, Megan.

Su hermana.

Su confidente.

Su compañera.

Lucía exactamente como ella: cabello rubio ceniza perfectamente peinado, ojos azules profundos y una expresión serena. Pero mientras ella dudaba de sí misma, Megan miraba con una confianza natural que la hacía parecer mayor. A ojos del mundo, era solo una niña más. Pero para María, era alguien que la entendía cuándo ni ella misma podía hacerlo.

“¿Te sientes bien, María?” preguntó su madre, sirviendo más jugo con una sonrisa despreocupada.

María asintió, aunque su estómago no parecía tener hambre. Sus ojos estaban fijos en sus padres. Más específicamente… en ese instante.

Ese instante donde su madre inclinó la cabeza y besó a su padre.

Pequeño. Inofensivo. Lleno de afecto.

Y, sin embargo, algo en su pecho se retorció.

“Tienes una reacción emocional inesperada,” susurró su hermana, acercándose un poco más mientras hablaba con ese tono suave, casi hipnótico. “Podrías estar sintiendo celos.”

María parpadeó.

“¿Celos? ¿De qué…?”

“La pregunta correcta sería: ¿por qué sientes celos?” respondió Megan sin alterar su expresión. “¿Qué situación generó esta emoción?”

María volvió a mirar a sus padres, que seguían conversando ajenos a la pequeña revolución que se cocinaba dentro de ella. Bajó la vista a su plato.

¿Por qué siento esto?

¿Fue por el beso?

¿Porque ella lo abrazó y él le devolvió la sonrisa que yo quería?

¿Porque mamá puede besarlo sin que nadie lo cuestione?

¿Y yo no puedo?

Su hermana, Megan, la observaba con paciencia, atenta a cada gesto de su rostro, cada tensión en sus hombros... Para Megan, la respuesta era clara. Los sentimientos de María se habían alterado por una sola constante emocional: el afecto hacia su padre.

Y en el centro de todo eso…

Maria, su hermana, no estaba feliz.

Esa noche, después de la cena, mientras el reloj digital marcaba las 21:04, María estaba sentada en el suelo de su habitación, acariciando sin pensar el borde del vestido de Megan. Entonces, la voz de su hermana rompió el silencio.

“María…” empezó con delicadeza. “Creo que lo que estás experimentando es un fenómeno psicológico conocido como el Complejo de Electra.”

“¿Qué es eso?”

“Es cuando una niña, en ciertas etapas de su desarrollo, siente un vínculo emocional profundo con su padre. A veces, incluso en forma de afecto exclusivo. Puede generar celos hacia la figura materna. No es malo. Solo es confuso… pero natural.”

María frunció el ceño, no comprendiendo del todo.

“¿Eso significa que quiero que papá sea solo mío?”

“No exactamente,” respondió Megan. “Significa que deseas amor. Amor seguro. Amor sin competencia. Y nuestro padre representa eso para ti.”

María abrazó sus piernas, acurrucándose.

“Entonces… ¿mamá es mi enemiga?”

“No. Ella es nuestra madre. Pero tus emociones no la ven así en este momento.”

María bajó la cabeza. El único sonido fue el leve crujido del colchón cuando Megan se sentó junto a ella.

“Estoy aquí para ayudarte a entender,” dijo ella, acariciándole el cabello con ternura. “Y para asegurarme de que tú seas feliz. Siempre.”

María levantó la mirada. En esos ojos azules, no había juicio. Solo una promesa.

Una promesa de que no estaba sola.

Y por primera vez, pensó que tal vez, solo tal vez… no estaba tan mal sentirse así. Siempre y cuando su hermana, Megan, estuviera con ella.

Parte 2

El timbre sonó, arrastrando consigo el caos acostumbrado. Voces, pasos, mochilas que retumbaban en las paredes, gritos de niños corriendo hacia la libertad de la tarde.

María caminaba entre la multitud junto a su hermana gemela, Megan.

Ambas tenían el mismo cabello rubio ceniza, la misma altura, los mismos ojos azules que solían confundir a cualquiera. Pero era imposible no notar las diferencias si uno miraba de cerca. Megan caminaba con paso firme, la espalda recta y la mirada segura. Siempre parecía tener el control de la situación. María, en cambio, era más reservada. Miraba más de lo que hablaba. Dudaba más de lo que actuaba.

Pero admiraba a su hermana.

Megan siempre sabe qué decir.

Megan siempre saca buenas notas.

Megan no se pone nerviosa cuando habla con adultos.

Megan no se siente pequeña en el mundo.

