Más de lo mismo
Mónica llevaba diez años casada con Roberto, y cada uno había sido un recordatorio de que el matrimonio no siempre es un cuento de hadas. No es que él fuera un mal hombre… simplemente tenía el superpoder de arruinar cualquier momento de paz con sus comentarios, tan delicados como un ladrillo cayendo del tercer piso.
—¿Otra vez pan de caja? —bufó una mañana mientras dejaba las migas regadas—. ¿No sabes que podemos hacerlo en casa con harina integral?
—Ese café es un lujo absurdo. Mejor tómalo negro, sin azúcar, como un adulto.
—Estás gastando demasiada agua en la regadera. Cinco minutos son suficientes para cualquiera.
Cada frase era una aguja en la paciencia de Mónica, que se había convertido en un hilo delgadísimo. A veces, mientras él hablaba, ella se imaginaba el silencio que quedaría si dejara de existir.
Para colmo, Roberto ya no estaba en forma. La panza le colgaba como recordatorio de que el amor engorda, y Mónica había decidido que eso se acababa: lo puso a dieta a la fuerza. Quinoa, ensaladas, agua mineral. No por su salud, sino porque le daba asco verlo sudar al subir dos escalones.
Él mascaba resignado las semillas y hojas verdes, convencido de que ella lo cuidaba. La realidad era mucho más oscura: Mónica no soñaba con salvarlo, sino con enterrarlo.
Esa noche, mientras Roberto recitaba por enésima vez la importancia de ahorrar energía (con todas las luces encendidas, claro), Mónica tuvo una revelación: un divorcio era mucho papeleo. Una separación, inútil. Tenía que ser definitivo.
Así que abrió Google: “Cómo asesinar a tu esposo sin dejar rastro.” Descubrió que la web estaba llena de ideas brillantes… pero poco prácticas. Veneno, cuchillos, accidentes en la ducha. Todo dejaba rastros, sospechas o esfuerzo físico.
Roberto era pesado hasta para cargarlo mentalmente, como para pensar en arrastrar un cuerpo.
Entonces entendió: él mismo podía cavar su tumba. Y la dieta sería la pala perfecta.