1
Si tuviera que presentarte a Dios. Si alguna vez alguien me preguntara quién es Dios, creo que tendría miedo de responder.
No porque no crea en Él. Todo lo contrario. Quizá tendría miedo precisamente porque creo en Él, porque ¿cómo explicas con palabras a Alguien que has tenido que conocer en los lugares más profundos de tu vida? ¿Cómo resumes en unas cuantas páginas a Aquel que ha estado presente en momentos que nadie más vio? ¿Cómo describes a un Dios que no solamente has leído en las páginas de un libro, sino que has necesitado cuando todo dentro de ti parecía estar desordenado?
Podría darte una respuesta correcta.
Podría hablarte de la creación. Podría llevarte hasta Génesis y contarte acerca de un Dios que habló y la luz apareció, que separó las aguas, llenó el cielo de estrellas y después tomó polvo de la tierra para formar al ser humano y soplar aliento de vida sobre él. Podría hablarte del jardín, de Adán y Eva, de la libertad, de aquella primera desobediencia y de cómo el pecado abrió una distancia que el ser humano nunca habría podido cerrar por sí mismo.
Podría llevarte después por toda la Biblia. Podría contarte acerca de Abraham, de Moisés, de David, de los profetas. Podría hablarte de promesas, pactos, milagros y generaciones enteras esperando algo que todavía no alcanzaban a comprender completamente.
Y eventualmente llegaría hasta Jesús. Te hablaría de un pesebre, de un carpintero de Nazaret, de un hombre que tocaba a quienes otros evitaban, que se sentaba a comer con aquellos que la sociedad despreciaba, que miraba a las personas más allá de aquello que habían hecho. Te hablaría de una cruz, de sangre, de perdón, de una tumba vacía y de una salvación que ninguno de nosotros podía comprar.
Y todo sería verdad. Pero quizá, después de haberte contado todo eso, todavía no te habría presentado a Dios. Porque conocer cosas acerca de alguien no es lo mismo que conocerlo.
Yo puedo decirte muchas cosas acerca de una persona sin haberme sentado jamás a conversar con ella. Puedo conocer su nombre, su historia, dónde nació, qué hizo, qué cosas dijo e incluso repetir palabras suyas de memoria. Y, aun así, esa persona puede ser completamente desconocida para mí.
Creo que durante mucho tiempo eso también puede ocurrirnos con Dios. Podemos saber que existe.
Podemos haber escuchado hablar de Él desde pequeños. Podemos conocer historias bíblicas, repetir versículos, saber quién fue Jesús e incluso saber perfectamente qué cosas se supone que un cristiano debe o no debe hacer. Y aun así no conocer su corazón.
Por eso, si hoy tuviera que presentarte a Dios, no empezaría diciéndote todo lo que tienes que cambiar.
No te entregaría una lista de pecados. No te preguntaría primero cómo estás viviendo. No revisaría tu pasado antes de decidir si eres suficientemente digno para acercarte. Y tampoco intentaría convencerte de que yo tengo todas las respuestas.
Creo que simplemente me sentaría a tu lado y te diría: “Ven. Quiero contarte acerca de Alguien que me encontró a mí.”
Porque si voy a hablarte de Dios, necesito decirte algo acerca de la persona que está escribiendo esto. No soy una mujer perfecta. Y necesito que lo sepas desde el principio.
No quiero que avances por este libro imaginando que quien escribe ha vivido siempre haciendo lo correcto. No quiero que leas mis palabras y construyas una versión de mí que nunca ha existido. No estoy escribiendo desde una vida impecable ni desde una fe que jamás ha tambaleado.
He cometido errores. Muchos. He tomado decisiones sabiendo, algunas veces, que probablemente no eran las mejores. He buscado amor donde terminé encontrando heridas. He intentado llenar vacíos con personas. He permitido que mis emociones hablen más fuerte que mis convicciones. He tenido temporadas en las que Dios estaba ahí y, aun así, yo estaba demasiado distraída mirando hacia otro lado.
He querido hacer las cosas a mi manera. He tenido dudas. He sentido miedo. He llorado.
He tenido momentos en los que mi fe parecía enorme y otros en los que apenas podía sostenerla entre las manos. He sabido hacia dónde debía caminar y he terminado tomando otra dirección. Y sí, incluso después de haber conocido a Dios, he vuelto a equivocarme.
Porque conocer a Dios no me convirtió mágicamente en una persona incapaz de fallar. Todavía tengo luchas.
Todavía hay cosas de mí que Él está transformando. Todavía existen días en los que necesito detenerme y preguntarme en qué momento aparté la mirada. Y quizá eso sea precisamente lo que quiero contarte a través de este libro.
No la historia de una mujer que encontró a Dios y desde entonces jamás volvió a equivocarse. Sino la historia de una mujer que descubrió que, aun después de equivocarse, puede volver la mirada y encontrarlo ahí. Porque algo he aprendido acerca de Dios: Él sabe llamar mi atención.
