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El zumbido de las agujas resonaba como un mantra dentro del estudio de tatuajes, un espacio lleno de humo, arte y susurros atrapados en la piel. Jungkook, con su brazo cubierto de tinta y mirada insondable, trabajaba con precisión quirúrgica. Era conocido por más que su talento: su presencia era magnética, peligrosa incluso, una combinación de belleza salvaje y autoridad silenciosa que lo hacía inolvidable.
Ese día no estaba destinado a ser distinto. Pero el destino rara vez avisa cuando decide torcer el camino.
Jimin entró al estudio detrás de su mejor amigo, apenas un muchacho, aún con el rostro redondo de la juventud y los ojos pequeños, de esos que parecen absorber el mundo con una mezcla de asombro y timidez. Llevaba una sudadera tres tallas más grande, el cabello rubio claro que caía como seda sobre su frente, y un andar nervioso que lo hacía mirar a todos lados menos al tatuador que, desde la parte trasera del local, alzó la vista y se congeló.
Jungkook lo vio. Y el mundo se detuvo.
No fue deseo inmediato. Fue algo más oscuro, más profundo. Como si hubiese reconocido algo perdido en él. Algo que quería poseer.
—¿Vas a tatuarte? —preguntó con voz grave, apareciendo frente a Jimin casi sin hacer ruido.
—¿Eh? No, no… solo vine con mi amigo —respondió Jimin, dando un paso atrás por instinto, sin saber que en ese momento ya había sido elegido.
Jungkook sonrió. Una sonrisa torcida, ligera, pero con algo peligroso debajo.
—Una lástima… La tinta te quedaría bien.
Jimin bajó la mirada, avergonzado, sin notar cómo Jungkook lo escaneaba de pies a cabeza, como si memorizara cada detalle. El tatuador no volvió a hablar mucho ese día, pero se aseguró de observarlo desde las sombras, de retener cada gesto, cada palabra que escapaba de sus labios rosados. Y cuando Jimin y su amigo se marcharon, Jungkook supo que no era el final. No lo permitiría.
Porque desde ese instante, todo lo que vendría después, no sería una coincidencia. Sería elección.
Lo que Jimin no sabía, lo que no podía imaginar, era que Jungkook tenía una vida entera fuera de ese estudio. Una esposa que llevaba su apellido. Un hogar donde las paredes ya estaban adornadas con ropita de bebé.
Pero para Jungkook, nada de eso importaba, porque había encontrado lo que quería.
Y él no solía soltar lo que se le antojaba.
Desde el instante en que la puerta se cerró tras la salida de Jimin, algo en Jungkook cambió. Lo supo de inmediato: ese chico no iba a desaparecer de su mente como los rostros fugaces que cada día desfilaban por su estudio.
Era distinto.
Durante la madrugada, mientras su esposa dormía profundamente a su lado, con una mano sobre su abultado vientre, Jungkook miraba el techo de su habitación con la mandíbula apretada. Sentía el deseo apoderarse de su cuerpo de forma violenta, pero no era un deseo físico. Era más profundo. Más retorcido. Quería saberlo todo. Quería meterse bajo su piel.
Tomó su teléfono y comenzó.
Busco en sus registros el nombre de su amigo, el que sí se tatuó, apenas mencionado en la conversación casual de ese día. Lo encontró en Instagram, y como si fuera una hebra suelta de un tejido débil, tiró de ella. Era fácil. Demasiado fácil. El perfil del chico estaba abierto, lleno de historias con Jimin, publicaciones etiquetadas, risas congeladas en fotos.
Y ahí estaba él.
Jimin.
Adolescente, estudiante de preparatoria, pequeño, encantador… vulnerable.
Revisó las fotos una por una. Las fechas, las ubicaciones. Pronto supo cuál era su escuela, qué parque frecuentaba, a qué cafetería iba después de clases. Incluso notó el patrón de sus publicaciones: los viernes solía salir con su grupo de amigos, los miércoles tenía clase de baile por la tarde, y los domingos… domingos eran de misa, según alguna foto perdida con su madre.
Perfecto.
Jungkook sonrió, aunque no tenía nada de amable.
Durante los días siguientes, comenzó a modificar su rutina. Cambió su horario en el estudio, hizo que uno de sus aprendices cubriera ciertos turnos, fingió tener encargos cerca del barrio de Jimin. Se apareció en la plaza donde solía ir con sus amigos, tomó café donde solía sentarse junto a la ventana. Siempre a distancia. Siempre observando.
Hasta que un día, Jimin entró solo.
Era martes por la tarde, una lluvia ligera empañaba los cristales de la cafetería, y Jungkook ya estaba allí, sentado en la esquina más discreta. Cuando lo vio cruzar la puerta, con el cabello húmedo por la lluvia y un libro contra el pecho, supo que era el momento perfecto.
Esperó.
Jimin pidió algo caliente, buscó un lugar libre, y Jungkook como si fuese una casualidad más del universo, se levantó con su taza en mano.
