Capítulo 1

CAPÍTULO 1
FLOR SALVAJE
Año 120 de la Era Imperial — Maramkra, capital portuaria.
El viento que azotaba los acantilados de Maramkra no traía el frescor del océano, sino la podredumbre salobre de la marea baja, el tufillo agrio de la brea hervida y el humo espeso de los quemadores de ballena que ardían en los muelles del imperio.
Desde la cornisa superior de la Gran Atarazana —un gigante de cantería y roble negro donde se erguían los esqueletos de los galeones imperiales—, Zar contemplaba el dominio de la Casa de los Astilleros. Abajo, el puerto de Maramkra no dormía; era una garganta insaciable que tragaba y escupía riqueza. Las grúas de madera de hierro chirriaban bajo el peso de los cañones de bronce, los martillos de los calafates resonaban como un latido constante de guerra, y el Velo del Mar —aquella niebla espesa y grasienta que caracterizaba a la bahía— cubría los cascos de las naves como una mortaja.
Quien controlaba el puerto, controlaba la garganta del Imperio. La Casa Normit forjaba las quillas que transportaban el oro de la Casa Del, llevaban a las legiones de los Dragarba hacia las fronteras lejanas y arrastran el grano de los Drakenberg para alimentar a la plebe. Pero más que madera y hierro, los Normit comerciaban con información. Sabían qué rey había caído, qué flota había naufragado y qué puerto estaba en ruinas meses antes de que la primera carta oficial tocara el escritorio del Emperador.
Y aquella noche, Zar había venido a robarles uno de sus secretos.
Apretó las correas de sus musleras. Su silueta era apenas un borrón de cuero oscuro y seda tratada entre las vigas podridas del tejado. Bajo sus botas, el abismo de madera y agua helada exigía una precisión absoluta: un paso en falso y los espolones de hierro de las galeras en construcción la descuartizarían antes de tocar el mar.
Ajustó en su rostro la máscara de porcelana blanca, pintada con la delicada y macabra forma de una flor de azahar cuyos pétalos inferiores parecían derramar gotas de sangre seca. Sostuvo la máscara un segundo frente a la luna menguante, afilada y pálida como la hoja de una guadaña, repitiendo en su mente el mantra que regía su vida: «¡La muerte es nuestra sombra! ¡Nuestra sombra es nuestra guía! ¡En la oscuridad encontramos la luz y en la muerte encontramos la vida!».
Sellar el juramento no ablandaba el acero de su misión. La Casa Del, su sangre y su linaje, sangraba honor desde hacía meses. En las opulentas rutas del oriente, donde los cargueros de los Del navegaban cargados de especias, seda y gemas preciosas, una cadena de abordajes sangrientos había paralizado el comercio. Alguien había sembrado la discordia, acusando a la flota del Muhad Lies Del de ejercer la piratería y traicionar los tratados imperiales. La mancha sobre la reputación del ministro de Comercio era una herida abierta.
La respuesta había tardado meses en germinar, siguiendo un rastro de cadáveres, manifiestos de carga falsificados y sobornos en oro de ley, hasta que la verdad comenzó a emerger: el capitán pirata conocido como el Azote del Levante, el perro sanguinario que había destrozado las rutas orientales, operaba bajo la protección de hombres vinculados directamente con la Casa Normit.
Los Normit habían tendido la trampa. Habían pagado las patentes de corso clandestinas, entregado información sobre las rutas comerciales y utilizado sus propios periódicos para culpar a los Del. Pero faltaba una prueba: un nombre, una confesión. Y aquella noche Zar iba a conseguirla.
Fijó la vista en la dársena privada del puerto. Allí descansaba un galeón de casco negro, anclado lejos de las embarcaciones comerciales. Sus velas permanecían recogidas y sus faroles cubiertos con cristales oscuros para evitar que la luz pudiera verse desde tierra. El Azote del Levante: un barco construido para la guerra y empleado para el crimen.
—Así que ahí te escondes… —entrecerró los ojos Zar.
Una sombra se desprendió de la mampostería a su lado. El movimiento fue tan fluido, tan extrañamente carente de masa, que ni el viento de la bahía pareció alterarse. Zar no giró la cabeza, pero la punta de su daga ya apuntaba hacia la garganta de la intrusa.
—Zar… siempre tan impulsiva —dijo una voz melodiosa, suave como la seda de Oriente y fría como la escarcha de los acantilados.