A veces sucede en medio de una oración. Otras veces mientras leo unas palabras que parecen haber sido escritas exactamente para el momento que estoy viviendo. A veces ocurre en un templo, rodeada de personas cantando, y de pronto siento que todo el ruido dentro de mí se queda en silencio.
Y otras veces ocurre en medio de mi propio desorden. Cuando estoy demasiado ocupada mirando una situación, una persona, un problema, un deseo o aquello que creo necesitar.
Es como si Dios chasqueara los dedos delante de mí. No violentamente. No para humillarme. Simplemente lo suficiente para hacerme reaccionar.
“Mírame, vuelve a poner tu mirada en mi.”
Y entonces me doy cuenta. Me doy cuenta de cuánto tiempo llevaba mirando hacia otro lado. Me doy cuenta de que algo había comenzado a ocupar demasiado espacio dentro de mí. De que estaba intentando encontrar respuestas en lugares que nunca podrían dármelas.
Y vuelvo.
A veces avergonzada. A veces llorando. Otras, sin saber siquiera qué decirle.
Porque ¿qué le dices a Dios cuando sabes que Él ya conocía aquello que intentabas esconder? ¿Qué explicación puedes darle a Aquel que vio tus decisiones antes de que tú misma comprendieras por qué las estabas tomando?
Hubo momentos en los que pensé que para regresar a Dios primero tenía que arreglarme. Que tenía que ordenar mi vida, corregir mis errores, dejar determinadas cosas y entonces, cuando volviera a sentirme suficientemente “buena”, podría acercarme otra vez.
Pero con el tiempo entendí algo.
Uno no se limpia para después acercarse a Dios. Uno se acerca a Dios y permite que Él comience a limpiar lo que uno jamás habría podido transformar solo. Y eso cambió mi manera de verlo.
Porque durante mucho tiempo había escuchado hablar de un Dios al que había que temer. Un Dios que observaba cada movimiento esperando encontrar una equivocación. Un Dios al que había que satisfacer mediante una lista interminable de comportamientos correctos.
Pero cuando empecé a conocerlo, encontré algo diferente.
Encontré santidad, sí. Encontré corrección. Limites. Cosas que confrontaron profundamente mi manera de vivir. Pero también encontré misericordia. Y descubrí que la misericordia de Dios no significa que Él llame bueno a todo lo que hago. Significa que cuando hago algo que no está bien, todavía puedo regresar. Eso es muy diferente.
Dios no necesita mentirme acerca de mis errores para amarme. Puede mostrarme exactamente dónde estoy equivocándome y, al mismo tiempo, extenderme la mano para sacarme de ahí. Puede confrontarme sin destruirme. Puede corregirme sin abandonarme.
Puede hacerme mirar aquello que no quiero reconocer y seguir llamándome hija.
Y quizá esa sea una de las cosas que más me han hecho amarlo. Porque las personas algunas veces conocemos la peor parte de alguien y decidimos alejarnos.
Dios conoce absolutamente todas. Conoce las que mostramos. Las que maquillamos. Las que justificamos. Y también esas que jamás contaríamos en voz alta.
Él conoce pensamientos que nunca salieron de nuestra boca. Conoce nuestras verdaderas intenciones cuando los demás solamente pueden juzgar nuestras acciones. Conoce nuestras heridas, nuestros deseos, nuestras contradicciones. Y aun conociéndolo todo, decidió acercarse.
Por eso, cuando pienso en cómo presentarte a Dios, inevitablemente termino pensando en Jesús. Porque si quieres saber cómo es Dios, mira a Jesús.
Míralo acercándose al leproso que nadie quería tocar. Míralo hablando con la mujer samaritana aun conociendo perfectamente su historia.
Míralo sentado a la mesa con pecadores. Míralo frente a personas rotas. Míralo llorando con quienes lloraban.
Míralo restaurando. Perdonando. Y después míralo en una cruz.
Porque el cristianismo no comienza con seres humanos intentando escalar hasta alcanzar a Dios. Comienza con Dios descendiendo para alcanzarnos a nosotros. Eso es Jesús. Dios acercándose.
Dios entrando en nuestra historia. Dios diciendo: “No puedes volver por tus propias fuerzas, así que Yo abriré el camino.”
Y quizá alguien que esté leyendo esto piense: “Eso puede funcionar contigo, pero tú no sabes las cosas que yo he hecho.”
Es verdad. No las sé. No sé quién eres.
No sé dónde estás mientras lees esto. No sé qué hiciste ayer. No sé qué cargas desde hace diez años. No sé si alguien te habló alguna vez de Dios de una manera que terminó haciéndote sentir rechazado. No sé si creciste creyendo o si estás leyendo esto, pensando que todo es absurdo.
Quizá estás enojado con Dios. Que ni siquiera estás seguro de que exista. Quizá crees en Él, pero llevas tanto tiempo lejos que no sabes cómo regresar. O quizá eres como yo y estás descubriendo que incluso después de haber decidido seguirlo todavía puedes distraerte, equivocarte y necesitar volver a enfocar la mirada.
No conozco tu historia. Pero tampoco necesito conocerla para decirte esto: Dios sí la conoce. Completa.
No solamente la versión que cuentas.
