Capítulo 1 - El legado de las sombras
El sol egipcio no calienta, quema. Es un fuego implacable que achicharra la arena y hace bailar el aire en espejismos traicioneros. Yo camino bajo su mirada inclemente, pero es en la fría oscuridad que llevo dentro donde realmente vivo. Llevo un nombre que es una maldición, una losa pesada que arrastro como una cadena. Brando. Un apellido que susurra promesas de poder y glorias sangrientas. El apellido de mi abuelo.
Pero yo no soy él.
Mis pasos me llevan a un callejón polvoriento, donde el sonido de la pelea es un crescendo de gritos y el crujido de lo que suena a vidrio. Me quedo en la entrada, observando desde las sombras. Allí están. Los Stardust Crusaders. Luchando contra otro pobre iluso seducido por las promesas vacías de él. De mi legado.
Veo al francés, Polnareff, esquivar a duras penas unos fragmentos que brillan bajo el sol. Cualquier cosa que tocan se transforma en cristal frágil. Un poder peligroso bajo la luz cegadora. Un poder que no deja sombras donde esconderse.
O casi ninguna.
—Patético —murmuro, y mi voz suena más fría de lo que pretendía.— Tanta luz y aún así son ciegos. No ven la trampa más obvia.
Todos se giran hacia mí. El más joven, Jotaro, me mira con esos ojos que todo lo ven y que todo lo juzgan detrás de su visera. Su postura es una fortaleza.
—¿Quién diablos eres tú? —su tono es un desafío, un «yare yare daze» no dicho pero palpable.
Una sonrisa amarga se dibuja en mis labios. Es la pregunta que me hago todos los días.
—Alguien que está harta de que la escoria como él —digo, señalando con la cabeza al usuario del Stand que los acorrala— mancille el poder que tenemos. Alguien que está harta de este apellido que lleva la maldición en la sangre.
Siento cómo la oscuridad a mis pies se agita, un pozo de potencial sin explotar. Mi Stand responde a mi furia silenciosa, a mi desesperación por demostrar que soy más que mi sangre.
—¡Black Velvet! —grito, y no es una invocación, es una liberación.
De la sombra alargada de un barril abandonado surge Él. Una silueta de terciopelo negro tan profundo que duele mirarlo, delineado por un brillo violeta fantasmal. No necesita ojos para ver, ni boca para devorar la esperanza del enemigo.
El usuario de Stand se ríe, viendo cómo mi creación se materializa lejos de él, sin poder alcanzarlo.
—¡Es inútil! ¡Tu monstruo no puede tocarme desde ahí!
—Los necios siempre subestiman la oscuridad —susurro—. No necesito tocar tu cuerpo. Solo necesito tocar tu huella en este mundo.
Black Velvet se mueve con una elegancia etérea. Su brazo, esbelto y mortífero, se lanza hacia adelante. Pero no golpea al hombre. Golpea la sombra que el hombre proyecta en el suelo abrasador.
El efecto es inmediato. El hombre grita, no de dolor, sino de puro asombro, cuando una fuerza invisible lo aplasta contra el suelo de arena, inmovilizándolo como un insecto bajo un dedo gigante. Su concentración se rompe, y los fragmentos de vidrio que flotaban en el aire se hacen añicos al instante.
El silencio que sigue es tan abrupto como el estruendo anterior. Los Cruzados me miran, con una mezcla de cautela y asombro. Joseph Joestar es el primero en romperla.
—¡Increíble! ¡Tu Stand… controla las sombras!
Camino hacia ellos, mis botas haciendo crujir la arena. Me detengo frente a Jotaro, desafiando su mirada con la mía. El peso de su apellido, Joestar, choca contra el peso del mío, Brando. Es casi tangible.
—Pueden llamarme Ana —digo, y por primera vez mi voz pierde un poco de su hielo, dejando traslucir el cansancio de una guerra que libRO sola desde que tengo uso de razón.— Ana Brando.
Hago una pausa, dejando que el nombre, ese estandarte de todo lo que desprecio, resuene en el aire caliente.
—Y si de verdad quieren llegar hasta DIO… hasta mi abuelo —la palabra me quema la lengua—, y acabar con él, van a necesitar mi ayuda. Porque yo conozco la oscuridad en la que se esconde mejor que nadie. Y estoy decidida a demostrar que el miedo que siembra… no es lo único que puede crecer en la sombra.
¿Me seguirán? ¿O seré otra enemiga más en su camino?
Solo hay una forma de saberlo.