—¿Eres el chico que acompaño a su amigo al estudio? —preguntó, fingiendo sorpresa.
El menor levantó la mirada, claramente desconcertado.
—¿Ah? Oh… tú eres el tatuador.
—Jungkook —dijo con una sonrisa tranquila—. Vaya coincidencia.
Jimin asintió, algo tímido.
—Sí… qué raro.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla frente a él.
El chico dudó un segundo, pero luego asintió. Jungkook se sentó con la naturalidad de alguien que lleva tiempo esperando ese momento.
Esa tarde hablaron por más de una hora. Jungkook se mostró encantador, interesado, cuidadoso. Le preguntó por su nombre, su música favorita, sus estudios, su sueño de bailar profesionalmente. Cada palabra que Jimin decía era una pieza más en el rompecabezas que Jungkook quería completar… y controlar.
Antes de despedirse, dejó caer su número.
—Por si alguna vez quieres hablar de tatuajes. O de cualquier cosa —dijo, guiñándole el ojo.
Jimin se sonrojó. Le pareció halagador.
No sabía que cada paso había sido planeado. Que ese encuentro no era obra del destino, sino de una mente decidida a poseerlo.
Y Jungkook…ya no pensaba detenerse.
Jungkook no creía en el azar. Creía en los planes. En el cálculo meticuloso. En anticipar cada jugada con la misma precisión con la que dibujaba líneas eternas sobre la piel de sus clientes.
Y Jimin… era su lienzo más preciado. Solo que aún no lo sabía.
Después de aquel encuentro en la cafetería, Jungkook se volvió más cuidadoso. No podía parecer demasiado invasivo. Tenía que sembrar la ilusión de la casualidad, de la coincidencia mágica que hace latir más rápido el corazón de los inocentes.
Un jueves por la tarde, Jimin salió solo de la escuela. Su madre se había retrasado con el trabajo y no podía recogerlo. Caminaba despacio, con la mochila colgando de un solo hombro y los audífonos puestos. No escuchó la moto acercarse hasta que la reconoció.
—¿Otra vez tú? —dijo entre risas, al ver al tatuador bajar el casco.
—¿Me estás siguiendo tú a mí? —bromeó Jungkook, apoyándose en su motocicleta, vestido de cuero, tatuajes a la vista y sonrisa torcida.
Jimin se encogió de hombros.
—Qué coincidencia, ¿no?
—Parece que el universo tiene buen gusto —respondió él, mirándolo sin disimulo.
—Voy a casa —dijo Jimin, bajando la mirada—. Vivo unas cuadras más adelante.
—¿Quieres que te lleve?
Jimin dudó. Pero luego, con una tímida sonrisa, aceptó.
Jungkook no dejó que notara que ya sabía perfectamente dónde vivía.
Días después, otro encuentro. Un sábado por la mañana, en una pequeña librería del centro.
Jimin hojeaba un libro de fotografía. Jungkook apareció entre los pasillos.
—¿Te gusta la fotografía? —preguntó, como si lo hubiera encontrado por accidente.
Jimin sonrió, sorprendido de nuevo.
—¿Qué haces tú aquí?
—A veces busco inspiración… para tatuajes.
—¿Y eso te inspira?
—Tú me inspiras.
Jimin lo miró de reojo, sin saber si tomarlo en serio. Sus mejillas se encendieron.
—Deberías dejar que te haga un tatuaje, uno pequeño —dijo Jungkook, bajando la voz hasta convertirla en un susurro rasposo, casi íntimo—. Algo que solo tú y yo sepamos.
Jimin se mordió el labio inferior. El mundo se le hacía grande cuando Jungkook lo miraba así.
La semana siguiente, Jungkook se hizo el encontrado en una estación de tren, justo cuando Jimin esperaba al suyo. Apareció con una bolsa de panecillos calientes en la mano y un gorro negro cubriéndole el cabello.
—¿Tu tren también va tarde? —preguntó, como si fuera una molestia compartida.
—Sí —contestó Jimin—. Qué raro verte otra vez.
—Empiezo a pensar que es una señal.
Se sentaron juntos en la banca de concreto, y Jungkook le ofreció uno de los panecillos. Mientras lo comían en silencio, el tatuador giró un poco el rostro para observarlo mejor. El viento le revolvía el cabello y tenía las pestañas húmedas por la brisa fría. Tan joven. Tan hermoso. Tan suyo, aunque él aún no lo supiera.
—¿Sabes? —dijo Jungkook de pronto—. A veces creo que las personas aparecen en tu vida por algo. Que hay encuentros que no son casualidad.
Jimin lo miró, sin palabras. No entendía por qué se sentía tan a gusto con él, tan… a salvo. Como si confiar fuera natural.
No sabía que detrás de cada palabra, cada encuentro y cada gesto, había un mapa trazado con precisión enfermiza.
Porque Jungkook ya había decidido que lo quería.
Y cuando Jungkook quería algo, simplemente lo tomaba.