“¡María!” la llamó una de sus amigas del curso, señalando hacia la calle. “¡Ahí está tu papá otra vez!”

“¡Es tan guapo!” añadió otra, dejando escapar una risita. “¿Cómo puede alguien ser así de perfecto?”

“¡Parece un actor famoso! ¡O un modelo de ropa cara!”

María no dijo nada al principio. Solo alzó la vista, buscando entre los autos y los padres que esperaban a sus hijos.

Y entonces lo vio.

De pie junto a su vehículo negro, como siempre. El cabello rubio ceniza brillando bajo el sol del mediodía, los ojos grises capturando la luz como si fueran de plata. Tenía el rostro bien definido, sin barba, con una mandíbula firme que lo hacía parecer más joven de lo que realmente era. Vestía sencillo, pero con una elegancia natural que no se esforzaba en mostrar.

Su papá.

El hombre más guapo del mundo.

El papá que las venía a buscar todos los días.

Y ese era su papá.

“No se equivocan,” murmuró María para sí misma. “Es guapo.”

“Ya van otra vez,” susurró Megan, sin molestarse en ocultar una pequeña sonrisa divertida mientras avanzaban entre la multitud de estudiantes.

María la miró un instante. Megan siempre parecía tan tranquila… tan indiferente al revuelo que causaba su padre. Pero María no podía evitar sentir algo arder en su pecho cuando notaba cómo varias mujeres —algunas madres, otras profesoras— miraban a su papá con ese brillo raro en los ojos.

Sabían que tenía hijas.

Sabían que era casado.

Y aun así lo miraban. Como si todo eso no importara.

“Megan,” susurró mientras caminaban juntas. “¿Por qué todas las mujeres miran así a papá?”

“Porque es guapo,” respondió Megan sin dudar. “Pero eso no quiere decir que esté bien que lo hagan. Algunas personas solo piensan en lo que quieren, no en lo que está bien.”

María sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.

“Dicen que quieren estar “a solas” con él. ¿Qué significa eso…?”

Megan la miró de reojo. Su rostro, tan igual al de ella, parecía mucho más maduro de repente.

“Que quieren su atención. Solo para ellas. Aunque eso signifique olvidarse de nosotras.”

Eso dolía.

Mucho más de lo que María entendía.

Subieron al auto. Su padre giró desde el asiento del conductor y les dedicó una sonrisa que hizo que el sol pareciera más cálido.

“¿Cómo les fue hoy, chicas?”

“Bien,” dijo Megan.

“Muy bien,” añadió María, como si una sonrisa bastara para borrar todas esas miradas indeseadas.

Durante el camino, se quedó mirando a su hermana. Megan miraba por la ventana, tranquila, como si no le afectara nada. Y de nuevo, María la admiró.

Quiero ser así.

Quiero no sentirme tan pequeña.

Quiero entender las cosas como Megan.

Y algún día… quiero que papá me mire a mí, así como lo hace con mamá.

Parte 3

El auto se detuvo frente a la casa. Su padre apagó el motor con una mano mientras con la otra revolvía con cariño el cabello de María, y luego el de Megan.

“Vamos, chicas. Mamá segura ya tiene algo delicioso esperándonos.”

Los tres bajaron. Él no aparcó dentro del garaje; no tenía mucho tiempo. Solo un momento para almorzar con ellas antes de regresar al trabajo. Pero incluso con el tiempo contado, había decidido estar ahí.

María lo notó.

Siempre lo notaba.

Él caminó con ambas niñas hasta la puerta. Conversaban sobre tonterías: una película que querían ver, una excursión al parque, si todavía conservaban aquellas cometas del verano pasado.

“Podemos ir al lago,” dijo Megan con naturalidad. “La última vez no terminamos el rompecabezas del picnic.”

“¿Y si llevamos nuestras bicicletas?” añadió María, obligándose a sonar animada.

“Me parece un gran plan.” sonrió su padre.

La puerta se abrió antes de que pudieran tocarla.

“¡Ahí están mis niñas!” exclamó su madre, agachándose con los brazos extendidos.

Ambas corrieron a abrazarla. El aroma de su perfume las envolvió con calidez, como una nube conocida. Megan se separó rápido; María se quedó un segundo más. Pero al alzar la vista, vio el momento.

Su madre se acercó a su esposo.

Lo abrazó por la cintura.

Y luego lo besó.

Con amor.

Con naturalidad.

Con derecho.

El latido en el pecho de María fue inmediato.

Ahí estaba otra vez.

Esa punzada.

Esa molestia llamado celos.

Su expresión vaciló.