La figura se materializó a la luz tenue de los faroles de brea: Zadai. Llevaba un vestido ajustado de encaje corto, de tono azul noche, con un cuello alto que ocultaba hasta el último centímetro de su garganta, y un liguero de cuero tachonado a medio muslo donde descansaba una daga de estilete tan fina que parecía una aguja de coser. Su uniforme de primera doncella de la Casa Del estaba impecable, sin una sola mancha de la roña del astillero. Sus trenzas azuladas caían con orden militar sobre su espalda, enmarcando un rostro de belleza inquietante. Un ojo era carmesí, como el vino viejo; el otro, azul plateado, como el hielo marino.
—Zadai… —gruñó Zar tras la máscara, bajando la daga apenas una pulgada—. ¿Qué demonios haces aquí?
—El señor Muhad Lies Del me ha enviado a supervisar —respondió inclinando levemente la cabeza—. Y a asegurarme de que regreses con vida.
—Padre sigue tratándome como si necesitara una nodriza para limpiar mis dagas.
—Él se preocupa por la sangre de su sangre, señorita Zar —Zadai observó el galeón con frialdad—. Pero esta noche no estamos aquí para demostrar quién puede matar más rápido, sino para descubrir quién ordenó la matanza de los convoyes Del. El capitán debe hablar.
—Y después morirá.
—Después morirá —sonrió Zadai, mientras su ojo carmesí brillaba bajo la luz de la luna—. Pero primero tendremos que entrar.
—Hay treinta hombres, quizá más —evaluó Zar.
—Treinta y dos. Conté sus sombras.
Zar soltó un leve resoplido.
—Hablas demasiado.
—Y tú demasiado poco —dijo Zadai, dando un paso hacia el borde—. Esta noche no quedará un solo farol encendido en este buque. Una nave no se hunde cuando rompes su casco; se hunde cuando sus hombres dejan de creer que existe un lugar seguro donde esconderse. La oscuridad no es ausencia de luz, niña: es la certeza de que nadie vendrá a salvarte.
Zar la observó durante un instante.
—Entonces procura no apagar la mía.
—Jamás.
Las dos se lanzaron al vacío. Cayeron sobre la cubierta del galeón sin producir más ruido que el crujido de una cuerda. Zar aterrizó detrás de un mástil y Zadai apareció a varios metros de distancia. Ninguna habló.
El viento arrastraba el olor de la brea y el agua salada cuando dos marineros salieron de la cubierta inferior; uno bostezaba y el otro llevaba una lámpara. Zadai desapareció entre las sombras. El primer hombre apenas tuvo tiempo de levantar la linterna antes de que una mano le cubriera la boca y el estilete se hundiera bajo su mandíbula. Zadai sostuvo el cuerpo hasta dejarlo suavemente sobre la cubierta.
El segundo marinero escuchó un roce y se giró, pero Zar ya estaba detrás de él. Le clavó el cuchillo bajo las costillas y lo sostuvo en silencio hasta que dejó de moverse. Luego tomó la lámpara y la apagó.
—Uno menos —susurró.
—Dos —llegó la voz de Zadai desde el otro extremo.
Zar sonrió detrás de la máscara. La infiltración había comenzado.
Avanzaron hacia el interior del galeón. Cada puerta era revisada, cada pasillo inspeccionado y cada guardia que descubría sus sombras desaparecía antes de poder dar la alarma. Lámpara tras lámpara, la luz se extinguía en el barco hasta que el casco comenzó a quedar sumergido en una oscuridad casi absoluta.
Los piratas empezaron a inquietarse en la penumbra.
—¿Quién apagó ese farol?
—¿Dónde está Varek?
—¡Revisen la cubierta!
—¡Hay alguien a bordo! —gritó una voz angustiada.
—Sí —murmuró Zadai, apareciendo a su espalda.
El estilete atravesó la garganta del hombre. Zadai sostuvo el cuerpo mientras la sangre caía lentamente sobre las tablas hasta dejarlo caer. Los pocos hombres que quedaban en los pasillos comenzaron a comprender: no estaban siendo atacados por un ejército, estaban siendo cazados.
En la cubierta inferior, Zar encontró a dos guardias: uno armado con una espada curva y el otro con una ballesta. Cuando el ballestero intentó levantar el arma, Zar lanzó una daga que penetró limpia en su garganta. El segundo pirata se abalanzó, pero Zar esquivó el golpe, le hundió el codo en la mandíbula, lo arrojó contra la pared y lo atravesó con su cuchillo antes de que pudiera reaccionar.
Mientras Zar limpiaba la hoja en la ropa del muerto, una puerta se abrió al fondo del corredor y aparecieron tres hombres más.
—¡Busquen! —ordenó uno, levantando una lámpara.
La luz iluminó el corredor, pero antes de que pudieran ver a Zar, una mano surgió detrás del primer pirata. Zadai le cortó la garganta, atravesó al segundo en el corazón con una estocada fluida y acorraló al tercero contra la pared.
