El letargo
Conocí a un ser singular, cuya existencia parecía entrelazada con los oscuros hilos del sueño, como si su alma hubiese pactado con las sombras para habitar más en los reinos de Morfeo que en la cruda luz del mundo. No era la pereza lo que lo arrastraba al lecho, sino un deseo profundo —casi místico— por sumergirse en los abismos del descanso, donde los ecos del tiempo se disuelven y los espectros de la vigilia se desvanecen como humo en la bruma.
Dormía no por cansancio, sino por deleite. Y en su rostro, al cerrar los ojos, se dibujaba una paz que no pertenece a los vivos del todo. Era como si, al rendirse al sopor, accediera a un universo secreto, hecho de susurros, de penumbras ondulantes y melodías imposibles que sólo los soñadores más oscuros pueden oír. Su respiración —lenta, constante, ceremoniosa— era un ritual sagrado, una plegaria muda al dios del olvido.
Decía (cuando el raro momento de lucidez lo encontraba despierto) que los sueños le ofrecían más verdad que la vida misma, y que el mundo al que regresaba con cada alba le parecía grotesco, torpe, una parodia de lo que su mente conocía al cerrar los ojos. ¿Era aquello una fuga? ¿O más bien el retorno a su patria original?
Nunca lo sabremos. Pues un día, simplemente, no despertó.
Y aún hoy, cuando el crepúsculo cae pesado sobre la tierra y el silencio se adueña de la estancia, juro escuchar su leve respiración entre las cortinas… como si aún durmiera, suspendido eternamente entre la muerte y el sueño.