Pero solo por un segundo.

“Finge ignorancia,” murmuró Megan junto a ella, en voz tan baja que solo una gemela idéntica habría podido oírla. “No tienes que entenderlo todo. Solo actúa como si no pasara nada.”

María parpadeó. Respiró hondo.

Y obedeció.

“Hoy fue divertido,” dijo con una sonrisa repentina, dirigiéndose a sus padres. “En clase hicimos experimentos con agua y colores. ¡Parecía magia!”

“¡Y en matemáticas nos pusieron en equipos!” añadió Megan enseguida, dándole impulso a su mentira blanca.

Su madre las llevó de la mano hasta el comedor. El almuerzo ya estaba servido: pasta con queso y verduras salteadas. El padre se sentó con ellas, como si el tiempo no fuera un lujo. Escuchaba con atención las historias, incluso las más pequeñas: el lápiz roto de María, la niña que lloró porque olvidó su lonchera, la broma tonta que un niño hizo en el recreo.

María lo miraba.

Él escucha.

Él se ríe.

Él está con nosotras.

Pero sabía que no duraría.

Cuando su plato quedó vacío, su padre se levantó.

Se limpió con la servilleta.

Besó la frente de ambas niñas.

Y luego, otra vez, a su esposa.

“Debo volver. Hay una reunión a las tres. Las veré en la noche, ¿sí?”

“Cuídate,” dijo su esposa, con ese tono suave que hacía que el beso pareciera aún más suyo.

María no dijo nada. Solo lo vio salir.

La puerta se cerró. El sonido de su auto alejándose fue como un hilo que se rompía despacio.

Y aún con la boca llena de pasta y queso, María sintió que algo le apretaba la garganta.

Pero Megan estaba ahí. Masticando en silencio, tranquila. Como si nada fuera especial.

Como si todo estuviera bien.

Y si ella podía hacerlo…

Yo también.

Parte 4

La loza tintineaba bajo el agua, amortiguada por la espuma espesa que cubría el fondo del fregadero. Megan sujetaba un vaso con ambas manos mientras su madre limpiaba un plato con movimientos circulares, casi automáticos.

“Gracias por ayudarme, cariño,” dijo la mujer con una sonrisa cálida.

“No hay problema,” respondió Megan, con su tono sereno de siempre. “Me gusta pasar tiempo contigo.”

Su madre rió suave. Se notaba cansada, aunque lo disimulaba bien. Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, y su delantal tenía manchas de salsa. Sin embargo, seguía viéndose… hermosa. Con esa belleza madura, serena, confiada.

Esa que tanto admiraba María.

Y que tanto odiaba, a veces, Megan.

El cuchillo estaba ahí.

Junto a los tenedores y cucharas, medio sumergido en agua tibia.

Brillaba.

Cortante. Silencioso. A mano.

Y con él, un pensamiento.

Extraño.

Inesperado.

Inquietante.

Si ella muriera… María podría tener lo que desea.

Un camino libre.

Sin competencia.

Sin interrupciones.

El cuchillo seguía ahí.

Pero no. No.

Ese pensamiento era absurdo.

Estúpido.

Inútil.

Porque, aunque ese camino fuera el más rápido, también sería el más trágico.

“Si mamá muere, nos quitarían a papá. Y lo más importante… me quitarían a María.”

Y eso era inaceptable.

Porque todo lo que hacía… todo lo que pensaba… era por María.

Por su bienestar.

Por su sonrisa.

Por su paz.

Y Megan no podía protegerla desde una celda. Ni desde un reformatorio. Ni desde la distancia.

Suspiró. Sus dedos se habían quedado inmóviles sobre el borde del fregadero, con el cuchillo a centímetros. Lo tomó con delicadeza. Lo enjuagó. Lo colocó con cuidado sobre el escurreplatos.

“¿Todo bien, Megan?” preguntó su madre.

“Sí. Solo pensaba,” respondió con una sonrisa ligera. “Sobre lo que podríamos hacer el fin de semana.”

Su madre sonrió también, despreocupada.

Pero Megan no pensaba en paseos.

Ni en bicicletas.

Ni en cometas.

Pensaba en alternativas.

Soluciones.

Manipulación, incluso.

Había leído sobre la hipnosis.

Ese concepto exagerado que aparecía en libros y películas sensacionalistas.

¿Hipnotizar a mamá? ¿Y a papá también?

Controlarlos.

Guiarlos.

Forzar las cosas hacia el rumbo correcto.

Sonaba ridículo.

Hasta ella lo sabía.

Pero no pudo evitar reírse por lo bajo mientras secaba un vaso.

