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Un Cielo Oriental Raíces Eternas

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Sinopsis

En un Imperio del pasado se escribe una historia entre magia, dolor y traición. El ahora Emperador Zhao fue condenado a la inmortalidad por una hechicera que buscaba darle la oportunidad de redención para cortar los lazos del karma y el pecado. Mientras descubre secretos mortales en su palacio y protege a los suyos, Zhao enfrenta su propio destino y la soledad de su inmortalidad; deberá navegar por intrigas palaciegas, pasiones prohibidas y poderes místicos para mantener el orden en el imperio. Pero su mayor desafío llegará cuando el mundo cambie para siempre: - Imperios se convertirán en sociedades libres y acabe el feudalismo. - Deberá encontrar su lugar en un futuro desconocido, donde tal vez volverá a encontrar el amor... - Y donde la historia se reescribirá: ¿lo elevará a leyenda o lo condenará al olvido?

Estado:
En proceso
Capítulos:
30
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n/a
Clasificación por edades:
16+

Aquella nuestra juventud

Mi nombre es Zhao, antiguo emperador de una dinastía antigua ... y esta es mi historia.

He caminado por este mundo durante 3,448 años. He visto el nacimiento y la caída de eras enteras: desde el misticismo de la Edad Antigua hasta la frialdad de la Era Industrial. He hablado un millón de lenguas y me he sumergido en culturas tan extrañas que parecen sueños. Este año, finalmente, decidí regresar a mi hogar, China.

¿Cómo será ahora? ¿Qué me aguarda entre sus fronteras? No sé cuánto ha mutado la nación desde que me obligué a abandonarla. Alguna vez juré no volver a pisar mi tierra; bajé la guardia y terminé dañando lo que más amaba. Rompí la promesa que le hice a esa mujer que fue mi centro.

Ahora, el reloj de mi existencia se agota: solo me quedan dos años antes de desvanecerme en la nada.

Perdí la esperanza de reiniciar mi vida hace mucho. Recuerdo las palabras de aquella hechicera... ahora sé que tenía razón. Tras buscar mi camino en una soledad absoluta, me siento agotado de vivir, de huir, de ocultar quién soy. Los recuerdos me acechan cada noche, como fantasmas que no encuentran descanso. Buscarla a ella se ha vuelto una tarea demoledora; a veces creo verla, pero siempre hay un detalle, una sombra, algo que me demuestra que estoy equivocado y que sigo a kilómetros de encontrar su alma.

A veces se presenta como mujer, otras de formas caprichosas. Es irónico... tres siglos y medio han pasado y la fe se me escurrió entre los dedos. Hubo un tiempo en que dudé incluso de mi propia hombría y me repetía que no importaba si ella no regresaba como mujer; esta vez debía amar su esencia. Estaba dispuesto a hacerlo, pero esa marca de nacimiento jamás apareció.

Me refugio en el ayer, en aquellos tiempos donde la vida era simple. Aún puedo oler los muros del palacio: esa mezcla de madera antigua y cera de velas que alumbraban las noches más profundas. Recuerdo la paz de una buena lectura de los filósofos, la instrucción rigurosa para ser un gobernante justo. Veo a mis hermanos y a mis distintas madres reír en una armonía que hoy parece de otro mundo. Siento todavía la caricia suave de mi madre y el peso de la mano dura de mi padre ante mi desobediencia. Extraño la lealtad de mi eunuco y a mi doncella, quien fue, en esencia, mi segunda madre.

Pero de mi infancia, lo que más anhelo es la llegada de Meiying.

Apareció con apenas seis años, con unos ojos que parecían esmeraldas vibrantes y una sonrisa que irradiaba una luz propia. Fue mi primer amor y, al mismo tiempo, mi amor imposible. La observaba jugar con Xia Xia, la princesa mayor, y notaba cómo tejía una amistad entrañable con el Gran Príncipe Ming, mi hermano menor.

Al principio, confieso que sentía cierto recelo; pensaba que le robaba el tiempo a mi hermana con sus juegos constantes, sin entender aún por qué había sido traída al palacio.

Una tarde, cuando el peso de mis nueve años se sentía como una carga insoportable bajo mil lecciones, mis tutores me reprendieron. Yo solo quería ver el agua correr por la ventana de mi estudio. Estaba tan hastiado de las mismas palabras y las mismas preguntas que protagonicé el primer y último berrinche de mi niñez. Corrí hacia el Estanque de las Carpas, ocultándome de mi séquito real.

Allí, bajo una lluvia torrencial, me quedé en cuclillas, llorando. Con la rabia de un niño, me prometí que al ser grande lo dejaría todo por la libertad: comería lo que quisiera, dormiría sin horarios y jamás volvería a repasar una lección.

De pronto, sentí un golpe seco en la cabeza. Alcé la mirada. Era ella. Estaba empapada, con el cabello desaliñado y una expresión de profunda molestia.

