Batalla por Rajk

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Sinopsis

Un mundo donde la ciencia y la magia han aprendido a convivir: vapor, engranajes y hechizos impulsan ciudades, protegen imperios y desafían los límites de lo posible. En el corazón de este equilibrio, el reino de Dolina brilla como un faro de conocimiento, innovación y poder arcano. Pero ese equilibrio es frágil. En las sombras de la historia, un mal antiguo se agita, y su retorno amenaza con romper la delgada línea que separa el orden del caos. El mundo deberá decidir: unirse o caer.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
CobaltWizard
Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El recién llegado y la sombra en la ciudad

Foovar y Stall

Los tejados de Foovar cubren por completo el vasto cráter de un antiguo volcán, formando un mosaico caótico de tejas de barro rojo, cúpulas de cobre verdín y torres de piedra gris labrada. Desde lejos, la ciudad parece un tapiz vivo que reluce con el sol o brilla con los miles de faroles al anochecer.

Foovar, orgullosa capital del reino de Dolina, es un hervidero que nunca descansa. Sus calles empedradas serpentean en anillos concéntricos, siguiendo las curvas del cráter como si la ciudad misma se abrazara a su origen ardiente. Entre los distintos niveles se alzan puentes arqueados de piedra y hierro forjado, conectando terrazas altas con barrios bajos donde la vida bulle en callejones estrechos. Elevadas pasarelas de madera, atadas con cables y vigas reforzadas, crujen con suavidad con el tránsito constante de comerciantes, mensajeros y curiosos.

Las viejas murallas del volcán han sido talladas para albergar casas señoriales con ventanales góticos, fortalezas con relieves de dragones y héroes de antaño, y solemnes escuelas que conservan inscripciones arcanas en piedra negra. Algunos dicen que los muros aún retienen el calor del magma antiguo, templando los hogares en invierno.

El tráfico es un caos organizado: carros mecánicos con cristales Lyft chispean con energía mágica y emiten un zumbido agudo, mientras carromatos de vapor resoplan y silban al tomar las curvas. Los viejos coches de caballos, relegados a los barrios más antiguos y estrechos, avanzan al ritmo pausado de sus monturas, cargados de antigüedades y flores exóticas. El aire está impregnado de hollín, incienso, vapor y el picante aroma de especias importadas desde puertos lejanos.

Multitudes abarrotan las avenidas. Mercaderes de túnicas coloridas pregonan sus telas, cristales y artefactos arcanos con voces roncas y dramáticas. Juglares y músicos de laúd se instalan en las esquinas, rodeados de niños descalzos y soldados distraídos. Aprendices con capas bordadas y pesados libros atados al cinturón corren hacia la Academia central, situada cerca de los cuidados jardines del castillo real, donde fuentes encantadas vierten agua luminosa sobre parterres de flores imposibles.

La guardia real vigila desde altas atalayas de acero forjado, sus siluetas recortadas contra el cielo brumoso y plomizo. Soldados de a pie patrullan las calzadas con pecheras de acero Lyft, que emiten un suave resplandor azulado al activarse, iluminando grabados de runas defensivas. El estandarte del reino, un engranaje intrincado de cobre y azul, ondea orgulloso en cada torre, reflejando la obsesión del reino por la maquinaria, las ciencias y la magia. Aun así, entre los corredores de piedra y los patios empedrados, el rumor de conspiraciones y antiguas leyendas nunca deja de recorrer la ciudad, susurrado por lenguas temerosas o codiciosas.

Pero bajo la vibrante Foovar se extiende la oscura Stall, un laberinto subterráneo que sirve de nido a criminales, contrabandistas y asesinos a sueldo. Sus vastas columnas, de las que toma su nombre, son reliquias de otro tiempo: un complejo monumental diseñado para proteger a las poblaciones más vulnerables durante la Primera Guerra de la Plaga.

En aquellos días, se excavaron túneles amplios y cámaras comunales, con respiraderos tallados en las laderas del cráter, para mantener el aire limpio y fresco. Las columnas estaban reforzadas con placas de acero y cobre, cubiertas de inscripciones médicas y rituales de purificación, hoy gastadas por el óxido y el humo de antorchas.