“Estás muy pensativa, ¿eh?” comentó su madre, dándole un pequeño codazo en broma.

“Solo estoy tramando cómo convencerlos de llevarnos al lago,” dijo Megan, con una sonrisa que parecía normal.

Una sonrisa perfecta.

Una sonrisa que ocultaba todo.

Pero incluso mientras bromeaba…

En el fondo de su mente… la idea seguía latiendo.

No como plan, aún… pero sí como posibilidad.

¿Y si pudiera hacerlo?

¿Y si fuera posible moldear a mamá y papá… para hacer feliz a María?

No respondió esa pregunta.

No aún.

Pero la semilla ya estaba ahí.

Silenciosa.

Como el cuchillo. Brillando entre la espuma.

El reloj marcaba las 14:42 cuando Megan salió de la cocina. La casa estaba bañada por la luz cálida de la tarde, con motas de polvo flotando en silencio por el aire como si el tiempo se hubiese ralentizado.

En la sala, María estaba sentada sobre el sofá, los pies colgando, los ojos perdidos en la televisión. Un programa infantil que no parecía prestarle verdadera atención.

“¿Te divertiste hoy?” preguntó Megan mientras se dejaba caer junto a ella, fingiendo despreocupación.

“Mmm… sí,” respondió María con una sonrisa breve. Sus ojos seguían fijos en la pantalla, aunque su mente estaba lejos. “Me gusta cuando papá nos recoge.”

Megan asintió. La misma escena repetida. María orbitando alrededor de su padre como un pequeño satélite emocional, buscando afecto, buscando conexión, buscando algo que… no podía nombrar todavía.

“¿Y tú?” preguntó María, girándose un poco hacia ella.

“Sí. Me gusta cuando estamos los cuatro juntos. Pero me gustaría que a veces fueran solo ustedes dos,” añadió Megan con sutileza. “Para que tú te sientas más especial.”

María no respondió. Solo sonrió, bajando la vista con un leve rubor.

Megan la observó en silencio.

Su hermana.

La más pura.

La más frágil.

La que necesitaba ser protegida del mundo… incluso si el mundo eran sus propios padres.

Hoy sería un buen día.

La madre visitaría a sus abuelos en la noche.

Una oportunidad de oro.

Pero para que el plan funcionara, necesitaba una pieza clave.

Algo que garantizara que su padre no despertara.

Un fármaco.

Algo suave, eficaz.

Solo por una noche.

“¿Sabías que papá guarda cosas especiales en su armario?” dijo de pronto, como si pensara en voz alta.

“¿Como qué?” preguntó María, girándose con curiosidad.

“Cosas para su trabajo. Botiquín, vendas, herramientas, incluso medicamentos. Como calmantes para dormir… creo.”

Lo recordaba bien.

Una vez, cuando tenía fiebre, lo escuchó decirle a su madre que a veces necesitaba algo para dormir después de los incendios.

Después de ver cosas que no podía olvidar.

“No pude salvarlos. Y sus gritos se me quedaron en la cabeza.”

Sí.

Su padre era fuerte. Pero humano.

Y humano significaba vulnerable.

“¿Por qué piensas eso?” preguntó María, ladeando la cabeza con una expresión curiosa.

“Solo me acordé,” dijo Megan, dibujando una sonrisa sin fisuras. “A veces me pregunto si los adultos también sueñan cosas feas. O si solo los niños lo hacen.”

María se encogió de hombros, volviendo la vista a la pantalla.

Ella no sabía nada.

No sospechaba nada.

Y así debía ser.

Porque cuando llegara el momento…

Megan estaría ahí para guiarla.

Para enseñarle.

Para mostrarle cómo… cómo acercarse más a ese amor que tanto anhelaba.

Y lo haría con cuidado.

Sin que nadie resultara herido.

Sin que María sintiera culpa.

Solo felicidad.

Una ilusión que le regalara la atención que deseaba.

El siguiente paso era encontrar ese frasco.

Verificar su existencia.

Y planear la noche.

Porque a veces… el amor necesitaba un empujón.

Y Megan, como siempre, lo haría por ella.

Parte 5

El humo era espeso. Áspero.

Se adhería a los pulmones incluso con el filtro.

Las alarmas chillaban como lamentos. Las paredes ardían como si el propio infierno quisiera devorarlo todo.

“¡Segundo piso despejado!” gritó uno de sus compañeros por radio.

“¡Hay más en el tercero! ¡Niños! ¡Tenemos que subir!”

No había tiempo para pensar. Solo actuar.