Y si algo quisiera que recordaras después de cerrar este primer capítulo es que no necesitas esconderle nada. Él ya sabe.
Quizá por eso este libro no pretende ser un manual escrito por alguien que descubrió cómo vivir perfectamente. No puedo darte eso.
Estos escritos serán más bien pequeños pedazos de mi caminar con Dios.
Algunas veces hablaremos de personajes bíblicos y quizá descubramos algo de nosotros en ellos. Otras veces hablaremos de heridas, espera, amor, miedo, perdón, decisiones, pérdidas, comienzos y esos momentos extraños en los que parece que Dios guarda silencio.
Habrá preguntas. Habrá reflexiones.
Y seguramente habrá páginas que fueron escritas mientras yo misma todavía estaba aprendiendo aquello de lo que hablaba. Porque este libro no nace desde la meta. Nace desde el camino. Y quiero ser sincera mientras lo recorremos.
No quiero presentarte una versión maquillada de la fe donde creer en Dios significa que nunca más lloras, nunca dudas, nunca deseas lo incorrecto y nunca vuelves a tropezar.
Mi experiencia no ha sido esa.
Pero tampoco quiero presentarte un Dios indiferente al pecado, que simplemente observa nuestras decisiones y dice que todo da igual.
El Dios que yo estoy conociendo me ama demasiado para dejarme exactamente donde estoy.
A veces me consuela. Me espera. Me confronta. A veces parece tomar mi rostro entre sus manos y hacerme mirar otra vez hacia Él. Y poco a poco voy entendiendo que seguir a Dios no consiste únicamente en decirle “sí” una vez. Hay muchos “sí” después.
Sí cuando entiendo. Sí cuando no entiendo. Sí cuando obedecer resulta sencillo. Sí cuando algo dentro de mí quiere hacer exactamente lo contrario. Sí después de fallar. Sí cuando tengo que levantarme. Sí cuando necesito regresar.
Y probablemente tendré que regresar muchas veces. Pero ya no quiero tener miedo de admitirlo. Porque si Dios solamente recibiera a quienes nunca se equivocan, yo no tendría ninguna historia que contarte.
Mi testimonio no es: “Mira qué bien he hecho todo.”
Mi testimonio es: “Mira cuántas veces Dios ha tenido misericordia de mí.”
No puedo presentarte a Dios diciéndote que yo soy la prueba de lo perfecta que puede volverse una persona. Pero quizá pueda presentártelo diciéndote que soy prueba de cuánto puede amar Dios a una persona imperfecta. Una persona que todavía está creciendo. Que todavía está aprendiendo.
Que todavía algunas veces se distrae. Que algunas veces permite que otras voces hagan demasiado ruido. Que todavía tropieza con sus emociones. Que sigue teniendo preguntas. Pero que, en medio de todo eso, ha comenzado a reconocer una voz.
Una que una y otra vez parece decir: “Vuelve.”
Y estoy aprendiendo a volver. Quizá tú también estés necesitando hacerlo. O quizá nunca hayas venido.
En cualquiera de los dos casos, no quiero empujarte. No quiero asustarte. No quiero decirte que finjas creer algo solamente porque yo lo creo. Solo quiero invitarte a conocerlo.
Lee. Pregunta. Duda si necesitas dudar. Abre la Biblia y comprueba por ti mismo aquello que encuentres en estas páginas. Háblale incluso si todavía no sabes si alguien está escuchando.
Puedes empezar con algo tan sencillo como: “Dios, si realmente estás ahí, quiero conocerte.”
No necesitas palabras hermosas. Dios no se impresiona con nuestra capacidad para construir oraciones bonitas.
Solo ven como estás. Yo también sigo haciéndolo.
Y quizá, mientras avancemos juntos por estas páginas, no solamente termines conociendo un poco más acerca del Dios de la Biblia.
Quizá un día puedas mirar hacia atrás y darte cuenta de que, mientras alguien intentaba presentártelo mediante palabras, Él ya estaba encontrando la manera de presentarse a sí mismo en tu vida.
Así que no. Si alguna vez alguien me preguntara quién es Dios, todavía creo que tendría miedo de responder. Porque ninguna definición me parece suficiente.
Pero quizá ya sé cómo empezaría. Creo que extendería mi mano, abriría este libro contigo y te diría:
“Ven. Quiero presentarte a Alguien que me encontró cuando yo no tenía la vida resuelta. A Alguien que me ha visto equivocarme y aun así continúa enseñándome a caminar. A Alguien que, cuando me distraigo y vuelvo a mirar hacia todos lados buscando aquello que solamente puedo encontrar en Él, sabe exactamente cómo llamar nuevamente mi atención.
Quiero presentarte a Jesús. Y mientras lo hago, quizá también termine conociéndolo un poco más yo.”
Porque esta historia todavía no ha terminado. Aun sigo caminando. Aprendiendo.
Yo también sigo volviendo. Y si algo puedo decirte con certeza desde el lugar en el que estoy hoy es esto: cada vez que vuelvo la mirada hacia Él, descubro que Dios nunca había apartado la suya de mí.