Con el paso de los siglos, las defensas se volvieron cárceles, los santuarios fueron convertidos en guaridas y tabernas ilegales, y los corredores, en rutas de escape para ladrones y asesinos. Los muros ennegrecidos rezuman humedad, y los canales de desagüe corren con aguas oscuras y pestilentes. Se dice que los jefes de las bandas criminales controlan pasajes secretos hasta los niveles altos de Foovar, negociando en la sombra con funcionarios corruptos o nobles desesperados.

En Stall, la luz es un lujo raro: lámparas de aceite humeante o cristales Lyft defectuosos ofrecen parpadeantes destellos, lanzando sombras amenazantes sobre mendigos, comerciantes de carne humana, y magos renegados que venden maldiciones por un puñado de monedas. Aquí, la guardia real casi no se aventura, salvo para redadas violentas que dejan más muertos que prisioneros.

Stall es el reflejo invertido de Foovar: donde arriba reina la ambición y el progreso, abajo gobiernan la desesperanza y la ley del más fuerte. Pero a veces, incluso en la oscuridad, florecen alianzas inesperadas y pequeñas rebeliones.



Recién llegado.

El tren de pasajeros que conecta la ciudad de L’Yok, en el ducado de Licuricii, con Foovar avanza impulsado por una inmensa caja de engranajes, sus piezas de bronce y hierro relucientes girando en perfecta sincronía gracias a las runas inscritas en sus caras. Tres enormes cristales Lyft, tallados con precisión, emiten un fulgor verde intenso que se refracta sobre las vías de cobre bruñido y los perfiles de los viajeros.

En el interior, el suelo vibra con el zumbido profundo del mecanismo. Las luces de Lyft, más pequeñas, iluminan los compartimientos con un resplandor esmeralda. Comerciantes vigilantes custodian cajas selladas con símbolos arcanos, mientras familias humildes se acomodan sobre bancos de madera pulida, contándose historias del ducado y sus vastas cosechas. El ambiente huele a aceite mineral y a metal.

En el fondo de uno de los vagones de primera clase, un hombre viaja solo. Viste ropas sencillas del campo, el dobladillo del pantalón salpicado de polvo reseco. Su maleta, fabricada en metal y asegurada con un candado robusto, descansa sobre sus rodillas mientras sus manos la sujetan con firmeza. Su mirada, fija hacia el frente, se clava con dureza en uno de los pasajeros, cargada de una ira contenida que hace tensar su mandíbula. El leve parpadeo verdoso de las luces Lyft resalta el brillo acerado de sus ojos, revelando algo peligroso agazapado bajo su aparente quietud.

El viaje estaba a punto de terminar y la noche ya había caído sobre la capital. Las luces de los cristales Lyft iluminaban el interior del tren con su resplandor verdoso mientras los pasajeros se levantaban, recogiendo sus pertenencias con movimientos apresurados. El chirrido de los engranajes reduciendo la marcha retumbaba en el suelo, anunciando la inminente parada.

Al abrirse las puertas, una oleada de aire frío y húmedo inundó los vagones. La estación central era un auténtico caos: la multitud se movía como un enjambre de hormigas en todas direcciones, cargando maletas, baúles y jaulas con criaturas inquietas. Los pregoneros anunciaban horarios y destinos a gritos, intentando imponerse sobre el bullicio incesante.

Guardias patrullaban los andenes, vigilando con semblante severo mientras filas de carromatos mecánicos esperaban a un lado para transportar a los recién llegados. Sobre todo, ello, el techo alto de la estación, cubierto de cristales empañados por la condensación, devolvía ecos confusos de pasos y voces, amplificando la sensación de un hormiguero vivo e imparable.

Entre la multitud, el hombre misterioso se movía con sigilo, siguiendo a su objetivo sin perderlo de vista. De forma casi sobrenatural, lograba mantener la distancia exacta para no ser descubierto, deslizándose entre viajeros apresurados, fardos, baúles y columnas de hierro forjado. Sus ropas de campesino le permitían no llamar la atención. Sus ojos, clavados en la espalda de su presa, relucían con determinación, mientras el caos de la estación le ofrecía la cobertura perfecta para su cacería silenciosa.