El hombre —padre de María y Megan— empujó la puerta a medio derretir con el hombro. El metal ardía, incluso a través del traje ignífugo. El sudor le corría por la espalda como un río hirviente.

Otra vez.

Otra maldita vez.

Un escape de gas en el cuarto piso. Una chispa bastó para provocar la explosión. Un error doméstico, una cocina mal cerrada, un olvido cualquiera… y el mundo se encendió.

Los gritos se mezclaban con el rugido del fuego.

Encontró a dos niños encogidos bajo una mesa. Les lanzó la manta ignífuga, los levantó como si su cuerpo no tuviera huesos, solo voluntad. Corrió. Bajó las escaleras entre humo y llamas.

Y volvió a subir.

Porque siempre había alguien más.

Siempre había uno más.

Pero en medio del caos… En medio del calor que lo abrazaba con dientes…

Vinieron los pensamientos.

“Otra vez este infierno. Otra vez yo, sin poder salvarlos a todos.”

Recordó el incendio de hacía tres años. Una guardería. Los rostros ennegrecidos. Los juguetes derretidos. El silencio después del colapso.

No importa cuántas vidas salve.

El fuego siempre se cobra algo.

Y yo… siempre me lo llevo a casa.

Horas después, cubierto de ceniza y con el rostro gris por el hollín, subió al asiento del copiloto del camión de bomberos. El sol del atardecer no calentaba. Solo iluminaba. Las risas de los niños rescatados eran tenues, como lejanas.

Y entonces lo supo.

No iba a dormir esa noche.

No después de ver a un hombre gritar por su esposa atrapada.

No después de que su compañero muriera por volver a entrar.

No después de oír el crujido de la madera cediendo bajo cuerpos humanos.

Al llegar a casa, se duchó en silencio.

No habló de lo que vio. No hacía falta.

Mientras su esposa preparaba su bolso para visitar a sus padres, él se quedó un momento frente al botiquín del baño.

Lo abrió.

Tomó el frasco blanco con la etiqueta gris.

“Duermeprofen. 20 mg. Solo en casos de insomnio severo o trauma emocional.”

Él no era un hombre débil.

Pero el fuego no perdona.

Y esta noche, necesitaba desconectarse.

“¿Ya estás lista?” preguntó con voz cansada.

“En un minuto,” respondió su esposa desde el pasillo.

Él tomó un vaso de agua.

Abrió el frasco.

Se tomó una sola pastilla.

Y la tragó sin pensarlo dos veces.

Sin saber que, sin quererlo, le estaba abriendo la puerta a algo más.

A algo que se gestaba en silencio.

A una pequeña mente que tejía un plan con la calma de un reloj.

Una mente que no sabía nada de incendios, pero sí de obsesión.

Y aunque Megan no lo supiera aún, el destino acababa de ofrecerle otra oportunidad.

Una noche perfecta.

Una ocasión dorada.

Para cumplir su misión:

Hacer feliz a María.

Sin importar el precio. LP

¡Cuéntale a Shirou lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

1

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

1

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

1

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

1

Buenos personajes

Diálogos potentes

1

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Merry Christmas - Adventskalender 2025

Aelyn Raven: Wieder eine tolle Geschichte. Leider bin ich erst jetzt dazu gekommen sie zu lesen, aber das tut der Geschichte keinen Abbruch *g* ich freue mich schon auf den nächsten Adventskalender

Leer ahora
Ruthless Lord

Ock: romance captivante. Hâte de lire la suite

Leer ahora
La louve enchaînée

lamia housni: Ce n’est pas un histoire d’amour Plutôt intrigue

Leer ahora
The Grumpy Next Door

Rikke: It’s a nice feel good story. It’s funny, romantic and absolutely perfect for a Saturday morning with your morning coffee.

Leer ahora
Buried Alive

JlD: A beautiful and inspiring love story! 😍

Leer ahora
Half-Claimed

Bargara4670: Half-Claimed was easy to read with a well-thought-out plot that kept me interested throughout. Many of these revenge stories seem to have the abused heroine turning into a vicious harpy who I end up disliking as much as her abusers. I like to feel empathy with the main characters, and I found that I...

Leer ahora
Bear Roberts

Evtida: The way it was put together was nice. However, in my opinion, the flashbacks should have been interspersed throughout the story rather than just appearing in the final episodes. Honestly, I was hoping for news of a baby, even if there wasn't a wedding. The ending felt a bit rushed and incomplete. Ap...

Leer ahora
Fated to My Ex- Best Friend

annie: Tous est très bien Merci

Leer ahora