—¡Bruja! —retrocedió el superviviente aterrorizado—. ¿Qué eres?
—Una guerrera que aprendió hace mucho tiempo que la muerte no necesita gritar para ser escuchada —respondió Zadai con voz serena, clavando el estilete en su pecho—. Y esta noche, la oscuridad está de nuestro lado.
Sopló la llama del farol que el hombre sostenía y la luz murió.
Llegaron finalmente a la cámara del capitán. Dos guardias custodiaban la entrada, pero cayeron casi al unísono tras una breve señal entre Zar y Zadai. La puerta se abrió de un golpe.
El capitán estaba allí: el Azote del Levante. Era un hombre alto, de piel curtida y abrasada por el sol marino, vestido con un abrigo de terciopelo ajado por la salmuera. Una espada de cazoleta ricamente labrada descansaba junto a su silla y a su espalda se desplegaban docenas de mapas con rutas comerciales, sellos oficiales y fechas.
El capitán levantó lentamente la mirada.
—Así que finalmente llegaron.
—Sabías que vendríamos —dijo Zar, cerrando la puerta tras de sí.
—Sabía que los Del no aceptarían semejante humillación.
Zadai permaneció junto a la entrada, recorriendo la habitación con su ojo carmesí.
—¿Dónde están los documentos?
—Aunque me maten, no los encontrarán —sonrió el capitán con amargura.
Zar avanzó y le colocó la hoja contra la garganta.
—No necesito encontrarlos. Necesito que hables.
—¿Y si no?
—Entonces descubrirás cuánto puede decir un hombre antes de morir —presionó la hoja hasta sacar una gota de sangre. Tomó uno de los mapas de la mesa y le enseñó la marca—. Aquí están las rutas de la Casa Del. Información que solo puede obtenerse desde el Ministerio de Transporte. ¿Quién te entregó los mapas?
El capitán guardó silencio y escupió al suelo.
—No sabes con quién estás jugando.
—Lo sé perfectamente. Estoy jugando con un hombre que sabe que va a morir y todavía cree que puede negociar —se acercó Zar, encarándolo desde la máscara.
—Habla —sentenció Zadai desde la puerta.
El capitán cerró los ojos y tragó saliva.
—Los Normit. Ellos ejecutaron el plan.
—Quiero nombres —exigió Zar, apretando el agarre.
—Brian Normit… y sus hombres dentro del Ministerio. Sander Crik entregó las rutas. Querían las rutas orientales y necesitaban que los Del parecieran piratas. Cada ataque estaba planeado, cada barco hundido, cada cargamento robado…
—¿Y los cadáveres?
—Parte del plan —sonrió el pirata de forma cínica—. Porque un comerciante muerto no puede defender su nombre.
Satisfecha con la respuesta, Zar retiró lentamente el cuchillo. El pirata suspiró aliviado creyendo que había ganado su vida, pero ella se acercó una última vez a su oído.
—Olvidaste una cosa: nunca prometí dejarte vivir.
Antes de que el hombre pudiera alcanzar la espada de su escritorio, la hoja de Zar le atravesó el pecho. El capitán se estremeció, sus dedos quedaron suspendidos en el aire y cayó pesado sobre los mapas que había utilizado para vender vidas.
—Una muerte rápida —observó Zadai.
—Ya había hablado —respondió Zar limpiando la hoja.
—Y tú querías respuestas, aunque en el fondo querías verlo sufrir. A veces ambas cosas son la misma necesidad con distinto nombre.
Unos gritos desgarraron el silencio desde el exterior.
—¡INTRUSOS! ¡ESTÁN EN LA CUBIERTA INFERIOR!
El retumbo de botas bajando a toda prisa por las escaleras resonó en la madera. Zadai tomó el último farol de la estancia, observó la llama temblorosa por un instante y miró a Zar.
—Aún quedan sombras por reclamar.
Zar levantó la mirada y ajustó el agarre de sus empuñaduras.
—Entonces no las hagas esperar.
Zadai sonrió y salió al corredor. El primer pirata que bajó la escalera fue recibido por una estocada certera; el segundo cayó con la garganta abierta y los tres siguientes se vieron envueltos en un torbellino de acero. Zadai giraba entre ellos como un fantasma: una hoja, un cuerpo; otra estocada, otra vida terminada.
Los piratas intentaban organizarse a ciegas, pero la penumbra absoluta había destruido cualquier posibilidad de defensa. La última lámpara del corredor cayó al suelo tras el enfrentamiento, se rompió y la última llama del galeón murió para siempre.