La persecución continuó por casi una hora. La figura misteriosa seguía a su objetivo de un lado a otro por las laberínticas calles de Foovar. A pesar del ritmo errático, el perseguido parecía conocer bien el camino, girando por pasajes estrechos y puentes colgantes, mientras el supuesto campesino se había convertido en su sombra.

Finalmente, el hombre se internó en un callejón mal iluminado. En medio de este, se alzaba una antigua fuente con forma de dragón, cuyas fauces abiertas parecían vomitar agua estancada. El hombre se detuvo frente a la estatua y, con gesto preciso, movió una de sus alas talladas, haciendo crujir el mecanismo oculto.

Pero en ese instante, el desconocido se abalanzó sobre él y le asestó un golpe brutal. Se oyó el chasquido húmedo de hueso al romperse: su mandíbula se fracturó y quedó colgando, sujeta apenas por piel y músculo. El atacante lo levantó con una sola mano, obligándolo a mirarlo fijamente a los ojos. Sostuvo esa mirada cargada de terror y agonía por un instante eterno antes de soltarlo, dejando que su cuerpo se desplomara en el charco oscuro.

Luego, sin vacilar, el hombre se giró y descendió por la escalera oculta que se abría bajo la fuente. Dentro de Stall, el aire se volvió más denso y húmedo, impregnado de un olor acre a moho y aceite rancio. Faroles con cristales Lyft rotos proyectaban una luz parpadeante sobre los muros ennegrecidos, revelando grafitis y símbolos arcanos desgastados.

El sujeto misterioso se detuvo junto a una de las columnas talladas y apoyó su maleta metálica en el suelo. Con movimientos precisos, la abrió y extrajo de su interior un conjunto de prendas oscuras, más adecuadas para moverse sin llamar la atención en la ciudad subterránea. Luego posó las manos sobre la superficie de la maleta. El metal se onduló y se deformó con un sonido chirriante hasta tomar la forma de una espada corta.

Con un último vistazo alrededor, el hombre se ciñó la espada al costado y se perdió en los pasadizos de Stall, como una sombra más entre el laberinto de columnas y túneles.

Después de recorrer los largos y retorcidos laberintos subterráneos, llegó a una de las cantinas clandestinas excavadas en las entrañas de Stall. El lugar estaba mal iluminado por lámparas de aceite humeantes y cristales Lyft defectuosos que parpadeaban de forma irregular, proyectando sombras alargadas sobre las paredes ennegrecidas.

El murmullo de voces llenaba el aire, mezclándose con carcajadas roncas y discusiones acaloradas. Algunos clientes hablaban en voz baja de negocios turbios, otros se inclinaban sobre mesas mugrientas para jugarse el dinero en apuestas rápidas, mientras varios más se enzarzaban en peleas improvisadas, golpeándose entre sillas rotas y botellas vacías. El suelo estaba pegajoso de cerveza derramada y sangre seca, y un fuerte olor a alcohol barato y sudor hacía que el aire resultara casi irrespirable.

El hombre se detuvo un momento junto a la entrada, con la mirada fría e imperturbable, evaluando el interior antes de adentrarse. Primero leyó el cartel clavado sobre un poste torcido y dejó su espada en el depósito obligatorio, donde un guardia malhumorado la recibió con desgana y le entregó una ficha de reclamación.

Dentro avanzó con paso seguro, atento a cada detalle. El aire estaba cargado de humo y murmullos apagados, mientras grupos de jugadores reían o discutían por las apuestas. Sonidos de vasos chocando y sillas arrastrándose llenaban el ambiente.

Finalmente localizó a su objetivo: un hombre huesudo de ojos inquietos, absorto en una partida de dados sobre una mesa pegajosa de cerveza. El forastero se acercó con calma, tomó una silla y la colocó junto al grupo. Después, con voz grave pero mesurada, preguntó:

—¿Puedo unirme a su partida?

Los hombres lo miraron de pies a cabeza.

—¿Qué traes para apostar? —gruñó uno de ellos.

El forastero abrió su bolsa y sacó un par de monedas imperiales, ciento cuarenta para ser exactos. Las hizo tintinear suavemente sobre la mesa sucia.

—Con esto puedo jugar…