—¿Quién te crees que eres para renegar de tu vida? —me espetó Meiying—. Tienes un techo, un lugar cálido donde dormir y un plato de comida al día... ¿y aun así te quejas? ¿Eres un aprendiz de eunuco? ¿De qué pabellón vienes?

Sus palabras me dejaron mudo.

—Si tuviste la fortuna de llegar aquí, da gracias —continuó con firmeza—. Afuera las cosas son inciertas; muchos niños mueren de hambre o frío, y tú lloras yendo bien vestido.

Ese breve encuentro fue el motor de mi dedicación futura. Recuerdo cómo inflaba sus mejillas por el enojo y cómo cruzaba sus pequeñas manos para reafirmar su punto. Se agachó a mi nivel y me confió que el Príncipe Heredero —yo mismo— estaba haciendo un berrinche y que todo el mundo lo buscaba.

—Debo irme —me dijo—, pero no quiero dejarte aquí hasta que estés bien. Si tus superiores te ven así, te meterás en problemas... quizás te den veinte azotes.

Me preguntó mi nombre, pero no pude confesar la verdad. Ella, sin perder el tiempo, me bautizó:

—Te llamaré Da Gou (Cabeza de Perro), por desobediente.

Me eché a reír y ella me devolvió una sonrisa. Con sus dedos, me limpió las gotas de lluvia que quedaban en mi rostro y prometió buscarme en los días siguientes para ver si mi ánimo mejoraba.

Así nació esa calidez en mi pecho que hoy llamamos amor. Me buscaba en el mismo lugar, trayéndome a escondidas pastelitos de osmanthus o caramelos que le pertenecían a la Princesa. Pero el secreto me quemaba por dentro. Necesitaba contarle a alguien que Meiying no era una niña común; para mí era mágica. Al escucharla, mi corazón agitado se calmaba y mis dudas se disiparon.

Inquieto, decidí confiar en la única persona que consideraba mi amigo: mi hermano menor, Ming. Lo obligué a escucharme, pues sentía que iba a ahogarme con tanto sentimiento.

—Ming, desde que la conocí, no he podido olvidarla —le dije con fervor—. Meiying es distinta a cualquiera en este palacio.

Ming me observó con una sonrisa forzada.

—Príncipe Zhao, solo somos niños. Deberíamos centrarnos en los libros.

—Lo sé, hermano, pero siento que ella y yo tenemos un destino entrelazado. No me mires así, me da vergüenza hablar conmigo mismo, por eso te traje... ¿Me apoyarías a buscarla?

Ming se encogió de hombros con indiferencia.

—Tengo ocho años, Zhao. ¿Qué sé yo de esas cosas?

—¿Y qué pasa si ella siente lo mismo? —insistí.

—No lo sé... ¿Cuándo dijo que vendría a verte? —preguntó Ming, con una inquietud nueva en la mirada.

—Mañana, tras el almuerzo de la Princesa. Prometió traer dulces para compartir.

—¿No crees que se enojará porque le mientes? Deberías decirle que eres el Príncipe Heredero.

—Aún no es el momento —expliqué—. Si se sabe, podría meterla en problemas a ella y a su familia.

Ming cambió de tema y me pidió correr por los pabellones antes de que los deberes reales nos atraparan de nuevo.

Al día siguiente, yo esperaba a Meiying oculto tras un pilar, con mi doncella y mi eunuco vigilando desde la sombra. Lo que no sabía era que, desde otro ángulo, Ming observaba todo junto a la Concubina Consorte.

—Hijo mío —susurró ella—, ¿te das cuenta de que, aunque llevan la misma sangre, él siempre lo tendrá todo? Incluso aquello que tú empiezas a desear. ¿Estás dispuesto a ceder siempre?

Ming no respondió, pero sus ojos se clavaron en mi figura escondida.

—Mira cómo ríe con él —siguió la Consorte con voz melosa—. Fue traída para servir a la Princesa y traer fortuna, pero parece no importarle. Le trae golosinas prohibidas al Heredero... ¿Cuándo te ha ofrecido algo a ti, Ming?

Ming, con la mente nublada y los ojos ardiendo por un coraje que apenas comprendía, intentó alejarse. Pero su madre lo sujetó del rostro, obligándolo a ver nuestra alegría inocente. Meiying corrió al ser llamada por la dama de la Princesa, despidiéndose con la mano.

Yo no dejé de hablar de ese encuentro durante todo el día, y al siguiente también, alimentando sin querer el veneno en el corazón de mi hermano. Su rostro se distorsionaba de rabia contenida; sus celos ardían, aunque él mismo no sabía si eran por mí o por ella.

—Mañana, debes acercarte a ella, Ming —sentenció la Consorte.

—¿Por qué? —preguntó él con voz temblorosa.

—Porque tú también mereces ser feliz... o ser vengado.

Ming asintió, mientras en su cabeza resonaba la máxima de su madre: "El poder absoluto se gana con sangre y lágrimas". Un plan oscuro comenzaba a tomar forma en su mente infantil.

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